El apoyo mutuo, la solidaridad y la defensa de la Universidad de Puerto Rico frente a la lógica de austeridad que expropia el espíritu humano
El pasado martes 1 de septiembre en la Biblioteca General del Recinto Universitario de Mayagüez, asistí al panel “Destacando el valor de los datos abiertos para la labor investigativa en UPRM”. Las ponencias de Sylvia Rodríguez-Abudo, de CARICOOS; Alberto López Venegas, de la Red Sísmica; y Clara E. Isaza Brando, del Departamento de Biología, moderadas por el profesor José J. Morales Benítez, del Graduate Resarch & Innovation Center (GRIC), dejaron en el auditorio una lección que trascendía la técnica: el conocimiento, cuando se comparte con rigor y compromiso público, puede convertirse en una forma de cuidado colectivo.
La pregunta que les formulé a los colegas fue inevitable: ¿cómo traducir esa sabiduría y ese sentido de responsabilidad ante una clase política y una Junta de Control Fiscal que, al reducir la Universidad a balances y recortes, parecen incapaces de comprender que los datos, la ciencia y la educación pública no son gastos que se administran, sino condiciones indispensables para que un país pueda conocerse, protegerse y construir su porvenir?
Las respuestas de los panelistas, lúcidas y generosas, apostaron por el futuro de los estudiantes al demostrar que el conocimiento compartido puede formar no solo investigadores competentes, sino ciudadanos conscientes de su responsabilidad con el país; acaso algunos de quienes los escucharon ocuparán mañana posiciones de decisión política y, al recordar aquella lección de rigor, apertura y compromiso, podrán mirar el porvenir de la Universidad de Puerto Rico y de la educación pública con esperanza, solidaridad y sentido de deber colectivo.
Del conocimiento compartido a la defensa del porvenir
La afirmación de Bad Bunny ante el mundo —“el amor es más grande que el odio”— no debe quedar como una frase hermosa destinada a desaparecer entre los aplausos. La realidad puertorriqueña nos obliga a convertir esas palabras en una responsabilidad colectiva: la defensa de la Universidad de Puerto Rico exige que rechacemos la contabilidad fría y calculadora que, bajo la lógica de los espíritus espesos de la austeridad, reduce vidas, saberes y futuros a una partida de gasto. La solidaridad, en cambio, reconoce en la educación pública una obra colectiva, una fuente de dignidad y una promesa de país.
En esta isla, donde hasta la bruma parece guardar memoria, hay ideas que se nos meten en la conciencia como los espíritus espesos que desafiaba Nemesio Canales en sus Paliques: no llegan haciendo ruido, sino que se sientan a nuestro lado, nos hablan con la voz de los manuales, de los noticiarios y de las certezas heredadas, hasta que acabamos por confundirlas con la naturaleza.
Una de ellas nos susurra que, sin una autoridad que vigile desde arriba, el mundo se precipitaría hacia el caos; que las personas, abandonadas a su propia suerte, revelarían una violencia primordial; que el orden solo puede nacer de la obediencia. Pero acaso esos espíritus no se vencen con más miedo ni con nuevas obediencias, sino con la paciente claridad del amor, la solidaridad y la certeza de que los pueblos también saben cuidarse unos a otros. La repetición de aquella idea ha sido tan constante que rara vez nos detenemos a preguntar qué retrato del ser humano presupone y a quién le sirve que lo aceptemos sin discusión.
No se trata de negar la necesidad de instituciones, leyes o responsabilidades públicas. Las sociedades complejas necesitan acuerdos, procedimientos y una vida democrática capaz de corregirse. El problema aparece cuando se nos pide imaginar toda convivencia como una amenaza sin tutela, cuando la seguridad se convierte en la única virtud política y cuando la cooperación espontánea de los pueblos se considera una ingenuidad peligrosa. Allí comienza una pedagogía del miedo: si el desorden es la naturaleza humana, cualquier control puede presentarse como remedio.
El geógrafo y pensador ruso Piotr Kropotkin propuso, a comienzos del siglo XX, una respuesta que todavía incomoda por su sencillez. En su libro: El apoyo mutuo: un factor de evolución no sostuvo que la vida estuviera libre de competencia, conflicto o violencia. Este sostuvo algo más difícil de escuchar para quienes hicieron de la competencia una religión: la cooperación también ha sido una fuerza decisiva para la supervivencia. Al observar animales, comunidades campesinas, gremios y redes de ayuda, Kropotkin encontró que la sociabilidad no era una decoración moral añadida a la existencia; era una capacidad práctica, una forma de resistir la adversidad y de hacer posible la vida común.
Su planteamiento desafiaba la caricatura del darwinismo que, desde el siglo XIX, sirvió para revestir de ciencia la desigualdad. El llamado darwinismo social convirtió la supervivencia del más apto en una coartada para celebrar la acumulación, naturalizar la pobreza y presentar la solidaridad como una interferencia sentimental en el funcionamiento del mundo. La traducción contemporánea de aquella doctrina no siempre usa el vocabulario de Herbert Spencer. A veces habla de eficiencia, de competitividad, de recortes inevitables, de austeridad como virtud o de que cada institución debe “ajustarse” a lo que dicta el mercado. Pero la pregunta moral permanece: ¿quién paga el ajuste y quién decide que era inevitable?
El capitalismo salvaje no se reconoce solamente por la riqueza que concentra, sino por la sospecha que siembra contra toda idea de bien común. Si se reduce la educación a una inversión individual, el estudiante deja de ser ciudadano en formación y pasa a ser cliente. Si una universidad se mide únicamente por su capacidad de producir credenciales rentables, la historia, las artes, la filosofía y las ciencias sociales parecen lujos prescindibles. Si la salud, el agua, la vivienda o la cultura se valoran exclusivamente por lo que rinden en una hoja de cálculo, la dignidad se convierte en un costo que alguien debe recortar.
