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Literatura

Del anecdotario silvestre al perreo combativo: Jorge Rivera Nieves el periodista silvestre que aprendió a domar el porvenir

Por 13 min lectura
anecdotario

Reseña al libro de Jorge Rivera Nieves. Anecdotario de un periodista silvestre…, y algunas lecciones aprendidas.

“Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”. El verso de Antonio Machado parece encender una lámpara al inicio de Anecdotario de un periodista silvestre… y algunas lecciones aprendidas, de Jorge Rivera Nieves. No porque el libro aspire a la solemnidad de una autobiografía oficial, sino porque sus páginas cuentan la vida de un hombre que fue inventando su destino paso a paso: entre la pobreza y la disciplina, entre la noticia y el peligro, entre el error y la lección, entre el duelo del país y la esperanza personal.

Jorge camina en este libro con el polvo de la infancia todavía pegado a las botas de aquel niño de pantalones cortos corlo blanco que aparece en la portada, como si desde entonces quisiera domar el porvenir. Su memoria no traza una línea recta, sino una senda de viento, tropiezos y aprendizajes. Al volver la vista atrás, no encuentra un camino hecho, sino las huellas de un hombre que se hizo andando y que, pese a las tormentas, nunca permitió que la pobreza, el miedo o el fracaso le arrebataran la sonrisa.

El libro puede leerse, ante todo, como una memoria en movimiento. Jorge Rivera Nieves no escribe desde la comodidad del que mira su vida como un archivo cerrado, sino desde la conciencia de quien sabe que recordar es volver a pasar por los lugares donde la vida dejó marcas. En ese sentido, el texto no se limita a contar anécdotas. Las ordena, las revive, las interpreta y las convierte en aprendizaje. Cada recuerdo funciona como una escena donde el periodista, el hijo, el padre, el compañero y el ciudadano puertorriqueño se encuentran frente al espejo de su propia formación.

La palabra “silvestre” es la primera gran clave del libro. No se trata de una palabra menor ni de una modestia decorativa. Lo silvestre remite a lo natural, a lo agreste, a lo indómito: aquello que nace sin artificio, pero también aquello que se resiste a ser domesticado por la adversidad. Jorge es silvestre porque conserva una espontaneidad que no parece fabricada para la cámara. Pero es también silvestre porque su vida tuvo que crecer, como crecen ciertas plantas fuertes, entre la intemperie, el trabajo y la necesidad de abrirse paso.

La portada del libro ya contiene una tesis visual. Allí aparece el niño Jorge, con camisa blanca, pantalones cortos y botas de vaquero. La imagen es entrañable, pero también profundamente simbólica. Es un niño, sí, pero parece un niño-hombre: alguien que mira al futuro con una mezcla de inocencia y desafío. Las botas de cowboy, plantadas sobre la tierra humilde del barrio, sugieren una vocación temprana de montar el destino, de domar el porvenir, de no dejarse arrastrar por la pobreza como “el tamo que arrebata el viento”, según la imagen bíblica del Salmo Primero: versículo 4. La estrechez económica está en la fotografía; pero también está la sonrisa. Y esa sonrisa es casi un sortilegio: anuncia que la pobreza pudo rondarlo, pero no pudo derrotarlo.

Aunque nació en San Juan, sus memorias parecen atravesadas por una transfusión de recuerdos familiares, especialmente los de su padre Firpo. En esa figura paterna -fuerte, contradictoria, apasionada, popular, política, bohemia- hay una raíz profunda de la personalidad de Jorge. El libro no presenta la identidad como un dato fijo, sino como una herencia en movimiento: lo que uno recibe, lo que uno padece, lo que uno corrige, lo que uno transforma. Por eso la niñez y la adolescencia de Jorge tienen el aire de aquella antigua tradición puertorriqueña de pasar de los pantalones cortos a los largos: el tránsito simbólico del muchacho que aprende a hacerse hombre en medio de las limitaciones materiales, los afectos familiares y la disciplina que impone la vida.

Ahora bien, la dimensión más rica del libro aparece cuando sus recuerdos personales se cruzan con la historia pública de Puerto Rico. Aquí resulta imprescindible leer el anecdotario desde los marcadores de contexto de Gregory Bateson. En el sentido batesoniano, un marcador de contexto es aquello que le indica al lector cómo debe interpretar una experiencia. En este libro, esos marcadores no son solamente las palabras que encabezan capítulos o secciones. Son, sobre todo, las coberturas periodísticas que colocaron a Jorge frente a la historia viva del país.

