Reseña del libro “Las aventuras de Nino” de la Dra. Nancy R. Santiago Capetillo
En muchas noches de Navidad, cuando el cielo de Puerto Rico se abre a destellos de colores, hay un país paralelo que casi nadie mira. No está en las plazas ni en las fiestas de familia, sino en los balcones temblorosos, debajo de las camas, en los hospitales silenciosos. Allí, cada petardo no es alegría: es un relámpago que desgarra los nervios de un perro anciano, el pecho de una persona con ansiedad, el sueño frágil de un niño autista. En ese otro país, la Navidad no huele a lechón ni a pasteles, sino a miedo. Y, sin embargo, también allí hay milagros: el latido fiel de una mascota que se aferra a la vida, el abrazo de quien acompaña en medio del estruendo, la decisión de una familia que, por fin, apaga la mecha de la costumbre para encender la luz de la empatía.
Hace dos meses murió Bambi, mi perrito chihuahua de casi diecinueve años. En la casa quedó su cama vacía, sus platos en silencio, una rutina rota que todavía no sabemos cómo reorganizar. El duelo por una mascota es un duelo incómodo para una sociedad que trivializa el vínculo con los animales: “era solo un perro”, “ya conseguirán otro”, se escucha a veces. Pero quienes hemos compartido casi dos décadas de vida con un ser que nos miraba sin juicio, que celebraba nuestra llegada como si fuera un acontecimiento cósmico, sabemos que no se trata de “solo un perro”. Se trata de un miembro de la familia, de un hilo afectivo que sostiene, en lo cotidiano, la salud emocional del hogar.
Desde ese luto llegué al libro Las aventuras de Nino, de la doctora Nancy R. Santiago Capetillo, un texto entrañable y, a la vez, profundamente político. Bajo la apariencia de un cuento infantil sobre un perro rescatado, la autora construye una de las críticas más contundentes a la pirotecnia sonora en Puerto Rico. Nino, perro callejero que encuentra hogar en una familia que lo cuida, lo vacuna y lo integra como “guardián del reino”, encarna a miles de animales que dependen de nuestra responsabilidad ética. La estructura del libro, dividida en episodios—la adopción, las amistades, la Navidad, el pacto con los changos, la visita al campo—nos va llevando, casi sin darnos cuenta, del encanto doméstico al drama social.
Anuncio
El giro trágico llega en el capítulo “El último guardián”. Allí, en la víspera de Año Nuevo, mientras la familia sale a una celebración, Nino se queda en la casa con otros perros. Empiezan los estallidos de pirotecnia y, en la mente del animal, el cielo se convierte en un campo de batalla: dragones de fuego, sombras monstruosas, amenazas que solo él percibe. La metáfora es poderosa: lo que para muchos es “fiesta” se traduce, en el mundo sensorial de la mascota, como una agresión incesante. Nino, ya anciano, se desvive ladrando para “defender su reino”. Cuando por fin “vence” a los dragones, su corazón exhausto no resiste. Muere solo, tendido en el patio, “como un soldado valiente que había protegido su castillo hasta el final”.
Esta escena condensa una verdad que solemos negar: la pirotecnia puede matar. No solo asusta; no solo “molesta a los perros”. Puede provocar infartos, crisis respiratorias y episodios de estrés agudo en animales y en humanos. La autora lo subraya en el epílogo, cuando explica que la muerte de Nino fue causada por la pirotecnia sonora nociva y la enlaza con una lista de poblaciones vulnerables: personas en el espectro autista, adultos mayores, quienes padecen trastorno de estrés postraumático, enfermedades respiratorias, Alzheimer o condiciones cardiovasculares, además de “todos los animales, especialmente los de compañía”. No es una exageración sentimental: es un mapa de daño real.
La reseña de este texto no puede limitarse a elogiar su ternura o la belleza de sus ilustraciones. Tiene que reconocer su aporte como herramienta de educación pública. Las aventuras de Nino trascienden el formato de cuento; es un pequeño tratado de ética ciudadana. Desde la perspectiva de los estudios sobre bienestar animal y salud pública, el libro articula, en lenguaje accesible, lo que la literatura científica viene advirtiendo hace años: los niveles de ruido de la pirotecnia exceden por mucho los umbrales recomendados por la Organización Mundial de la Salud y afectan de manera desproporcionada a quienes menos capacidad tienen para protegerse o expresar su malestar. La narrativa de Nino permite “ver” ese impacto con ojos de niño y con ojos de adulto a la vez.

Hay, además, una dimensión ecológica que la autora integra con rigor: describe los químicos utilizados en la fabricación de fuegos artificiales—perclorato de sodio, nitratos, metales pesados como litio, estroncio, antimonio, bario—y explica cómo contaminan suelo, aire y agua. La crítica a la pirotecnia no se queda, por tanto, en el terreno de la sensibilidad individual; amplía el foco hacia el daño ambiental y nos invita a pensar la celebración desde la responsabilidad colectiva.
