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Academia

Salvar a Don Ricardo del naufragio: llamado urgente a defender al CEAPRC, corazón académico-cultural de Puerto Rico

Por 7 min lectura
Don Ricardo

Hay vidas que, aunque culminadas en el tiempo, permanecen latiendo como brújulas enterradas bajo la piel de una nación. Don Ricardo E. Alegría Gallardo no fue solo el padre de la cultura puertorriqueña: fue el sembrador de nuestra conciencia histórica, el cartógrafo de lo intangible, el arqueólogo que desenterró no solo osamentas de nuestros originarios sino también el alma misma de un pueblo en busca de sí. Su existencia —como lo narra Carmen Dolores Hernández en Ricardo Alegría: Una vida— no puede entenderse sino como una lucha sostenida contra el olvido, un acto de amor radical por la identidad puertorriqueña, que fue su causa, su pasión y su destino.

Don Ricardo soñó con un país que se pensara a sí mismo desde la raíz. Un país capaz de mirar su historia sin pedir permiso, de nombrarse con dignidad. A ese sueño le dio forma concreta en el Instituto de Cultura Puertorriqueña, restaurando el Viejo San Juan, salvando tradiciones populares, y construyendo un imaginario nacional. Pero su proyecto más íntimo, el más delicado y ambicioso, fue la fundación del Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe. Lo imaginó como un faro académico en el corazón de San Juan, donde se estudiara con rigor y pasión nuestra arqueología, historia, literatura, arte, espiritualidad y resistencias. Un espacio en el que generaciones por venir —de aquí y de la diáspora— se formarían no solo como académicos, sino como guardianes de lo nuestro.

Hoy ese faro titila, cercado por la desidia, y amenaza con apagarse.

La Middle States Commission on Higher Education, organismo acreditador, ha emitido contundentes señalamientos sobre la actual crisis de gobernanza en el Centro. No se trata de simples tecnicismos administrativos: se trata de la viabilidad misma de la institución que encarna el legado más vivo de Don Ricardo. Se trata de nuestra dignidad cultural. Y es ahí donde debe alzarse la voz colectiva.

Durante la administración del Dr. Eduardo Rodríguez Vázquez y de la actual Junta de Gobierno, el Centro ha atravesado una inestabilidad que resulta, por decir lo menos, escandalosa: trece rectores en una sola administración. Trece direcciones distintas para una misma nave que se va a pique. Como si la rectoría fuera una silla embrujada en un salón vacío, y no el puesto de mayor responsabilidad académica en una Institución. Tal inestabilidad —que parecería un absurdo de realismo mágico si no fuera una tragedia institucional— ha fracturado la posibilidad de responder con seriedad y eficacia a las exigencias de la Middle States Commission on Higher Education.

No podemos, no debemos callar.

La historia no se escribe desde la comodidad de los cargos ni desde la diplomacia de los silencios. Se escribe con actos. Y este momento nos exige uno: la renuncia inmediata del Dr. Rodríguez Vázquez y de la Junta de Gobierno que le respalda. No dentro de una semana, no tras consultas internas, no después de otra reunión interminable. Hoy. La dignidad no se administra con demora. Se defiende con urgencia.

Decirlo no es una falta de respeto: es un acto de lealtad a la memoria. Porque Don Ricardo no nos enseñó a callar. Nos enseñó a pensar, a cavar, a descubrir y a defender. Y porque cada segundo que pasa sin que se tomen medidas correctivas, es un paso más hacia el abismo del descrédito, hacia el desmantelamiento de su obra más entrañable.

Carmen Dolores Hernández lo deja claro en su biografía: Don Ricardo fue un “obrero incansable de la memoria colectiva” Esa memoria no se conserva con palabras huecas ni con promesas postergadas. Se conserva con estructura, con visión, con amor institucional. Y cuando quienes ocupan los cargos de dirección entregan esos principios, deben dar paso. No como castigo, sino como restitución de lo sagrado.

Desde aquí convocamos a la comunidad entera del Centro: estudiantes, exalumnos, docentes, investigadores, personal no docente, trabajadores de la cultura, artistas, ciudadanos comprometidos, y a nuestra diáspora. A todos. La defensa del Centro no es un asunto de matrícula ni de reglamento: es una causa nacional. Las comunidades puertorriqueñas que viven lejos, pero que siguen soñando en español, también tienen derecho a una institución que represente la altura de su orgullo borincano.