A esa formación de vida hay que añadir un dato decisivo: Jorge Rivera Nieves no llegó al periodismo por la ruta cómoda del estudiante predestinado al éxito. Su promedio escolar, elevado apenas a 1.98, le permitió ingresar al Puerto Rico Junior College, desde donde luego pasó a la Universidad de Puerto Rico para estudiar Ciencias Sociales con concentración en Psicología. Esa trayectoria no debe verse como una nota marginal, sino como una de las claves humanas del libro: el éxito de Jorge no nace de una superioridad temprana, sino de una lenta disciplina contra el desaliento.

A esa trayectoria de superación debe añadirse una herida escolar que el propio Jorge no disimula: la frustración que le provocaron las matemáticas, asociada en su memoria a Misis Gorman. El dato parece menor, pero no lo es. En una vida construida desde la palabra, desde la voz y desde la intuición comunicativa, las matemáticas aparecen como una temprana zona de derrota, vergüenza y resistencia. Allí también se forma el Jorge posterior: no en la facilidad del camino, sino en la necesidad de sobreponerse a aquello que parecía cerrarle puertas.

Por eso su promedio de 1.98 no debe leerse como señal de mediocridad, sino como punto de partida de una épica humilde. Ese número, casi al borde del fracaso, contiene una de las lecciones más poderosas del libro: el talento no siempre llega con expediente perfecto, ni la vocación aparece siempre bendecida por la escuela. A veces nace precisamente en el muchacho que tropieza, que se avergüenza, que carga con una frustración, pero que no se resigna a que una nota, una materia o una maestra definan para siempre el tamaño de su destino.

Desde adolescente, la radio comenzó a operar en su vida como una escuela paralela. Mientras otros muchachos buscaban solamente entretenimiento, Jorge descubría en las emisoras de Santurce un mundo de voces, ritmos, urgencias y posibilidades. La radio fue su primer laboratorio de expresión pública: allí aprendió a escuchar, a modular, a observar, a respetar la palabra y a entender que comunicar no era simplemente hablar, sino hacerse cargo de una audiencia.

Ese dato cobra mayor importancia porque Jorge tampoco respondía al estereotipo tradicional del comunicador televisivo. Él mismo recuerda sus inseguridades físicas y la sensación de no “dar la talla” frente a los modelos de presencia que dominaban los medios. Por eso su llegada a la televisión tiene un valor simbólico mayor: no fue el triunfo de una figura fabricada por los códigos estéticos del medio, sino la victoria de una personalidad auténtica que convirtió la sencillez, la voz, la inteligencia emocional y la cercanía con el pueblo en sus verdaderas credenciales.

El episodio de Karl Wallenda debe leerse como uno de los primeros grandes marcadores de contexto periodístico en su memoria. Allí la noticia irrumpe como accidente, como caída literal y simbólica, como advertencia brutal de que el periodismo vive siempre al borde de lo inesperado. La muerte del equilibrista no fue solo una cobertura trágica; fue una lección sobre el instinto, la rapidez, la competencia entre medios, la búsqueda de imágenes y la necesidad de reconstruir una historia cuando el acontecimiento ya ha ocurrido y el periodista llega tarde al lugar de los hechos.

La entrevista a Filiberto Ojeda Ríos añade otro registro mucho más complejo. Ese encuentro, organizado bajo estrictas medidas de clandestinidad por los defensores del líder de Los Macheteros, tuvo algo de entrevista, algo de rito político y algo de secuestro pactado por las reglas de la clandestinidad. A Jorge lo movieron de un lugar a otro, lo vendaron, le limitaron la orientación espacial y lo condujeron hacia un escenario cargado de símbolos: la bandera puertorriqueña, la bandera de Lares, la imagen de Albizu Campos y la presencia enmascarada de quienes custodiaban la entrevista. Ese episodio funciona como marcador de contexto porque revela el periodismo como tránsito peligroso entre la confianza de la fuente, la ética profesional, la seguridad personal y la vigilancia del Estado.

