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Música

Entre la nostalgia caribeña y el orgullo boricua: Moda, historia y cultura desde la lírica de Bad Bunny

Por 9 min lectura
Bad Bunny

En algún lugar, no de la Mancha, sino entre el lente empañado por el sudor de la memoria y la luz violeta que sale de una consola de DJ en una marquesina de Vega Baja, se escapa una foto que nunca fue tomada. Se desliza, etérea, entre la bruma del reguetón lento y la voz que no vocaliza, sino que recuerda. Es la imagen de un pueblo que se retrata a sí mismo con palabras: “Debí tirar más fotos”. Así comienza la magia de un álbum que no es solo música: es archivo emocional, álbum de familia, y acto de resistencia cultural.

Bad Bunny, nacido Benito Antonio Martínez Ocasio, ha logrado lo que pocos artistas contemporáneos han podido hacer con tal autenticidad. Tomar los fragmentos dispersos de una identidad boricua en constante diáspora y reensamblarlos en una narrativa estética propia. Desde la nostalgia caribeña que transpira sudor del trópico en cada letra hasta el gesto político de portar una pava jíbara en la Met Gala 2025. Su obra es un manifiesto de hibridez cultural que no teme a la contradicción, al dolor ni a la ternura.

La nostalgia caribeña, concepto que define ese anhelo colectivo por una vida más sencilla, comunitaria y aromática como el petricor tras la lluvia, ha sido constante en la literatura y el arte puertorriqueño. Lo vimos en El Gíbaro de Manuel Alonso, en La cuarterona de Tapia, en los versos de Lloréns Torres, y en canciones como “Preciosa” de Rafel Hernández Marín o “Verde luz” de Antonio Cabán Vale, “el Topo”. Pero Bad Bunny la actualiza, la saca del sepia, -metáfora visual del color que caracteriza las fotos antiguas amarillentas, gastadas por el tiempo—, y se usa aquí como símbolo de la nostalgia del pasado y la proyecta en alta definición -HD-: en sus letras aparecen las aceras, las panas, los moteles y las abuelas, no como decorado, sino como pilares del ser puertorriqueño.

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¿Qué significa ser boricua hoy?

Significa llevar la bandera en la gorra y en el pecho, pero también en el beat – el ritmo base del reguetón, trap, o cualquier género urbano que Bad Bunny se vale-. Significa también mezclar lo jíbaro, lo urbano y lo afrocaribeño con un gesto que no es copia, sino creación. Bad Bunny lo entendió desde temprano. Su estética callejera, su lenguaje cotidiano y su lirismo emocional convierten lo trivial en épico. El “perreo” se transforma en una oralidad de la resistencia del cuerpo. La ropa —ese acto íntimo de identidad— se vuelve política: una pava en la Met Gala 2025 no es folclor; es insumisión vestida de elegancia, entendiendo insumisión el querer comunicar que ese gesto no es simplemente estético o decorativo, sino una afirmación rebelde y desafiante: una forma de decir “no me someto”, “no olvido de dónde vengo”, “resisto desde lo que soy”.

Esta representación múltiple de lo boricua encuentra un marco teórico poderoso en el concepto de hibridez cultural formulado por el antropólogo argentino Néstor García Canclini. En su obra Culturas híbridas: estrategias para entrar y salir de la modernidad, Canclini sostiene que en América Latina las identidades no son puras ni homogéneas. Son productos mestizos del entrecruce constante entre lo popular, lo tradicional, lo moderno y lo global. Bad Bunny encarna esta hibridez: mezcla el español caribeño con modismos urbanos globales, fusiona ritmos afroantillanos con bases electrónicas, viste piezas de diseñador junto a íconos del jíbaro y convierte el reguetón —nacido en los márgenes— en bandera cultural de alcance mundial. No se trata de una fusión superficial, sino de una estrategia de representación que valida lo propio sin subordinarlo a las jerarquías estéticas coloniales o eurocéntricas. Es decir, en Bad Bunny, la hibridez no borra lo puertorriqueño: lo reinventa.

Met Gala de 2025…

En la Met Gala de 2025, con el tema «Superfine: Tailoring Black Style», Bad Bunny no solo asistió: intervino. Reconfiguró el significado de la moda al colocar el símbolo campesino por excelencia —la pava— sobre un traje marrón de alta costura. Fue un acto de resignificación radical. Como Walter Benjamin nos enseñó, hay imágenes capaces de detener el tiempo: la pava en la alfombra roja fue una de ellas. Una imagen dialéctica donde convergen siglos de historia puertorriqueña, la migración, la resistencia y el deseo de decir: “Aquí estamos, aún somos de aquí.”

La presencia de Bad Bunny en la Met Gala 2025 se inscribe en un contexto que va mucho más allá del espectáculo. Este año, la gala fue atravesada por un gesto profundamente político: el tema “Superfine: Tailoring Black Style” se inspiró en el libro Slaves to Fashion: Black Dandyism and the Styling of Black Diasporic Identity escrito por la académica estadounidense Monica L. Miller, publicado en 2009 por Duke University Press, esta obra pionera examina cómo el dandismo negro ha servido como una forma de expresión cultural, resistencia y afirmación de identidad dentro de la diáspora africana, que reivindica la historia de seres humanos esclavizados a través de la estética de la sastrería como una forma de afirmación cultural.

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Así, la gala se convirtió en un espacio donde la moda sirvió de vehículo para contar historias silenciadas, devolverle dignidad al cuerpo oprimido, y celebrar la creatividad como forma de libertad. El código de vestimenta, “Tailored for You”, pedía a los asistentes reinterpretar la sastrería desde su historia personal. Benito, al usar una pava jíbara rediseñada, rindió homenaje a su tierra. Además, inscribió la lucha de los campesinos y obreros puertorriqueños dentro de una genealogía más amplia de resistencia afrocaribeña. En ese gesto confluye la estética y la ética, el cuerpo y la historia, lo individual y lo colectivo.

