Hay momentos históricos en que la estupidez deja de ser un mero tropiezo individual para convertirse en una maquinaria colectiva que silencia conciencias, sostiene imperios y arrasa con toda posibilidad de redención crítica. En este ensayo proponemos una mirada reflexiva a ese fenómeno —no como una falla cognitiva, sino como una decisión ética y una estrategia de poder— a través de las provocadoras ideas de Carlo M. Cipolla, Dietrich Bonhoeffer y José Ingenieros.
Y es que desde distintos registros —la sátira económica, la teología del martirio y la ética del ideal— estos pensadores denuncian que la estupidez se elige, se reproduce y se recompensa socialmente. A partir de esta base, se examina cómo el presidente Donald Trump encarna una forma contemporánea de estupidez institucionalizada, donde la exaltación del confort, la obediencia y la cultura popular vaciada de pensamiento crítico sustituye la responsabilidad moral.
Lejos de ser este un fenómeno aislado, esta lógica tiene resonancias dolorosas en el caso de Puerto Rico, donde la subordinación política se perpetúa mediante la negación del conflicto, la imitación del colonizador y la celebración del sometimiento. Para ampliar el análisis, se recupera también la voz de Albert Memmi en El retrato del colonizado, cuyo retrato de la sumisión voluntaria ilumina con crudeza la complicidad intelectual de quienes prefieren la comodidad de la mediocridad antes que la incomodidad de la emancipación.
En la historia del pensamiento contemporáneo, pocas ideas resultan tan urgentes y provocadoras como aquellas formuladas por Carlo M. Cipolla, Dietrich Bonhoeffer y José Ingenieros sobre la estupidez, la mediocridad y la renuncia ética. Si bien sus aproximaciones difieren en estilo y contexto, todas coinciden en señalar la estupidez no como un déficit intelectual, sino como una elección moral, una postura política y, sobre todo, una amenaza estructural.

Carlo M. Cipolla, en su obra Allegro ma non troppo, sistematiza con tono satírico sus «Leyes fundamentales de la estupidez humana», donde identifica a los estúpidos como aquellos que dañan a los demás sin obtener beneficio alguno, y muchas veces perjudicándose a sí mismos. El libro consta de dos ensayos: «El papel de las especias en el desarrollo económico de la Edad Media» y «Las leyes fundamentales de la estupidez humana». En el primero, Cipolla utiliza un enfoque paródico para analizar la historia económica, mientras que en el segundo, introduce un modelo matemático para describir la estupidez humana y su impacto en la sociedad.

Por su parte, Dietrich Bonhoeffer, en Cartas y papeles desde la prisión, una colección de escritos, que incluyen cartas y notas teológicas, compuestas durante su encarcelamiento en Alemania entre 1943 y 1945, denuncia la estupidez como el instrumento más eficaz del mal, más peligrosa incluso que la maldad consciente, ya que el estúpido actúa sin pensar, repite sin juzgar y legitima estructuras de poder injustas bajo la ilusión de normalidad.
A estas reflexiones se suma José Ingenieros, quien en su obra El hombre mediocre identifica una figura social que evita el ideal, huye de la excelencia y se adapta pasivamente a los moldes impuestos. La propuesta de Ingenieros nos muestra el peligro que corren las sociedades donde los ideales han quedado sepultados por gobiernos, ideologías y éticas que se proclaman como “oficiales”, arremetiendo contra todo aquello que señale una nueva manera de concebir la realidad. El mediocre —dice Ingenieros— “es aquel que elige no incomodar, que prefiere el aplauso del statu quo antes que la dignidad de la rebeldía”. Esta renuncia a la originalidad ética se enlaza con la renuncia a pensar que Bonhoeffer denuncia como forma de complicidad moral.
Ambos pensadores coinciden en advertir que el estúpido o el mediocre no siempre es ignorante, sino funcional: puede ocupar cargos de poder, dominar discursos mediáticos y normalizar su influencia a través de mecanismos de repetición y obediencia. La estupidez, así entendida, no es una simple carencia cognitiva, sino una renuncia activa a pensar y, sobre todo, a preguntar. Se perpetúa gracias al confort emocional que proporciona la obediencia y la pertenencia al grupo, sin importar los costos éticos. En palabras de Bonhoeffer, es más peligrosa que la maldad porque es invisible, aceptada y contagiosa.

