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Música

Ernesto Cordero: la guitarra fue territorio, nunca frontera

Por 13 min lectura
Ernesto Cordero

Por Dr. Kristian Pérez McDougall

Este próximo jueves, 10 de septiembre de 2026 a las 7:30 p. m., The Union Church of San Juan, en el 2310 de la calle Laurel, sector Punta Las Marías, será escenario de ese encuentro. La entrada será gratuita. Pocas ocasiones resultan tan propicias para acercarse a la obra de un compositor fundamental de nuestra historia musical mientras su voz creadora continúa formando parte activa de nuestro presente.

“Nunca estuve en las vanguardias grandes. Siempre fui muy melodista, muy tradicional”. Con esa declaración, tan sencilla en apariencia como reveladora en sus implicaciones, Ernesto Cordero Ortiz ha definido una posición estética que permite situarlo entre las figuras fundamentales de la música puertorriqueña contemporánea. Su importancia histórica no reside únicamente en la considerable extensión de su catálogo ni en la proyección internacional alcanzada por sus composiciones, sino en la coherencia con la que construyó, durante más de medio siglo, un lenguaje capaz de dialogar con la tradición musical occidental desde una sensibilidad inequívocamente caribeña.

Guitarrista por formación y por vocación inicial, Cordero pertenece, sin duda, a la historia de ese instrumento en Puerto Rico, pero reducir su legado a los confines de sus seis cuerdas supondría una lectura incompleta de su dimensión creadora. La guitarra fue para él un territorio originario, nunca una frontera.

Desde ella desarrolló una concepción musical que habría de extenderse hacia la orquesta, la voz, el coro y múltiples configuraciones camerísticas y concertantes. Su catálogo comprende música para guitarra sola y conjuntos de guitarras, pero también canciones, música coral, obras de cámara, páginas sinfónicas y conciertos para instrumentos tan diversos como la flauta, el oboe, el violín y el cuatro puertorriqueño. Esa amplitud instrumental revela a un compositor cuyo pensamiento musical terminó desbordando naturalmente el instrumento desde el cual había comenzado a imaginar el sonido. Incluso su manifiesta predilección por la forma concierto —género en el que, según sus propias palabras, existe “un ídolo”— descubre una fascinación por el encuentro entre la individualidad del solista y la arquitectura sonora de una colectividad.

En Cordero, por tanto, la identidad del guitarrista y la del compositor no constituyen categorías equivalentes, aunque permanezcan profundamente entrelazadas. La primera explica una parte esencial de su sensibilidad tímbrica, de su conocimiento idiomático y de su relación física con el instrumento; la segunda permite comprender la verdadera magnitud de su contribución a la música de Puerto Rico. Su obra demuestra, además, que una estética fundada en la melodía, la claridad formal y la memoria cultural puede sostener un proyecto composicional ambicioso sin renunciar a la modernidad. Cordero convirtió esa convicción en una práctica creadora persistente, incluso cuando determinados sectores académicos privilegiaban lenguajes que le eran estéticamente ajenos. A la luz de medio siglo de creación, aquella fidelidad a sí mismo constituye una de las claves para comprender la singular permanencia de su voz.

2 ERNESTO CORDERO Foto por Wilfred Omar Pérez (1)

La formación de esa voz, sin embargo, difícilmente puede comprenderse como el resultado de un nacionalismo encerrado sobre sí mismo. Cordero pertenece a una generación de músicos puertorriqueños cuya afirmación cultural se produjo precisamente mediante el contacto intenso con tradiciones, instituciones y maestros situados fuera del archipiélago. Su itinerario formativo atravesó Puerto Rico, España, Italia y Nueva York, y lo puso en contacto con figuras decisivas de la guitarra y la composición como Jorge Rubiano, Regino Sainz de la Maza, Alirio Díaz, Boris Porena, Roberto Caggiano y Julián Orbón. Aquella circulación internacional no diluyó su conciencia de pertenencia; por el contrario, contribuyó a definirla. El aprendizaje de las formas históricas, el análisis musical, la técnica instrumental y los procedimientos de desarrollo compositivo le proporcionaron herramientas con las cuales articular una experiencia cultural que continuaba siendo profundamente puertorriqueña.

De ahí que su música pueda recurrir a la sonata, el rondó, el concierto o procedimientos heredados de la tradición europea sin convertirse por ello en un ejercicio de dependencia estética. En obras como Mapeyé, Concierto antillano, Concierto Bayoán o la Fantasía sobre tres cuadros de Campeche, la tradición recibida funciona como estructura susceptible de ser habitada por otras memorias, ritmos, imágenes y sensibilidades. Lo puertorriqueño y lo caribeño no comparecen entonces como ornamentos colocados sobre una arquitectura importada, sino como fuerzas capaces de transformar desde dentro el carácter expresivo de esa arquitectura.

