La primera vez que vi al entonces profesor de Literatura Puertorriqueña Carmelo Rodríguez Torres caminaba junto a mi profesor de Historia, Juan Rodríguez Cruz. Juan era un personaje de esos que parecen haber salido de una novela: de adolescente participó tímidamente en su pueblo natal de Mayagüez en la Revolución nacionalista de los años cincuenta y dejó un poderoso testimonio de aquel acontecimiento. Pero lo suyo no era una memoria que transitara dócilmente por el camino de la historia documental; era memoria viva, atravesada por la pasión, capaz de deformar la verdad para conservar, en el fondo de sus sueños, la victoria que la historia le había negado.
Fue durante un desayuno muy temprano, en la antigua cafetería del Recinto Universitario de Mayagüez, que tuve el honor y privilegio de conocer a Carmelo. Carmelo había nacido en la Isla Nena, Vieques, y cargaba en su voz una gravitación particular, acaso aquella voz gangosa con que Luis Palés Matos quiso fijar una sonoridad negra y caribeña: la de quien sabía que las islas pequeñas pueden contener mundos inmensos, heridas antiguas y memorias que se niegan a callar.
Muchas veces intenté matricularme en su curso de Literatura Puertorriqueña, pero mi inscripción en la disciplina de la Historia me cerraba aquella puerta. No obstante, asistí fielmente como oyente. Quizá ya entonces comprendía, aunque no pudiera formularlo, que la literatura también era una forma de archivo: uno menos obediente, más oscuro y acaso más verdadero en sus silencios.
La reedición de Cinco cuentos negros, publicada originalmente por el Instituto de Cultura Puertorriqueña en 1976, devuelve a la conversación literaria puertorriqueña una obra que no debió permanecer tanto tiempo en la penumbra. Y es que no se trata de una mera recuperación bibliográfica: es un acto de reparación crítica. Merece reconocerse, además, el valioso prólogo del escritor Edgardo Nieves-Mieles, cuya escritura transita con singular soltura entre el ludismo —entendido como el juego creativo con las palabras, las imágenes, y las referencias culturales—, la ironía y una poesía nacida de la calle. Su voz no se limita a presentar el libro, sino que dialoga con él y lo sitúa en la desventura cotidiana de un país que todavía debe aprender a mirar hacia atrás, acaso como canta Fiel a la Vega, en su icónica canción: Salimos de aquí: “mirando la vida por el retrovisor”, para reconocer las heridas que siguen viajando con nosotros.
Y es que para Edgardo Nieves Mieles, la publicación de este libro constituye una promesa cumplida y un acto de deber. No se trata únicamente de hacer justicia a un escritor y a su obra, sino de honrar a un amigo y responder al pacto de amistad, compromiso y solidaridad que une a quienes se niegan a dejar que el olvido clausure una voz necesaria. El empeño de Edgardo adquiere así una dimensión épica: rescatar a Carmelo Rodríguez Torres es devolver una presencia indispensable a la historia de las letras puertorriqueñas y sostener, frente a la desmemoria, que ninguna obra auténtica debe permanecer desterrada de su país.
En ese sentido, el volumen encuentra un origen y una justificación contemporánea en el proyecto Tiznando el País: Visualidades y Representaciones, de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras, junto con la Alianza de Museos de Puerto Rico, presidida por Marianne Ramírez, y subvencionado por la Fundación Andrew W. Mellon.
Al acogerse a los principios de Reconocimiento, Justicia y Desarrollo promovidos por la Organización de las Naciones Unidas, el proyecto propone visibilizar las voces y miradas de artistas afropuertorriqueños y afropuertorriqueñas, y reivindicar la experiencia cultural-nacional del archipiélago.
No es casual que Cinco cuentos negros reaparezca bajo esa luz. La obra de Rodríguez Torres no convierte la negritud en decoración costumbrista ni en una postal complaciente. La sitúa en el punto donde la historia colonial, el racismo, la pobreza, el deseo, la violencia y la imaginación se hacen cuerpo. Por eso “tiznar” deja de ser la palabra que nombra el insulto —“no me toques, que me tiznas”— para convertirse en una acción de afirmación: tiznar el país es devolverle la huella que quiso ocultar; es recordar que Puerto Rico no puede explicarse sin su espesor afrocaribeño.
