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Arte

Opinión | Humanidades en llamas: repensar la vida en tiempos de fatiga

Por 4 min lectura
tiempos de fatiga

Por Dra. Kristal M. Rivera, Psicóloga licenciada y escritora

En una época en la que el cansancio se ha convertido en la enfermedad espiritual de nuestro tiempo, hablar de la vigencia de las humanidades no es un lujo académico, sino una urgencia existencial. Vivimos atrapados en la lógica del rendimiento, en la velocidad de lo inmediato, en la exigencia de la productividad sin descanso. Como advierte el filósofo surcoreano Byung-Chul Han en *La sociedad del cansancio*, la hiperactividad contemporánea no nos libera: nos aliena. Ya no somos súbditos de una autoridad externa, sino esclavos de nosotros mismos, víctimas de una autoexplotación que disfraza de libertad la fatiga constante. En ese contexto, las humanidades emergen no como reliquias del pasado, sino como espacios vitales para recobrar la pausa, el pensamiento crítico, la contemplación y el sentido.

La llamada “sociedad del rendimiento” nos exige ser emprendedores de nosotros mismos, competitivos, creativos, disponibles las veinticuatro horas. En ese régimen de positividad y exceso, incluso el descanso se convierte en una estrategia para volver a producir. Se nos ha robado el silencio, la lentitud, el aburrimiento fértil que permite el pensamiento. El sujeto contemporáneo ya no se rebela contra el sistema: se hunde en la culpa por no alcanzar sus metas. Este nuevo sujeto del rendimiento, descrito por Han, se agota no por falta de libertad, sino por el exceso de ella; no por la presión de un otro, sino por la interiorización feroz del mandato de “poder hacerlo todo”.

Filosofar es, en este marco, un acto subversivo. En lugar de responder con rapidez, propone preguntar con profundidad. La filosofía interrumpe el automatismo, introduce la pausa, abre fisuras en el lenguaje habitual. Nos enseña a pensar lo impensado, a sospechar de lo evidente. Lo mismo ocurre con las artes: una pintura, un poema, una obra teatral, no son adornos culturales sino experiencias que resisten el empobrecimiento sensorial y afectivo de la vida neoliberal. Las humanidades no ofrecen soluciones inmediatas ni productos rentables, pero abren mundos, despiertan sensibilidades, nos devuelven la capacidad de imaginar lo posible.

En la academia, la investigación humanística no debe justificarse como una aplicación directa al mercado. Su valor radica en cultivar la capacidad de asombro, en formar subjetividades críticas, en sostener la memoria colectiva, en abrir preguntas donde otros buscan respuestas rápidas. En el saber popular, en la oralidad de las comunidades, en los rituales cotidianos, también habita una forma de sabiduría que las humanidades saben nombrar y cuidar. No se trata solo de estudiar lo que fue, sino de crear puentes entre lo vivido y lo por venir.

La contemplación no es ocio pasivo, sino una forma de resistencia. En un mundo que premia la prisa, contemplar es ir contra corriente. Recuperar el tiempo de mirar, de leer sin apuro, de escribir a mano, de escuchar al otro sin esperar rédito, es un gesto radical. Las humanidades, al defender el valor del tiempo no productivo, nos recuerdan que somos más que función, que utilidad, que algoritmo. Nos devuelven la experiencia del misterio, del símbolo, del relato, del cuerpo sensible.

La cultura no es un accesorio de la vida: es la vida misma en su dimensión simbólica. Allí donde hay prácticas, creencias, dolores, lenguajes, fiestas, duelos y gestos, hay humanidad. Por eso, integrar las artes y las humanidades en la investigación y en la praxis no es un anacronismo, sino una urgencia ética. En los museos, en las escuelas, en los espacios comunitarios, en las aulas universitarias, la cultura se vive, se interroga, se transforma. Y ahí, en ese tejido sutil del quehacer cotidiano, se gesta también el pensamiento que nos salva del automatismo.

Volver a las humanidades es volver a la pregunta por el sentido. No porque ellas tengan todas las respuestas, sino porque se atreven a mirar donde otros no. En la era del cansancio, necesitamos menos algoritmos y más metáforas, menos productividad y más poesía, menos datos y más diálogo. Urge reencantar la vida, dignificar el pensamiento, defender el derecho a la lentitud. No se trata de volver al pasado, sino de imaginar futuros posibles desde una conciencia más plena y sensible.

Las humanidades no están en crisis; lo que está en crisis es una sociedad que ha dejado de escucharlas. En su aparente fragilidad, hay una fuerza que transforma: la fuerza de lo simbólico, de lo imaginario, de lo humano. Porque, en última instancia, no hay algoritmo que pueda reemplazar la potencia de una pregunta bien formulada, ni sistema que sustituya la conmoción que produce una obra de arte, ni red social que ofrezca el silencio fecundo de una caminata filosófica. En tiempos de fatiga colectiva, volver a las humanidades es volver a nosotros mismos.

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Periódico El Adoquín

Sobre el autor

La redacción del Periódico El Adoquín está compuesta por un grupo de escritores y editores independientes que trabajan para publicar información de interés cultural puertorriqueño los siete días de la semana.

3 comentarios

  1. Excelente, urgente , necesaria, pertinente y maravillosa reflexión…hay hacer espacios para tiempos de valor no productivo más a menudo…Gracias

  2. Es una contundente reflexión, revestida de sentido práctico en un mundo animado por la prisa insana. Se trata de un brillante ensayo, persuasivo, seductor, intelectual y moralmente retador. Sin duda, es una lectura indispensable, por inteligente y perceptiva. Coincido con la doctora Rivera en que el pensamiento contemporáneo precisa de más metáfora y menos algoritmo, y que la falsa sensación de libertad individual nos esclaviza a idearios de éxito autoimpuestos, produciendo un cansancio que aletarga el alma. El trasfondo en estudios culturales y filosofía de la doctora Rivera, unido a su formación en sicología y a una fina sensibilidad, hacen de su voz una que amerita ser escuchada.

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