Por Abdías Méndez Robles
«El arte no es solo un reflejo de la vida, sino un sacrificio de quienes se dedican a crear, promover y preservar la cultura. Ellos son los verdaderos héroes que, a menudo desde la sombra, permiten que la luz del arte brille en la sociedad.» –Arthur C. Danto (1924–2013)
Un homenaje a quien dedicó su vida al arte
Con su apertura oficial al público el jueves, 2 de julio de 2026, la exposición colectiva La Mirada de Molina: Homenaje Colectivo a través de los Artistas reúne a un grupo de creadores con un propósito común: rendir homenaje póstumo a Antonio J. Molina (1928–2023), figura fundamental en la historia cultural de Puerto Rico. La misma será en en la Galería Lorenzo Homar, en la Escuela de Artes Plásticas y Diseño de Puerto Rico.
El arte no se construye únicamente mediante la creación de imágenes, objetos o espacios; también se fortalece gracias a la crítica, la investigación histórica, la documentación y la labor de quienes dedican su vida a reconocer, promover y preservar la obra de otros. Antonio J. Molina representa una de esas figuras indispensables que comprendieron que el desarrollo artístico de un país requiere tanto de creadores como de intelectuales capaces de interpretar, divulgar y proteger su patrimonio cultural.
Su fallecimiento, el 12 de septiembre de 2023 en San Juan, Puerto Rico, a los 95 años, marcó la partida de un hombre cuya influencia trascendió generaciones de artistas. Su legado permanece en los textos que escribió, las exposiciones que impulsó, las conversaciones que promovió y, sobre todo, en las trayectorias artísticas que ayudó a fortalecer.
Cubano de nacimiento y puertorriqueño por adopción, Molina desarrolló en Puerto Rico una amplia labor como crítico de arte, artista plástico, historiador y gestor cultural. Su vida estuvo guiada por la defensa de la libertad intelectual, el intercambio de ideas y la convicción de que el arte constituye una expresión esencial de la identidad de los pueblos.
Más que un observador, fue un protagonista del desarrollo cultural de la Isla. Entendió que la crítica, la historia y la gestión cultural eran herramientas indispensables para fortalecer la conciencia artística y crear puentes entre los creadores y la sociedad.
Esta exposición es una expresión colectiva de gratitud. Más que recordar a una persona, reconoce a quien contribuyó a construir espacios de diálogo, reflexión y crecimiento para el arte puertorriqueño.

Antonio J. Molina: la crítica como herramienta de transformación
La crítica de arte cumple una función esencial dentro de la historia cultural. El crítico no solo describe o evalúa una obra; interpreta su contexto, establece relaciones históricas y ayuda a comprender los procesos creativos de una época.
Antonio J. Molina asumió esa responsabilidad con rigor intelectual y sensibilidad humana. Su crítica se sustentaba en un profundo conocimiento, pero también en la empatía hacia el artista. Comprendía que detrás de cada obra existía una búsqueda personal, una experiencia de vida y una relación íntima con el entorno cultural.
Para Molina, la crítica no debía ser un ejercicio de autoridad, sino un espacio de diálogo. Sus escritos, conferencias e intervenciones públicas acercaron el arte al público y contribuyeron a formar una mirada más consciente sobre la producción artística puertorriqueña.
Una de sus mayores aportaciones fue su capacidad para reconocer el talento en distintas etapas de desarrollo. Prestó la misma atención a artistas consagrados que a creadores emergentes necesitados de visibilidad. Para muchos, una crítica de Molina representó no solo un análisis profesional, sino también un voto de confianza y un estímulo para continuar creando.
En una época en que los espacios de discusión artística eran limitados, su trabajo resultó esencial para documentar procesos, fomentar el diálogo y preservar una parte significativa de la memoria cultural del país.