Los cinco relatos —“Paraíso”, “Fuencarral”, “El sapo de oro”, “La única cara del espejo” y “PREDELA: milagro de la estatuilla profanada”— forman una geografía moral en la que lo cotidiano se abre continuamente hacia lo fantástico. Pero no se trata del realismo mágico de las flores amarillas ni de las mariposas amarillas que persiguen obstinadamente al mecánico Mauricio Babilonia en Cien años de soledad, imágenes que el tiempo y la repetición crítica han convertido casi en emblemas universales del universo narrativo de Gabriel García Márquez. El de Carmelo Rodríguez Torres pertenece a otra temperatura imaginativa: es un realismo mágico de obsidiana, negro, cortante, volcánico; una piedra que devuelve el rostro de quien se mira en ella, aunque lo devuelva herido.

En “Paraíso”, la intimidad doméstica se vuelve escenario de una violencia racial silenciosa. La familia, los hijos, las conversaciones sobre el cine, las marcas de consumo y los libros construyen una atmósfera aparentemente confortable. Sin embargo, bajo esa superficie se mueve la tensión de un hombre negro atrapado entre el mundo letrado, la vida familiar, el deseo y las formas cotidianas de exclusión. La mancha oscura junto a la oreja del niño, la mirada de la maestra, los comentarios de los vecinos y la condición racial del padre revelan que el “paraíso” es una máscara. La modernidad doméstica, con sus automóviles, cigarrillos, colegios privados y objetos importados, no logra borrar la jerarquía racial que ordena las relaciones sociales.
El relato dialoga, además, con El reino de este mundo, de Alejo Carpentier. No es una referencia decorativa: la lectura de Carpentier irrumpe en la conciencia del narrador y altera la percepción del hogar. Ti Noel, Mackandal y la historia de Haití entran en la sala puertorriqueña como una corriente subterránea. Allí donde la familia parece habitar una normalidad pequeña y burguesa, se abre de pronto la memoria mayor de la esclavitud, de la rebelión y de la libertad negra. El pasado caribeño no está muerto: fuma un cigarrillo junto al narrador, se sienta en la butaca, se filtra por las páginas de un libro.
Esa presencia alcanza una intensidad particular en “Fuencarral”. Dos meses antes, el narrador escucha el llamado de Mackandal: “Fuencarral, me dijo, huye hacia las playas del sur”. La frase no funciona solamente como una orden. Es una invocación. Mackandal, la persona esclavizada rebelde convertida en figura mítica por Carpentier atraviesa las fronteras entre Haití, Vieques y Puerto Rico; entre la novela y el cuento; entre la historia y la posesión. Fuencarral no es únicamente un personaje: es una figura de fuga, deseo, resistencia y transformación.
Las playas del sur son, en este cuento, más que una coordenada geográfica. Son un umbral hacia otra libertad. Y es que huir no equivale a escapar cobardemente; es desprenderse del orden que ha fijado cuerpos, destinos y silencios. Fuencarral carga con una “costra de silencio” amarrada a las cuerdas vocales, y esa imagen podría resumir una parte esencial del libro: el silencio impuesto a la experiencia negra, el silencio de los pueblos marginados, el silencio que se vuelve piedra sobre la garganta. Pero esa piedra no permanece inmóvil. En Carmelo, el silencio también acumula una fuerza oscura, como la lava antes de abrirse paso.
La relación con Carpentier permite leer estos relatos como una conversación catártica entre las heridas del Caribe. En El reino de este mundo, Mackandal encarna la posibilidad de la metamorfosis y de una libertad que el orden esclavista no logra dominar: mientras los amos creen haber consumado el castigo, las personas esclavizadas perciben su transfiguración y convierten su figura en símbolo perdurable de resistencia.