Imaginemos por un momento —y no hace falta mucha fantasía— que Don Ricardo Alegría sube una tarde desd el viejo San Juan, cruzando como en sus mejores años la Calle Cristo, con su eterna guayabera blanca, el paso lento pero firme, y esa mirada alerta que parecía ver más allá del tiempo. Camina entre los muros que restauró, saluda a los balcones que salvaron la memoria arquitectónica de la ciudad, y sube con nostalgia la cuesta que conduce al antiguo Seminario Conciliar de San Ildefonso, sede noble del Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe, la joya académica que él fundó como acto de amor al país.

Aquel edificio no era cualquier piedra ni cualquier sombra: allí estudiaron como Román Baldorioty de Castro, José Julián Acosta, José Celso Barbosa, y tantos otros próceres cuya estampa se forjó entre rezos, libros y debates encendidos. Era un espacio de formación espiritual, sí, pero también de rebeldía intelectual. Don Ricardo lo escogió como sede del Centro no solo por su belleza colonial, sino porque entendía que la historia debía habitar los lugares que la hicieron posible. En ese solar, la academia se unía al alma.

Pero al llegar al portón, Don Ricardo se detiene en seco. La pesada puerta de madera, que solía estar entreabierta al conocimiento, está cerrada con un candado oxidado. Entre los barrotes, cuelgan telas de araña como si el tiempo hubiese tejido su olvido. Don Ricardo, con la mirada desorbitada y el rostro desencajado, da un paso atrás, como si no pudiera creer lo que ve: su templo de saber se ha vuelto ruina y silencio. Ya no hay estudiantes que discutan a Hostos en los corredores, ni bibliotecas abiertas al pensamiento de la Patria Grande. Pregunta con desconcierto:

“¿Dónde están los míos? ¿Dónde está la Biblioteca, dónde están los libros, las clases, la risa culta de los que aman a Puerto Rico?”

Y advierte con suma tristeza —como quien anuncia un duelo— que el Centro fue mudado a la antigua Cárcel de Puerta de Tierra.

Entonces, algo se le rompe por dentro. No en el cuerpo, que ya no duele, sino en el espíritu. Camina hacia el este, atraviesa las murallas, sigue el rastro de su obra. Y al llegar al nuevo edificio —ese que antes encerraba a los cuerpos— siente que ahora encierra la memoria. No es un símbolo: es una herida.

Don Ricardo entra y encuentra pasillos fríos, paredes gruesas, ecos de abandono. No huele a libros ni a café académico. No hay vitrales ni claustros ni vitrinas arqueológicas. Solo papeles sueltos, decisiones sin sentido, y una tristeza que no cabe en las celdas. Pregunta al viento, más que a nadie:

—¿Este es el lugar donde debía florecer el porvenir? —

Y el viento no responde. Porque los muros de las cárceles no saben dialogar con los sueños.

Ese es el país que estamos arriesgando: uno que traslada el pensamiento a la celda, la cultura al archivo muerto, y la memoria al rincón de lo desechable. Ese no es el país que Don Ricardo defendió con su vida. No es el país que podemos permitir.

Los muros fríos de la antigua penitenciaría no son una metáfora: es la realidad que vivimos. El lugar donde se encierra la libertad —esa misma libertad de pensamiento, de cátedra, de identidad— se ha convertido en sede del Centro de Estudios Avanzados. Allí, donde antes resonaban los barrotes, ahora se encierra su legado. Allí, donde antes se castigaba el cuerpo, hoy parece castigarse la memoria.

Y entonces, con ojos empañados, pregunta al aire:

—¿Este es el Centro que soñé? —

Sus palabras no retumban: se ahogan entre las paredes gruesas de un edificio pensado para la reclusión, no para la libertad del pensamiento. No hay murales de Rafael Tufiño, ni vitrinas con hallazgos arqueológicos, ni libros que huelan a papel y pasión nacional. Solo queda el cascarón. El cascarón triste de un sueño secuestrado.

Y por un instante, el Viejo San Juan siente su ausencia. Las piedras, que aún recuerdan sus pasos, parecen inclinarse de pena. Porque no hay peor prisión que aquella donde se encierra la esperanza. Porque el traslado del Centro no fue solo de espacio: fue un desvío simbólico, una traición arquitectónica al espíritu de quien lo fundó.

