Reseña a la novela Unjú, de María Zamparelli
Hay palabras que parecen asentir mientras levantan una ceja. Palabras que no afirman ni niegan, pero dejan al descubierto que quien escucha no se ha tragado el cuento. Unjú pertenece a esa antigua sabiduría puertorriqueña. Puede sonar a consentimiento, aunque en realidad contiene sospecha, ironía y una advertencia.
De ahí la precisión con que María Zamparelli escogió el título de su novela Unjú: novela de crónicas suburbanas en el Caribe. La obra está dedicada a Manuel Zeno Gandía y a sus Redentores, pero también dialoga con los versos de Luis Lloréns Torres en los que un jíbaro, después de escuchar las promesas del Tío Sam sobre la libertad, el voto y el dólar, responde simplemente: “¡Unjú!”. Desde sus primeras páginas, la novela se sitúa así dentro de una tradición literaria que ha observado con desconfianza a quienes llegan a Puerto Rico anunciando que vienen a salvarlo.
La novela Unjú de María Zamparelli recorre más de un siglo de promesas coloniales, negocios redondos y despojos disfrazados de progreso. Publicada en 2024, su lectura resulta inquietantemente contemporánea ante los proyectos que amenazan con convertir las costas, los barrios y la memoria de Puerto Rico en mercancía.
Y es que Zamparelli construye una saga de empresarios, especuladores y cazadores de influencias estadounidenses que se extiende desde la invasión de 1898 hasta 2023. La genealogía comienza con Henry T. Johnston II y continúa con Tony, Axel y Gaby, hasta desembocar en Dom Venturi. Cada generación llega con una nueva fórmula para alcanzar la prosperidad; cada una asegura haber descubierto la solución definitiva para las carencias del país. Cambian los nombres de los negocios y las palabras empleadas para venderlos, pero permanece intacta la lógica de la apropiación.
En el Puerto Rico de comienzos del siglo XX, la promesa se llama caña de azúcar, crédito, modernización y progreso. Henry comprende que la invasión ha convertido la isla en una tierra disponible: un territorio en crisis en el que las reglamentaciones pueden reducirse a letra muerta y las haciendas pasar a manos de quienes controlan el capital. Para él, la conquista militar abre el camino hacia la conquista económica. Las tierras recién ocupadas aparecen como un botín y la supuesta reconstrucción como la oportunidad perfecta para enriquecerse.
Más de un siglo después, Dom Venturi reproduce el mismo libreto. Ya no habla de centrales azucareras ni de extender créditos a los hacendados. Su vocabulario está compuesto por Airbnb, criptomonedas, corporaciones sin fines de lucro, campos de golf, comunidades exclusivas y proyectos de inversión. La retórica colonial ha cambiado de traje: ahora viste bermudas, juega golf, prepara presentaciones en PowerPoint y repite palabras como freedom, paradise, community y financial sovereignty.
La novela histórica se vuelve entonces radicalmente contemporánea. Zamparelli demuestra que el colonialismo no siempre desembarca acompañado de soldados: en ocasiones llega con abogados, agentes de bienes raíces, asesores contributivos, desarrolladores y empresarios que sonríen mientras presentan la crisis ajena como una oportunidad de inversión.
Esta lógica remite a lo que Naomi Klein denominó en La doctrina del shock el capitalismo del desastre: el aprovechamiento de huracanes, colapsos económicos, emergencias sociales y momentos de desorientación colectiva para impulsar transformaciones que, en circunstancias normales, encontrarían una mayor resistencia ciudadana.
En Unjú, el desastre no constituye únicamente una tragedia que debe superarse, sino también el terreno fértil sobre el cual los nuevos redentores proyectan sus negocios, adquieren propiedades y reorganizan el país según los intereses del capital. La propia novela sintetiza esa filosofía con una fórmula brutal: “La crisis de otro es mi oportunidad”. El shock, por tanto, no termina cuando cesa el huracán o regresa la electricidad; continúa cuando, entre los escombros, alguien descubre que puede comprar a bajo precio la tierra, la vivienda y hasta el porvenir de quienes todavía intentan levantarse.

