Imagen: Luis Muñoz Rivera y su padre Luis Muñoz Barrios. Fotos Fundación Luis Muñoz Marín.
Luis Muñoz Rivera se encontraba en Madrid en 1885, por recomendación médica. Sus intensas y vigorosas luchas contra la corrupción, desde su periódico La Democracia se contestaron con incontables arrestos y jucios en su contra. Tanta lucha afectó su salud. Pero el descanso se tornará angustioso cuando le llega la noticia de la muerte de su padre.
Estando en Madrid Muñoz Rivera escribió un artículo, que reproduciré más adelante, el cual deja al descubierto la entrañable y dramática relación entre padre e hijo; inseparable de la situación política que se sufría en el país.
El profundo amor filial, y la huella que el padre dejó en el alma de su hijo, lo podemos comprobar, cuando 21 años más tarde, en el 1916, Luis Muñoz Rivera antes de morir pide que lo entierren al lado de su padre en su amado pueblo de Barranquitas.
Está última petición a sus amigos la realizó siendo Comisionado Residente. Muñoz Rivera había regresado de Washington a Puerto Rico herido de muerte. Pero por sus incesantes y valerosas luchas ante dos imperios, llevadas a cabo por 43 años consecutivos a favor del país, al enterarse el pueblo de la llegada de Muñoz Rivera a San Juan, “el hombre patria”, como lo llamaban sus adversarios, es recibido en Puerto Rico, como un héroe.
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Se encontraba en pleno apogeo de su poder, reconocido como líder máximo del país. Pudo haber pedido muchas cosas que honraran su vanidad. Pero optó por el amor, y movido por la humildad y la ternura expresó y les pidió a sus amigos, que lo enterraran al lado de su amado padre, en el corazón de Puerto Rico, en su querido pueblo de Barranquita. Dicha petición revela su alma. Su padre había muerto hacía 21 años, pero el amor verdadero no conoce de lejanías, el hijo, el poeta, el periodista, que habitaba en LMR, sólo quería descansar al lado de su amado padre.
El periodista, y uno de sus biógrafos, González Ginorio deja constancia del recibimiento del que fue objeto a su llegada de Washington LMR en el 1916: «Toda la Isla había enviado representaciones para dar la bienvenida al ilustre prócer puertorriqueño. Todos los balcones y todas las azoteas de las calles por donde había que pasar la comitiva estaban cuajados de espectadores. Millares de personas formaban densas filas a todo lo largo del trayecto. A los acordes del canto regional, recorrió Muñoz con su grandioso cortejo toda la carretera».

Dicha demostración, será un anticipó de los apoteósicos funerales que se llevarán a cabo meses más tarde.
La descripción de Ginorio, como la de otros historiadores, sobre la vibrante, desbordante y emocionante llegada de LMR a San Juan es ampliamente detallada. No hay tiempo para reproducirla. Pero el recibimento multitudinario que recibió es pertinente señalarlo, porque por ello vislumbramos no solo el amor y devoción, que el pueblo sentía por LMR. Sino el amor profundo que Muñoz sentía por su padre.
Al poeta Luis Muñoz Rivera, no lo impulsaba la ambición, ni lo movía la vanidad, ni la fama, ni los reconocimientos personales, sino el amor a su padre y a su pueblo. Y sus deseos fueron cumplidos:
“El señor Muñoz Rivera había encargado a sus amigos que lo enterraran en el cementerio de su pueblo, al lado de la sepultura que guarda los restos de su padre; y obedeciendo a ese encargo anoche el señor Georgetti, dispuso que salieran para Barranquitas los operarios y los materiales necesarios para que se construya una bóveda de cementerio donde serían depositados para siempre los despojos del ilustre compatriota” (Pág. 10 Laurales Póstumos).

Pudo Muñoz Rivera haberle pedido en su convaleciencia de meses, a su amigo y benefactor, Eduardo Georgetti, que era inmensamente rico, lo enterraran, en el hermoso y prominente cementerio de Santa Magdalena de Pazzis en el Viejo San Juan, junto a los distinguidos próceres y patriotas. Para añadirle todavía más prestigio e importancia. Georgetti, le hubiera mandado a construir el mausoleo que soñó cualquier imaginación. Recursos le sobraban.
LMR, había quedado huérfano de madre a los 12 años, junto a sus nueve hermanos. Su padre, Luis Muñoz Barrios (1833-1895), puertorriqueño nacido en Cidra, no volverá a casarse, y es quien le transmitirá al hijo el sentido del honor, de la honradez y del deber inseparable del valor, que guiarán a LMR toda su vida.
