La exposición 00678 Omar Ortiz: Esculturas, inaugurada el 29 de marzo, se presenta en la Galería San Rafael en Quebradillas hasta el 29 de abril.
Por Jorge Rodríguez Acevedo
Postrarte frente a la obra de Omar Ortiz es enfrentarte a ti mismo. Enfrentarte constantemente al reflejo propio entre la dicotomía de lo opaco y lo brillante, la madera y el acero inoxidable, el cielo y la tierra.
Entramos en 00678 Omar Ortiz: Esculturas y a la derecha, en la Galería San Rafael (Quebradillas), y de inmediato nos enfrentamos al efecto del uso consciente del material. El metal, laboriosamente pulido por Ortiz hasta reflejar el mundo como un espejo, nos plasma, pero también captura el espacio de la exposición, que sienta precedente y expectativa a futuras en su pulcritud, el cuidado de su curaduría y la atención al detalle.
Estamos frente a Toro, una escultura en acero inoxidable, donde Ortiz hace la soldadura imperceptible. La efigie del animal se encuentra hincada frente a nosotros, tocando la base (en piedra Recinto traída de México) con su hocico. Un gesto de piedad que puede recordarnos al Milagro de la Monserrate, en el cual Giraldo Gonzales, del pueblo de Hormigueros del siglo XVI, al encontrarse frente a un toro salvaje que busca embestirle, implora a la Virgen de la Monserrate por su intercesión; la bestia dobla sus rodillas y postra su cabeza en el suelo.
A su vez, su gesto se encuentra en el momento preciso para denotar lo opuesto: un toro que se incorpora, que se levanta, que se prepara. «Para toda una vida de buey, un día de toro». como decía su maestro, Rafael López del Campo. Toro plasma la acción en potencia, el instante de la toma de decisión entre la docilidad y la resistencia.

Las salas se conectan con un pequeño pasillo, flanqueado por ocho esculturas. Cinco de estas: Zumbador, Lagartija, Gato I, Gato II y Cangrejo son elaborados en plata esterlina y base de mármol. Ortiz, en su impecable destreza, eleva la obra a través del gesto y su componente, de la curva y su materia. La importancia que denota sobre el material usado es signo de su falta de trivialidad, de lo esencial y valía de la acción artística en sí misma. Lo vemos en la próxima sala con Nido, en la que una gran paloma esculpida en alabastro, abstraída a sus formas esenciales, se sienta solitaria en un ojal de acero inoxidable, perchado a varios pies del suelo.
El pico de Cabeza de Águila, afilado y de gancho, denota el animal de caza, que mira sobre el vacío, pues su cabeza se posa fuera de su base de piedra volcánica. Como si, en su acecho y vuelo sobre todo, se topará con Mariposas Grandes. La obra, de más de siete pies de altura, es un juego dialéctico, la metamorfosis del material pesado en liviano, una síntesis del vuelo mismo mediante el uso de dos grandes «tuercas de mariposas»: las únicas que, sin intervención de herramientas, podemos atar y desatar con las manos. Y se desata el vuelo, el encuentro mismo con las manos.

Hay devoción por lo que comprende la naturaleza en la obra de Omar Ortiz. La montaña, el cielo, los pelícanos, las palomas, las mariposas. Pero nos vemos, nos reflejamos en las obras constantemente. Nos recuerda que no estamos ajenos. Quizás vernos reflejados en el otro nos recuerde que también somos parte de este, del otro.
La exposición 00678 Omar Ortiz: Esculturas, inaugurada el 29 de marzo, se presenta en la Galería San Rafael en Quebradillas hasta el 29 de abril.


