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Historia

Entre el miedo y la resistencia: La Torre del Viejo y la memoria de los campesinos de Yaurel

Por 10 min lectura
La Torre del Viejo

A la memoria del profesor Mario R. Cancel Sepúlveda. Historiador, maestro y provocador incansable de nuevas preguntas sobre el pasado puertorriqueño.

“La historia es un ampliar de perspectivas. Es un suceder de puntos de vista y nadie tiene la última, la definitiva palabra. El investigador que trae nuevos documentos es un adelantado que amplía la frontera del conocimiento. Pero la labor historiográfica es una de incesante reelaboración”. Arturo Morales Carrión, (1913-1989). p.8.

Hay libros que recuperan acontecimientos; otros recuperan seres humanos. La Torre del Viejo. Descubrimiento de una sociedad secreta con tendencias separatistas en el barrio Yaurel de Arroyo, octubre de 1895 (Centro de Investigaciones Folklóricas de Puerto Rico, Casa Paoli) del historiador Nelson R. González Mercado, consigue hacer ambas cosas. La obra reconstruye un episodio escasamente atendido por la historiografía puertorriqueña, ocurrido apenas tres años antes de la invasión estadounidense de 1898, pero su aportación más significativa no reside únicamente en documentar la existencia de una sociedad secreta. Su mayor mérito consiste en devolver nombres, rostros, familias, sufrimientos y esperanzas a quienes durante demasiado tiempo aparecieron apenas como campesinos anónimos dentro de los expedientes de la administración colonial española.

Desde su introducción, González Mercado advierte una ausencia historiográfica importante. Entre el Grito de Lares de 1868 y la Intentona de Yauco de 1897 existieron otras manifestaciones de resistencia, desafecto y organización secreta que apenas aparecen en los textos generales de historia de Puerto Rico. La Torre del Viejo, organizada en el barrio Yaurel de Arroyo, pertenece precisamente a ese territorio poco explorado. El autor localizó en el Archivo General Militar de Madrid el expediente “Sucesos del Barrio Llaurel, término de Arroyo; descubrimiento de sociedad secreta con tendencias separatistas”, y construyó su investigación fundamentalmente a partir de documentación oficial inédita y periódicos de la época como La Democracia, La Correspondencia de Puerto Rico, El Boletín Mercantil y La Gaceta de Puerto Rico.

Esa base documental permite que La Torre del Viejo dialogue fructíferamente con uno de los grandes problemas de la historia política puertorriqueña del último tercio del siglo XIX: la relación entre autonomismo, separatismo, boicot y represión colonial.

El desaparecido profesor Mario R. Cancel Sepúlveda -cuya obra sigue siendo indispensable para comprender las complejidades ideológicas del Puerto Rico decimonónico- abordó precisamente este problema al examinar el autonomismo, el boicot y los Compontes de 1887. Cancel señalaba que la utilización del boycott, el ostracismo y la exclusión constituyó una modalidad de resistencia económica y pasiva cuyo significado político no puede reducirse automáticamente al separatismo armado. Más aún, advertía que la afirmación de que la finalidad última del boicot fuese necesariamente la independencia continuaba siendo un problema historiográfico no resuelto.

Esa observación resulta particularmente iluminadora al leer el libro de González Mercado. Y que 8 años después de los Compontes, en las montañas de Yaurel reaparecen algunos de aquellos mismos fantasmas: vigilancia, sospecha, sociedades clandestinas, boicot económico, temor a la Guardia Civil, acusaciones de separatismo y, nuevamente, el miedo al componte. Existe, por tanto, una continuidad histórica que merece destacarse. No necesariamente la continuidad de una conspiración organizada e ininterrumpida -algo que las fuentes disponibles no permiten afirmar- sino la continuidad de unas prácticas de resistencia y de unas formas coloniales de interpretarlas y reprimirlas.

Ese es uno de los puntos más sugerentes del libro.

Cuando las autoridades descubrieron La Torre del Viejo en octubre de 1895, actuaron con extraordinaria rapidez. Una confidencia provocó la llegada de la Guardia Civil a Yaurel y el arresto inicial de campesinos sospechosos de pertenecer a la asociación; muy pronto la persecución se extendió a sectores vecinos de Patillas. En pocos días, el lenguaje oficial convirtió aquellas reuniones rurales en una conspiración que amenazaba la “integridad de España”.

Sin embargo, González Mercado introduce una distinción fundamental. La sociedad estaba organizada jerárquicamente -campesinos, afiliados, propagandistas y un jefe- y las autoridades la consideraron seria y numerosa. Pero el propio autor concluye que sus integrantes parecían inclinarse más hacia mecanismos económicos de resistencia que hacia una insurrección armada inmediata: favorecer los negocios de puertorriqueños y perjudicar mediante el boicot a comerciantes peninsulares y a sectores asociados con el régimen colonial.

