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Literatura

Samuel Silva Gotay y el fuego evangélico de la conciencia nacional

Por 7 min lectura
Samuel Silva Gota

Reseña crítica al libro Protestantismo evangélico en Puerto Rico, Vol. 2: 1930–2000. Puertorriqueñización del protestantismo evangélico de Samuel Silva Gotay.

Hay libros que se escriben con tinta, y otros —como Protestantismo evangélico en Puerto Rico, Vol. 2: 1930–2000— que parecen dictados por una vela encendida en la oscuridad del alma del país. El Dr. Samuel Silva Gotay, con la sabiduría de un profeta y la ternura de un pastor, nos entrega aquí una obra que sobrevuela el siglo XX puertorriqueño como un espíritu inquieto: rastrea el eco de los himnos en los campos, el temblor de la fe en los barrios pobres, y el despertar de una iglesia que decidió no solo orar, sino también actuar.

En estas páginas, la salvación ya no espera en el más allá, sino que se encarna en el hambre del vecino, en la justicia que clama desde la tierra, en el Evangelio hecho cuerpo entre los migrantes, los obreros, las mujeres, y los que nunca han tenido altar. Es un libro que nos recuerda que, cuando la fe se escribe con compromiso, puede hacer temblar los imperios y florecer la esperanza allí donde solo había ruinas.

Se trata de un libro fundamental para comprender las transformaciones del protestantismo evangélico en la Isla durante el siglo XX, pero también de una pieza literaria, ética y espiritual que enciende nuevas preguntas sobre la relación entre fe, historia y justicia social en contextos colonizados.

Desde las primeras páginas, Silva Gotay deja claro que su propósito no es meramente descriptivo. No escribe desde la neutralidad académica que a menudo sirve de coartada para la indiferencia, sino desde una epistemología situada, profundamente comprometida con la realidad puertorriqueña. Su mirada es la del sociólogo que interroga estructuras, la del teólogo que escucha al Espíritu desde la historia concreta, y la del ciudadano que se resiste a aceptar una fe reducida al ámbito privado y despolitizado.

Este segundo volumen —continuación de su primer estudio sobre el protestantismo evangélico publicado décadas atrás— se concentra en el proceso de “puertorriqueñización” del cristianismo evangélico, una transformación que no fue simple adaptación cultural, sino relectura teológica desde la experiencia concreta de la pobreza, el colonialismo y la lucha por la justicia. En este sentido, el libro se inscribe en la tradición crítica de las ciencias sociales latinoamericanas, donde comprender la religión es también participar en su proceso de liberación.

Uno de los grandes aciertos del texto es su apertura internacional: nos sitúa en Oxford, 1937, en el marco del ecumenismo mundial, con énfasis en el Consejo Mundial de Iglesias y la Federación Mundial de Estudiantes Cristianos. Lejos de tratarse de eventos anecdóticos, estos encuentros marcan un giro fundamental en la teología protestante, al colocar la justicia social en el centro del discurso de fe. Desde allí, Silva Gotay traza la llegada de estas ideas al Caribe y a Puerto Rico, donde son recibidas no como imposición externa, sino como fermento que encuentra tierra fértil.

El autor logra desmontar la visión de un protestantismo colonizado o simplemente importado desde Estados Unidos. Por el contrario, muestra cómo en Puerto Rico se desarrolló un pensamiento teológico original, encarnado en figuras como Ángel Mergal, Juan Hernández Valle y, sobre todo, Domingo Marrero Navarro. Este último es abordado con profundidad en uno de los capítulos más memorables del libro, donde se presenta su fe como una forma de resistencia y su cristianismo como un compromiso inseparable del proyecto de liberación nacional.

La obra se adentra con rigor en las décadas de 1930 a 1950, explicando cómo la crisis económica, el nacionalismo, el New Deal y los cambios sociales reconfiguraron la vivencia religiosa. Los casos del avivamiento pentecostal de 1933 y la labor médica de la Iglesia Menonita son presentados como modelos divergentes, pero igualmente significativos de cómo la fe responde a la historia: uno desde el consuelo emocional, otro desde la acción solidaria concreta. Silva Gotay no emite juicios, pero deja que la potencia de los hechos hable por sí misma.

