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Historia

Estudio sobre Beethoven

Por 7 min lectura
Beethoven

Reproducción de un escrito realizado por Trina Padilla de Sanz “La Hija del Caribe” sobre el compositor y pianista Ludwig van Beethoven publicado en la revista Puerto Rico Ilustrado el 4 de febrero de 1932. Suministrada por Elsa Tió.

Pocos músicos en el mundo habrán podido encimarse sobre las multitudes como este coloso del ritmo y la armonía. Fue Beethoven la figura musical más grande que llenara medio siglo con su gloria, pues muy pocas veces se asocian en un compositor las cualidades que coincidían en el sordo inmortal. Fecundidad asombrosa, pues sus producciones alcanzan enormes cifras, cuadratura musical impecable, consonantes rotundas, ciclópeos, melodía original, sencilla, emocionante, crescendos formidables y prestos tempestuosos, pues en aquella alma gigante todo guardaba relación, temperamento estupendo y concepciones sollozantes que estallan dentro de su pecho con la impotencia de una trágica desesperación.

Beethoven fue muy desgraciado; si bien la gloria lo circundó con su aureola, tuvo la lancinante mortificación de la pobreza, que en algunas ocasiones llegó a ser cruel, las decepciones amorosas, y por último, le envidia de sus compañeros, ese rasgo de honor que debe figurar en la página personal de cada artista, ensombrecieron su vida llevándolo a las situaciones más terribles que solo pudo vencer su genio incomparable.

Lo primero que se observa en la obra beethoveniana es la línea; esa línea que se desarrolla con la justeza y seguridad de una recta, sin desmayo sin vacilaciones, que a veces se desenvuelve como en el andante de la sonata 7-largo e mesto-, ascendente de medio en medio tono hasta terminar triunfalmente en el tono inicial, alzándose entonces el motivo soberbio, formidable como la terminación de un magistral discurso.

Beethoven fue el músico filósofo del siglo XIX, existe una pasmosa consecución en sus obras, que excluye el confundirlo con compositor alguno. El Beethoven de las nueve sinfonías -Las Nueve Musas-, es el mismo, aún para los oídos profanos, que el del Cuarteto XIII y la Misa en Re menor. Como Chopin, hay en Beethoven algo de divino, algo que lo eleva por encima de los demás músicos, señoreándose en los espacios del arte con sus enormes alas. ¿Es su técnica? ¿Es su manera de componer? … ahí está el secreto de su arte. El decadentismo y el virtuosismo nada tiene que ver con Beethoven. Beethoven fue algo excepcional, clásico en la forma, y romántico en el espíritu.

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Hablemos de su Sonata XIV. Los sesentinueve compases del andante pasan lentos, conmovedores, uniformados en tresillos de corcheas, lentos, graves, todos vestidos de negro, litúrgicos, como monjes en una procesión claustral. ¡Cómo se ve reconstruir la escena en que tomó origen! La noche romántica, melancólica la luna caminando toda plateada como una novia que espera la cita de su amante el lago, en que se refleja.

El amoroso rondel se repiten interminables gradaciones, pasa. ¡Qué dulzura ponen el alma!. ¡Qué unción, qué sabor a ceniza en los labios! ¡Qué perfume de incienso en olor a cirio en las notas sonoras! ¡Qué placidez en el ambiente!  ¡Qué sensación de frescura, qué anhelo De ser bueno! Cómo se revela en ese andante la religiosidad de la música del Titán, su misantropía, su temperamento exquisitamente romántico, como deben ser los elegidos. ¡Oh, Los prácticos! Alejaos de la gruta clásica del arte! La melancolía se destaca en esa música, serena, bruñida, tersa, clara, que no necesita el genio para producir emoción.

Sigue el andante, el alegreto, todo en contrapunto, fugado maravilloso de luz y color, haciendo contraste con el andante, según revuelo de alas, y termina Claro de Luna, con el presto formidable, En el cual se destaca maravillosamente el estilo fugado tan frecuente en la obra beethoveniana. El andante de la Sonata siete, grave, baje estudioso es un milagro de combinaciones la armonía base de contrapunto, con una maestría sorprendente, terminando en la resolución consonante en notas que mueren con una súplica sollozante conmovedora. El viruete que sigue a ese andante “Largo e mesto”, es sencillamente encantador, en una fiesta de polen sobre el pentagrama. ¡Uf! en ese precioso número juega Beethoven con las más atrevidas combinaciones, dando el tono la melodía inicial de una originalidad sorprendente.

La Sonata Pathetique es algo importante entre sus 36 sonatas. La introducción grave da paso a un tempestuoso allegro, que se sostiene en todo el primer movimiento, haciendo resaltar el motivo de modo delicioso y la terminación con esas trompetas de órgano exclusivas del uso de Beethoven, dando ese movimiento una formidable impresión de fuerza e intensidad asombrosa. El andante es un Cantábile movido, todo el rimado con el motivo que agota en varios tonos, y en multitud de combinaciones de la armonía, es sedante, poético,  ensoñador.

