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Opinión | Macbeth en la Casa Blanca: cuando el poder deja de necesitar vergüenza

Por 5 min lectura
Macbeth

Desmond Tutu decía: “Si un elefante mantiene el pie sobre la cola de un ratón y alguien dice ser ‘neutral’, el ratón no apreciará esa ‘neutralidad’. Si permaneces neutral en situaciones de injusticia, has elegido el lado del opresor”.

Hay comparaciones que no nacen para adornar un argumento, sino para encender una lámpara en medio de la penumbra. La que propone el analista mexicano Rodrigo Balvanera, desde su espacio digital Balvas News -leer el comportamiento moral de Donald Trump a la luz de Macbeth– no es un juego de ingenio: es un relámpago que, por un instante, ilumina el contorno de nuestras inquietudes políticas. Porque hay momentos en que la realidad se vuelve tan ruidosa que solo la literatura, con su afilada espada antigua, logra hacerla inteligible; y es que William Shakespeare, desde ese teatro donde el poder siempre pide sangre o silencio, vuelve a advertirnos lo mismo: cuando un líder de dirección política se emancipa de la vergüenza, la brújula moral de un país empieza a girar sin norte.

En la reflexión que circula en redes, Balvanera enlaza esa tragedia clásica con el presente y nos invita a mirar —como quien se asoma a un espejo que no perdona— el modo en que la ambición, la impunidad y la voluntad de dominio pueden disfrazarse de destino.

En Macbeth, la tragedia no es únicamente el acto inicial del crimen: es el proceso por el cual el poder, una vez tomado sin virtud, se vuelve adicción; y la adicción, método de gobierno. La obra suele leerse como una parábola sobre la ambición desbocada y la destrucción que ocurre cuando el deseo de mando ya no reconoce límites éticos. Esa lectura —sin necesidad de forzarla— ofrece un espejo útil para pensar la política cuando la figura del líder se presenta -o se comporta- como si estuviera de las restricciones morales, institucionales o cívicas.

Lo decisivo aquí no es alegar que la política sea teatro -aunque a veces lo parezca-, sino reconocer que Shakespeare dramatiza un mecanismo universal: la erosión moral convertida en normalidad. Macbeth cruza una línea -el asesinato del rey Duncan- y, al cruzarla, descubre algo terrible: que la primera transgresión “abre camino” para las siguientes. Duncan, en muchas lecturas, encarna una autoridad que gobierna sin necesidad de imponerse por el terror; su muerte no solo es injusta: altera el orden moral del reino y desata el desarreglo político. Después, el problema deja de ser “qué hizo Macbeth” y pasa a ser “qué necesita Macbeth para sostener lo hecho”: sospecha, propaganda, violencia, enemigos imaginados, lealtades compradas, miedo administrado.

Ahí la comparación con Trump —en el sentido propuesto por Balvanera— puede formularse con precisión: no como acusación literaria, sino como pregunta ética. ¿Qué ocurre cuando el liderazgo político se mueve hacia una zona amoral, donde el costo humano, la verdad factual o la decencia pública se vuelven variables secundarias? La respuesta que ofrece Macbeth es inquietante: cuando la virtud ya no es requisito, la política se organiza alrededor de la impunidad. Y la impunidad necesita rituales: insultar para dominar, exagerar para confundir, repetir para cansar, dividir para reinar. El tirano no siempre empieza como monstruo; a veces empieza como un líder que aprende que la vergüenza es un estorbo y decide prescindir de ella.

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También hay un elemento menos obvio, pero central: Macbeth no se sostiene solo en la psicología del protagonista, sino en el ambiente que lo habilita. Hay mensajeros que callan, cortesanos que aplauden, aliados que justifican, voces que se acostumbran. En términos contemporáneos: la amoralidad política rara vez es un acto solitario; suele ser un ecosistema. Balvanera, en otros análisis públicos, ha descrito marcos de “erosión democrática” y el papel de instituciones frente a líderes con impulsos autoritarios, lo que ayuda a ubicar su comentario sobre Shakespeare dentro de una preocupación más amplia por la degradación cívica.

Por eso, la utilidad de Macbeth para leer el presente no depende de identificar equivalencias perfectas “Macbeth = Trump, sino de atender el patrón: cuando el poder no se somete a frenos éticos, el lenguaje se corrompe, la lealtad reemplaza a la competencia, el adversario se convierte en enemigo, y la ley se vuelve instrumento. Shakespeare no escribe un tratado de ciencia política; escribe una tragedia para mostrar que el costo del poder sin virtud no es solo privado (culpa, paranoia), sino público: un país que vive “bajo la sombra” de la arbitrariedad.

Al reconocer explícitamente la autoría intelectual del disparo inicial -esa comparación que Rodrigo Balvanera hace circular desde Balvas News- recordamos que las humanidades no existen solo para archivar nombres y fechas, sino para encender, en el lenguaje, una luz que incomode y despierte. La literatura no es un lujo: es una forma de ver, un espejo que devuelve el rostro de la época sin maquillaje, y Macbeth nos devuelve, con su hierro antiguo, una verdad que no envejece: cuando la moral pública se vuelve moneda de cambio, el poder aprende a caminar sin vergüenza.

Porque el peligro mayor no es la ambición -siempre habrá ambiciosos-, sino el instante en que una sociedad, por cansancio o por miedo, empieza a confundir el ruido con la fuerza y la virtud con ingenuidad; el momento en que aceptamos -como si fuera consigna- la idea atribuida a Maquiavelo de que el fin justifica los medios, que la ley es un obstáculo, que el adversario es enemigo y que la verdad puede reescribirse como si fuera un comunicado. Así se entroniza la tiranía: no de golpe, sino a cuenta gotas, con el ímpetu de borrar lo que antes existía, sustituyendo el pacto por el culto, la deliberación por el insulto y el bien común por la obediencia.

Por eso, el silencio no es neutral: es el barro donde se imprimen las huellas del abuso. Callar a tiempo es conceder; mirar hacia otro lado es firmar una renuncia. Y, sin embargo, también aquí cabe la esperanza: porque la historia -y la conciencia- nos enseñan que ninguna sombra es invencible cuando la ciudadanía decide hablar, nombrar, recordar y actuar. Que este espejo shakesperiano no nos condene a la fatalidad: que nos convoque a la valentía. Donde asome el miedo, que crezca la palabra; donde se insinúe el olvido, que nazca la memoria; y donde una tiranía intente instalarse, que encuentre, frente a ella, un pueblo despierto que no confunde prudencia con silencio, ni esperanza con resignación.

 

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Dr. Carlos I. Hernández Hernández

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