Pero el corazón del libro está en otro lugar: en el duelo y en la transformación de ese dolor en acción. Después de la muerte de Nino, la autora convoca un “círculo” simbólico para superar el luto. Es uno de los fragmentos más conmovedores y literariamente logrados. La familia se reúne, alguien imita la postura del perro al dormir, y se reconoce la impotencia frente a “EL RUIDO QUE LO MATÓ”. Sin embargo, en ese mismo espacio, la figura de Nino parece responder: “No me llamen desde el dolor, llámenme desde el amor que sembramos juntos”. De esa conversación imaginada surge el Proyecto Nino y la Fundación Cero Pirotecnia Puerto Rico, iniciativas que buscan convertir la experiencia de pérdida en defensa de otros seres vulnerables.
Aquí el libro entra de lleno en una ética de la compasión activa. No se trata de “llorar al perrito” como ejercicio íntimo, sino de asumir que el duelo puede ser una forma de resistencia. El eslogan que cierra el texto—“La pirotecnia es violencia, no es celebración”—no pretende arruinar la Navidad ni imponer una moral de culpa. Lo que propone es una redefinición de la fiesta: ¿qué tipo de alegría necesita aturdir, contaminar, poner en riesgo la salud de vecinos, ancianos, bebés, mascotas y fauna silvestre? ¿No es, acaso, una alegría que se sostiene en la invisibilización del otro?
Mi propia experiencia con Bambi me obliga a leer a Nino desde esa doble dimensión: la íntima y la social. Bambi envejeció mientras el país cambiaba. Sus ojos fueron perdiendo brillo, pero conservó hasta el final la costumbre de recibirnos en la puerta, como si la casa respirara por su pecho. Durante años, cada Navidad, vimos cómo se inquietaba con los primeros estallidos. Buscaba rincones imposibles, temblaba, jadeaba. Cuántas veces, como miles de familias, dijimos resignados: “Ya mismo pasa”. No sabíamos, o no queríamos saber, que ese “ya mismo” se repetía cada año, acumulando miedo en su memoria corporal.
Anuncio
Cuando Bambi murió, comprendí algo que el libro de Nancy R. Santiago Capetillo verbaliza con precisión: el sufrimiento de los animales y de las personas vulnerables no es un daño colateral inevitable de la tradición; es el costo de una decisión que puede cambiarse. La pirotecnia no es un fenómeno natural, sino una práctica cultural sostenida por la industria y por la costumbre. Y como toda práctica cultural, puede ser cuestionada, transformada, sustituida.
Desde un punto de vista académico, Las aventuras de Nino se inscribe en una línea de textos que combinan relato testimonial, literatura infantil y ensayo de denuncia. Su valor radica en esa hibridez: permite que maestros, psicólogos, médicos, trabajadores sociales y activistas lo utilicen como recurso pedagógico y terapéutico. El libro se presta para lecturas en escuelas, talleres de duelo, campañas comunitarias y políticas públicas. A la vez, abre un espacio para la investigación sobre cómo la literatura puede contribuir a la construcción de una ética del cuidado en contextos de violencia acústica y ambiental.
Pero más allá de la crítica estructurada y del análisis de su contenido, hay un gesto que este libro y la memoria de Bambi nos reclaman: aprender a ponernos en el lugar del otro. No es casual que el personaje humano central sea Gustavo, un joven autista con una “sensibilidad muy especial para ver lo que otros no siempre notaban”. En tiempos de estruendo, necesitamos esa sensibilidad: la capacidad de percibir el miedo invisible, de escuchar los latidos acelerados detrás de las paredes, de reconocer que la fiesta de unos puede ser la pesadilla de otros.
Tal vez el verdadero realismo mágico de nuestra época no consista en ver fantasmas ni dragones, sino en imaginar un Puerto Rico que celebra sin destruir. Un país donde los cohetes se sustituyan por luces silenciosas, por conciertos, por bailes, por abrazos; donde el cielo de diciembre se ilumine con faroles y no con explosiones; donde los niños aprendan desde pequeños que respetar los oídos y los nervios de otros seres es también una forma de alegría.
Me gusta pensar que, en algún rincón sin ruido del tiempo, Bambi y Nino se han encontrado. Que hay un patio enorme, lleno de sombras de árboles y hamacas, donde los petardos nunca llegaron. Que corren juntos, sin dolor, mientras nos miran e insisten, desde ese otro lado del mundo, en una petición sencilla: “No nos recuerden desde el estruendo; recuérdennos desde la ternura que compartimos. Hagan algo con ese amor”.
Ese “algo” está a nuestro alcance. Esta Navidad podemos elegir no comprar pirotecnia, hablar con nuestras familias, educar a nuestros niños, apoyar iniciativas como la Fundación Cero Pirotecnia y el Proyecto Niño, escribir a nuestras autoridades municipales, reclamar regulación efectiva, proponer espectáculos alternativos. No se trata de una cruzada contra la alegría, sino de una defensa radical de la vida.
Si logramos que, aunque sea una familia, guarde silencio donde antes había explosiones; si un solo perro anciano, una sola persona con autismo, un solo veterano con estrés postraumático puede dormir tranquilo porque alguien decidió no encender un petardo, entonces el legado de Nino y de Bambi habrá encontrado sentido. Y quizás, en la Nochebuena, en la Despedida de Año y en la noche de Reyes, cuando el cielo parezca más limpio, podamos escuchar, en lugar del trueno de la pólvora, el susurro agradecido de todos esos guardianes que, desde el lado luminoso de la memoria, siguen cuidando de nosotros.