Ese gesto se enlaza con otra gran apuesta cultural: el Traje Representativo Nacional de Puerto Rico, presentado en 2024 por el Instituto de Cultura Puertorriqueña. Este no es un traje de museo, sino de historia viva. Y es que procura recoger lo campesino, lo urbano, lo afrodescendiente y lo moderno. Así como Bad Bunny resignifica la pava, nuevos diseñadores reinterpretan mantones, turbantes, grafitis con jíbaros, y los colocan en desfiles, tarimas y redes. La moda ya no es frivolidad: es archivo y es cuerpo. Es política tejida con aguja y altavoz.

Cabe destacar que, el Partido Popular Democrático, fundado en 1938, adoptó la pava como símbolo político porque representaba visualmente al jíbaro campesino. Figura central de su discurso populista y de justicia social. La imagen del campesino, idealizado como trabajador noble y raíz del pueblo puertorriqueño. Encarnaba los valores de sencillez, esfuerzo y dignidad que el PPD promovía en su proyecto reformista a juicio de Josefa Santiago Caraballo.

Sin embargo, la pava del PPD no era una reproducción fiel del sombrero tradicional del jíbaro, sino una reinterpretación simbólica. En su iconografía, la pava aparece de color rojo y orientada hacia la izquierda, elementos que no son meramente estéticos, sino que cargan connotaciones ideológicas. Este detalle remite a las influencias del imaginario socialista, especialmente al legado visual y político de la Revolución Bolchevique de 1917. Donde la izquierda y el color rojo se asociaban con transformaciones sociales profundas, con el poder obrero y campesino, y con una crítica radical al orden capitalista.

Así, aunque el PPD no era un partido comunista, su proyecto inicial sí incorporaba retóricas de justicia social que resonaban con los movimientos progresistas globales de la época. La pava, entonces, funcionaba no solo como emblema cultural, sino también como un artefacto visual cargado de contenido político. Una herramienta propagandística que fusionaba tradición campesina con aspiraciones de reforma y redistribución.

En su incisivo ensayo La Pava: Confusión Colonial, Joseph Harrison Flores denuncia cómo un gesto aparentemente inofensivo —el uso de una pava con flecos por Bad Bunny— expone una herida más profunda: la confusión simbólica de un país colonizado que ha perdido referentes culturales propios. A juicio de Harrison Flores, la pava que utilizó el artista no corresponde al sombrero tradicional del jíbaro puertorriqueño. Es una versión importada de Cuba. Además, promovida por el Partido Popular Democrático (PPD) en los años cuarenta del siglo XX como parte de su maquinaria populista.

Harrison propone que esta pava, alterada con flecos y convertida en emblema del PPD, fue una estrategia visual de colonización ideológica. Más allá de la figura de Bad Bunny, el autor señala que el verdadero problema radica en la condición del colonizado que, como advirtió Frantz Fanon, muchas veces ignora que lo es. Así, para Harrison Flores, la historia y la identidad terminan disfrazadas de propaganda. Además, los símbolos culturales —como la pava— se vacían de autenticidad y se llenan de dependencia. La crítica de Harrison es, en última instancia, un llamado a recuperar la veracidad histórica y a descolonizar no solo el pensamiento, sino también la estética cotidiana.

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En su álbum Debí tirar más fotos, Benito no solo canta: documenta. Su voz se convierte en diario colectivo, su ritmo en pulso de nación. Nos recuerda que la nostalgia no es solo tristeza: es también motor para resguardar, para resistir, para reírnos de nosotros mismos con orgullo. Es la misma lógica de los murales de los 70, de la Nueva Canción, de Julia de Burgos caminando entre versos: el arte como antídoto contra el olvido.

Como dijera Walter Benjamin, “todo documento de cultura es también documento de barbarie”. Vestir una pava hoy, usar un machete como símbolo gráfico, es decirle al mundo que la historia de Puerto Rico no es solo la de las elites coloniales, sino también la de los obreros, las mujeres negras, las abuelas que cosían en la penumbra, los jóvenes que bailan en una esquina de Santurce y el artista que canta desde una tarima.

El futuro de la identidad cultural puertorriqueña no está escrito en mármol, sino bordado en tela viva, en beats que laten como corazones ancestrales. En fotos que tal vez no tomamos, pero que aún conservamos en la memoria. Está en las manos jóvenes que pintan murales en ruinas, en edificios coloreados de bandera puertorriqueña. En las gargantas que gritan coros de reguetón como si fueran salmos profanos. En los cuerpos que visten pavas y trajes bordados como quien se viste de patria.

La juventud y el público de todas las edades que escuchan a Bad Bunny no solo escucha música. Escucha su historia cantada en clave urbana, remezclada con orgullo y ternura. En su voz encuentran el eco de sus abuelos y la rabia dulce de quienes no se rinden. Benito no es solo un artista. Es un espejo encantado donde el pasado y el futuro se abrazan, como una pareja de jíbaros bailando un seis chorreao bajo la misma luna.

Y aunque no hayamos tomado todas las fotos que debimos, hay una imagen que ya no se nos escapa. Puerto Rico, con todas sus mezclas, colores, sabores, olores y heridas por huracanes temerarios, sigue siendo una tierra ataviada de una moda que cuenta historias, donde la música sana la nostalgia, y donde los símbolos —por antiguos que parezcan— aún se resisten a caminar por la pasarela del porvenir.

Imagen principal: Carátula del disco Debí Tirar Más Fotos de Bad Bunny. 

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Dr. Carlos I. Hernández Hernández

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