Un apartheid tropical

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Imagen: Plaza de Santiago (hoy Plaza Colón) y Puerta de Santiago en Viejo San Juan a fines del siglo XIX (Suministrada)

Por: Elsa Tió, poeta

Resulta que en el siglo XIX en la conservadora ciudad amurallada de San Juan, se quiso imponer la segregación entre blancos y negros; sepan cómo el pueblo protestó, resistió y evitó la orden real.

En Mis memorias, Alejandro Tapia y Rivera (1822- 1882) narra una historia que aconteció en época del gobernador Juan de la Pezuela que algo dice de nuestra idiosincrasia. Resulta que desde tiempo inmemorial existían en San Juan las populares carreras de caballo de tarde y noche que en grandes trullas celebraban las fiestas del patrón San Juan Bautista y de San Pedro Apóstol “que hacía las delicias de padres y abuelos”. Se sabía que eran “brutales” pero siempre habían sido respetadas y se esperaban con entusiasmo.

Sin embargo, el gobernador Pezuela trató de “corregir viejas costumbres”, refiriéndose a las mismas como bárbaras, incultas. Y es interesante lo que aconteció luego que Pezuela prohibiera dichas carreras, porque pone de manifiesto algunos rasgos inherentes al carácter del puertorriqueño.

Ocurrió que el gobernador Pezuela -quien ocupó el cargo de gobernador de Puerto Rico de 1848 a 1851-  tuvo la funesta ocurrencia de imponer por decreto la prohibición de las carreras de caballo (de noche) tachándolas de bárbaras.  Irónico que el gobernador encontrara civilizado esclavizar al hombre con el cruel y despiadado sistema de libretas* que no impuso, sin embargo, se perturbaba y rechazara por considerarlas salvaje, el celebrar las carreras de caballo nocturnas durante las fiestas. Y así desde su autoritarismo y arrogancia “las prohibió por ahora y para siempre”. (cualquier semejanza con las peleas de gallos no es pura coincidencia).

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Plaza de Armas a mediado del siglo XIX (Suministrada)

Tapia relata en sus memorias el gran malestar que causó en el pueblo el eliminarlas, para: “sustituir las carreras de caballo nocturnas con cabalgatas al paso y de la tarde.”  Pero la orden llegó con otro requerimiento aún más ofensivo que fue imponer una especie de apartheid tropical. Las carreras de caballo venían siempre acompañadas de bailes por cuatro días, pero en esta ocasión se obligó por decreto, que en la Plaza Principal (o Plaza de Armas que es la que está ubicada frente a la alcaldía) asistieran los blancos y en la Plaza de Santiago (hoy Plaza Colón) asistieran los negros. Recordemos que la esclavitud no sería abolida hasta el 1873, que el pueblo sanjuanero, aún sufriendo el odioso sistema de la esclavitud, y de habitar en la conservadora y oficialista capital de San Juan se resistió molesto a tan brusca y prejuiciada imposición.

Y abunda Tapia: “…hubo de ser notable el disgusto general por esta innovación brusca y desacertada, puesto que nadie absolutamente acudió a las dos plazas, en las cuatro noches de las fiestas de San Juan y San Pedro y sus vísperas respectivas hasta que se retirara la música, a cuya hora se llenaba la gente la principal como era costumbre.  Por cierto, que en la noche de San Pedro, que era la última, se presentaron algunas poquísimas personas del sexo femenino en la sala principal, y cuando Pezuela pretendía que se bailase el rigodón, algunos naranjazos de las vecinas azoteas las ahuyentaron. Lo que amostazaba más a Pezuela era que todas las clases sociales de la población se hallasen unánimes en sentimiento repulsivo hacía su disposición sobre las fiestas sanjuanera y que el desaire fuera obra de todos. 

Se cuenta que en una de aquellas noches fue a la Plaza de Santiago, y encolerizado al ver la plaza desierta, a excepción de la banda que tocaba para los árboles y asientos que allí había entonces, exclamo furioso, arrojando el sombrero contra el suelo “hasta los negros me desaíran”.   

Pocos años más tarde el gobernador Fernando de Norzagaray restableció las carreras, que el pueblo acogió con entusiasmo doble, al disfrutar de herir el orgullo fatuo de Pezuela ante su fallida y derrotada prohibición “de ahora y para siempre”. 

Este relato revela un momento digno de nuestra historia, y es hora de espantar el olvido y resaltar momentos significativos que forman pueblos. Que la actitud gregaria, e inclusiva del puertorriqueño desafiando y rechazando la nueva orden, no hubiera tenido en esa época igual eco en Estados Unidos. Y no es arbitrario pensar que en los estados del sur hubieran linchando a los negros que osaron negarse a obedecer las ordenes reales. Pero a la vez dice bien de los boricuas que desde la resistencia pasiva desobedecieron un nuevo decreto claramente ofensivo, racista, que chocaba con los estilos de convivencia de nuestro pueblo.


Alejandro Tapia fallece el 19 de julio de 1882, como consecuencia de un derrame cerebral que sufrió mientras dictaba una conferencia en el salón principal del Ateneo Puertorriqueño. Después de su muerte, se publicó su último libro, Mis memorias o Puerto Rico como lo encontré y como lo dejo (1928), en el que presenta aspectos característicos y costumbristas de la vida puertorriqueña del siglo XIX. Esta obra forma parte del currículo de Español del Departamento de Educación de Puerto Rico.
Pezuela, Gobernador de Puerto Rico de 1848 a 1851 (fue sucesor de Juan Prim). Allí impuso el odiado Régimen de la Libreta, el cual era una esclavitud encubierta para los habitantes de la Isla, obligándolos a trabajar en las haciendas por una mala paga o nada. Los jornaleros debían cargar con una libreta en todo momento que evidenciaba el resultado de su trabajo.

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