El artista, el historiador y la experiencia compartida
Aunque Antonio J. Molina es ampliamente reconocido por su labor como crítico y gestor cultural, su producción artística constituye otra dimensión fundamental de su legado. Su experiencia como creador le permitió comprender el arte desde las incertidumbres, los descubrimientos y los desafíos propios del proceso creativo.
La convergencia entre artista y crítico le otorgó una perspectiva singular. Molina no hablaba únicamente desde la teoría; también lo hacía desde la experiencia de quien conocía el oficio de crear.
Mi relación con Antonio J. Molina estuvo marcada precisamente por esa diversidad de facetas. Lo conocí primero como crítico de arte, una voz intelectual que analizaba y reconocía el trabajo de los artistas. Con el tiempo, nuestra relación evolucionó hacia una estrecha colaboración en distintos proyectos culturales.
Durante mi presidencia, asumió la vicepresidencia de la organización, participando activamente en iniciativas dirigidas a fortalecer el diálogo artístico y la gestión cultural. Compartimos proyectos, ideas y la convicción de que el arte necesita espacios permanentes de apoyo, comunicación y reconocimiento.
También coincidimos en la radio. Tuve la oportunidad de participar en su programa dedicado al arte y la cultura, donde ejercía una valiosa labor educativa acercando la reflexión artística al público. De igual forma, fue invitado a mi programa radial, dedicado a las artes visuales, donde dialogamos sobre artistas, procesos creativos y la importancia de divulgar nuestro patrimonio cultural.
Esos encuentros revelaban otra de sus virtudes: la capacidad de convertir la conversación sobre arte en una herramienta de formación. Para Molina, el arte no debía permanecer restringido a los especialistas; debía compartirse con toda la sociedad.
Nuestra relación alcanzó además una dimensión creativa cuando realizamos una exposición a dos manos, estableciendo un diálogo visual mediante obras concebidas en conjunto. Esa experiencia me permitió conocerlo desde la intimidad del proceso creador: un artista sensible, generoso y siempre dispuesto al intercambio de ideas.
Trabajar junto a él confirmó la coherencia de todas sus facetas. El crítico que analizaba la obra era también el artista que la producía; el historiador que estudiaba la cultura participaba activamente en ella; el gestor que abría caminos también los recorría junto a otros creadores.

Un gestor cultural y creador de vínculos
Una de las contribuciones más significativas de Antonio J. Molina fue su labor como gestor cultural. Su trabajo trascendió la crítica y la producción artística para convertirse en un permanente esfuerzo por crear espacios de encuentro, fortalecer instituciones y promover el diálogo entre artistas, investigadores, coleccionistas y público.
El gestor cultural cumple una función esencial: generar oportunidades, establecer conexiones y propiciar las condiciones para que el arte pueda circular, discutirse y preservarse. Molina comprendió esa responsabilidad y la asumió con una visión amplia, convencido de que el arte puertorriqueño debía dialogar con otros contextos y participar activamente en el ámbito internacional.
Su labor como conferenciante, crítico, comunicador y promotor amplió el acceso al conocimiento artístico. Sus conferencias, programas de radio, artículos e intervenciones públicas fueron espacios donde compartió generosamente su experiencia y fomentó el pensamiento crítico. Para él, hablar de arte era también una forma de educar y fortalecer la identidad cultural.
Fue un auténtico puente entre generaciones y comunidades artísticas. Muchos creadores encontraron en él un aliado que supo valorar sus búsquedas, acompañar sus procesos y abrirles espacios de reconocimiento.
Su participación en organizaciones culturales como el Club de la UNESCO y la Asociación Internacional de Críticos de Arte (AICA), capítulo de Puerto Rico, refleja ese compromiso con la construcción de una comunidad artística organizada y conectada con el mundo.
En el caso de AICA, su incorporación estuvo marcada por las circunstancias históricas y políticas de una época compleja. Algunos sectores cuestionaron inicialmente su presencia debido a su origen cubano, en un contexto internacional influenciado por las tensiones ideológicas de la Guerra Fría. Sin embargo, el reconocimiento de Molina por parte de la mayoría de sus colegas e instituciones culturales estuvo basado en su trayectoria, su conocimiento y sus aportaciones al campo del arte.
