Me gustaría comenzar este ensayo reconociendo al colega y hermano Pedro Acevedo por el pie forzado de El efecto cobra, que recientemente compartiera conmigo y que asumo aquí como punto de partida para pensar —con crudeza y sin adornos innecesarios— la realidad política de Venezuela.
En Venezuela, país suramericano, el petróleo duerme bajo tierra como un dinosaurio negro: exhala un olor denso, mineral, a noche mojada; y su flujo -negro y vivo- se arrastra con hambre lenta, despertando el deseo de países imperiales que leen en esa sombra un mapa de poder. La política a veces se cuenta como si fuera un hechizo: se pronuncian palabras grandes (“pueblo”, “patria”, “revolución”) y de inmediato cambian los colores del aire. Mas al amparo del encantamiento sigue palpitando una verdad más fría: los gobiernos, como los mercados, responden a incentivos, y cuando el incentivo está mal puesto, puede despertar serpientes donde se buscaba apagar el miedo. Esa es la lógica del efecto cobra: una lección sencilla, casi doméstica, que explica por qué algunas promesas públicas terminan produciendo el resultado contrario al que prometían.
El “efecto cobra”: cuando el remedio alimenta la enfermedad…
Se llama efecto cobra al fenómeno en el que una política pública intenta resolver un problema, pero al premiar el indicador equivocado provoca conductas que multiplican ese mismo problema. No es magia negra: es comportamiento humano. Si la recompensa se ata al síntoma -y no a la salida- la gente aprende a vivir del síntoma. Y el poder, si es astuto, aprende algo aún más delicado: administrar la necesidad puede dar más control que erradicarla.
Aquí hay un matiz importante: la historia de Delhi, ciudad al norte de India, esa en la que el gobierno paga por cobras muertas, la gente aprende a criarlas, luego se cancela la recompensa y las cobras regresan a la calle, circula por el mundo con la fuerza de los relatos que parecen demasiado perfectos para no ser verdad. Sin embargo, cuando uno intenta amarrarla al calendario y a los archivos, no encuentra un día firme donde ubicarla: no hay una fecha sólida, ni un expediente definitivo que la sostenga con la misma precisión con que se sostiene un hecho histórico.
Anuncio
Por eso muchos estudiosos la tratan como una parábola, más que como un acontecimiento comprobado. Es decir, como una narración diseñada para enseñarnos una lección sobre los incentivos y sus trampas: cómo un remedio mal pensado puede alimentar la enfermedad. En el campo del desarrollo internacional se dice, sin rodeos, que como ocurre con la mayoría de las buenas parábolas, esta historia probablemente es apócrifa: no porque sea inútil, sino porque su verdad no está en el archivo, sino en la idea que deja sembrada, como una espina luminosa, en la conciencia de quien la escucha.
Aplicado a sociedades complejas, el efecto cobra suele aparecer cuando el Estado crea un circuito en el que el acceso a bienes, subsidios, permisos o divisas se vuelve una “llave” que define quién come, quién produce y quién sobrevive. En ese escenario, el ciudadano se adapta para no quedar fuera; y el gobierno puede terminar confundiendo la gobernabilidad con la administración permanente de la escasez.
Los inicios del chavismo: refundación, renta y promesa…
La llegada de Hugo Chávez a la presidencia en 1999 se presentó como una refundación del Estado: nueva constitución, reordenamiento institucional y un relato moral de ruptura con el viejo sistema de partidos. En esa primera fase, el chavismo fue una coalición amplia que combinó nacionalismo, crítica social, disciplina militar y un lenguaje de participación popular que prometía devolverle la política a la gente común.
La base material de esa promesa fue la renta petrolera. Venezuela ya era una economía rentista, pero el proyecto bolivariano apostó por convertir la renta en inclusión rápida: programas sociales masivos, expansión del Estado y un vínculo emocional directo entre gobierno y sectores históricamente marginados. Esa fórmula produjo mejoras visibles para muchos, pero también sembró una dependencia estructural: si la redistribución no se acompaña de productividad, diversificación y reglas estables, el sistema queda atado a la abundancia del ingreso petrolero y a la cohesión política del liderazgo.
“Socialismo del siglo XXI”: consigna amplia y concentración del mando…
Con el paso del tiempo, el chavismo abrazó la etiqueta de “socialismo del siglo XXI” como horizonte ideológico. En la práctica, aquella consigna operó como un paraguas que mezcló igualdad, antiimperialismo y soberanía con una dinámica política de movilización permanente: el proyecto se narraba como una causa histórica y el conflicto como una frontera moral (lealtad/traición). En ese marco, la crítica podía leerse no como discrepancia legítima, sino como amenaza.
A la vez, organizaciones de derechos humanos y mecanismos internacionales han documentado denuncias graves sobre represión, detenciones arbitrarias y torturas en el período posterior, señalando la participación de aparatos de seguridad del Estado y patrones sistemáticos de persecución a disidentes.