En Cinco cuentos negros, esa potencia se transforma en una corriente que arrastra a personajes, recuerdos, supersticiones y deseos. La esclavitud legalmente abolida permanece, sin embargo, como una presencia espectral: no en cadenas visibles, sino en prejuicios, cuerpos vigilados, erotismos castigados, pobrezas heredadas y memorias expulsadas del relato nacional. En ese sentido, resuena la reflexión de Michel Foucault en Vigilar y castigar: nacimiento de la prisión, la modernidad convirtió la vigilancia en una suerte de prescripción científica, casi una receta de corrección, destinada a disciplinar los cuerpos y reformar las conductas que el Antiguo Régimen castigaba sin pretender transformar. El panóptico expresa esa aspiración de un poder que no necesita golpear continuamente porque procura instalarse en la mirada interior del vigilado. En los cuentos de Rodríguez Torres, esa vigilancia se proyecta sobre los cuerpos negros, sus deseos y sus modos de habitar el mundo, reproduciendo bajo formas modernas una subordinación que la abolición jurídica no logró desmantelar.
“PREDELA: milagro de la estatuilla profanada” vuelve sobre Fuencarral desde el espacio del rumor colectivo. Mariadna Angélica Ucela, mujer enigmática, entrega una estatuilla negra; los vecinos, incapaces de tolerar aquello que no comprenden, la convierten en objeto de venganza. La estatuilla es colgada, multiplicada, perseguida, quemada. Pero precisamente en esa multiplicación reside su poder. Lo que la comunidad intenta destruir se reproduce. La memoria negra no cabe en una sola figura ni puede ser aniquilada con una hoguera. Cada pequeña escultura tallada en carbón parece devolver la pregunta que el pueblo quisiera acallar: ¿qué ocurre cuando una comunidad convierte en objeto de castigo aquello que revela su propio deseo reprimido?
El carbón, en la obra de Rodríguez Torres, no es únicamente negrura. Es origen, residuo y posibilidad de fuego. La estatuilla negra encarna a Fuencarral, pero también a una historia proscrita que persiste en la casa, en la calle y en la imaginación de quienes intentan negarla. El cuento no ofrece una redención fácil. Mariadna muere, la violencia se organiza como rito colectivo y la comunidad parece continuar con su vida. Sin embargo, el incendio deja una marca. Algo ha sido profanado, pero algo también ha sido revelado.
El glosario de esta edición merece atención especial. No cumple una función meramente auxiliar. Es un paratexto, es decir, un elemento que acompaña la obra sin formar parte directa de los cuentos —como el prólogo, las notas, las imágenes o el índice—, pero que orienta y amplía su lectura. En este caso, abre rutas de interpretación y confirma el espesor intertextual de los relatos. Sus entradas remiten al lector a Mackandal, Ti Noel, la tradición vudú, El reino de este mundo, Vieques, las Islas Vírgenes, el catolicismo, Dante, Virgilio, Luis Muñoz Marín, Sidney Poitier y múltiples referentes de la cultura popular y la historia caribeña. El glosario no reduce el misterio de los relatos; por el contrario, hace visible que su mundo narrativo está construido con capas de memoria: africana, antillana, puertorriqueña, europea, bíblica, cinematográfica y popular.
Esa densidad cultural permite comprender que Carmelo Rodríguez Torres no escribe sobre “un tema negro” como quien atiende una zona particular de la experiencia puertorriqueña. Y es que este escribe desde una negritud que desborda las categorías estrechas del folclor y reclama su lugar en el centro de la nación. Así sus personajes viven en un país reconocible, pero también en un territorio trastornado por voces, sueños, espejos, estatuillas y mares que guardan los cuerpos de quienes no han terminado de contar su historia.
Por eso esta reedición llega con la fuerza de una deuda saldada apenas a medias, como llegan las mareas que devuelven a la playa los nombres que alguien quiso hundir. El libro: Cinco cuentos negros no pide permiso para entrar en el canon: se planta ante su puerta, la mira con sus ojos de carbón encendido y pregunta por qué tardaron tanto en abrirle. Y al leerlo hoy es escuchar, desde las playas del sur, el llamado de Mackandal; es sentir que el viento trae voces antiguas, pasos de personas esclavizadas fugadas y el rumor de estatuillas negras que se multiplican cuando se intenta destruirlas. Pero también es aceptar que el archivo nacional está lleno de grietas y que por ellas entra una memoria tiznada, dolorosa y luminosa, con la obstinación de un río que conoce el camino bajo la tierra. Una memoria que no se resigna a ser silencio; una memoria que, como la obsidiana —piedra y espejo oscuro donde se refleja la piel del dolor—, corta la piel de las certezas y deja en nuestras manos el brillo oscuro, feroz y hermoso de la verdad.


