Hay historias enternecedoras y vibrantes que delatan el amor inagotable de un hijo hacia una madre, y la de una madre por su hijo. Ese binomio amoroso ocurrió hace casi dos siglos en el Puerto Rico del siglo XIX y todavía conmueve y enseña.
Resulta, que el niño Román Baldorioty (1822-1889) nació hijo del amor, fuera del matrimonio y pobre, pero tuvo la suerte de ser hijo de una lavandera que poseía tal riqueza en su corazón que lo llenó de luz. Doña María del Rosario Baldorioty, obrera, lavandera de oficio, pero soñadora de vocación, le abrió a su hijo el horizonte de la educación al facilitarle el que pudiera estudiar.
María del Rosario se muda a San Juan, la ciudad amurallada, la capital, con el fin de cultivar la inteligencia del niño. Era el lugar ideal, porque allí vivía el maestro Rafael Cordero (1790-1868). Quien era tabacalero de oficio, educador por excelencia y reconocido como padre de la educación pública.

Sin la sabia iniciativa de María, la vida del niño Román hubiera quedado en manos de la ignorancia y del olvido. El empeño amoroso de María del Rosario Baldorioty de cumplir los anhelos de educación de aquella mente privilegiada se trocó en devoción de Baldorioty por su madre. Y lo comprobamos en su adolescencia, cuando su padre, Juan de Castro, vecino de Cabo Rojo, un 29 de enero de 1835 le ofrece reconocerle su apellido al joven Baldorioty, quien contaba con 14 años. Era un ofrecimiento relevante, en una época, en que ser catalogado de bastardo, era considerado una ofensa, como dictaba los prejuicios de la época.
Baldorioty, siempre íntegro, no dudó en actuar según los dictados de su corazón y optó por distinguir primero a su madre y llamarse Román Baldorioty de Castro, y no Román de Castro Baldorioty.
La veneración de Román por su madre se vuelve a reafirmar décadas más tarde, en el sepelio de María Baldorioty en 1870. Cuando su hijo que tenía 48 años, ya un hombre dotado de una gran cultura y una educación oceánica le organizó a su madre un funeral digno de una dama principal. Los testigos y la demostración de dolor y admiración se dieron al efectuar un entierro multitudinario. Presidido por una comisión de duelo compuesta por don Gerónimo Goyco Sabanetas, Don Nicolás Aguayo Aldea y don José Julián Acosta. Al entierro asistieron una multitud de más de mil personas. Más que realizar un funeral, el hijo y los presentes le rindieron un homenaje a una madre abnegada. A una mujer admirable y excepcional que todavía nos inspira.
La decisión de la madre de privilegiar la educación del hijo, en medio de su pobreza, la enaltece. Sobre todo, cuando apenas había escuelas y era frecuente en su época, que el niño pobre empezara a trabajar desde temprano, para aligerar a los padres la pesada carga. El que apostara María por la educación del niño Román, determinará el destino de Baldorioty, como el de Puerto Rico.
El poder del amor maternal pudo más que los prejuicios. Aquella sociedad conservadora reconoció la excelencia de María del Rosario Baldorioty, no les importó que fue una madre soltera. Honraron su excelencia reflejada también en la devoción del hijo por su madre. Es hora de que conozcamos esta historia en el siglo XXI. El amor de una madre transforma, nunca muere, siempre inspira y da fuerza de vida.



Excelente artículo A tod@s los lectores del Adoquín, FELIZ DÍA DE LAS MADRES!
Un excelente articulo. Me encanta leer este periodico por todo lo que aprendo. Gracias al contribuyente
nunca me cansa el conocer mas de la historia de mi islita.
Excelente artículo. Por favor, nos gustaría saber quien escribió este artículo y las fuentes de referencia. ¡Mil gracias!