Los apellidos que cuentan la historia
Uno de los recursos más originales de Unjú reside en los apellidos extraños y deliberadamente inverosímiles con que la autora bautiza a varios de sus personajes. No son simples ocurrencias humorísticas. Funcionan como pequeñas radiografías sociales: nombres que contienen una personalidad, una conducta y, en algunos casos, toda una forma de relacionarse con el país.
Ahí está Miña Estaaltanto de Todo, cuyo apellido parece asegurar que nada ocurre en Haciendas de Cervantes sin que ella lo sepa. Junto a ella aparece Laquenó Legusta Elchisme, quien proclama su desinterés por la murmuración mientras conoce, interpreta y divulga cuanto sucede en la comunidad. El apellido contradice al personaje y, precisamente por eso, lo revela. La ironía surge de esa distancia entre lo que las personas dicen de sí mismas y lo que sus actos demuestran.
Miña Estaaltanto de Todo y Laquenó Legusta Elchisme pertenecen a una tradición caribeña en la que el sobrenombre dice más que cualquier documento oficial. Son apellidos que trascienden la lógica registral para entrar en la lógica de la oralidad, del barrio y de la memoria colectiva. Provocan la sonrisa, pero esa sonrisa nunca es inocente. Detrás de ella aparece un país donde todo el mundo conoce algo, alguien sospecha otra cosa y casi nadie posee la historia completa.
La autora extiende ese juego a nombres como Johnny Hightop, a lugares como Barrio Cualquiera, Puertopia, Paradise Island y The Plantation, y a expresiones como “Luisa, la que lee” o “Iris, la que limpia”. Cada nombre establece una posición dentro de la sociedad. Unos poseen apellidos, capital y contactos; otros quedan definidos por lo que saben, lo que hacen o el servicio que prestan. Hasta la geografía participa de la sátira: The Plantation no es solamente el nombre de un desarrollo exclusivo, sino el retorno maquillado de una antigua jerarquía colonial.
El progreso que necesita expulsar a la gente
El escenario principal del presente narrativo es Haciendas de Cervantes, una comunidad observada por Dom como si fuera un tablero de ajedrez. Él no contempla hogares, recuerdos ni relaciones humanas. Ve propiedades, pies cuadrados, piscinas, terrenos disponibles y posibilidades de alquiler. Su proyecto consiste en controlar la asociación de residentes, apropiarse de sus fondos y anexar la urbanización a un desarrollo exclusivo.
La comunidad aparece ante sus ojos como un espacio incompleto que únicamente adquirirá valor cuando sea transformado según los deseos del inversionista. Pero Zamparelli introduce una oración que desmonta toda esa fantasía financiera: “Dom no imagina que aquí, en Haciendas de Cervantes vive gente”.
Esa es acaso la afirmación ética más importante de la novela. Antes que propiedades existen hogares; antes que inversionistas hubo comunidades; antes que campos de golf hubo llanos, acuíferos, árboles, caminos y memorias. El problema no consiste únicamente en construir, sino en pensar el territorio como si estuviera vacío, como si la presencia de sus habitantes fuera un accidente que el mercado terminará corrigiendo.
La lectura de Unjú resulta inevitablemente actual ante el desarrollo de Esencia en Cabo Rojo, presentado por sus promotores como una comunidad turística y residencial de 2,000 acres y tres millas de litoral, con hoteles y residencias de lujo. La novela obliga a preguntarnos quién define el significado del desarrollo, quién recibirá sus beneficios y qué sucederá con las comunidades, los recursos naturales y las formas de vida que ya existen en esos territorios.
