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Historia

Soldiers of the Nation: una mirada crítica al militarismo, la ciudadanía y la colonia en Puerto Rico

Por 8 min lectura
Soldiers of the Nation

Antes de comenzar esta reseña, debo hacer una aclaración que trasciende el ámbito estrictamente académico. Quien suscribe, fue entrevistado por Anthony Cáceres en el pódcast El Tony Pregunta, en un episodio que circuló ampliamente en las redes sociales. Durante aquella conversación expresé que era necesario revisar críticamente una de las afirmaciones más repetidas de nuestra historia contemporánea: la idea de que la ciudadanía estadounidense fue impuesta a los puertorriqueños en 1917 con el propósito primordial de enviarlos como carne de cañón a las trincheras de la Primera Guerra Mundial.

Las reacciones fueron intensas y, en algunos casos, devastadoras. Hubo quienes llegaron incluso a señalar que este servidor estaba falseando la historia. Las páginas que siguen no pretenden responder a esas críticas mediante la estridencia ni desde la comodidad de una opinión personal. Constituyen, más bien, una reivindicación documentada de lo expresado en aquel programa. La investigación rigurosa de Harry Franqui-Rivera permite examinar los expedientes, las publicaciones y las decisiones oficiales que obligan a superar una explicación reduccionista convertida, con el paso del tiempo, en una suerte de mitología nacional.

Guardo, además, un recuerdo que merece consignarse sin convertirlo en una explicación retrospectiva de su trayectoria intelectual. Harry Franqui-Rivera fue mi estudiante en el curso de Historia de Puerto Rico II, en el Recinto Universitario de Mayagüez, en 1997. En una de aquellas clases surgió la afirmación, repetida durante décadas, de que la ciudadanía estadounidense había sido concedida a los puertorriqueños en 1917 para allegar soldados a las trincheras de la Primera Guerra Mundial.

Le señalé entonces que no era necesario poseer la ciudadanía estadounidense para ingresar en el Ejército de Estados Unidos. Recuerdo que sus ojos se iluminaron con la sorpresa de quien descubre una fisura en una certeza aceptada. No pretendo presentar aquella escena como la semilla providencial de una investigación que floreció años más tarde en una disertación doctoral y en un libro imprescindible. Los logros de Franqui-Rivera, uno de los estudiantes más avezados que he tenido el privilegio de conocer, son hechura de su disciplina, su inteligencia y su perseverancia; de él y solamente de él.

Desde el exordio de Soldiers of the Nation: Military Service and Modern Puerto Rico, 1868-1952, Harry Franqui-Rivera advierte a sus lectores que su investigación se internó en un territorio historiográfico sembrado de certezas repetidas con demasiada facilidad. Mientras procuraba encauzar formalmente su proyecto académico, encontró dificultades para hallar especialistas dispuestos a acompañar un estudio sobre el militarismo y la experiencia de los veteranos puertorriqueños. Descubrió, además, que algunas afirmaciones instaladas en la historia de Puerto Rico no descansaban en una comprobación documental suficientemente rigurosa, sino en una suerte de mitología nacional.

En esas narraciones inclinadas a la simplificación, los puertorriqueños aparecen únicamente como piezas reemplazables de una maquinaria imperial: carne de cañón o mano de obra desechable al servicio de la metrópoli. Franqui-Rivera no niega la naturaleza colonial de la relación entre Puerto Rico y Estados Unidos. Su aportación consiste en demostrar que la historia es más compleja: los sujetos coloniales padecen relaciones de poder desiguales, pero también negocian, resisten, aprovechan grietas institucionales y procuran transformar sus circunstancias.

El libro examina el impacto del servicio militar sobre la historia social y política de Puerto Rico desde las últimas décadas del dominio español hasta la consolidación del Estado Libre Asociado. Su eje interpretativo puede resumirse en tres palabras: virilidad, raza y servicio militar. En el imaginario imperial de finales del siglo XIX, la aptitud para las armas no era solamente una destreza técnica: funcionaba como prueba simbólica de hombría, modernidad y capacidad para el autogobierno. De ahí que la alegada falta de espíritu marcial de los pueblos colonizados se utilizara para justificar su subordinación. Después de 1898, esa mirada racializada se proyectó sobre los puertorriqueños, descritos con frecuencia como sujetos dóciles y todavía necesitados de tutela.

La experiencia bajo España ofrece un contrapunto indispensable. Después del Grito de Lares de 1868, las autoridades aceleraron la desmovilización de las milicias integradas por los llamados hijos del país. Pues temían que aquellas estructuras pudieran convertirse en el germen de un ejército rebelde. Tras la invasión de 1898, Estados Unidos impulsó una remilitarización controlada: el Batallón de Voluntarios de Puerto Rico comenzó a organizarse en 1899 y posteriormente se transformó en una unidad regular. La inclusión existía, pero permanecía cuidadosamente delimitada por la nueva metrópoli.

El núcleo más provocador del libro obliga a revisar uno de los relatos más repetidos acerca de la Ley Jones de 1917: la afirmación de que Estados Unidos concedió la ciudadanía estadounidense con el propósito primordial de reclutar puertorriqueños para la Primera Guerra Mundial. Franqui-Rivera no niega que el conflicto bélico acelerara la aprobación de la legislación. Sin embargo, demuestra que la discusión sobre la ciudadanía había comenzado antes de la entrada estadounidense en la guerra. Además de que respondía a preocupaciones coloniales, políticas y estratégicas más amplias.