Hasta cumplidos los 30 años, Muñoz Rivera vivió en su pueblo Barranquitas, allí estableció una relación entrañable de respeto y admiración, aunque no exenta de conflictos con su padre. Su padre era conservador, contrario a LMR, que era liberal. Su padre no quería que aquel hijo talentoso, guapo, de seis pies, y con gran capacidad para las matemáticas se dedicara a la poesía o a la política. Le ofreció su negocio. Trato de convencerlo, no pudo. Pero siempre lo apoyó. El hijo admiraba en su padre sus enseñanzas, su integridad, su valor moral. Se respetaron y admiraron mutuamente que son formas profundas de amar.
Uno de sus biógrafos, Quintín Negrón, describe al padre de Muñoz Rivera, “Don Luis Muñoz Barrios: era el tipo del perfecto de caballero, cuya vida podría ponerse como ejemplo general (…). Austero en sus costumbres; cultísimo en su trato; serio en todos los actos de su vida, cristiano firme y severo a la par que conciliador y afable (…). Era un ejemplo del hombre justo y bueno, a prueba de caídas morales. Como padre poseía severidad y ternura.
Por ello al enterarse Muñoz Rivera de la muerte de su padre, estando en Madrid, escribe este artículo desgarrador, que merece ser leído un siglo después. Al leerlo conoceremos algunas de las razones que influyeron en este amor profundo. El hijo reconocía la integridad del padre, inseparable del drama que les tocó vivir a ambos. Aquí un fragmento del artículo que nos ayudará a conocer la relación paterno filial y el tiempo convulso y despótico que les tocó sufrir en Puerto Rico.

Desde Madrid (fragmento) Luis Muñoz Rivera a la muerte de su padre. 1895:
Después de 8 días de lúgubre inacción vengo a cumplir mi deber con los lectores de La Democracia … Lo que sufro no encontraría fórmula de expresión en el idioma. Las lágrimas no curan heridas tan hondas, si las curasen yo solo conservaría la indeleble cicatriz. Como en la crisis de mi espíritu, fue el trabajo mi eterno refugio, acudo al escritorio, dejó que corra la pluma y sigo dando a mis compatriotas la esencia de mi pensamiento.
Ahora, choque o no con los convencionalismos humanos y con las costumbres sociales, satisfago un anhelo de mi alma, rindiendo el tributo a la santa memoria del hombre que me dio el ser; que me guio siempre por la senda de la virtud, y del honor y que esculpió en mi cerebro de niño, ideas de abnegación y de honradez.
No intentaré una biografía. Ni es fácil intentarla. Una existencia sencilla y clara, una vida pública sin combates y sin estrépitos, pueden sintetizarse en cuatro rasgos. Quién desdeñó a su paso por la tierra, los vertiginosos clamoreos de la notoriedad, no necesita en su asilo de la tumba, ni aún las vanas retóricas del epitafio…
La Revolución de Septiembre sacudiría a España y en sus colonias, a las muchedumbres. sentíase el advenimiento de una radical metamorfosis y comenzaba el génesis de los dos partidos políticos en que más tarde se dividió la isla.
Mi padre descendiente de españoles que pelearon contra Bonaparte y contra Bolívar por la dignidad y por la integridad de la patria, educado en los principios más severos de las escuelas históricas; enamorado de las tradiciones legendarias que en su propio hogar recibían culto; fanático de una doctrina para la cual era inconcebible la ley sin el Ejército y el estado sin el rey, puso su influencia y su prestigio al servicio de los que a la sazón se llamaron liberales -conservadores.
Yo que no había cumplido 3 lustros, a la par que aprendía a aborrecer los opresores del terruño, me enorgullecía de tener un padre capaz de prescindir de sus compromisos de sectarios, para ofrecer homenaje práctico a la honradez y a la justicia.
¡Ay, si todos los conservadores fuese dable decir otro tanto!
En aquel punto comenzó a debilitarse la fe monárquica de mi progenitor. Fue consecuente. Su voto cayó una y otra vez a la urna en pro de los cuneros integristas. Pero no aceptó ningún cargo público; no quiso ser concejal, ni alcalde, ni diputado provincial, no se prestó a presidir el comité ni a extremar la propaganda, ni a buscar prosélitos. Seguía fiel a las ideas conservadoras. Pero no las veía en la realidad como la forjara en el ensueño. Y se retiró con sus desencantos al fondo del hogar sin que le manchase el fango de las concupiscencias. De las que jamás quiso ser cómplice.