La misma preocupación alcanza al proyecto anunciado por Hard Rock en la entrada de la bahía de San Juan, que contempla hotel, casino, residencias, espacios de entretenimiento y estacionamientos en el área donde ubica el estacionamiento del Departamento de Hacienda. La oposición expresada por residentes del Viejo San Juan no puede reducirse a una resistencia irracional contra el progreso; nace de la preocupación por el efecto que una intervención de semejante escala tendría sobre el patrimonio, el paisaje histórico y la vida cotidiana de la ciudad amurallada. (Periódico El Adoquín)
Zamparelli escribió su novela antes de que estos debates alcanzaran su intensidad actual, pero su relato parece anticiparlos. Dom Venturi podría caminar sin dificultad por cualquiera de esos proyectos. Reconocería los planos, el lenguaje promocional, las vistas privilegiadas, las promesas de empleos y la presentación del territorio como una mercancía disponible. También reconocería la estrategia de descalificar a quienes se oponen, acusándolos de no comprender las oportunidades que el nuevo desarrollo traerá.
La novela que conversa con Bad Bunny
Unjú dialoga también, aunque no haya sido escrito con ese propósito, con la sensibilidad expresada por Bad Bunny en Lo que le pasó a Hawái. En esa canción, el artista resume el temor de un pueblo que observa cómo sus ríos, sus playas y sus barrios se convierten en objetos de apropiación: “Quieren quitarme el río y también la playa”. La imagen se completa con la abuela a quien esperan desplazar, como si la vejez, la memoria y la permanencia fueran obstáculos para la rentabilidad.
La abuelita de la canción y Miña Estaaltanto de Todo habitan el mismo país literario. Ambas representan aquello que el proyecto de desposesión quisiera considerar prescindible: la gente que recuerda, la que ha pagado su casa, la que conoce el nombre de los vecinos, la que ha visto crecer los árboles y sabe lo que había antes de que llegaran los inversionistas con sus mapas y sus promesas.
El río no es solamente agua; es memoria compartida. La playa no es únicamente una vista; es un derecho colectivo. El barrio no es una localización privilegiada; es una comunidad de afectos, luchas y pertenencias. Y la abuela no constituye un estorbo para el desarrollo: es el archivo viviente de todo cuanto el desarrollo pretende borrar.
La bendición y la prueba
El desenlace de la novela evita una victoria fácil. Alex, sobrino de Miña y antiguo perjudicado por las promesas incumplidas de Dom, parece haber aprendido a desenvolverse dentro de aquel mundo de pactos y engaños. Ha grabado la conversación en la que Dom se compromete a devolver el dinero perdido. Cuando regresa a la casa de su tía, le muestra la evidencia almacenada en su teléfono. Miña lo toma por la cabeza, lo besa en la frente y le dice: “Dios te bendiga”.
La escena contiene ternura, alivio y también ambigüedad. Alex ha aprendido las reglas del adversario, pero todavía no sabemos si logrará derrotarlo o si terminará pareciéndose a él. La novela no ofrece una redención definitiva. Deja abierta la pregunta sobre cuánto puede aproximarse una persona al poder sin quedar atrapada por su lógica.
En esa incertidumbre reside la fuerza de Unjú. La respuesta puertorriqueña no es ingenua ni absoluta. Es una pausa, una sospecha y una mirada de reojo. El país ha escuchado demasiadas veces la promesa del negocio redondo, la inversión salvadora y el progreso inevitable. Ha aprendido que detrás de ciertos discursos de prosperidad puede esconderse el desplazamiento de quienes estorban a la fotografía del paraíso.
Por eso, Unjú no termina al cerrarse el libro. Permanece como un sonido debajo de la lengua, como la respuesta de quien escucha atentamente pero se reserva el derecho a no creer. Nos recuerda que Puerto Rico no es un solar vacío, que sus costas no son páginas en blanco, que el Viejo San Juan no es una escenografía, que Cabo Rojo no es una mercancía, que el río no es un adorno y que la abuela no tiene por qué marcharse.
Y es que frente a quienes vienen a explicarnos cuánto vale nuestra tierra, la literatura de María Zamparelli nos devuelve una pregunta más profunda: ¿cuánto vale un país cuando sus habitantes ya no pueden permanecer en él? Y mientras los nuevos redentores despliegan sus planos, levantan sus copas y anuncian otro paraíso exclusivo, desde algún balcón, alguna playa o alguna casa que todavía conserva sus recuerdos, Puerto Rico levanta la ceja izquierda y responde: Unjú.



Gracias siempre se aprende mucho con tus resenas. Dan mucho gusto. Gracias