Termina esa Sonata con un Rondo, que es una maravilla de composición. El motivo principal se reproduce en cada tiempo, la riqueza armónica se destaca bella y grandiosa. Volviendo siempre a la repetición del interesante leitmotiv pleno de grandeza gracia e idealismo musical. En Beethoven, el cual entre tantas obras que produjo su genio incomparable, no se repitió en ninguna. ¡Milagros solo reservado al genio!

Su vida estuvo colmada de grandes satisfacciones, va unida grandes dolores, pero triunfó siempre su música por encima de todas las decepciones y por encima de todas las envidias.

Tuvo en su vida muchas y grandes satisfacciones artísticas. Era la noche del 7 de mayo de 1824 y si ofrecía en Viena un gran concierto de Beethoven. Ejecutase “El Credo”, el Agnus dei de la Misa en re y la Novena Sinfonía. Umlauf dirige, A su lado siéntese el maestro que indique el movimiento al principio de cada pieza. El éxito es inmenso, entusiasta: cuando en la segunda parte del Sherzo, los timbales ejecutan a solo el motivo, el público prorrumpe un aplauso tan nutrido que cubre la orquesta.

El llanto baña los ojos de los ejecutantes y del público, el maestro sigue indicando el compás hasta que Umlauf, con un movimiento de mano, señala a su atención la inmensa emoción del público. Beethoven mira despavorido a su alrededor, se incorpora, se inclina con calma. La ovación entonces es imponente coma de delirante y al dar la mano 1 de las solistas de la obra para adelantarlo al proscenio. La muchedumbre le arroja los sombreros las Damas sus flores sus pañuelos y él siente correr sus lágrimas.

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Otra noche en el ensayo general de la ópera Fidelio Leonora, se empeñó en dirigir la orquesta el teatro estaba lleno de admiradores que querían conocer su obra. Beethoven tomó la batuta y lo que tenía que suceder, sucedió. Aquello era un caos, cada cual iba por su lado, la orquesta, los cantantes, él no oía nada. Entonces Fernando Rires, su más grande discípulo le escribió en un papel “retiraos, maestro, luego diré porque”. Beethoven comprendió y se retiró a su casa cuando llegaron los amigos lo encontraron llorando sobre su lecho.

Era muy orgulloso con su arte como deben ser los que son. Una tarde Fernando Rires, su discípulo, llevado de la confianza que él le otorgaba, le dijo Maestro. En la Sinfonía sexta hay un pasaje que no está bien, enseguida montó en cólera y le dijo ‘enséñeme eso enseguida’. Rires le mostró la página y el Beethoven respondió: Bien es verdad, pero ¿acaso yo no puedo hacer tratados de armonía?

Hay hombres que forman escuelas, ese fue Beethoven. Su obra ha sido discutida jamás. Wagner tuvo que latinizar su música dulcificando con el misterio del libreto las estridencias Del abuso del metal. Beethoven nunca tuvo que innovarse porque en él lo hay todo. Como en el parche de un pandero cruje la lona tensa y sonora, así se destacan en sus acordes únicos toda la virilidad de su temperamento portentoso.

Vivió hosco y huraño y decepcionado de la vida de la cual le separaba la noche eterna de su oído.! Sordo Beethoven, qué ironía tan cruel. Pero él, reconcentrado, mudo, libraba sus penas en los pastorales de la brisa, en las majestuosidades de la montaña, a la orilla del mar homicida. Pues sabía que el eco del mundo, nuestra risa y nuestras alegrías, pero nunca nuestros suspiros ni nuestras lágrimas.

Así él, atormentado, austeramente replegado en sí mismo ve pasar con sus ojos luminosos en los cuales sean reconcentrado el sentido del oído los 69 compases del andante de su claro de Luna, lentos, graves, litúrgicos, todos vestidos de negro como monjes en una procesión claustral.

Pero su música nunca ha sido imitada siquiera jamás. Fue el maestro de la armonía, con los colosos Bach, Hayden y Hayden. Como las obras que escribieron esos titanes que ya no hay quien las escriba, hay quien pretende defenderse con el consabido modernismo, impresionismo, y todos los ismos habidos y por haber. Pero eso juegos pirotécnicos solo acierta que deslumbrar a ignaros, oropel, melodía fugitivas, pero jamás algo bello y grandioso. Unido al admirable sencillez de la forma y la hondura del fondo, y no sería jactancia el decir qué hace muchos siglos se escribieron ya las últimas sonatas y las últimas sinfonías. Murió Beethoven: La Naturaleza se había enervado de la tristeza de aquel día. Como en el entierro de su gemelo Mozart se desplomaron las cataratas del cielo convertidas en lágrimas.

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