Saltar al contenido principal
San Juan79°☀️ Despejado
HIMNO DE PUERTO RICOHIMNO DE P.R.
PublicidadPublicidad: Anuncio OFIC Medalla Horizontal half pages
Historia

Jaime Benítez, la Casa de Estudios y el mapa invisible las redes internacionales

Por 11 min lectura
Jaime Benítez

Reseña del libro Jaime Benítez y la internacionalización de la Universidad de Puerto Rico: Las redes intelectuales de la Reforma Universitaria, de Jorge Rodríguez Beruff. Imagen: Colección de fotos del periódico El Mundo. Universidad de Puerto Rico.

Hay portadas que no ilustran: interpelan. El libro de Jorge Rodríguez Beruff: Jaime Benítez y la internacionalización de la Universidad de Puerto Rico: Las redes intelectuales de la Reforma Universitaria, que tenemos a bien reseñar en este espacio, abre con una fotografía tomada en 1956: el rector Jaime Benítez Rexach aparece junto a Myria Badrena, estudiante de Secretarial y reina de belleza estudiantil, ambos de pie, contemplando una maqueta del Recinto de Río Piedras donde se distinguen la Torre, el Edificio de Humanidades y la plazoleta que se prolonga hacia el Teatro.

La escena, en apariencia simple, guarda una gramática de poder y de imaginación: el campus miniaturizado, el rector vestido con una pulcritud casi ceremonial, y ese gesto que, mirado de cerca, no termina de señalar. Su mano está cerrada; ese ademán adquiere la forma de una metáfora fundacional: como si, al modo de un Génesis secular, Benítez regara “el polvo de su intelectualidad” y soplara aliento sobre lo que entendía como su creación: la Universidad de Puerto Rico.

Esa portada no funciona solo como umbral estético; abre el dilema central del libro: la legitimidad de los proyectos universitarios no descansa únicamente en estructuras administrativas, sino en conversación académica, intercambio intelectual y visión amplia de universidad. En ese sentido, la obra no busca canonizar a Benítez, pero tampoco lo reduce al cliché del “gran rector” o del “villano” institucional. Lo inserta, más bien, en un mapa de redes: conexiones transatlánticas, debates culturales, disputas políticas, conflictos dentro y fuera de la universidad, y tensiones ideológicas que explican por qué la Reforma Universitaria fue, a la vez, modernización y fractura.

El texto se anuncia desde sus páginas iniciales con una dedicatoria a profesores de Ciencias Sociales vinculados a Estudios Generales y un prólogo de Dennis Alicea titulado “Cultura universitaria: ¿por quién doblan las campanas?”. La pregunta -que remite al poema de John Donne y que se convirtió también en el título de una de las novelas más célebres de Ernest Hemingway- no está ahí como adorno erudito: opera como alarma moral sobre la fragilidad de la vida universitaria cuando el proyecto común se convierte en trámite, y la cultura universitaria se vuelve una suma de requisitos sin respiración intelectual.

Rodríguez Beruff organiza su análisis como un “novenario”: nueve capítulos que configuran la internacionalización de la UPR y las redes intelectuales de la Reforma Universitaria, con una clave historiográfica explícita: la idea de Marco Tulio Cicerón sobre la historia como “luz de la verdad”, “vida de la memoria” y “maestra de la vida”. Esta estructura -casi ritual, casi de duelo- es significativa: sugiere que el libro no solo reconstruye un pasado, sino que lo vela y lo interroga; como si la universidad de ayer fuese un difunto que todavía nos habla, no para venerarlo, sino para obligarnos a pensar qué hicimos (y qué estamos haciendo) con esa herencia.

Desde el primer capítulo, “Sobre redes y universidades”, Benítez aparece como un arquitecto de vínculos: un rector/presidente que impulsa relaciones académicas y culturales con universidades de América Latina, Norteamérica y Europa, ampliando la presencia internacional de la UPR más allá del circuito estadounidense, apoyado en redes transatlánticas que facilitaron recursos y cambios significativos.

La internacionalización, en esta lectura, no es una etiqueta contemporánea puesta retroactivamente; es una práctica histórica concreta que se enlaza con desplazamientos intelectuales del siglo XX y con una disputa mayor por el sentido de la universidad: qué debe enseñar, a quién debe servir, cómo debe pensar su lugar en el mundo.

