Por Dra. Kristal M. Rivera, psicóloga licenciada
La más reciente puesta en escena de Sylvia Bofill, La erre, estrenada en el Teatro Tapia, no es solo una obra de teatro: es un espejo de la fragilidad humana, de la memoria rota y del mutismo que se teje en torno al dolor. A través del personaje de Teresa —una mujer que enfrenta un colapso mental mientras su familia lidia con las consecuencias—, la dramaturgia despliega un lenguaje que interpela directamente a la psicología, a la salud mental y, en última instancia, a la sociedad entera.
Desde el inicio, la pieza nos invita a mirar de frente aquello que tantas veces preferimos callar. El teatro se convierte en un acto íntimo y político, clínico y estético a la vez: abre la posibilidad de conversar sobre aquello que permanece soterrado en el discurso social, ese silencio incómodo que rodea al trauma y que condena a las personas a vivir encerradas en su herida.
El trauma, como bien sabemos desde la psicología, no es simplemente un episodio doloroso del pasado, sino una herida interior que fragmenta la vida psíquica y organiza la existencia a partir de la pérdida, la amenaza y el desgarro. En el caso de Teresa, la herida se origina en el desgarramiento de emigrar hacia Estados Unidos desde un Puerto Rico marcado por la violencia y el dolor político. Ese tránsito la arranca de sus raíces y va quebrando su continuidad vital hasta desembocar en el colapso. Lo que vemos en escena no es solo el síntoma de una enfermedad, sino el eco de un trauma que atraviesa el cuerpo, la memoria y la identidad.

Ahora bien, en varios diálogos resuena una pregunta constante: “¿Ya te vas a tomar la pastilla? ¿Te tomaste la pastilla?”. Estas frases, repetidas como un estribillo, problematizan un aspecto central de la atención en salud mental: la medicalización del sufrimiento. Como psicóloga sé que el uso de fármacos cumple una función biológica incuestionable; puede estabilizar, aliviar síntomas, brindar respiro. Pero también he visto, en tantas historias clínicas y humanas, que lo que no logra la pastilla es suturar la herida del trauma, porque el dolor emocional no se cura solo con la intervención biológica. Allí es donde se vuelve indispensable la palabra, la narración, el espacio donde el sufrimiento pueda ser escuchado y reconocido en toda su densidad.
Por otra parte, la obra también nos muestra cómo el trauma no se limita a la experiencia individual, sino que se despliega en lo familiar y se transmite entre generaciones. Los hijos de Teresa cargan con el peso de esa herida y oscilan entre la incomprensión, la rabia y el deber de sostener a una madre que se desploma. Esta representación nos recuerda que el trauma es también colectivo: se inscribe en la memoria de los descendientes y moldea las dinámicas familiares cuando no encuentra voz. Allí donde el dolor se silencia, la herida se perpetúa, como un espejo roto que se hereda de generación en generación.
En consecuencia, la familia aparece en un papel ambiguo. Quienes conviven con una persona que atraviesa un colapso psíquico sufren también las consecuencias: el desgaste, la frustración, el desconcierto. Pero al mismo tiempo son quienes pueden ofrecer sostén, acompañamiento y cuidado. En la obra, la incapacidad de nombrar el sufrimiento convierte a los familiares en cómplices del mutismo; ese silencio compartido es como un muro de cristal: todos saben que existe, pero nadie se atreve a romperlo.
No obstante, La erre deja claro que la salud mental no puede desligarse de la política. Los sistemas de atención, muchas veces atravesados por precariedades y limitaciones estructurales, han fallado en ofrecer una respuesta integral. El énfasis en diagnósticos y recetas evidencia un modelo que busca controlar los síntomas sin atender las causas, sin abrir espacio a la historia del dolor. El mutismo del sufrimiento humano no es solo una condición íntima o familiar: es también el resultado de un sistema que no escucha, que invisibiliza y que reduce la vida psíquica a números y expedientes clínicos.

En definitiva, la obra nos recuerda con la fuerza del teatro que el dolor humano necesita palabra para no convertirse en destino. Nombrar la herida, narrar el trauma y dar espacio a la memoria son pasos esenciales en el camino de la recuperación. Más allá de diagnósticos, más allá de medicamentos, lo que sana es la posibilidad de ser visto y escuchado en la totalidad de la experiencia. El arte, en este caso el teatro, se convierte en un aliado de la psicología y de la sociedad, porque si el trauma es herida, el silencio es complicidad.
Quiero agradecer profundamente a Sylvia Bofill por la valentía de escribir y dirigir una obra que asume con seriedad la tarea de poner en escena el dolor humano. Y agradecer también a todo el elenco —Teresa Hernández, José Eugenio Hernández, Luis Rivera Figueroa, Pedro Juan Colón, Laura Isabel Cabrera, Luis Omar O’Farrill, Viviana Calderón y Omar Mora— por ofrecernos una interpretación de altura, donde cada gesto y cada palabra nos confrontaron con la densidad del trauma. Los elementos escenográficos, la iluminación, las proyecciones y la música jugaron un papel trascendental para que el espectador no permaneciera como un observador externo, sino que se convirtiera en parte inherente de la vida interior de los personajes. En esta ocasión, la teatralidad no solo narró una historia: nos devolvió la memoria de nuestro propio sufrimiento y, al mismo tiempo, la posibilidad de transformarlo.