Su historia personal también debe comprenderse desde la experiencia del inmigrante que tomó decisiones fundamentales en defensa de su libertad intelectual y de expresión. Al abandonar Cuba, dejó atrás familiares, amistades, estabilidad y una vida construida, para buscar un espacio donde pudiera desarrollar su pensamiento con independencia. Esa experiencia marcó profundamente su visión del mundo y fortaleció su compromiso con la libertad de pensamiento, el diálogo y la creación artística.
Molina no permitió que esas circunstancias definieran sus aportaciones. Por el contrario, convirtió su experiencia de vida en una fuente de comprensión sobre la importancia de la cultura como espacio de encuentro entre pueblos.

La exposición como acto de memoria y gratitud
La exposición La Mirada de Molina: Homenaje Colectivo a través de los Artistas constituye una manifestación de gratitud de un grupo de creadores que reconoce la importancia de Antonio J. Molina y desea expresar, mediante sus obras, la huella que dejó en sus vidas y trayectorias.
Las piezas reunidas responden a diversas aproximaciones. Algunos artistas interpretan su imagen mediante el retrato; otros evocan su presencia a través de símbolos o de obras vinculadas a momentos significativos de su relación personal, profesional o intelectual con él. Esta diversidad de lenguajes refleja la amplitud de su legado y la riqueza de los vínculos que cultivó a lo largo de su vida.
En la historia del arte, el retrato trasciende la representación física. Es también una interpretación de la personalidad, los valores y la memoria de quien es representado. Desde esa perspectiva, cada obra de esta muestra constituye un testimonio visual de una experiencia compartida y un reconocimiento a la influencia que Molina ejerció sobre varias generaciones de artistas.
La exposición no busca únicamente recordar a una figura del pasado, sino reafirmar la vigencia de su pensamiento y de sus aportaciones al desarrollo de las artes visuales en Puerto Rico. Cada pieza establece un diálogo entre la memoria y la creación contemporánea, convirtiéndose en un gesto de agradecimiento hacia quien dedicó su inteligencia, sensibilidad y energía a fortalecer nuestra cultura.
La muestra reúne veintiocho obras realizadas por artistas de distintas generaciones y tendencias estéticas, unidos por una experiencia común: haber conocido, compartido o recibido el apoyo de Antonio J. Molina. Participan Abdías Méndez Robles, Ada Carmona, Andrés Garcés, Antonio Cortés, Antonio J. Molina, Arturo Yépez, Ben Morales, Carmelo Fontánez, Edwin Mauras Modesti, Gary Javier, Iris Lugo Báez, Jorge L. Morales Torres, José Balay Ruiz, José Galarza, Mancolfo Obregón, Miguel Bayón, Miguel Conesa Osuna, Milton González, Orlando Castro, Raúl Zayas, Roberto Acevedo, Sandra González y Santiago.
Cinco de las obras no representan físicamente a Molina. En ellas, los artistas optaron por presentar piezas que evocan la etapa de sus carreras en la que el crítico estuvo presente como orientador, promotor o apoyo intelectual. Son obras que representan el momento o etapa cuando el crítico de arte se conectó con el artista.
La exposición ofrece un amplio recorrido por distintos lenguajes plásticos, desde el retrato académico y la pintura figurativa hasta propuestas surrealistas, caricaturas y obras de carácter simbólico, evidenciando la diversidad de miradas con las que compartió.
Más que representar la figura de Antonio J. Molina, estas obras evocan la relación que mantuvo con sus autores y el papel que desempeñó como crítico de arte al reconocer, promover y acompañar sus trayectorias artística.
