El suelo de la 400 Avenida Constitución está marcado por el tiempo. Opaco, desgastado, sobre el que se erigen paredes blancas, altas, con la textura de decenas de capas de pintura, del espacio y tiempo retomado. Es aquí, de manera homóloga, donde se despliega la exposición colectiva Ilusión de función: falsa permanencia por Rogelio Báez Vega, Natalia Sánchez Cruz, Mariana Ramos Ortiz y Efrén Candelaria.
En ella, se plasma una tendencia en nuestra plástica, una reacción ante un proceso social de modernización fallido, inconcluso, que ha desembocado en el abandono de los espacios, la dejadez, la fragilidad inestable. La temática arquitectónica (aquello referente al espacio edificado y sus elementos) es al momento un campo compartido por numerosos artistas de nuestra plástica contemporánea. Esta tendencia, que surge de una problemática común, es en sí misma la posibilidad de un movimiento (por ajena que nos sea la noción de ellos), una suerte que me atrevería a llamar “Construccionismo Criollo”; noción que se expandirá en un próximo escrito.
No recae en el mero hecho de plasmar la arquitectura en su obra, pues esto es común en la historia a manera de mímesis, de representar el entorno. Hay algo peculiar en estos: el discurso ante una problemática común, el espacio como construcción crítica, donde se deposita un énfasis particular en la superficie, el acabado, la textura, la labor manual. La construcción de la obra en sí misma. Se plasma lo edificado como medio, no como fin.
Al entrar por las puertas de cristal, a la izquierda, dos obras en pequeño formato, posadas sobre una tablilla, se reclinan contra la pared: La esquina a la intemperie I (2022) y La esquina a la intemperie II (2025), en las que Mariana Ramos Ortiz plasma los niveles de la fragilidad. En ellas se plasma una edificación antigua. De hecho, la conocía. Ahí estaba, a la salida del pueblo de Cabo Rojo. Recuerdo un día pasar, y ya su construcción en madera no existía.
Ramos Ortiz captura el antes y el después, la progresión y el momento de transformación, la excavadora que la derriba. El resultado, a través de la técnica de impresión ultravioleta sobre arena comprimida, es un manejo de impresión que adquiere pincelada propia. La naturaleza del material mismo mueve el color, manejando la arena compacta no solo como soporte, sino como medio escultórico, en el que la obra oscila entre la noción de fragilidad y solidez. Ha tomado La esquina a la intemperie II (2025) en sus manos, la ha roto y adherido nuevamente.

A la derecha, sobre un armazón de hierro, cuatro obras de gran formato de Rogelio Báez Vega. El pigmento dorado suspendido sobre cera envuelve los lienzos, iluminados con una sola fuente de luz directa en su esquina inferior. Al caminar a su alrededor, nos encara Parroquia Nuestra Señora Madre de la Medalla Milagrosa (2025). La naturaleza ha comenzado a retomar el espacio, el follaje inunda el camino hacia su entrada, y la erosión lleva las olas hasta sus pies. La iglesia como imagen, diseñada por Samuel G. Marra para 1971 y localizada en Santurce, elabora sobre el olvido, el cambio (pues hoy su fachada está coartada por una verja, los postes de electricidad y el follaje circundante) el estado y reclamo de la naturaleza. Un mundo posible al que no queremos llegar, pero al cual nos hemos enfilado.

En la pared lateral izquierda, Natalia Sánchez Cruz se centra en el detalle, en los elementos; acercamientos que, a su vez, entran en la cercanía propia. En Composición I (2025), Composición II (2025) y Composición III (2025) la loza hidráulica se convierte en un elemento geométrico compositivo, utilizando innumerables capas de acrílico sobre papel que, al mirar su filo, despliega su grosor. Su construcción ha generado una superficie inequívocamente familiar: porosidad, el leve brillo satinado de la loza criolla que no solo captura el tiempo, sino que ha sufrido los años, la gentrificación de los espacios, el abandono, como testigos materiales de la historia.
Sus lienzos, a su vez, nos devuelven a la cercanía. En En Sitio Num. 9 (2025) miramos hacia abajo la esquina de un baño. Las losetas tienen pequeñas imperfecciones, rasgos de humanidad. Una se ha astillado en su esquina; un leve cambio en su tonalidad. Otra no quedó perfectamente alineada. En su parte superior, la esquina de una bañera azul con tres líneas, ilusoriamente simples, que cargan la luz, la perspectiva inclinada ante la columna al costado. Contrasta con la frontalidad de En Sitio Num. 11 (2025), en la cual, al acercarnos, brilla el leve lustre de la marmolina incrustada entre el acrílico.

La superposición de planos, de campos en 127 María Morzú (La Casa de Donna Gin) (2025), de Efrén Candelaria, se interpone, a través de la abstracción, como la posibilidad de mirar a través del tiempo diferentes estratas temporales de un hogar, donde al fondo las formas rememoran al papel decorativo de pared, o el sistema de esténciles en la decoración de hogares criollos, una técnica ya olvidada.

Entre las capas más recientes, el rojo y el blanco caen sobre una superficie que asemeja el empañetado de cemento. Un detalle, casi imperceptible, es el uso del lápiz en la obra de Candelaria: delinea, traza espacios, midiendo la construcción del lienzo y la deconstrucción del objeto.
La exposición Ilusión de Función: Falsa Permanencia, en la 400 Av. Constitución, San Juan, Puerto Rico, estará en vista hasta el 13 de diciembre.