Porque hay un signo más añejo de su devoción hacia lo justo. Allá en 1871 se abrió Puerto Rico una información para que las personas de cierto valer emitiesen sus juicios acerca de la esclavitud. Mi padre afirmó que debía abolirse de raíz, sin indemnización a los dueños de esclavos. Uno de esos dueños era él.
Y hay también una más reciente. Allá en el 1887, se flagelaba en Ponce, en Juana Díaz, en Yauco, en San Germán, en Mayagüez a infelices campesinos. Los cablegramas inundaron a Madrid y a las sedes del general Romualdo Palacio, anhelando justificar tan viles desafueros organizaban una serie de adhesiones integristas en favor del autócrata.
A tal solicitud respondió mi padre: “yo no firmo eso. Tráiganme ustedes una protesta contra el general Palacios y la suscribiré. Para tales hazañas, antes que mi concurso mi reprobación absoluta. Son palabras textuales.”
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Iba a renovarse en 1889 la Diputación provincial. Los autonomistas de Barros, Coamo y Barranquitas en asamblea según prescribe la carta constitucional del partido me eligieron candidato por 1,221 sufragios. Juana Díaz se opuso. Y no sé por qué cábalas-ni traté de averiguarlo mi nombre salió derrotado. Un amigo entrañable que hoy es director jurídico alcanzó la victoria. Los incondicionales, ganosos de dividir nuestra fuerza me ofrecieron sus votos. No los acepté. El acuerdo colectivo me obligaba y yo misma depositaria mi boleta por don Manuel Rossy.
Pero hábiles ellos arrojaron al palenque el nombre de mi padre intentando cohibir mi esfuerzo y ganar la batalla por la confusión y la sorpresa. Salí de los baños de Coamo inmediatamente hacía Barranquita. Mi padre me esperaba. He aquí su frase.
“Conozco tu situación. Juzgándote por mí comprendo a lo que vienes. No necesitabas venir. Tú deber es apoyar a Rossy contra mí. Cúmplelo- ¿Para cumplirlo has de publicar un manifiesto”? Publícalo. Yo no admito esa candidatura, si saliese vencedor dimitiría. Yo abracé llorando a mi padre.
Y a la mañana siguiente se repartía en el distrito a millares, el manifiesto en que Luis Muñoz Rivera rogaba a sus amigos que votasen a don Manuel Rossy Calderón, contra don Luis Muñoz Barrios, (o sea su padre) Tal era el hombre extraordinario en nuestros tiempos, a quién debo la desventura de haber nacido. No tuvo culpa. Quizá, al engendrarme, creyó que me lanzaba a un planeta más bello y feliz.
Alcalde durante 15 años y no ejerció su autoridad con saña, ni siquiera en la época en que un alcalde podía hacerlo todo impunemente. Notario luego, en su despacho no asomaron ni una vez solo el negocio leonino, el cohecho inmoral su faz aleve y repugnante.
Nadie se atrevió a proponerle venalidades indignas.
Escuchando sus consejos, aprendiendo sus máximas, admirando sus ejemplos cumplí en Barranquitas 30 años. Y aquel caudal me sirvió para afrontar sereno la lucha por la libertad de Puerto Rico. Y aquel recuerdo perenne me reconfortó en los trances amargos; Y aquella sencillez de alma me enseñó a no abatirme en la derrota y a no envanecerme en el triunfo.
Hoy la venerable cabeza cae en el sepulcro, y no estoy allí para estampar sobre la gélida frente el beso último para pronunciar el supremo adiós.
¡Padre mío; si hay algo más allá de la muerte: si tu existencia se prolonga a través de los infinitos; si existe un cielo que te abra sus puertas, padre mío, bendíceme! (Campañas Políticas, págs. 125-127)
Emociona la descripción moral que el hijo hace de su padre, su comprensión ante las luchas internas que libró el padre ante un gobierno despótico. Aquel hijo valeroso y combativo estampa su ternura, con el beso apalabrado que sigue dándole a través del tiempo. No me cabe la menor duda que su padre en el siglo XXI lo sigue bendiciendo. Nada como revivir un amor lejano y hoy día hacerlo sentir también nuestro.





Da gusto leer los escritos de LMR son pura musa poética que refleja su educación y amor a la Patria! Un PRÓCER que muchos “Políticos” deberían emular en sus acciones “poniendo la acción donde ponen la palabra” en la toma de decisiones que afectan nuestra Nación. Gracias Elsa!
Gracias Elsa. Que emotiva e interesante crónica. Da gusto leerla.