No podemos permitir que el futuro de Don Ricardo sea una celda. Que su legado se encierre entre muros que no fueron hechos para soñar. Que el país que ayudó a pensar, a restaurar y a amar, lo abandone a la sombra de la desmemoria institucional.

No podemos fallarle.

La historia nos está observando. El país nos necesita. Y la memoria exige que estemos a la altura. En la mitología taína, el Cemí era una piedra o figura con poderes espirituales, y su pérdida podía implicar la ruptura de un vínculo sagrado con los dioses o los ancestros. Que no nos arrebaten la palabra, ni la raíz, ni el sueño. Porque salvar al Centro hoy es, en el fondo, salvar a Don Ricardo del naufragio. Y con él, salvarnos a nosotros mismos.

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Dr. Carlos I. Hernández Hernández

7 comentarios

  1. ESPECTACULAR ESCRITO. POR DONDE EMPEZAMOS UNA VEZ ACEPTEMOS LA RENUNCIA DEL DR. RODRIGUEZ VAZQUEZ?

  2. Entiendo que el Dr. Rodriguez Vazquez le recomendo a la Junta del CEAPRC que diera su aval y lo respaldaran para el puesto que ocupa.

    Con todo respecto entiendo que no se reunio con el Dr. Rodriguez Vazquez ni la Junta antes de hacer esta recomendacion de exigir su despido.

    Obviamente desconoce lo que encontro el Dr. Rodriguez Vazquez al hacerse cargo y los malabares que han tenido que hacer por la decision del Arzobispo de vender el edificio y mantener la docencia sin ayuda economica del gobierno ni de donantes.

  3. Dr. Carlos Hernandez Hernandez,
    !Le aplaudo sus palabras elocuentes! Yo soy puertorriquena y vivo en la Florida. Si se establece un fondo monetario a favor de que el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe regrese a su local original , por favor comuniquese conmigo para hcer una humilde aportacion. Lei la obra de la senora Hernandez sobre el gran Ricardo Alegria y me impacto mucho. Mi correo electronico es :
    sylviasantiago47@ yahoo.com.
    Sylvia

  4. Dr. Carlos Hernandez: Segun entiendo el Dr. Rodriguez Vazquez insto a la Junta de CEAPRC que diera su aval para su posicion actual y no tuvo la gentileza de entrevistarlo o la la Junta del CEAPRC antes de redactar su juicio de pedir la renuncia a todos. El CEAPRC esta en crisis por el desastre que encontro el Dr. Rodriguez Vazquez y la Junta nueva. Esa Junta que usted pide la renuncia a ciegas, ha hecho malabares para enderezar la institución sin ayuda financiera del Gobierno ni de donantes. El Arzobispo le dio la clavada mortal al vender, con todo derecho, el edificio. Los multiples cambios de rectores se debe a la ineptitud de estos academicos a ejercer sus funciones.

  5. Toda la comunidad debe visitar las nuevas facilidades del Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe y ofrecer su ayuda para que ese gran sueño de Don Ricardo Alegría, que indudablemente iba mucho más allá que los muros particulares del edificio que lo albergaba, pueda volver a brillar como una vez lo hizo. El Centro necesita la colaboración de todos y todas para sobrevivir. Contamos con ustedes.

  6. En diciembre 2024 tuvimos que desalojar lo que fue nuestro hogar por los pasados 48 años en la Calle Cristo #52. Nos hemos mudado a nuevas instalaciones en el edificio de la antigua Cárcel Municipal de San Juan en Puerta de Tierra. Para hacer esto posible necesitamos tu ayuda. Exhortamos a nuestros egresados,a los amigos del Centro y al pueblo puertorriqueño en general a aportar con su donativo para la remodelación de nuestra nueva casa.
    ¡Contamos contigo para mantener el legado de Don Ricardo Alegría vivo!
    Somos una institución académica sin fines de lucro y con exención federal por lo que cualquier donativo puede ser deducible al rendir tu planilla de contribución sobre ingresos.
    ¡DONA HOY!
    PayPal: [email protected] o CEAPRC
    ATH Móvil: /CEAPRC
    Depósito en el Banco Popular al número de cuenta 396-097319
    Cheque a nombre de:
    Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe enviado a:
    PO Box 9023970
    San Juan, Puerto Rico 00902-3970

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