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Historia

Akinlana visita el Viejo San Juan: fragmento del libro «El Negro Akinlana, a 500 años del expolio»

Por 17 min lectura
Akinlana

Era un sábado. Akinlana, o Don Akín, como le llamaban de cariño, se levantó muy temprano y antes de cepillarse los dientes ya le había enviado un mensaje a su nieto Mauro, de diez años de edad, para que estuviera listo. Era hijo de Clementina, su única heredera, procreada con Tata, mujer de su misma talla y fortuna, con la que compartió por muchos años en una relación de concubinato. Pronto pasaría a encontrarse con él para dar el paseo por el Viejo San Juan que le había prometido hacía ya algún tiempo, nuestra hermosa ciudad capital, amurallada, repleta de tanta historia y encantos que le merecieron ser declarada como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

Le advirtió que se desayunara lo mejor posible, que se hidratara, pues el itinerario de paradas programado era amplio, y el recorrido a pie, subiendo y bajando la colina de la ciudadela, sería extenuante.

Distinto a cómo lo hacía antes, se vistió de una manera muy rústica, modesta, poco pretenciosa. Se paró frente a un curtido espejo, ya con los bordes del laminado, a base de azogue, desgastados. Dio varias vueltas, mirándose desde todos los ángulos, para asegurarse de cómo lucía. Se tocó el cabello, creciendo rizo, kinki, ensortijado, grifo como pelo de coco, en su forma original. Se enorgulleció de su nariz chata, ancha, acojinada como sillín de bicicleta. Por último, apreció la negra tez aceitosa de su rostro. Hizo un gesto de aprobación, sonrió complacido. Abandonó la habitación dejando escapar un alegre silbido.

Se dirigió hacia la parada del autobús al encuentro con su nieto. Se fue caminando, saludando con entusiasmo toda vida que divisó en su camino, sobre todo a los perros que salían a rendirle pleitesías con amistosos ladridos y el movimiento de sus rabos.

Montados ya en una guagua del transporte público, aprovechó el trayecto para reflexionar, con extraña urgencia, sobre ciertos asuntos de su vida personal, como, por ejemplo, nunca haberse casado con Tata ni procrear más hijos. -¿Para qué? -, se preguntó en silencio. Hizo una pausa para dejar que se desatrancara el nudo en su garganta.

Continuó:  – ¿Para qué traer más negros al mundo a sufrir tanto dolor, decepción y desprecio? ¿Para qué traer más negros al mundo a sufrir tanto desengaño, tanta frustración e impotencia? Nuestra continente madre, África, primero fue expoliado de su gente. Luego de sus recursos naturales, y con ello murieron sus tradiciones, sus sueños, las razones para luchar, para vivir. El blanco se adueñó de nuestras tierras a fuerza de cañón; se adueñó de nuestros cuerpos a fuerza de cadenas, carimbo y látigo; de nuestras mentes a fuerza de idiomas, costumbres y religiones foráneas que nada tenían que ver con nuestras creencias, nuestra forma de pensar, de percibir el mundo.

Henos aquí, sobreviviendo en estas inmen-surables y extrañas latitudes, desparramados por doquier como moscas indeseables sobre la leche, irredentos, con nuestros líderes olvidados por la trunca historia mal contada. Vivimos rodeados de la más vil hipocresía, encajonados en los guetos, las favelas, los arrabales, en los barrios más deplorables, siempre al margen del progreso, del conocimiento, de la equidad, en espera de una redención que nunca nos alcanzará. ¿Cuántas mentes negras, equiparables con las de un Mandela, un Obama, han sido castradas para limitar su potencial, justificando perpetuamente la supuesta inferioridad intelectual de nuestra raza, inferioridad implantada en nuestro subconsciente a través de un agresivo currículum educativo y religioso muy bien calculados con ese fin? ¿Cuántas voces como la de Luther King, Malcolm X, Fanon, Césaire, Douglass, Baldwin, Wright, Angelou, han sido lacradas para acallar sus reclamos libertarios?