En este marco, la figura de Donald Trump se alza no solo como síntoma, sino como síntesis de esta lógica. Su discurso, fundado en la anti-intelectualidad, la simplificación de los conflictos, la glorificación del nacionalismo superficial y el desprecio por la duda activa es lo que podríamos llamar una estupidez performativa: una forma de hacer política basada en la negación de la complejidad y en la exaltación del goce superficial. Lo que Cipolla llamaría una figura que, con su accionar, perjudica a otros sin beneficio racional propio, y lo que Bonhoeffer denunciaría como el triunfo de la irresponsabilidad moral. Ingenieros, por su parte, vería en Trump la exaltación del hombre mediocre, aquel que impone su voluntad no por méritos éticos, sino por la fuerza del aplauso fácil y el rechazo al ideal.
Pero el análisis no puede quedar en los márgenes de la política estadounidense. La estupidez tiene resonancias imperiales, particularmente en el caso de Puerto Rico. Bajo una relación de subordinación política con Estados Unidos, la cultura puertorriqueña ha sido impregnada por una pedagogía de la obediencia, donde la crítica a la metrópolis es vista como ingratitud, y la lealtad ciega, como virtud cívica. Esta estructura de pensamiento repite, de forma colectiva, la tercera ley de Cipolla: se adoptan decisiones perjudiciales que favorecen al conquistador y perjudican al conquistado, sin un beneficio tangible para el subordinado.
A esto se suma el retrato que Albert Memmi trazó del colonizado como sujeto dividido: uno que admira al colonizador, lo imita, lo glorifica y a la vez es rechazado por él. Este colonizado —como muchos pseudos intelectuales de la élite local— reproduce el poder del otro para asegurar su lugar en la jerarquía de la comodidad. En este sentido, la estupidez no es solo el resultado de la ignorancia, sino del cálculo interesado: mantener el privilegio aunque implique traicionar la verdad. Ingenieros denunciaría este comportamiento como la claudicación del carácter, como la mediocridad consagrada por conveniencia social.
La comodidad es, entonces, el ancla de la estupidez. Nadie quiere perder su zona de confort, ni siquiera cuando esta zona se construye sobre la injusticia. La cultura popular, convertida en espectáculo sin crítica, alimenta esta inercia: se celebra al colonizador, se ridiculiza al que cree en las distintas formas de soberanía, se censura la pregunta, y se venera la obediencia. En este teatro de la estupidez, los pensadores incómodos son apartados, y los “entertainers” del español entretenedores, convertidos en guías morales.
Lo que Cipolla denuncia como la proliferación de estúpidos por encima de lo esperable, Bonhoeffer como el secuestro moral del pensamiento colectivo, e Ingenieros como la victoria de la mediocridad, se manifiesta con nitidez en el caso puertorriqueño: una nación que, atrapada en la estética de la subordinación, se entrega a la lógica del coloniaje como si se tratara de una elección racional. Pero como advirtió Bonhoeffer, la verdadera resistencia no empieza por la rebelión exterior, sino por la conquista del pensamiento propio, por la recuperación de la capacidad de hacer preguntas incómodas.
Esta preocupación que comparto en este espacio es, en última instancia, un grito que rasga el silencio cómodo de nuestra época. No basta con señalar a la simpleza que gobierna, al mediocre que se reproduce en serie, al sistema que celebra la obediencia: es preciso sacudir las conciencias, convocar a los espíritus más conjurados, y despertar a quienes aún conservan el ardor de una dignidad no negociada. Porque como advirtió el escritor puertorriqueño Nemesio Canales, hay entre nosotros demasiados «espíritus espesos»: seres que eligen la estupidez como refugio, que prefieren el confort de la ignorancia al vértigo de la verdad.

A ellos, y a todos nosotros, nos toca abrir los ojos y romper el hechizo. Despertar de la anestesia que provocan el espectáculo, las redes sociales, el ruido perpetuo del entretenimiento sin conciencia. Abandonar la evasión que ofrecen las drogas, el alcohol, la indiferencia o el cinismo de quien se cree a salvo porque no piensa. Recuperar la pregunta incómoda, el gesto ético, el pensamiento que hiere y salva. Porque, como nos recuerdan Cipolla, Bonhoeffer e Ingenieros, el enemigo no siempre lleva uniforme: muchas veces se presenta con una sonrisa, una frase viral o una promesa de estabilidad. Pero detrás de la estupidez que aceptamos, se esconde la libertad que entregamos. Y ya es hora de recuperarla.