En ese sentido, Filiberto no es solamente un personaje entrevistado, sino una frontera narrativa. Después de ese episodio, la memoria periodística de Jorge queda marcada por una pregunta ética de fondo: hasta dónde debe llegar un periodista para conseguir una historia sin traicionar la confianza de sus fuentes ni poner en riesgo su propia integridad. La entrevista lo coloca frente a uno de los dilemas clásicos del oficio: el periodista no es agente del Estado, tampoco militante de la fuente; su deber es proteger la información, preservar la palabra dada y permitir que el público juzgue.

Los acontecimientos del Cerro Maravilla, por ejemplo, no funciona únicamente como un episodio noticioso. Es un trauma político, una herida de Estado, un punto de quiebre en la confianza pública. Para el periodista joven, aquellas vistas y procesos no fueron solo asignaciones profesionales; fueron una escuela de prudencia, de rigor y de responsabilidad. Allí la memoria periodística aprende que la verdad rara vez se entrega completa en la primera versión oficial. Hay que observar, escuchar, contrastar, esperar, resistir la prisa y comprender que informar no es repetir lo que se dice desde el poder, sino examinar lo que el poder intenta ocultar.

Los desalojos de Villa Sin Miedo activan otro marcador de contexto: el de la pobreza convertida en conflicto político. Allí el lenguaje mismo se vuelve campo de batalla. Para unos, aquellas familias eran “rescatistas”; para otros, “invasores”. Esa diferencia verbal no es inocente. Define quién tiene legitimidad, quién merece compasión, quién puede ser desalojado y quién será tratado como amenaza. Jorge recuerda aquel escenario de barricadas, humo, Fuerza de Choque, helicópteros y resistencia comunitaria como algo más que una cobertura. Lo recuerda como una escena donde Puerto Rico se reveló dividido entre la necesidad social y la autoridad del Estado.

Las elecciones también funcionan como marcadores de contexto. En ellas, Jorge no observa solamente el conteo de votos; observa la democracia bajo tensión. Las elecciones de 1980 y los procesos electorales posteriores aparecen como momentos donde el país se mide a sí mismo entre pasiones partidistas, sospechas, recuentos, trincheras simbólicas y reclamos de legitimidad. El periodista, entonces, no es un simple narrador de resultados. Es testigo del nervio democrático de un pueblo que vota, desconfía, celebra, protesta y espera.

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El fuego del Hotel Dupont Plaza introduce otro registro: la catástrofe. La víspera de Año Nuevo de 1986, que pudo haber sido una noche familiar, se convirtió para Jorge en una de las experiencias más duras de su carrera. El periodista sale de la intimidad doméstica y entra en el escenario de la tragedia colectiva. Allí la noticia ya no es una abstracción. Huele a humo, interrumpe la vida, cancela la fiesta, deja muertos, obliga a trabajar mientras otros celebran, y convierte al reportero en testigo de una herida que el país no olvidaría.

Los tiroteos y escenas de fuego cruzado añaden una dimensión corporal al oficio. El periodismo no ocurre solamente frente a un escritorio ni bajo las luces del estudio. Ocurre también en la calle, en medio del peligro, con el camarógrafo limitado por el visor de la cámara, con el reportero convertido en ojos de su compañero, con la adrenalina de saber que una decisión equivocada puede costar la vida. En esos episodios, Jorge muestra que la noticia se construye con voz, pero también con cuerpo; con técnica, pero también con intuición; con valentía, pero también con trabajo en equipo.

Por eso el libro no debe leerse únicamente como una colección de recuerdos simpáticos. Su valor está en la fenomenología de la memoria: en la forma en que Jorge recuerda cómo se sintió estar allí. Vistos en conjunto, Wallenda, Cerro Maravilla, Villa Sin Miedo, las elecciones de 1980, el fuego del Dupont Plaza, los tiroteos y la entrevista a Filiberto Ojeda Ríos forman una cartografía de la memoria profesional de Jorge Rivera Nieves. Son los marcadores de contexto que convierten su anecdotario en algo más que una autobiografía simpática. Cada acontecimiento le enseñó una forma distinta de mirar: Wallenda, la urgencia; Cerro Maravilla, la sospecha ante la versión oficial; Villa Sin Miedo, el poder político de las palabras; las elecciones, la fragilidad democrática; el Dupont Plaza, la catástrofe; los tiroteos, el cuerpo expuesto; Filiberto, la ética de la fuente y el riesgo de la clandestinidad