Por su capacidad de aglutinar como borregos una enorme cantidad de seguidores, han intentado opacar la patente desigualdad a través de Hollywood, la música y sus súper héroes negros, encarnados en figuras como Sidney Poitier, primer negro en ganar uno de sus Óscar, Will Smith, Denzel Washington, Michael Jackson, entre otros; o a través de figuras icónicas del deporte como Jesse Owens, Muhammad Ali, Edson Arantes do Nascimento (Pelé), Michael Jordan, Usain Bolt, Tiger Woods, Roberto Clemente, todo para demostrar a las gradas que tenemos representación, pero lo único que nos haría plena justicia es una genuina participación equitativa en todos los procesos.

Es innegable que, en términos intelectuales, el negro promedio no tiene las mismas oportunidades que su contraparte blanca para desarrollar todo su potencial, como se pretende insinuar, amparándose en el hecho de que ocasionalmente uno que otro negro ocupa una posición destacada dentro de la sociedad, sin considerar la abismal disparidad proporcional con relación a la participación de los blancos. No es cierto que todo aquel que se lo proponga puede llegar a ser pre-sidente de los Estados Unidos o de ninguna otra nación occidental, como con tanta demagogia predican.

Cuando tal fenómeno ocurre, responde a razones muy específicas, turbias y estratégicas, jamás explicadas a la gente común, nunca como un sincero reconocimiento a la capacidad intelectual del negro, sino para beneficio de la élite en el poder. El negro, como raza, sigue siendo bueno sólo para engrosar las arcas de las mafias del cine, de la música y del deporte, lo cual no necesariamente lo destaca como un ser inteligente, pensante, digno de reconocimiento y respeto en cualquier otro desempeño. Me pregunto, ¿cuántos blancos aplaudirían que una de sus hijas se case con un negro, sin que medien otros intereses, más allá de puro y sincero amor, del deseo de compartir su vida con ese negro, a pesar de vociferar, de la boca hacia afuera que, ante los ojos de Dios, todos somos iguales? -.                 

 La aportación cultural del continente africano al Nuevo Mundo forma un amplio mosaico que abarca prácticamente todas las facetas del arte. Los esclavos introdujeron nuevas formas artísticas y una refrescante concepción filosófica de la música. En Estados Unidos, el jazz, blues, rock and roll, soul, charleston, entre otros, y muchos ritmos de cánticos religiosos tienen un origen africano. Del mismo modo, en América Latina, la danza, el calipso, la rumba, la zamba, la salsa, la cumbia, la bomba, la plena, la guaracha, incluso el tango y muchos otros ritmos tropicales encuentran sus raíces más profundas en la cultura negra.

En la pintura, las formas estéticas africanas dieron paso a nuevas corrientes pictóricas en Europa, eventualmente traídas a América, y aún continúan vigentes. La cultura africana tiene una rica tradición oral. Los cuentos folklóricos negros sobre la esclavitud, con el ex-esclavo nigeriano Olaudah Equiano como uno de sus pilares y más destacados precursores, fueron desarrollados durante el siglo diecinueve, influyendo en la literatura universal escrita del siglo veinte, de los que surgieron nuevas formas poéticas, en lo que se refiere a la estructura, al metro, la cadencia y al ritmo.

La escultura africana ha influido en el arte americano y europeo, tanto en la forma como en los materiales utilizados. Es un hecho que toda Europa está repleta de arte escultórico africano, robado del continente negro en todos los saqueos que la historia le ha permitido. A pesar de los reclamos internacionales para que sea devuelto, su valor artístico es tan excepcional que los museos se resisten a ello, bajo el insolente pretexto de que los africanos no tienen la capacidad de cuidar sus obras, a pesar de ser ellos sus creadores. Cuando las lenguas africanas se encontraron con las europeas e indígenas, se produjo un enriquecimiento de estas últimas, provocando cambios semánticos, fonológicos y morfológicos. Las formas africanas enriquecieron en gran medida todos los idiomas de los opresores, generando nuevas manifestaciones lingüísticas como papiamento, gullah, creole y patois.

Roberto Ramos Perea y Tony Paulino.

Éstas son sólo algunas de las muchísimas aportaciones culturales africanas a las Américas, que van mucho más allá de las simples habilidades deportivas y la fuerza bruta que se les acreditan. Contribuciones que, pese a su magna importancia en el desarrollo intelectual y humanístico de la gente, han sido escondidas debajo de la alfombra de la indiferencia, olvidadas por la memoria selectiva, sistemáticamente contaminada con el recalcitrante racismo, reducidas a polvo que se lleva el viento, por el paso del arrollador discrimen.