El pueblo de Puerto Rico conoce bien esa gramática. Y es que durante los últimos años, la Junta de Supervisión y Administración Financiera ha ejercido, al amparo de la ley PROMESA, una autoridad decisiva sobre planes fiscales y presupuestos públicos. La Junta defiende ese poder como un instrumento de responsabilidad fiscal y sostenibilidad. Esa afirmación merece ser atendida con seriedad. Sin embargo, también merece una pregunta igual de seria: ¿qué clase de país se construye cuando la sostenibilidad se calcula sin conceder el mismo peso a la sostenibilidad humana, educativa y cultural? Una comunidad no se recupera de verdad si, mientras ordena sus cuentas, debilita las instituciones que le permiten pensarse, investigarse y formar a quienes habrán de cuidarla.

La Universidad de Puerto Rico ocupa el centro de esa interrogante. Los recortes, la presión para reducir estructuras y los aumentos en el costo de estudiar no son asuntos administrativos aislados. Son decisiones que alcanzan a la hija de una familia trabajadora que vacila antes de matricularse; al joven de un pueblo que descubre que la distancia y el costo le cierran el paso; al profesor que ve disminuir los recursos para investigar; a los laboratorios, archivos, bibliotecas y departamentos que sostienen una conversación intelectual que no cabe en los indicadores más inmediatos. Cuando una universidad pública se encarece y se achica, no solo se reorganiza un presupuesto: se estrecha el horizonte de lo posible.
La crítica no debe convertirse en una negación automática de toda disciplina fiscal. No hay duda de que Puerto Rico necesita administrar con transparencia, combatir el despilfarro y exigir cuentas. Pero hay una distancia ética entre cuidar lo público y administrarlo como si fuera una empresa cuyo único deber es reducir gastos. La primera tarea busca preservar y fortalecer un patrimonio colectivo; la segunda corre el riesgo de verlo como una carga. La Universidad no es una compañía de cobro, ni una fábrica de diplomas, ni un renglón incómodo que deba reducirse hasta que deje de reclamar recursos. Es, o debería ser, uno de los lugares donde un país aprende a no resignarse a ser solamente mercado.
En esta conversación, el apoyo mutuo no es una consigna romántica ni un llamado a la improvisación. Es una ética de la interdependencia. Y significa reconocer que nadie llega solo a la universidad, que detrás de cada estudiante hay familias, maestras, comunidades, becas, bibliotecas y trabajadores. Significa recordar que un pueblo se sostiene gracias a la gente que comparte apuntes, organiza un comedor solidario después de un huracán, defiende una escuela de barrio, acompaña a una vecina enferma o abre su casa cuando el Estado llega tarde. Puerto Rico no carece de esas prácticas: ha sobrevivido demasiadas veces precisamente por ellas.
La autoestima colectiva nace de reconocer esa capacidad. No de repetir que somos incapaces y necesitamos siempre un tutor externo; no de aceptar que la austeridad es el único lenguaje de la madurez; no de reducir nuestras aspiraciones a aquello que el mercado considera rentable. Una sociedad con autoestima sabe que debe corregir sus fallas, pero también sabe defender lo que la hace digna. Sabe que la cooperación no elimina el conflicto, pero impide que el conflicto destruya toda posibilidad de comunidad.
Por eso conviene volver a la pregunta que el miedo procura silenciar: ¿qué ocurriría si recordáramos que somos capaces de organizarnos, deliberar y cuidarnos sin que todo gesto de solidaridad tenga que esperar autorización desde arriba? La respuesta no exige abolir de un plumazo las instituciones ni idealizar al ser humano. Exige algo más concreto y más urgente: exigir instituciones que sirvan a la gente, no que la acostumbren a obedecer; defender una Universidad pública que forme ciudadanos, no solamente consumidores; y sostener una economía que reconozca que la vida vale más que su precio.
El apoyo mutuo no es una evasión de la realidad ni una nostalgia por un mundo sin conflictos. Es la decisión de mirarla completa, incluso allí donde los espíritus espesos del miedo nos han enseñado a desconfiar del otro y a creer que la obediencia es la única puerta del orden. Frente a la doctrina que ve en cada persona un competidor, el apoyo mutuo nos invita a reconocer un semejante; frente a la administración que convierte la educación en partida de gasto, nos recuerda que la Universidad es una promesa pública y que el saber compartido es una de las formas más hondas de riqueza de un país.
Tal vez la tarea de nuestro tiempo consista en desalojar de la conciencia esas sombras antiguas que nos convencen de que estamos solos, de que la solidaridad es debilidad y de que no hay salvación fuera del control. Puerto Rico ha demostrado, una y otra vez, que no es así: después del huracán, en la comunidad que abre una cocina, en la estudiante que comparte sus apuntes, en el maestro que no abandona a sus alumnos, en la vecina que toca una puerta para saber si alguien necesita ayuda, late una sabiduría que ningún presupuesto puede medir.
Los espíritus espesos no se vencen con odio, porque el odio les pertenece a ellos. Se vencen cuando el miedo deja de gobernar nuestra imaginación y cuando recuperamos la certeza de que cuidarnos no es una concesión sentimental, sino una forma de dignidad, de inteligencia colectiva y de libertad. Esa es, acaso, la tarea más humana que tenemos por delante: aprender a responsabilizarnos unos por otros y, al hacerlo, recordar que un pueblo no se salva obedeciendo en silencio, sino reconociéndose capaz de amarse, organizarse y defender su porvenir.