Esa estructura se complementa con las palabras que sostienen el armazón simbólico del libro. “Silvestre” abre la puerta de los orígenes. El poema de Llorens Torres convoca la mancha de plátano como marca de pertenencia puertorriqueña. El interludio, “Jorge el compañero”, convierte la memoria individual en memoria compartida, porque otros hablan de él y completan el retrato humano. El renacer después de la tormenta se ilumina con Hostos, como si la vida exigiera levantarse después de cada derrumbe. El milenio trae la palabra “reto”. Y el tramo final, bajo la sombra musical de “Hojas Blancas”, de Roberto Angleró, mira hacia adentro: hacia los años, los errores, el bien hecho, el arrepentimiento y la serenidad que concede haber vivido con intensidad.

En ese punto, el paralelismo con Maestra vida, de Rubén Blades, resulta fecundo. La vida de Jorge Rivera Nieves parece confirmar esa pedagogía popular y caribeña: la vida enseña, pero no siempre con ternura. A veces enseña con golpes, con pérdidas, con sustos, con noches sin dormir, con errores de juicio, con responsabilidades inesperadas, con cámaras encendidas y tragedias al aire. Pero también enseña con música, amistad, trabajo, humor, disciplina, familia y esperanza. Jorge no aparece como un héroe perfecto, sino como un hombre que aprendió a no rendirse.

De ahí que resulte insuficiente llamarlo simplemente “periodista silvestre”. Jorge Rivera Nieves es más que eso. Es un bohemio de la palabra y de la esperanza. Un hombre que conoció altos y bajos, pero que nunca perdió del todo la confianza en el trabajo, en la educación, en la disciplina y en la posibilidad de recomenzar. Su aventura como empresario culinario durante una década confirma esa energía vital casi desbordada: como si pudiera vivir días de más de veinticuatro horas, repartido entre la televisión, la radio, los afectos, los proyectos y la voluntad de seguir creciendo.

El país, por supuesto, reconoce también al Jorge cercano, simpático, querido por la gente; al comunicador capaz de sostener la seriedad de una tragedia y, al mismo tiempo, entender el pulso cultural de una protesta. Aquel inolvidable momento del “perreo combativo” no fue una simple ocurrencia graciosa. Fue una muestra de intuición periodística y cultural: Jorge supo nombrar, con humor y precisión, una escena en la que el país protestaba también desde la música, el cuerpo, la calle y la irreverencia.

Anecdotario de un periodista silvestre… y algunas lecciones aprendidas es, finalmente, un libro sobre el camino. No el camino trazado de antemano, sino el que se abre al andar, con polvo en los zapatos, cicatrices en la memoria y una sonrisa que se niega a rendirse. Sus páginas confirman que la memoria no es un museo inmóvil, sino una conversación viva con lo aprendido, lo perdido, lo amado y lo sobrevivido. Jorge recuerda para comprender, y comprende para agradecer. Y como si la vida -esa Maestra vida de Rubén Blades- hubiese querido regalarle una última epifanía jocosa, poética y popular, aquel periodista silvestre que cubrió tragedias, elecciones, juicios, fuegos, tiroteos y tempestades terminó convertido en ídolo de una nueva generación durante las protestas del verano de 2019, cuando jóvenes y miles de puertorriqueños tomaron las calles adoquinadas de San Juan para exigir la renuncia del gobernador Ricardo “Ricky” Rosselló Nevares.

En medio de aquel país encendido por la indignación, la música, la irreverencia y la esperanza, Jorge soltó una frase que entró de inmediato en la memoria colectiva: “y ahora pasamos con el perreo combativo”. Allí, entre la solemnidad de la noticia y el vacilón sagrado del pueblo, coronó una vida de recuerdos y nostalgias: despertó la admiración de René Pérez, Residente Calle 13, y confirmó que la verdadera noticia no siempre está en el acontecimiento transmitido por televisión, sino en la humanidad de quien lo presenció, lo narró y logró seguir siendo, después de tantos años, un hombre de palabra generosa, humor luminoso y esperanza indómita.

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Dr. Carlos I. Hernández Hernández

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