La diferencia emocional y existencial entre Don Akín y su nieto era mucho más que la que naturalmente planteaba la edad. Aunque con resultados similares, ambos pertenecían a realidades muy distintas.

A eso, precisamente, era a lo que quería exponerlo, enseñándole y explicándole, como lo haría un judío sobreviviente del holocausto, sirviendo de guía a otro judío que no lo conoció, digamos que llevándolo a un antiguo campo de concentración nazi como Auschwitz-Birkenau, en Polonia, y narrarle los horrores sufridos allí por los que sí estuvieron.

Arribaron a la última parada, justo al frente de la Plaza Colón. A pesar de los tantos años de pie, la vieja ciudad conservaba aún todo su encanto y esplendor.

Adentrándose en la plaza Colón, se sentaron en uno de sus bancos a contemplar, con ojo acusador, la ignominiosa estatua del Genocida Mayor, Cristóbal Colón, concentrando su mirada en la cruz, igual de siniestra que la mano que la elevaba hacia el cielo, sinónimo de falo injurioso, inquisidor.

Cruzaron la plaza dirigiéndose directamente a una pequeña tienda/museo de artesanía haitiana, que, en plena acera, a la luz del sol, exhibía una reliquia de un pasado que ya casi nadie quería recordar. Era la estatua de un esclavo africano, tallada en madera, exhibiendo una cadena alrededor de su cuello, las manos atadas y arrastrando una pesada bola de hierro, bautizada «blackberry» en Estados Unidos, adherida a uno de sus pies por medio de una herropea.

Por sus gestos desafiantes e irreverentes, se podía inferir que era un mandinga, como el mismo Mackandal de Carpentier. Espigado, fornido, color azabache brilloso y aceitoso, bembón, narizón y con el pelo áspero y retorcido.

Tomó al nieto por una mano y depositó la otra sobre uno de los hombros del niño, sutilmente dirigiendo su atención hacia la estatua. – Así vivían nuestros antepasados -, le dijo, en un tono que delataba los muchos sentimientos encontrados en su corazón. – Aún sin las cadenas, también yo era un esclavo. Un esclavo del discrimen y la mala fortuna que unos hombres nos imponían a otros hombres a los que consideraban inferiores, no dignos de la gracia de un dios imaginario al que en realidad nada le importa nuestro infortunio -.

– A mis ancestros, es decir, los nuestros, los trajeron de África, transportados en las lúgubres sentinas de galeones, amontonados como sardinas, unos sobre otros, en total oscuridad, expuestas sus carnes rotas a la inmundicia del siniestro espacio, sin la oportunidad de al menos poder hacer sus necesidades biológicas dignamente como cualquier otro ser humano. Es que para los blancos europeos, no lo eran. Nunca lo fueron. Sólo veían en ellos animales salvajes intercambiables por unas cuantas monedas -.

Al pequeño se le aguaron los ojos, más tuvo el valor y el temple de permanecer impávido, callado. Se detuvieron un momento justo en la esquina formada por la calle Norzagaray y la calle San Francisco, entrada principal del Viejo San Juan. Don Akín giró la vista hacia el noreste, en dirección al Fuerte San Cristóbal, admirando su mag-nificencia, con disimulado orgullo creador.

Luego, la dirigió en dirección contraria, a lo largo de la calle San Francisco, hacia las mismas entrañas de la pequeña ciudad. El colorido de sus dos hileras de edificios centenarios, exhibiendo su elegante y majestuosa arquitectura, que cuan inocuos filtros, distraían la vista y el pensamiento del observador ingenuo, de los atropellos sufridos por quienes los construyeron.

Tomando a Mauro por una mano, exclamó:  – Te sorprendería saber cuántos de nuestros antepasados yacen allí, debajo de las cimientes de esas formidables estructuras, cubiertos sus restos por los muros y los lustrosos adoquines que tan graciosamente pavimentan sus calles -.

La segunda escala se encontraba al final de la calle Norzagaray, subiendo un empinado cerro. Era el Castillo del Morro, símbolo indiscutible del poderío del Imperio Español en la época de la colonización.          A la distancia divisaron la imponente mole con sus descollantes garitas y mohosos cañones que una vez defendieron la ciudad.