El propio Cordero ha insistido en que su nacionalismo no constituye una estrategia deliberada: “en mi caso, el nacionalismo no es buscado, es natural”. La afirmación resulta crucial porque desplaza su estética del terreno de la cita folclórica hacia otro mucho más complejo: el de la identidad convertida en hábito de imaginación. Su música puede evocar el seis mapeyé, recurrir a perfiles rítmicos afrocaribeños, dialogar con José Campeche o abordar la memoria indígena sin que ninguno de esos elementos agote el significado de la obra que los contiene. Lo nacional, en Cordero, no necesita anunciar constantemente su presencia porque participa de la propia sintaxis de su pensamiento musical.

Esa condición explica que una obra profundamente vinculada a Puerto Rico haya podido circular, al mismo tiempo, por escenarios, festivales y casas editoriales de Europa y América. Su cosmopolitismo y su nacionalismo, lejos de excluirse mutuamente, integran así las dos coordenadas de una misma conciencia artística.

La trascendencia histórica de Cordero se hace todavía más evidente cuando se observa la extraordinaria distancia recorrida por aquella estética desde sus primeras manifestaciones hasta su inserción en el repertorio internacional. Ya durante la década de 1970 aparecía ante el público no solo como intérprete del canon guitarrístico, sino también como compositor dispuesto a colocar su propia música y la de otros puertorriqueños dentro de los espacios institucionales de la música de concierto.

En 1975, la publicación italiana de Mapeyé y el estreno de su Fantasía sobre tres cuadros de Campeche junto a la Orquesta Sinfónica de Puerto Rico mostraban dos dimensiones complementarias de ese proyecto: la proyección exterior de una voz puertorriqueña y la incorporación consciente de la memoria cultural del país a la creación concertística. Tres años después, su presencia en Carnegie Hall con un programa dedicado exclusivamente a música del siglo XX confirmó que aquella voz podía desenvolverse con autoridad fuera de los marcos insulares.

Su música comenzó posteriormente a circular por festivales internacionales y a ser interpretada por guitarristas de primera línea, entre ellos Sharon Isbin, Manuel Barrueco y Pepe Romero. Paralelamente, editoriales como G. Zanibon, Max Eschig, Berben, Chanterelle y Boosey & Hawkes contribuyeron a insertar su catálogo dentro de las redes internacionales de publicación y circulación del repertorio. Pero la medida de su legado no puede establecerse únicamente mediante la enumeración de escenarios prestigiosos, intérpretes célebres o ediciones extranjeras.

Cordero ejerció durante más de tres décadas en la Universidad de Puerto Rico, donde enseñó guitarra, armonía, análisis y composición, participando directamente en la formación y profesionalización de nuevas generaciones de músicos. Fue, además, protagonista de iniciativas institucionales destinadas a ampliar los espacios disponibles para la creación puertorriqueña y cofundador, junto a colegas de su generación, del Festival Internacional de Guitarra de Puerto Rico. Su trayectoria ha ido configurando simultáneamente una obra, una pedagogía y una infraestructura para la vida musical del país.

Tal convergencia nos permite comprender por qué su nombre ocupa una posición que excede ampliamente la historia particular de la guitarra clásica puertorriqueña. Si la guitarra constituye el núcleo desde el cual se irradia buena parte de su imaginación, la verdadera cartografía de Cordero se extiende hacia la música vocal, coral, camerística y sinfónica, hacia el diálogo interdisciplinario y hacia una concepción del Caribe como espacio legítimo de creación concertística. Su producción cuestiona, por ello, cualquier lectura que identifique la universalidad artística con la supresión de las particularidades culturales.

En Cordero ocurre justamente lo contrario: cuanto más reconocible se vuelve la procedencia de su imaginación, mayor parece ser su capacidad de circulación. Esa paradoja adquiere particular resonancia en 2026, año en que Ernesto Cordero alcanzó los ochenta años y en el que más de medio siglo de actividad creadora permite contemplar su trayectoria no ya como una promesa de la música puertorriqueña contemporánea, sino como uno de sus capítulos históricos plenamente consolidados.

Ocho décadas de vida permiten observar en perspectiva la extraordinaria continuidad de una obra que ha atravesado transformaciones estéticas, institucionales y generacionales sin abandonar los principios fundamentales de su lenguaje. Celebrar los ochenta años de Cordero supone, por ello, algo más significativo que conmemorar una longevidad biográfica: implica interrogar la permanencia de una estética y el lugar que su música ocupa hoy en la memoria cultural de Puerto Rico.

