Saltar al contenido principal
San Juan86°⛅ Parcialmente nublado
HIMNO DE PUERTO RICOHIMNO DE P.R.
PublicidadPublicidad: Anuncio OFIC Medalla Horizontal half pages
Literatura

Mujeres históricas frente al abismo: violencia, memoria y denuncia en libro de Norma “Lisa” Rosa Muñoz

Por 6 min lectura
Norma “Lisa” Rosa Muñoz

Al abrir Yo amé a un HdP, de Norma “Lisa” Rosa Muñoz, parece cruzar sus páginas el viento antiguo de esa América Latina que Gabriel García Márquez, en su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura del 8 de diciembre de 1982, La soledad de América Latina, llamó patria de “hombres alucinados y mujeres históricas”. En este libro, la mujer vuelve a alzarse como memoria herida y como terquedad luminosa frente a un patriarcado envejecido, de raíces bíblicas, que convirtió el matrimonio en una promesa de eternidad bajo la fórmula “hasta que la muerte nos separe”. Solo que aquí la muerte no llega con mansedumbre ni desciende del cielo como una fatalidad inevitable, sino que es provocada por la mano del agresor, ese hombre que parece haber olvidado que su primera morada fue también el cuerpo de una mujer.

Al acercarnos a un texto publicado en 2018, advertimos que su recepción forma parte de su sentido histórico y social. Yo amé a un HdP no fue un libro que pasó inadvertido entre las novedades editoriales, sino una obra que provocó eco, conversación e identificación. Su aparición despertó una discusión urgente en torno a la violencia contra la mujer, y encontró lectoras que reconocieron en sus páginas no solo una denuncia frontal, sino también una voz que acompañaba advertía y, en cierta medida, tendía la mano. Su presencia en librerías y espacios de promoción cultural confirma que el libro tocó una fibra sensible de la sociedad puertorriqueña. Por eso, antes de entrar en los relatos que lo componen, conviene detenerse en la forma en que fue recibido, porque ese eco inicial revela que el libro no solo narró una herida: logró colocarla en el centro de la conversación pública.

Desde su título, esta publicación se nos presenta como un texto de confrontación. No hay en él voluntad de suavizar, ni deseo de refugiarse en el eufemismo. Desde la primera impresión, el libro obliga a entrar en una zona marcada por el dolor, la memoria y la denuncia. Su título no busca escandalizar por mero efecto, sino nombrar sin rodeos una experiencia límite. La propia autora explica que esa expresión surgió de los testimonios de 230 mujeres víctimas de hombres violentos que recurrieron a esas palabras para designar a sus agresores. De ahí que el título no deba leerse como una provocación vacía, sino como la condensación verbal de una rabia acumulada, de una herida compartida y de una verdad que muchas veces se ha querido callar.

Ahí reside una de las mayores fuerzas del libro: en la paradoja que encierra su título. El verbo “amé” remite al afecto, a la entrega, a la confianza, incluso a la esperanza. La frase “hijo de puta”, en cambio, nombra la degradación moral del agresor y su capacidad de violentar con plena conciencia. Entre una palabra y otra se abre todo el abismo de la violencia doméstica. La víctima no entra en la relación amando a un monstruo visible, sino a alguien que muchas veces aparece bajo el disfraz de la gentileza, del afecto o de la protección, hasta que termina mostrando su verdadero rostro. En esa tensión entre amor y violencia, el título se convierte en una síntesis brutal del ciclo del maltrato.

Sin embargo, el libro no se limita a denunciar. También busca rescatar. Desde sus páginas iniciales, la autora deja claro que su propósito es hablarle a la mujer herida, a la que vive atrapada en una relación de abuso, a la que todavía no logra reconocer del todo la magnitud del daño. Por eso cada relato cumple una doble función: expone una tragedia, pero también intenta servir de advertencia, de espejo y de salvavidas. La autora no escribe desde la distancia fría del análisis académico, sino desde una voz directa, urgente y emocional, que quiere crear conciencia y acompañar a otras mujeres en el difícil proceso de mirar de frente su propia realidad.

De ahí que la estructura del libro deja ver ese recorrido. Tras los capítulos en que define al agresor, examina la persistencia histórica de la violencia y presenta historias de la vida real, la obra avanza hacia secciones que anuncian ruptura, reconstrucción y recuperación. No se trata, por tanto, de una simple acumulación de relatos dolorosos, sino de un trayecto que va del espanto a la posibilidad de rehacerse. Esa dimensión aleccionadora le da al texto una función que va más allá de la denuncia: busca crear conciencia en mujeres que no han vivido directamente esas experiencias y, a la vez, ofrecer orientación simbólica y emocional a quienes todavía permanecen dentro de ellas.

Uno de los mayores méritos del libro radica en mostrar que la violencia doméstica no puede reducirse a un conflicto íntimo ni a un simple “problema de pareja”. Lo que la autora pone en evidencia es una estructura de dominación con raíces profundas en la historia patriarcal. De ahí que la violencia aparezca no como excepción, sino como continuidad; no como accidente, sino como parte de una cultura que ha tolerado, encubierto o minimizado el abuso. El lenguaje del libro es frontal, por momentos duro, incluso descarnado, pero esa dureza responde a la gravedad del tema. La narradora escribe así porque sabe que el silencio también mata y que, frente a ciertas realidades, nombrar con crudeza es una forma de romper la complicidad social que las sostiene.

En Yo amé a un HdP, el título termina siendo la primera herida abierta del libro. Su fuerza no está solo en lo que dice, sino en lo que revela. Resume la contradicción más dolorosa de muchas historias de violencia: haber amado precisamente a quien destruyó la dignidad, el cuerpo y la esperanza. La autora llama las cosas por su nombre porque sabe que solo desde esa verdad áspera puede romperse el pacto de silencio que durante tanto tiempo ha protegido al agresor. Esa es, precisamente, una de las mayores honestidades del texto.

Pero el valor del libro no termina ahí. Cada historia funciona también como advertencia y como posibilidad de conciencia. A través de relatos atravesados por el miedo, la manipulación, la humillación y la muerte, la autora construye una pedagogía del despertar. Denuncia, sí, pero también acompaña. Expone el horror, pero no se instala en él con complacencia; intenta, más bien, que de esa exposición surja una forma de lucidez. Esa voluntad de alertar y rescatar es la que le da al libro su sentido más hondo.

En suma, Yo amé a un HdP es un libro de denuncia, pero también de alerta. Su mayor fuerza está en mostrar, sin rodeos, cómo la violencia contra la mujer puede esconderse detrás del amor, del matrimonio, de la religión y de las apariencias de respetabilidad. La autora desmonta esas máscaras y deja ver que muchas veces la agresión no termina en el golpe, sino en la destrucción total de una vida. Frente a ese horror, el libro afirma a la mujer no como víctima perpetua, sino como conciencia, como origen y como fuerza de reconstrucción. Ahí radica su valor más profundo: en recordarnos que herir a una mujer es herir una de las raíces más hondas de la vida.

 

Apoye nuestra labor

Ayúdenos a seguir contando nuestra cultura

Si quiere ayudar a que continuemos apoyando la cultura puertorriqueña, puede hacerlo aquí.

Donar con PayPal Pago seguro en PayPal. También acepta tarjeta.
Dr. Carlos I. Hernández Hernández

Deja un comentario

Descubre más desde Periódico El Adoquín

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo