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Historia

“Ay bendito” y “la bendición” Solidaridad encarnada: neuronas espejo en la historia puertorriqueña

Por 7 min lectura
Ay bendito

Roberto Clemente, 1966. Colección de Fotos del Periódico El Mundo. Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras.

Estoy a punto de concluir un libro que ha transformado mi forma de comprender los vínculos entre la memoria, la Historia y la biología del ser humano. Se titula Historia y memoria: Las brigadas Roberto Clemente en solidaridad con la Revolución Sandinista de Nicaragua, 1980–1990, y saldrá en las próximas semanas. En sus páginas recojo los testimonios de puertorriqueños que, movidos por un impulso ético profundamente humano, viajaron a un país en guerra para acompañar al pueblo nicaragüense en su lucha por la dignidad.

Fue un gesto de solidaridad radical que, más allá de lo político o ideológico, puede ser comprendido desde un principio que parece nuevo en la ciencia, pero que es tan antiguo como el abrazo materno: la capacidad de sentir con el otro. Las neuronas espejo, descubiertas hace apenas unas décadas, ofrecen una clave fascinante para comprender ese gesto milenario de la compasión. Y en Puerto Rico, esa compasión tiene nombre y cuerpo: se llama “ay bendito”, y se reza como “la bendición”.

Ambas expresiones, aunque aparentemente simples o cotidianas, encierran una estructura compleja de resonancia afectiva. Cuando un puertorriqueño dice “ay bendito”, no lo hace desde una distancia impersonal, sino desde una identificación emocional profunda. Es un lamento por lo que le sucede al otro, pero también por lo que podría pasarnos a nosotros. Es una forma de decir: “me duele que te duela”. El cuerpo reacciona, el rostro se transforma, los hombros caen o se elevan en señal de desasosiego. La expresión no se limita a la palabra: la acompañan el gesto, el tono, la mirada. Y todo ese conjunto configura una empatía encarnada que activa las neuronas espejo y moviliza respuestas afectivas. En la raíz de este fenómeno no hay ideología, hay humanidad.

Lo mismo ocurre con “la bendición”. Cuando un hijo o una hija dice: “bendición, mami”, está activando un ritual de cuidado y continuidad generacional. Y cuando la madre, el padre o el abuelo responde: “Dios te bendiga”, no solo se entrega una frase protectora, sino una corriente emocional que asegura: “te veo, te quiero, te acompaño”. Este intercambio, reiterado miles de veces en la cultura puertorriqueña, establece un espacio de seguridad emocional que se graba en el cuerpo y en la memoria. No es casual que muchos adultos recuerden quién les dio su última bendición, o que al despedirse de sus padres moribundos repitan, como un conjuro sagrado: “dame la bendición”.

Estos gestos han sido particularmente poderosos en momentos extremos, como durante los huracanes, terremotos, apagones, epidemias o pérdidas inesperadas. Son entonces cuando el “ay bendito” y la “bendición” trascienden su rol lingüístico y se convierten en dispositivos de cuidado comunitario. Se activan no desde la lógica, sino desde la empatía profunda, esa que no necesita argumentos para actuar, porque nace de la resonancia emocional.

Uno de los episodios más reveladores sobre el poder de las neuronas espejo en Puerto Rico no ocurrió en un hospital ni en una catástrofe natural, sino en el ámbito político y judicial. Me refiero al momento en que se citó a declarar al exgobernador Carlos Romero Barceló en las segundas vistas legislativas sobre el caso del Cerro Maravilla. Para entonces, Romero había quedado marginado de la vida política activa. Su imagen pública estaba marcada por las controversias. Por los silencios del poder, por las muertes de Carlos Soto Arriví y Arnaldo Darío Rosado a manos de agentes del Estado.

Y sin embargo, cuando se presentó ante las cámaras —con el rostro cansado, con los hombros vencidos, con una voz que parecía temblar más por la historia que por el presente— ocurrió un fenómeno inesperado: muchos puertorriqueños, incluso aquellos que lo señalaban ideológicamente, sintieron pena. El país que había exigido justicia comenzó a mirar al exgobernador con otra lente, no de impunidad, sino de humanidad. La compasión se activó, no como justificación de los hechos, sino como reacción al espectáculo del deterioro. La fragilidad física del líder político operó como un espejo emocional que desactivó, al menos por un instante, la polarización ideológica. Fue un “ay bendito” colectivo. Fue también una forma de otorgar, desde lo más íntimo, una especie de bendición a quien, hasta entonces, representaba para muchos lo más oscuro del poder.

Este episodio demuestra que las neuronas espejo no responden a una bandera o a un programa de gobierno. Son anteriores y superiores a las ideologías. Nos hacen humanos antes que militantes. También nos conectan en el dolor, aunque estemos en trincheras opuestas. Nos permiten ver al otro no como enemigo, sino como reflejo de nuestra propia vulnerabilidad. Por eso es tan importante comprender que el “ay bendito” y “la bendición” no son solo expresiones de un folclor emotivo, sino manifestaciones concretas de una neurocultura que articula empatía, memoria y acción.

Las Brigadas Roberto Clemente fueron la versión internacional de ese mismo gesto solidario. Cuando los jóvenes puertorriqueños partieron a Nicaragua, no lo hicieron porque les convenía, sino porque sintieron que no podían permanecer indiferentes. Los testimonios recogidos muestran cómo, frente a la guerra, la escasez y la muerte, se activó una cadena invisible de neuronas espejo que hizo del dolor ajeno una responsabilidad propia. La solidaridad no fue abstracta: fue física, emocional, corporal. Se expresó en la siembra, en la defensa civil, en la alfabetización, en el consuelo. Fue un “ay bendito” vuelto cuerpo, y una “bendición” transformada en presencia.

Roberto Clemente. Colección de Fotos del Periódico El Mundo. Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras.

Desde esta perspectiva, la historia puertorriqueña puede leerse también como una cartografía de la empatía. Cada vez que se levanta una comunidad tras un huracán, cada vez que un desconocido ayuda a empujar un carro en la autopista, cada vez que alguien dice “bendición, abuela” o “ay bendito, qué pena”, se reactiva una memoria que no está escrita en los libros, sino en los cuerpos. Una memoria que no se enseña, pero que se hereda. Una memoria que no se recita, pero que se siente. Es la memoria de la compasión, la herencia viva de una neurocultura puertorriqueña que, sin saberlo, ha hecho de la solidaridad su principal herramienta de supervivencia.

Y es precisamente desde ahí que este libro que estoy por publicar encuentra su mayor sentido. Porque no se trata solo de reconstruir hechos, fechas o estrategias. Se trata de descubrir cómo, en los momentos más oscuros, los puertorriqueños han sabido activar sus neuronas del amor, del consuelo y del compromiso. Se trata de reconocer que la historia también se escribe con los suspiros, los abrazos y las palabras que sanan. Y que, cuando alguien en esta tierra dice “ay bendito” o pide “la bendición”, lo que está haciendo es convocar —sin saberlo— toda la fuerza de una biología solidaria que nos hace, en lo más hondo, profundamente humanos.

Ya para concluir, les propongo a los lectores/as que en tiempos convulsos, cuando las imágenes de la guerra en Medio Oriente irrumpen sin tregua en nuestras pantallas, cuando los niños mutilados, los hospitales bombardeados y los desplazamientos forzados nos dejan el alma deshilachada, es urgente volver a nuestras raíces más luminosas. Esa neurocultura ancestral que nos enseñó a decir “ay bendito” frente al sufrimiento. A pedir “la bendición” como gesto de comunión intergeneracional, puede convertirse en una guía ética para el mundo. No se trata de neutralidad pasiva, sino de un amor activo que sabe ponerse en el lugar del otro, aun cuando ese otro sea lejano o distinto. Porque si algo nos ha demostrado la historia puertorriqueña es que solo el amor, cuando se encarna en gestos concretos de empatía, tiene el poder de sanar los abismos.

Solo la compasión, cuando se convierte en acción, puede oponerse a las lógicas imperiales que siembran muerte bajo banderas de libertad. Y solo la fe, cuando se despliega al servicio de la humanidad entera, puede redimirnos de las ruinas. Que esta conciencia solidaria, tejida en nuestras neuronas y en nuestras memorias, nos haga poderosos no en la violencia, sino en la ternura. No en la venganza, sino en la justicia. No en la conquista, sino en el abrazo.

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Dr. Carlos I. Hernández Hernández

2 comentarios

  1. ¡Qué bien, Dr. Hernández! Al fin veo una explicación clara y precisa de nuestro «Ay, bendito»! Yo uso con frecuencia esa frase, aún y cuando me critican porque, según algunos, representa debilidad de carácter y pena mal dirigida. Concuerdo totalmente con Usted con que expresa solidaridad ante el sufrimiento, una expresión sincera de caridad. Gracias.

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