Aquí reside una de las paradojas historiográficas más interesantes de La Torre del Viejo. El expediente colonial habla de una sociedad con “tendencias separatistas”; el proceso judicial desemboca en condenas por conspiración para la rebelión; pero la reconstrucción documental realizada por González Mercado revela una realidad social mucho más compleja. El separatismo de Yaurel no puede comprenderse exclusivamente desde las categorías jurídicas empleadas por el Estado colonial. También debe estudiarse desde la historia social: las condiciones de trabajo, la desigualdad económica, los vínculos familiares, la solidaridad campesina y el boicot como instrumento de resistencia.

En este sentido, Cancel y González Mercado parecen encontrarse, aun desde investigaciones distintas, en un mismo problema interpretativo: ¿cuándo una resistencia económica se convierte en separatismo político y quién posee el poder de definirla como tal? Para la autoridad colonial, el límite podía ser extremadamente tenue. En un imperio que observaba cómo Cuba volvía a levantarse en armas y Filipinas entraba en un periodo de profunda inestabilidad, una reunión campesina en las montañas de Arroyo podía adquirir dimensiones mucho más amenazadoras de las que sus recursos reales parecían permitir.

Pero donde el libro alcanza una dimensión particularmente conmovedora es en la reconstrucción de las consecuencias humanas de aquella persecución.

El miedo se apoderó de Yaurel. Y es que los campesinos que no habían sido detenidos huyeron hacia las partes más inaccesibles de las montañas. La cosecha de café comenzó a perderse; faltaban brazos para atender el ganado; negocios quedaron paralizados y numerosos habitantes temían desplazarse por el riesgo de encontrarse con la Guardia Civil. González Mercado describe una comunidad dominada por “la soledad, el temor y el silencio”, sobre la cual regresaba la memoria terrible de 1887.

Precisamente aquí adquiere especial relevancia el antecedente historiográfico trabajado por Mario Cancel. Los Compontes no pertenecían solamente al pasado. Ocho años después continuaban funcionando como memoria del terror. Una comunidad podía recordar la violencia mucho después de que los instrumentos formales de aquella represión hubiesen desaparecido. El miedo también posee historia; se transmite, condiciona comportamientos y determina la manera en que una población interpreta la llegada de policías, militares y funcionarios.

González Mercado examina cuidadosamente si se aplicaron nuevamente compontes en 1895. La prensa denunció rumores de torturas mientras las autoridades los negaban. Sin embargo, varios presos mostraron posteriormente al gobernador cicatrices y huellas de quemaduras en los pies, hecho que provocó que cuatro guardias civiles fueran llamados a San Juan para ser interrogados.

Más dramática todavía es la memoria oral recogida por el autor acerca de Galio Ortiz, quien, según el testimonio conservado, habría preferido suicidarse antes que enfrentar la posibilidad de ser componteado. El propio González Mercado reconoce que la documentación oficial no permite reconstruir completamente aquellos abusos, pero sostiene que las evidencias disponibles apuntan hacia la existencia de malos tratos.

Esta prudencia constituye una virtud del libro. González Mercado distingue, en numerosos momentos, entre aquello que puede demostrar documentalmente, lo que pertenece a la tradición oral y aquello que solo puede proponerse como posibilidad. Esa cautela resulta particularmente necesaria cuando se trabaja con expedientes producidos por las mismas instituciones encargadas de perseguir a los acusados.

La dimensión humana vuelve a imponerse al llegar el proceso judicial. Un total de ciento treinta y siete detenidos pasaron meses sometidos a interrogatorios. Cincuenta y uno llegaron finalmente ante el Consejo de Guerra y cuarenta y tres fueron declarados culpables. Las condenas podían alcanzar hasta diez años y dos meses, y veintiséis de aquellos hombres terminaron enviados a cárceles de Cádiz.

Pero los nombres importan.

Antonio Morales Santiago, Tiburcio Ramos Figueroa, Atanasio Sánchez García, Laureano de Jesús y de Jesús, Indalecio Rivera Sánchez, Nicasio Ledeé Rivera, Pedro Ledeé Rivera y tantos otros dejan de ser simples números en un sumario militar. El propio González Mercado insiste en que deben escribirse nuevamente sus nombres para que puedan ser recordados por las generaciones futuras.

Es precisamente allí donde este libro rebasa los límites de una historia política tradicional.

Aquellos hombres no constituían una élite conspirativa. Eran trabajadores, pequeños y medianos agricultores, cortadores de caña, recolectores de tabaco, artesanos, tenderos y propietarios modestos. Algunos sabían leer y escribir; otros no. Eran, sobre todo, hombres insertados en una economía rural, responsables del sustento de sus familias. De ahí que su prisión tuviese consecuencias que trascendían al individuo: cada condenado significaba una familia sin ingresos, una cosecha sin recoger y una comunidad atravesada por la incertidumbre.