En la segunda parte del libro, asistimos a las transformaciones de los años 60 y 70. Aquí resalta la influencia del Concilio Vaticano II, la emergencia de la Teología de la Liberación y el auge del diálogo ecuménico. El autor dedica especial atención a las organizaciones evangélicas universitarias y al Seminario Evangélico de Puerto Rico como espacios clave de reflexión crítica y renovación espiritual. Es precisamente en estos espacios donde surge la conciencia de que puertorriqueñizar el protestantismo no es una opción estética ni folklórica, sino una necesidad teológica que emana del sufrimiento colectivo.

Uno de los capítulos más conmovedores se enfoca en los proyectos sociales ecuménicos como PRISA, Misión Industrial, el Ministerio a los Migrantes Agrícolas y el Proyecto Caribeño de Justicia y Paz. Aquí, la teología se hace praxis, se vuelve cuerpo, comunidad, protesta y consuelo. La iglesia, en vez de refugiarse en los templos, sale a las calles, a los campos, a las fábricas. El autor logra aquí un equilibrio magistral entre documentación y emoción, entre el dato empírico y la esperanza profética.

En su tratamiento del movimiento Cristianos por el Socialismo, Silva Gotay no cae en simplificaciones ni condenas fáciles. Estudia este fenómeno como expresión legítima de una fe que, al asumir la opción por los pobres, se aventura a imaginar nuevas formas de organización social y política. Su aproximación es cuidadosa, respetuosa, pero firme: la fe, cuando es verdadera, no teme ensuciarse las manos en la lucha.

Durante la presentación del libro el pasado jueves 4 de septiembre de 2025 en el Recinto Universitario de Mayagüez (UPRM); aparecen en la foto (sentados) el Dr. Samuel Silva Gotay, su esposa Jovita Caraballo, el hijo Fernando Silva Caraballo, (parados) los doctores Manuel Valdés Pizzini y Ramonita Vega Lugo y el Dr. Carlos Hernández Hernández.

El epílogo, titulado La voz viva de la generación del ’60, es una joya de escritura comprometida. Más que una conclusión, es un llamado a no olvidar. A retomar el legado de una generación que supo orar de rodillas, sí, pero también caminar con los pies firmes hacia la transformación social. En tiempos de cinismo y escepticismo, este libro se ofrece como testimonio de una fe viva, reflexiva y valiente.

Con este segundo volumen, Samuel Silva Gotay se consolida como el principal sociólogo de la religión en Puerto Rico y como uno de los intelectuales más lúcidos de nuestro tiempo. Su estilo combina profundidad académica con una narrativa accesible, y logra algo que pocos consiguen: conmover sin sentimentalismo, argumentar sin arrogancia, inspirar sin imponer.

Este libro es indispensable no solo para los estudiosos de la religión, sino para todo aquel que quiera entender el entrecruce entre fe, política, cultura y nación en Puerto Rico. Silva Gotay no ha escrito un simple libro: ha sembrado un altar hecho de papel y memoria, donde la palabra se convierte en llama y la historia en oración.

Este segundo volumen es mucho más que una crónica del protestantismo evangélico en Puerto Rico: es un evangelio laico para un pueblo herido, una parábola encarnada en las montañas de Jayuya, en los viejos cañaverales del sur, los pasillos del Seminario Evangélico y las trincheras de la justicia social. Aquí, los personajes no son solo pastores ni teólogos: son centinelas de una fe que supo abrir caminos en el fango de la desigualdad, mujeres que tejieron esperanza con himnos, estudiantes que convirtieron sus Biblias en antorchas, y comunidades que no separaron nunca la cruz del pan ni el púlpito de la calle.

A lo largo de estas páginas, hay una mística que no proviene de visiones celestiales, sino del temblor sagrado de un pueblo que lucha por redimirse. Y es ese temblor —ese estremecimiento del alma colectiva— lo que este libro enciende en nosotros. Como lector, uno sale conmovido, sí, pero también convocado. A entender que la fe no es fuga del mundo, sino trinchera luminosa.

Y es que mientras haya un ser humano —creyente, agnóstico o ateo— dispuesto a arder por la justicia, a conmoverse ante el dolor del otro, y a creer que este mundo aún puede redimirse, entonces seguirá naciendo —aquí y ahora— un país más justo, más digno, más luminoso. Porque cuando la historia se cuenta con amor, y la teología se escribe con la sangre del pueblo, la palabra se hace verbo. Y ese acto no conoce fronteras de fe: canta en las gargantas humildes, sana en los gestos solidarios, sueña en las noches de insomnio colectivo, y resucita —como la esperanza— en los rincones donde la vida parecía ya derrotada.

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Dr. Carlos I. Hernández Hernández

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