Una lectura particularmente pertinente de la obra de Cordero aparece en la nueva edición de 2026 de ¡Salsa, sabor y control! Sociología de la música “tropical”, del sociólogo e historiador puertorriqueño Ángel G. “Chuco” Quintero Rivera. Al examinar la trayectoria de la composición puertorriqueña contemporánea, Quintero sitúa a Cordero dentro de un proceso que cuestiona la tradicional separación entre las categorías de música “culta” y “popular”.

Su planteamiento resulta especialmente revelador porque no reduce esta relación a la incorporación ornamental de ritmos o materiales folclóricos dentro de una composición académica. Por el contrario, sostiene que en Cordero y otros compositores de su generación se produce una verdadera “intercomunicación y porosidad mutua” entre ambos universos sonoros. En su análisis particular de Cordero, Quintero dirige la atención hacia la interacción entre melodía, armonía y ritmo, así como al papel extraordinariamente versátil que adquiere la guitarra. Aunque reconoce en el compositor una marcada herencia melódica de la tradición occidental, observa que sus obras establecen “interesantes diálogos e interrelaciones más democráticas” entre los diversos componentes de la sonoridad.

La guitarra puede abandonar entonces la función convencional de acompañamiento para adquirir protagonismo melódico, contrapuntístico y rítmico, mientras procedimientos provenientes de las prácticas populares caribeñas pasan a formar parte de la propia organización del discurso musical. Bajo este enfoque, el elemento caribeño en Cordero no reside exclusivamente en aquello que su música cita o evoca, sino también en la manera en que sus materiales se relacionan, dialogan y adquieren significado dentro de la composición.

Quintero extiende esta interpretación hacia el ritmo, la instrumentación, la improvisación y la forma, señalando cómo Cordero establece encuentros entre procedimientos de la tradición concertística occidental y prácticas musicales de profunda raigambre afrocaribeña. Su lectura de Dinga y mandinga, por ejemplo, destaca el diálogo entre guitarra y tambor; mientras que en La cantata del Valle de México observa cómo se entremezclan sonoridades que recuerdan los cantos gregorianos, la armonía impresionista, el seis, la salsa y la atonalidad; logrando un balance entre historia, mito y cotidianidad.

Asimismo, al estudiar determinadas combinaciones instrumentales de Cordero, Quintero vuelve sobre la idea de una sonoridad “democrática”: una heterogeneidad tímbrica en la cual instrumentos y prácticas procedentes de distintas genealogías culturales pueden coexistir y participar activamente del discurso. Su conclusión rebasa, por tanto, el caso individual del compositor. Para Quintero, esta trayectoria forma parte de un proceso histórico más amplio de la música puertorriqueña dirigido a erosionar la barrera conceptual entre lo erudito y lo popular, una separación que también había reproducido determinadas jerarquías sociales y culturales.

Esta óptica ofrece una clave particularmente fértil para escuchar hoy a Ernesto Cordero: no como un compositor que simplemente trasladó el Caribe a la sala de conciertos, sino como un creador en cuya música distintas genealogías sonoras aprendieron a coexistir y transformarse mutuamente. Precisamente esta pluralidad estética será la protagonista de La maestría de Ernesto Cordero, concierto que reunirá el próximo jueves 10 de septiembre a intérpretes de distintas generaciones alrededor de un catálogo cuya diversidad instrumental permite recorrer algunas de las múltiples dimensiones de su pensamiento musical.

Entre los intérpretes figura el guitarrista puertorriqueño Eladio Scharrón, discípulo de Cordero en la Universidad de Puerto Rico, quien interpretará Descarga y se unirá a Ana María Hernández Candelas, solista de piccolo de la Orquesta Sinfónica de Puerto Rico, en Fantasía mulata. Ambos mantienen vínculos particularmente estrechos con el compositor: Scharrón pertenece directamente a su genealogía pedagógica, mientras Cordero dedicó a Hernández Candelas el Concierto Borikén, que la flautista ha interpretado junto a orquestas de Puerto Rico, Cuba, Panamá y Ecuador.

Una generación posterior estará representada por Kamila N. Pérez Matos, formada en la Universidad Interamericana y el Conservatorio de Música de Puerto Rico, quien interpretará El jardín de los lagartos. Su presencia subraya la continuidad de la música de Cordero en nuevas generaciones de guitarristas y su permanencia dentro del repertorio puertorriqueño.

El guitarrista y compositor Hermelindo Ruiz Mestre, quien ha presentado la música de Cordero en escenarios de Puerto Rico, Nueva York y Londres, interpretará junto al pianista Ernesto Busigó Montero el tercer movimiento del Concierto antillano. La obra mostrará otra dimensión del compositor: la proyección de su íntimo conocimiento de la guitarra hacia una escritura concertante donde lirismo, virtuosismo e identidad antillana convergen.