Un documento de abril de 1914 permite colocar la discusión sobre bases más firmes. En American Review of Reviews apareció el artículo “Puerto Rico under Dr. Yager: Citizenship in the New Bill”. El texto recomendaba extender la ciudadanía estadounidense y algunas medidas limitadas de gobierno propio casi tres años antes de la Ley Jones y antes del estallido de la guerra europea. Su argumento era revelador: la ciudadanía contribuiría a extinguir el “germen del nacionalismo” incubado por la ciudadanía puertorriqueña creada bajo la Ley Foraker y ayudaría a garantizar una “conexión perpetua” entre Puerto Rico y Estados Unidos. La ciudadanía no aparece aquí como boleto de embarque hacia las trincheras, sino como instrumento de pacificación colonial y consolidación estratégica en el Caribe.

El propio comportamiento del Departamento de Guerra fortalece esta interpretación. Después de la declaración de guerra, dirigentes de la isla ofrecieron ampliar el Regimiento de Puerto Rico y abrir las filas a voluntarios. El secretario de Guerra rechazó inicialmente la propuesta. Más tarde, las autoridades tampoco consideraron emplear a la unidad como tropa de combate en Francia. El antiguo Regimiento de Puerto Rico fue destinado a defender el Canal de Panamá, una misión estratégica, pero subordinada. La explotación colonial existió y debe estudiarse sin eufemismos. Lo que la documentación invalida es la explicación reduccionista. Según la cual la ciudadanía fue concebida primordialmente para enviar puertorriqueños a morir en las trincheras de la Primera Guerra Mundial.

La contradicción se vuelve más visible cuando se examina la imagen que las autoridades estadounidenses construyeron del soldado puertorriqueño. En 1917, el gobernador Arthur Yager recomendó que los reclutas recibieran adiestramiento inicial en la isla antes de trasladarse al continente. Su carta describía a parte de aquellos hombres como campesinos pobres que nunca habían utilizado zapatos y apenas poseían una camisa y un pantalón de algodón. Al año siguiente, Porto Rico Progress presentó el entrenamiento militar como un taller de regeneración corporal capaz de transformar al jíbaro. La pobreza y las enfermedades producidas por estructuras históricas de explotación eran reinterpretadas como deficiencias individuales que la disciplina militar estadounidense debía corregir.

Durante la Segunda Guerra Mundial, ese paternalismo se tradujo en normas administrativas aún más explícitas. En 1942, el Departamento de Puerto Rico del Ejército estableció requisitos de ingreso más elevados para los naturales de la isla que para los continentales. El informe Puerto Rican Induction Program llegó a sostener que los puertorriqueños no poseían el mismo valor militar que los soldados del continente debido a sus supuestos niveles educativos y físicos inferiores, sus tradiciones raciales e históricas y sus aptitudes. La racialización del puertorriqueño no era un prejuicio aislado: había penetrado la planificación institucional. Incluso el 65 de Infantería, pese a su adiestramiento, permaneció confinado durante buena parte del conflicto a tareas de seguridad y servicio.

La Guerra de Corea alteró provisionalmente esa trayectoria. Ante la necesidad urgente de tropas, el 65 de Infantería fue enviado como unidad de primera línea. Su participación adquirió una densidad simbólica extraordinaria: los puertorriqueños demostraban en combate aquello que durante décadas se les había negado, que podían actuar como cuerpo organizado y no solamente como individuos aislados. Pero esa reivindicación no borró las contradicciones. El servicio militar continuó siendo, simultáneamente, una vía de movilidad social para miles de campesinos y trabajadores. Un instrumento del poder colonial y un espacio desde el cual distintos sectores puertorriqueños procuraron reclamar derechos, reformas o reconocimiento.

Uno de los grandes méritos de Soldiers of the Nation…, consiste precisamente en evitar dos simplificaciones igualmente problemáticas. La primera reduce a los soldados puertorriqueños a víctimas pasivas de un imperio que los utilizó sin que ellos pudieran elaborar proyectos propios. La segunda transforma el servicio militar en una historia lineal de progreso y asimilación. Como si el uniforme hubiese borrado las estructuras coloniales y las jerarquías raciales. Franqui-Rivera se mueve entre ambos extremos. Reconoce la capacidad de agencia de los puertorriqueños, pero no oculta que sus oportunidades estuvieron contenidas dentro de un orden desigual.

La aportación de Harry Franqui-Rivera trasciende, por tanto, la historia estrictamente militar. Su libro obliga a contemplar la relación entre ejército, sociedad, raza, masculinidad, ciudadanía y nación. La ciudadanía estadounidense de 1917 no puede explicarse únicamente por la necesidad de soldados durante la Primera Guerra Mundial. La investigación revela una historia más incómoda y compleja: la ciudadanía también respondió a intereses de consolidación colonial y seguridad estratégica, mientras las instituciones estadounidenses continuaron tratando durante décadas a los soldados de la isla como sujetos inferiores, dudosos o inadecuados para el combate.

Al cerrar el libro, queda la impresión de que el uniforme funcionó como espejo contradictorio. En él se proyectaron los prejuicios de la metrópoli y las aspiraciones de las élites insulares. Además de los anhelos concretos de miles de puertorriqueños que procuraban abrir caminos de supervivencia y dignidad. Algunos encontraron estudios, empleos y nuevas posibilidades de vida; otros descubrieron que la ciudadanía prometida no eliminaba las fronteras raciales ni disolvía la condición colonial. Entre cuarteles, campos de adiestramiento y trincheras lejanas, Soldiers of the Nation…, nos recuerda que la historia no es un cuento de hadas. Es un territorio de tensiones, pérdidas, negociaciones y esperanzas. Donde incluso los sujetos sometidos a un orden imperial conservan la capacidad de disputar el significado de su propia existencia histórica.

 

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Dr. Carlos I. Hernández Hernández

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