– No dejes que la majestuosidad de su estructura te engañe -, dijo el anciano. – No sólo protegía al Imperio de otros avaros e insensibles invasores de su misma calaña en busca de riqueza y poder, sino que era un refugio para protegerse de los por ellos invadidos, conquistados y sometidos a fuerza de cañones, arcabuces y espadas, en una mano, mientras una biblia con el ominoso símbolo de la cruz era sostenida por la otra -.

En la ruta, se toparon con la Plaza del Quinto Centenario y el monumental Tótem Telúrico en su centro, elevándose hacia la eternidad, en aparente suplicio de manumisión, símbolo indiscutible de la contradicción histórica pues, por un lado, éste rinde tributo a los indígenas de América, y por el otro, la plaza en sí, honra el quinto centenario de la llegada de Colón, es decir, del expolio, que exterminó cual animales a esos mismos indígenas.

Justo al lado de esta plaza se encontraba el Cuartel de Ballajá, renovada estructura del otrora infame Fort Brooke, primer recinto a visitar por los obligados a servir en el ejército del nuevo opresor durante la guerra de Corea y de Vietnam.

Bajaron por la calle del Cristo, pasando por la solemne Catedral de San Juan, donde, quizá esperando por la añorada inmortalidad no encontrada en Florida, yacen los restos de Juan Ponce de León, primer gobernador de Puerto Rico, homóloga ésta del inmenso poder de la iglesia católica, que tan eficaz ha sido en su contubernio con los poderes del estado, en este amargo asunto de la colonización y el cambio de la fe a la cañona, tanto de los indígenas como de los esclavos africanos.

En el cruce de la calle del Cristo y la calle Fortaleza, se detuvieron. Mirando hacia su derecha, divisaron el Palacio de Santa Catalina, residencia oficial de la gobernación, por muchos años guarida de las máximas marionetas al servicio de los intereses del imperio de turno.

Continuaron colina abajo hasta la Plaza Dársenas, frente al muelle en el extremo sur de la Isleta. El rechinar imaginario de las cadenas de los esclavos según desembarcaban por ese puerto, invadió los oídos del anciano, tal vez estimulados por la estatua de Enrique el Navegante, portugués que mucho antes de la colonización de las Américas ya rondaba por África en busca de almas que salvar para la iglesia, y de paso, someter y esclavizar.

– Al parecer, como pueblo, tenemos esa extraña vocación de honrar a los más perversos símbolos del sometimiento y la codicia -, con profundo pesar le comentó el anciano al pequeño. Caminando hacia el oeste, sobre el Paseo de la Princesa, a uno de sus costados se erguía magnífica la otrora infausta cárcel que llevaba el mismo nombre.

Recordó que sus muros, heredados al nuevo imperio, continuaron sirviendo al mismo propósito hasta no hace tanto, siendo uno de sus huéspedes más insignes, el Maestro, Don Pedro Albizu Campos, la figura más relevante en nuestra lucha por la independencia y reconocido como el último libertador de América, torturado hasta la muerte, expuesto como conejillo de indias a la experimentación radiactiva.

Como último tramo de su recorrido, fueron directos hacia la Plaza de Armas, en medio del pequeño casco urbano, considerada la más importante del Viejo San Juan.

Según su nombre sugiere, ésta era uno de los lugares en los que se adiestraban los soldados en los tiempos de España. En su centro, contempló la fuente redonda, adornada con cuatro estatuas, simbolizando cada estación del año.

Lo más impresionante no era la fuente, ni la semejanza de las estatuas con cizañeros guardianes acechando el comportamiento de la gente por las cuatro esquinas, sino el escudo en la bandera de San Juan, ondeando a sólo unos pasos, al otro lado de la calle, en el edificio de la Casa Alcaldía.

Una imagen repleta de símbolos religiosos en la que sobresalía el cordero, el cordero de Dios que quita el pecado del mundo, según lo había inculcado el cristianismo. O, quizá, su intención era una aún más aciaga, pretendiendo acuñar como sagrada la aparente mansedumbre con que, según sostienen algunas dudosas fuentes, fuimos sometidos a las fuerzas opresoras. Presagiando la noche, un cielo azafranado se desplomaba indolente sobre el horizonte occidental. Se detuvieron en uno de los quioscos de la plaza a comprar un café para Don Akín y un refresco para Mauro. Luego, ambos se sentaron a contemplar con detenimiento los alrededores.