La guitarrista puertorriqueña Leonela Alejandro, ganadora en 2024 del Rose Augustine Grand Prize del International Concert Artist Competition de la Guitar Foundation of America, interpretará Pregunta. Esta obra posee una particular dimensión histórica: Ángel G. Quintero Rivera la recupera al examinar las tensiones que, desde la década de 1970, suscitaba la música de Cordero frente a las fronteras entre lo académico y lo popular. En manos de una intérprete puertorriqueña de una generación posterior y creciente proyección internacional, Pregunta reafirma así su vigencia dentro del repertorio guitarrístico contemporáneo.

AFICHE concierto Ernesto Cordero (2)

Por su parte, Ernesto V. Ramos Vázquez interpretará Seis milonga, de la Suite antillana. Cofundador del Dúo Copla y dedicado a la difusión y recuperación del repertorio puertorriqueño para guitarra, Ramos Vázquez fue discípulo de Leonardo Egúrbida, coetáneo de Cordero y figura fundamental de la escuela guitarrística puertorriqueña. Su participación establece así otra continuidad generacional dentro del homenaje, esta vez en una obra que incorpora tradiciones rítmicas diversas al lenguaje concertístico de Cordero.

La dimensión coral llegará con Canción de cuna, interpretada por el Orfeón San Juan Bautista, bajo la dirección de Daniel Alejandro Tapia Santiago, y con Elvin J. Cedeño Rosa al piano. La obra ofrecerá un necesario contraste dentro del programa, desplazando la atención hacia una vertiente más íntima y vocal de Cordero, en la que su reconocida sensibilidad melódica ocupa el primer plano.

El guitarrista y compositor Alberto J. Rodríguez Ortiz, antiguo discípulo de Cordero, interpretará Homenaje a Edgar Degas. Formado también con Juan Sorroche y Eladio Scharrón, Rodríguez Ortiz ha desarrollado una trayectoria internacional como intérprete y compositor, y actualmente forma parte de la facultad del Conservatorio de Música de Puerto Rico. Su participación reviste una particular pertinencia: un discípulo regresa a la música de su maestro desde la doble perspectiva del guitarrista y del creador.

El tenor y guitarrista puertorriqueño Jehú Otero interpretará Voz del güiro, conjugando en una misma ejecución sus dos vertientes profesionales. Otero ha desarrollado una destacada carrera internacional con instituciones como The Metropolitan Opera, Santa Fe Opera, Houston Grand Opera y el Kennedy Center, además de presentarse en Puerto Rico y China. Su doble formación como cantante y guitarrista resulta especialmente idónea para una obra que reúne voz, instrumento y evocación rítmica caribeña dentro del lenguaje de Cordero.

Uno de los encuentros más significativos llegará con La hija del viejo Pancho, interpretada por el Orfeón San Juan Bautista, bajo la dirección de Luis Guarionex Morales Matos, junto al rapero y compositor Welmo Romero Joseph y el pianista Elvin J. Cedeño Rosa. Morales Matos aporta al homenaje una relación excepcional con la obra de Cordero: su tesis de maestría de 2011, dedicada a la influencia de la música popular en su producción, constituye una investigación fundamental y de referencia sobre el compositor y su catálogo.

A ello se suma Welmo, cuya creación vincula el hip-hop con sonoridades afrocaribeñas y reflexiones sobre identidad y cultura. La elección de La hija del viejo Pancho, musicalización de versos de Luis Lloréns Torres examinada también por Quintero Rivera, resulta especialmente reveladora: la convergencia de coro, rap y piano prolonga desde el presente ese diálogo entre lo popular y lo concertístico que atraviesa la obra de Cordero.

A sus ochenta años, Ernesto Cordero pertenece ya a esa reducida estirpe de creadores cuya obra permite escuchar, a través de una voz individual, algo de la historia cultural de un país. La maestría de Ernesto Cordero no propone solamente celebrar una trayectoria excepcional, sino devolver esa música al espacio para el cual finalmente existe: el encuentro vivo entre intérpretes y público.

Las guitarras, las voces, la flauta, el piano y el coro reunidos para esta ocasión permitirán recorrer un universo creativo que durante más de medio siglo ha hecho del Caribe materia de imaginación, elaboración y belleza, sin renunciar nunca a una identidad artística propia. Escuchar estas obras en una misma velada será también escuchar cómo distintas generaciones de músicos puertorriqueños reciben, interpretan y prolongan un legado que continúa escribiéndose.


El recital reunirá a guitarristas y músicos de la escena clásica puertorriqueña, entre ellos Leonela Alejandro, Jehú Otero, Kamila Pérez, Ernesto Ramos, Alberto Rodríguez Ortiz, Hermelindo Ruiz Mestre y Eladio Scharrón. También se sumarán la flautista Ana María Hernández, el cantante de hip hop Welmo Romero, los pianistas Elvin Cedeño y Ernesto Busigó Montero, junto al Orfeón San Juan Bautista.

 

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