Esta dimensión -la del control y el castigo- es crucial para entender por qué, para muchos venezolanos, el “socialismo” terminó percibiéndose como una ficción justificadora: un nombre noble usado para sostener un orden cada vez más coercitivo.
El “efecto cobra” rentista: acceso administrado, arbitraje y dependencia…
El punto neurálgico, visto desde el efecto cobra, fue el desplazamiento de la política social desde la idea de salida de la pobreza hacia una lógica de acceso administrado: beneficios, subsidios, empleo público, permisos y, en especial, el acceso a divisas en un país altamente dependiente de importaciones.
Cuando el Estado controla llaves estratégicas (divisas, importaciones, precios regulados), nace un terreno fértil para la distorsión: gestión, arbitraje, corrupción y mercado paralelo. La población -no por vicio, sino por necesidad- adapta su vida a ese laberinto. Y el gobierno puede terminar reforzando el mismo diseño que produce la dependencia, porque ese diseño también produce lealtades, disciplina y capacidad de castigo.
La sucesión y el quiebre: la entrada de Nicolás Maduro…
La muerte de Hugo Chávez, el 5 de marzo de 2013, abrió el gran punto ciego del proyecto: la transición sin el líder fundador. Nicolás Maduro asumió la continuidad y enfrentó una elección rápida en abril de 2013 marcada por un resultado estrecho y una legitimidad fuertemente disputada. Desde entonces, el sistema entró en una etapa distinta: sin el carisma de Chávez, la cohesión interna se volvió más frágil, y la política tendió a endurecerse para conservar control en un país cada vez más polarizado.
Ese resquebrajamiento no fue solo electoral. Fue también simbólico e institucional: el chavismo pasó de presentarse como revolución en expansión a presentarse como revolución asediada. En contextos así, la tentación autoritaria crece: más control, más vigilancia, más criminalización del adversario. Y, mientras la economía se deteriora, la disputa por la legitimidad se vuelve permanente.
Inflación y agotamiento: cuando el incentivo se desvanece…
El efecto cobra se vuelve más evidente cuando la inflación disuelve los beneficios y la vida diaria se vuelve una carrera por conseguir lo primordial. Lo que antes parecía una zapata de protección empieza a convertirse en un salvavidas roto: la ayuda no alcanza, el salario se pulveriza y la dependencia se convierte en encierro. Ahí, el sistema de acceso administrado pierde su capacidad integradora y se transforma en dispositivo de control social: el ciudadano depende más, pero recibe menos.
Anuncio
El nuevo episodio: Delcy Rodríguez como poder de facto tras la captura de Maduro…
El pasado 3 de enero de 2026, la crisis venezolana entró en un capítulo aún más incierto: Nicolás Maduro fue capturado por fuerzas estadounidenses y, tras ello, Delcy Rodríguez asumió como presidenta interina/actuante según decisiones internas del aparato institucional venezolano, en un contexto de fuerte controversia internacional y cuestionamientos sobre legalidad y soberanía.
Este giro altera el tablero: ya no se trata únicamente de oposición versus gobierno, sino de un país cuya jefatura del Estado queda atravesada por un evento externo de enorme impacto, con tensiones internas y presiones internacionales simultáneas. Para la población, el resultado inmediato suele sentirse igual de concreto: más incertidumbre, más temor, más dudas sobre el futuro.
Conclusión…
Visto como hilo conductor, este escrito deja una idea clara: el chavismo nació como promesa de dignidad apoyada en la renta petrolera y en una narrativa de refundación; con el tiempo, esa promesa se fue amarrando a una arquitectura de control donde el acceso administrado sustituyó la transformación productiva. Ahí operó el efecto cobra: el sistema terminó premiando la permanencia dentro del circuito -no la salida- y, cuando la inflación y la crisis desgastaron la capacidad distributiva, lo que quedaba para sostener autoridad era el endurecimiento político, la administración de la necesidad y, según múltiples denuncias, la represión.
A largo plazo, el panorama es todavía más incierto porque entra un factor imperial de primer orden: la intervención y las formas de control de Estados Unidos -cuestionadas por el precedente que rasgan cuando se mira desde el prisma de los derechos humanos- reconfiguran el porvenir venezolano desde afuera, como si una mano distante agitara el tablero y moviera las piezas sin tocar el polvo del camino.
En esa lógica de realpolitik, a las potencias suele resultarles más cómodo negociar con quien detenta el poder efectivo del Estado -el control institucional y coercitivo, hoy asociado a Delcy Rodríguez- que aventurarse con figuras opositoras de legitimidad social pero sin mando sobre las estructuras materiales del gobierno, como María Corina Machado.
Ese cálculo, sin embargo, rara vez coincide con el interés de la población: cuando el destino de un país se decide entre presiones externas y élites internas, la gente queda atrapada -otra vez- en el espacio donde las serpientes se reproducen, ese pasillo de sombra donde la necesidad aprende a caminar en círculos, donde la esperanza se vuelve prudente, y donde cada promesa, si no trae salida, termina hediendo a calabozo aunque se presente como salvación.