Y es que resulta particularmente revelador el contraste que establece González Mercado entre los condenados de Arroyo y los implicados posteriormente en la Intentona de Yauco. Mientras los primeros eran en su mayoría personas de recursos económicos limitados y tuvieron que esperar largamente por un indulto, los encausados de Yauco -procedentes en buena medida de sectores socialmente mejor posicionados- recibieron un respaldo político, periodístico y ciudadano mucho más amplio.

Ese contraste abre una pregunta que el libro permite formular más allá de sus propias páginas: ¿también tenía clase social la memoria del patriotismo?

La historiografía suele recordar con mayor facilidad a los conspiradores que poseían educación, recursos, conexiones políticas o capacidad para dejar documentos. Mucho más difícil resulta recuperar a los trabajadores rurales cuya participación política quedó preservada principalmente en expedientes policiales, procesos judiciales y recuerdos familiares. La Torre del Viejo realiza precisamente ese ejercicio de recuperación.

El episodio del traslado a España es revelador. Los condenados partieron prácticamente sin recursos y con ropa inadecuada para el invierno europeo. Se organizó entonces una colecta popular en Puerto Rico. Llegaron aportaciones desde Sabana Grande, Ponce, San Germán y otros lugares, algunas tan modestas como unos pocos centavos enviados anónimamente. Al llegar a Cádiz fueron apedreados mientras les gritaban “insurrectos de Puerto Rico”. Cuatro de aquellos hombres morirían durante el encarcelamiento y otro permanecería enfermo en España antes del regreso de sus compañeros.

Finalmente, cuando los sobrevivientes regresaron a Puerto Rico en febrero de 1898, la historia se transforma nuevamente en memoria. Una tradición oral recogida por Francisco García Boyrie. Relata que Nicasio Ledeé fue recibido en Arroyo por una multitud que retiró los caballos del carruaje y lo condujo personalmente hasta el pueblo. González Mercado, con la prudencia que caracteriza su investigación, advierte que no ha podido corroborar documentalmente aquella escena. Sin embargo, incluso como tradición oral, el relato posee enorme significado: revela cómo una comunidad decidió recordar a uno de aquellos hombres.

Tal vez ahí se encuentra la aportación más duradera de La Torre del Viejo.

El libro demuestra que entre Lares en 1868 y Yauco en 1897 no existió un vacío. Hubo descontentos, asociaciones clandestinas, proyectos, rumores, redes, solidaridades y resistencias que todavía necesitan ser investigados. El propio autor reconoce que aún desconocemos cuántas sociedades secretas existieron, cómo se relacionaron entre ellas y cuáles fueron exactamente sus composiciones y objetivos.

La historia de Yaurel obliga, por tanto, a pensar el separatismo puertorriqueño no solamente a través de grandes dirigentes, proclamas y levantamientos armados, sino también desde abajo. Desde el cafetal, el bohío, el pequeño comercio, los vínculos familiares y las montañas que ofrecían refugio frente a la Guardia Civil.

Mario R. Cancel Sepúlveda ayudó a comprender que el boicot y los Compontes de 1887 formaban parte de una compleja zona de contacto entre autonomismo, resistencia económica, separatismo y represión colonial. Nelson R. González Mercado continúa, desde otra escala y otra documentación, aquella conversación historiográfica. Su estudio permite observar cómo, ocho años después, persistían el boicot, la sospecha separatista, la vigilancia y, sobre todo, la memoria del miedo.

Por eso, la continuidad histórica que revela La Torre del Viejo no debe buscarse solamente en organizaciones o conspiraciones. Está también en las experiencias transmitidas de una generación a otra. En el recuerdo del componte, en la desconfianza hacia la Guardia Civil, en la resistencia frente a los sectores económicamente dominantes. Además, en la convicción, todavía imprecisa pero persistente, de que el orden colonial podía y debía ser cuestionado.

González Mercado termina afirmando que detrás de La Torre del Viejo se encuentra una historia de resistencia de los trabajadores campesinos de Yaurel. Hombres que lucharon por mejores condiciones de vida y de trabajo para ellos y sus familias. Esa afirmación podría servir también como clave de lectura de todo el libro.

Porque La Torre del Viejo no es solamente la historia de una sociedad secreta descubierta en octubre de 1895. Es la historia de cómo el poder colonial miraba con sospecha la organización de los de abajo. De cómo el miedo de 1887 podía continuar viviendo en 1895. Cómo la protesta económica podía transformarse, bajo la mirada del Estado, en conspiración política. Además, de cómo unos campesinos casi olvidados fueron capaces de dejar una huella que todavía puede recuperarse más de un siglo después.

En ese sentido, Nelson R. González Mercado no solamente ha añadido un episodio a la historia política de Puerto Rico. Ha devuelto a Yaurel y a sus trabajadores un lugar dentro de la historia nacional.

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Dr. Carlos I. Hernández Hernández

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