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Cuando la olla hierve: el juey y la atención perdida

Por 6 min lectura
juey

En estos años he entrado a salas y salones de clases donde la palabra intenta echar raíces, y he visto cómo, al comenzar la voz, se prenden pantallas como luciérnagas nerviosas. No es mala fe ni una “generación perdida”; es el pulso acelerado de un tiempo que nos empuja y nos distrae. Pero incluso en esa vibración hay esperanza: basta bajar un punto la hornilla del apuro para que la atención vuelva a respirar, como caldero que se templa y deja salir el aroma. Venimos a aprender, a deliberar y a convivir; y cuando logramos sostener la mirada y el silencio, ocurre el pequeño milagro boricua: la idea se aclara, el oído se vuelve casa, y la clase —o la conferencia— deja de ser trámite para convertirse en encuentro. Hoy, más que señalar, queremos encender esa posibilidad.

Tomo como pie forzado el lúcido monólogo del escritor argentino Hernán Casciari, “Atención en tiempos de hornalla”. Ahí aparece una metáfora que retrata con precisión nuestro siglo: la rana en la olla, versión argentina de nuestros jueyes en la olla. El agua se calienta poco a poco; cuando y cuando los jueyes perciben el hervor, ya no hay músculo para saltar. Así hemos negociado nuestra concentración: primero una notificación, luego un vistazo a la red social de moda, después el hábito—ya automático—de sacar el celular al minuto quince de cualquier charla. No “perdimos” la atención de golpe; la fuimos canjeando, sin darnos cuenta, por pequeñas descargas de novedad.

@casciari

Cuentos a la medianoche 85: «La rana hervida en la olla»

♬ sonido original – Hernán Casciari – Hernán Casciari

Casciari señala algo más: solemos discutir el soporte (papel vs. digital) como si elegir entre horno de leña o microondas resolviera un trastorno alimentario. El problema no es el objeto, sino la dieta: somos bulímicos y anoréxicos de información a la vez. Atracones de links y videos que no metabolizamos; alergia al “alimento denso” que exige tiempo—un ensayo, una clase larga, un debate sostenido. Lo decisivo no es si leemos en pantalla o en papel, sino cómo habitamos la experiencia de leer, escuchar y pensar.

Esa es, creo, la clave para hablar de nuestras aulas y conferencias sin moralismos. La atención no es únicamente una destreza cognitiva: es una virtud cívica. En su dimensión cognitiva, posibilita la comprensión rigurosa; sin ella no hay método ni argumento, apenas fragmentos. En lo referente a relacionarnos, estar presentes es un gesto de respeto, tanto a quien habla como a la comunidad que escucha: sostiene el cuidado del espacio común. Y en su dimensión política, la dispersión, cuando se vuelve norma, empobrece la deliberación pública; si no podemos sostener ideas complejas, difícilmente decidiremos bien sobre nuestro destino.

No propongo, por tanto, una “ley seca” de pantallas, como si se tratara de la prohibición del alcohol en el día de las elecciones. Y es que la universidad no es un internado ni la vida cultural un monasterio. Al contrario: necesitamos tecnología con propósito. Una laptop abierta puede ser un cuaderno vivo para cotejar fuentes, escribir una reseña en tiempo real o verificar un dato; un celular puede documentar una cita, fotografiar una diapositiva, marcar un hito en la bibliografía. Lo que debilita el encuentro no es el dispositivo, sino su uso como vía de escape. La diferencia la hace el método.

¿Cómo bajar, entonces, el fuego de la hornilla sin culpas ni cruzadas?

Propongo pequeños rituales—humildes y efectivos—que he visto funcionar:

Un “minuto monástico” al comenzar: sesenta segundos de silencio, respiración y foco compartido. No es misticismo; es poner a tono la sala.

Pausas con propósito: cada quince o veinte minutos, un alto breve para formular una pregunta, subrayar una idea, escribir una frase clave a mano.

Roles rotativos de escucha: en cada clase o actividad, dos o tres personas asumen el compromiso de registrar argumentos, preguntas abiertas y bibliografía mencionada, y compartirlo después.

La atención se vuelve tarea común.

Principios personales: reconocer nuestro “minuto de fuga” (ese instante en que la mano busca el teléfono) y pactar una señal que nos devuelva—un lápiz sobre la libreta, una mirada a la cita subrayada, un recordatorio escrito en la primera página.

Tecnologías declaradas: si el celular o la tablet estará en uso académico, que se diga en voz alta (“lo usaré para revisar el artículo citado”); esa pequeña transparencia desactiva la sospecha y el contagio de la distracción.

A nivel institucional, vale volver a enmarcar el pacto universitario: el aula no es un servicio para consumir, sino un encuentro a cuidar y devorar el conocimiento allí impartido. El conferenciante y el profesor llegan con horas de preparación; quien asiste trae su curiosidad, su tiempo y su proyecto de vida. Ese cruce merece nuestra presencia entera, no apenas la sombra de nuestro cuerpo. Cuando una sala estalla en pantallas paralelas, no solo se “pierde contenido”; se resquebraja la comunidad del pensamiento.

Podemos, además, entrenar la paciencia como valor formativo. La lectura lenta de un párrafo difícil, el análisis de una gráfica compleja, el escuchar una respuesta completa sin interrumpir—esos ejercicios no son caprichos de otra era; forjan criterio. Y el criterio es lo que más necesitaremos en un futuro de algoritmos cada vez más persuasivos, capaces de darnos razón a cualquier velocidad.

Sé que, al decir esto, aparece la melancolía: “antes sí se prestaba atención”, “antes había silencio”. Tal vez. Pero no se trata de volver a un pasado idealizado, sino de proteger la experiencia que hace valiosa a la educación y a la vida cultural: estar realmente ahí. Y como señala Casciari: “En 2040 quizá tengamos ‘pendrives telepáticos’ que transfieran El Quijote en veinte segundos;’ y sin embargo, seguiremos necesitando el tiempo humano de comprender, el esfuerzo de imaginar, la conversación serena que afina el juicio.

Por eso este texto no es un regaño. Es una invitación a que volvamos a mirar, juntos, el termostato. A reconocer que nos acostumbramos a un vapor continuo y que vale la pena bajar la llama. Nadie está libre—yo tampoco—del impulso nervioso de buscar la notificación que promete un alivio de dos segundos. Pero se puede entrenar otra cosa: la alegría de una idea que se entiende por completo; la belleza de una clase que, de pronto, encaja como un rompecabezas; la dignidad de una sala que escucha con el cuerpo y con la mente.

Atender —prestar atención, no attending— en clase, en una conferencia, en la vida, es un acto de amor: por la verdad que buscamos, por quienes nos hablan y por quienes aún estamos por ser. Bajemos la hornilla del apuro, quitemos un momento el caldero del vapor y dejemos que se temple: así el pensamiento recupera su aroma, la palabra vuelve a tener cuerpo y la audiencia sabe a casa. Entonces podremos leer sin prisa, escuchar con el corazón despierto y pensar juntos como quien comparte pan y café bajo la misma luz. Porque el futuro de nuestras aulas —y de nuestra conversación pública— no lo dicta el último dispositivo, sino la presencia compartida que, día a día, elegimos encender.

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Dr. Carlos I. Hernández Hernández

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