Antonio J. Molina, el artista. Cuya carrera comienza en su juventud, y la retomó en Puerto Rico. Sus sillas fueron la etapa más productiva y conocida. Trabajó la pintura y el grabado.

Antonio J. Molina, el artista
Además de su reconocida labor como crítico, historiador y gestor cultural, Antonio J. Molina desarrolló una sólida trayectoria como artista plástico. Aunque comenzó a pintar en su juventud, fue en Puerto Rico donde consolidó una producción constante y personal.
Su serie de las sillas constituye una de las etapas más conocidas de su obra. En ella convirtió un objeto cotidiano en un símbolo cargado de significados, explorando temas como la memoria, la identidad, la espiritualidad y la condición humana. Paralelamente, cultivó la pintura, el dibujo y el grabado, disciplinas que revelan su dominio técnico y una permanente inquietud creativa.
La inclusión de varias de sus obras en esta exposición permite apreciar una faceta que, en ocasiones, quedó eclipsada por el reconocimiento alcanzado como crítico de arte. Sin embargo, ambas dimensiones fueron inseparables. Su experiencia como creador enriqueció su capacidad para comprender el proceso artístico desde una perspectiva profundamente humana.
El legado de Antonio J. Molina en el arte puertorriqueño
El legado de un intelectual no se mide únicamente por los reconocimientos recibidos en vida, sino por la capacidad de seguir inspirando a las generaciones que le suceden.
Antonio J. Molina permanece presente en la memoria de numerosos artistas que encontraron en él una voz crítica, un promotor comprometido y un interlocutor dispuesto a escuchar. Muchos recibieron de su parte una reseña, una invitación a exponer, una recomendación o simplemente una conversación que fortaleció su confianza y reafirmó su vocación artística.
Su trayectoria demuestra que el desarrollo cultural de un país depende no solo de quienes crean obras, sino también de quienes las interpretan, investigan, documentan y difunden. Críticos, historiadores, curadores y gestores culturales desempeñan un papel esencial para que el patrimonio artístico permanezca vivo y accesible a la sociedad.
Molina entendió que apoyar al artista era también defender la cultura. Su compromiso con la investigación, la divulgación del conocimiento y la promoción constante de los creadores constituye una herencia que mantiene plena vigencia.
En una época marcada por nuevos retos para la cultura, su ejemplo recuerda la importancia del pensamiento crítico, la investigación rigurosa y la generosidad intelectual. Su vida demuestra que una escena artística sólida solo puede construirse mediante la colaboración entre artistas, investigadores, instituciones y públicos.

Esta exposición colectiva es mucho más que un homenaje personal. Es el reconocimiento a una manera de entender el arte como memoria, diálogo y construcción colectiva. Es también una afirmación de que la labor de quienes dedican su vida a promover la cultura continúa dando frutos mucho después de su partida.
Antonio J. Molina dejó una huella profunda en la historia cultural de Puerto Rico. Su nombre permanece asociado a una visión generosa del arte y a una vocación incansable por tender puentes entre artistas, ideas e instituciones.
La mejor forma de honrar su memoria es mantener vivo ese diálogo que promovió durante toda su vida: un diálogo donde el arte continúe siendo un espacio de encuentro, reflexión y transformación social.
Expreso mi agradecimiento a la Dra. Ileana Muñoz Landrón, José Galarza, Luis González Sotomayor, los artistas participantes, los coleccionistas y todas las personas que hicieron posible esta exposición.
Gracias a ese esfuerzo colectivo, hoy celebramos la vida y el legado de Antonio J. Molina en la Galería Lorenzo Homar de la Escuela de Artes Plásticas y Diseño de Puerto Rico, reafirmando que la memoria del arte permanece viva mientras existan quienes continúen preservándola, estudiándola y compartiéndola.
Imagen principal: Abdías Méndez Robles-Geometría de la memoria Homenaje a Antonio Molina _ 2026 _ óleo y carbón sobre lienzo _ diptico 16_ x 24_
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