Eran justo las seis de la tarde, hora en que los empleados de muchos de los negocios y oficinas del área concluían su jornada de trabajo. Con qué afán e indiferencia cada cual seguía su camino sin apenas intercambiar un saludo, una mirada, semejando máquinas desalmadas.    Notó cuán evidente y marcado era el contraste de las centenarias estructuras, embarulladas con los símbolos más representativos del modernismo de los últimos tiempos.

De manera fortuita, la plaza trajo a su memoria las armas que sirvieron de facilitador y objeto de intercambio para la persecución y captura de esclavos en África. Entonces, se concentró en la gente y el entorno. Sentados o caminando, todos, cuando no pegado al oído, tenían los ojos clavados en su aparato celular.

Akín volvió a reflexionar:  La abolición de la esclavitud de los negros sólo existe en papel. Nunca hemos sido liberados del todo. Lo que resulta todavía más funesto es que, no sólo no nos han liberado a nosotros los negros, sino que han esclavizado al resto de la población común, sin distinción de colores, es decir, al noventinueve por ciento del total de la gente, a través de la más sofisticada tecnología, como el celular y, peor aún, el internet con sus redes sociales, diseñadas, entre otros oscuros propósitos, para entumecer su intelecto, desviar su atención sobre los asuntos que verdaderamente afectan su calidad de vida.

A través del trabajo, bajo las peores condiciones posibles, a cambio de un salario que apenas basta para subsistir, que jamás equipara la producción con el que se obtiene. Vendiéndole sueños irrealizables, a través del cine y la televisión, en los que se le va la vida entera detrás de su consecución. Enajenando y envenenando su mente con el chisme, el alcohol, las drogas y nimio entretenimiento. Sembrándole ignorancia con vasta desinformación y tergiversación de la verdad, eficazmente diseñada, canalizada y acuñada. Fragmentando su homogeneidad humana insertándole el estéril idealismo del nacionalismo, la política partidista y las religiones.                                                                 

A la mínima señal de rebelión, de exigencia de igualdad, de reclamo de una justa participación en los bienes y el digno disfrute de la vida, con violencia nos exigen cordura, moderación, calma, paz, como si a la vuelta de la esquina nos esperara la reivindicación. Claro, ya no debería sorprendernos que en el mundo de los oprimidos, los únicos interesados en mantener la paz sean los opresores.                                                                                         

Mientras, desde arriba, la élite del poder observa satisfecha, ya no sólo al negro, sino a todo el arcoiris de colores en el cual, dentro de un círculo invisible, infalible, sin escapatoria, se confunden todas las razas subyugadas -.

El anciano sentó al pequeño niño sobre su falda y le dijo al oído: – Quise que hiciéramos este recorrido para narrarte la historia encerrada dentro de las murallas de este mágico y maravilloso recinto. Ya lo hice antes, muchas veces, a solas, narrando para mis entrañas lo que hoy te narro a ti. La primera vez fue cuando me descubrí a mi mismo, cuando ya no tuve miedo del color original de mi piel, que terminó representando todos los colores de aquellos que eran condenados y oprimidos, con distintos matices, claro, pero por las mismas fuerzas malignas: el uno porciento que controla al resto de la gente.

Lo más importante de la historia de esta vieja ciudad que tanto amamos es que su contenido trágico lo puedes transferir a cualquier lugar de la tierra. Gobernado bajo cualquier tipo de sistema, en cualquier época, y encajaría perfectamente en ese mundo trágico, abrumado por la barbarie y la miseria que indefectiblemente trae consigo la imposición del más fuerte sobre el más débil, el coloniaje y la expoliación. Pienso que ahora podrás apreciar mejor y juzgar por ti mismo la atrocidad que sólo dejaremos atrás con el renacer de una nueva humanidad -.

Volvió a concentrarse en la gente, en su entorno. Pero esta vez, destellando en su rostro una mirada, no de odio ni de fracaso, tampoco esperanzadora, sino resiliente. Con sus ojos llorosos abrazó fuertemente al niño. Akinlana, cuyo nombre, en el vernáculo de sus ancestros significa el valiente, sonrió para sus adentros. Por primera vez se sintió a la par con la mayoría de la gente. Sonrió, no de alegría, sino sarcásticamente por lo trágico, irónico y la inconsecuencia del desenlace final después de tanta lucha, a quinientos años del expolio…

 

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Tony Paulino

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