Aquí entra uno de los telones de fondo más potentes del libro: la Guerra Civil Española como escenario histórico que ayuda a explicar la admiración de Benítez por José Ortega y Gasset y la llegada de académicos españoles que se integraron a la vida universitaria puertorriqueña.

Y es que ese trasfondo no es una mera contextualización: era la textura misma del argumento, porque muestra cómo la universidad se hizo también con exilios, con diálogos y con filiaciones intelectuales. De hecho, el texto recuerda que Benítez conoció personalmente a Ortega, colaboró estrechamente con él y con discípulos como Julián Marías y María Zambrano. Esa red hispánica se conecta, además, con una genealogía pedagógica más amplia: la Institución Libre de Enseñanza y el ideario de Francisco Giner de los Ríos -formación integral, cultura general, métodos que activan la participación del estudiante- y con la defensa de la autonomía universitaria en Miguel de Unamuno. En otras palabras: la UPR de Benítez no se entiende sin su conversación con el pensamiento hispánico y sus debates sobre cultura, libertad académica y sentido público de la educación.

Pero el corazón político-pedagógico del libro, late con más fuerza cuando se aborda la educación general. Rodríguez Beruff muestra cómo se entrelazan dos corrientes influyentes: por un lado, la educación general que surge en Universidad de Columbia tras la Primera Guerra Mundial; por otro, su consolidación en la Universidad de Chicago bajo Robert M. Hutchins, como reforma que privilegia un enfoque humanista y no especializado en la formación subgraduada. Lo decisivo, sin embargo, es que esta historia no se cuenta para “importar modelos”, sino para entender cómo una universidad periférica supo leer un debate global y convertirlo en arquitectura institucional.

En ese sentido, uno de los datos más provocadores -y más actuales- es que, en Puerto Rico, la Reforma Universitaria con su componente de Estudios Generales ya estaba en marcha desde 1942-1943: una fecha temprana en comparación con el movimiento en Estados Unidos, lo que sugiere un papel pionero de la UPR en esa adopción. A la vez, el libro no borra las contradicciones del periodo: la universidad, antes de 1926, no tuvo canciller propio y su dirección ejecutiva estuvo en manos del comisionado de instrucción, con el peso de un modelo de asimilación cultural y la imposición del inglés; además, se señala el carácter militarizado debido al programa obligatorio del ROTC. La universidad que se reforma, por tanto, no es un espacio neutro: es una institución atravesada por colonialidad, por política cultural y por disputas sobre autonomía.

Aquí aparece una de las zonas más complejas de la figura de Benítez: su defensa de la universidad como “Casa de Estudios” y el impulso de despolitizarla excluyendo la actividad política opositora, especialmente la nacionalista. La paradoja es frontal: se promueve una universidad humanista y culturalmente activa, mientras se limitan libertades civiles y políticas dentro del campus.

El texto, abre además un debate de genealogías: Silvia Álvarez Curbelo -citando a Nereida Rodríguez- sugiere que Benítez habría tomado el concepto de una crítica de Arturo Uslar Pietri a la Reforma de Córdoba; pero se puntualiza que Benítez mencionó a Uslar Pietri en un texto de 1961 para sustentar su actitud crítica hacia esa reforma, no como fundamento original de la “Casa de Estudios”, que se habría cristalizado antes, hacia fines de la década de 1940. La implicación es fuerte: no se trata de un accidente retórico, sino de una política universitaria que debe leerse en su contexto de conflictos y presiones.

Esa tensión se enlaza con otra trayectoria que el libro subraya: Benítez “del nacionalismo al universalismo”. En esta parte del libro se recupera un arco biográfico que complejiza toda lectura simplista: en los años treinta, Benítez apoyó el independentismo y llegó a votar por Pedro Albizu Campos en 1932; luego, mantuvo vínculos con el movimiento, participó en gestiones por la liberación de presos nacionalistas bajo el liderato de Vicente Géigel Polanco; y no rompe completamente con ese mundo hasta después de la Masacre de Ponce en 1937, cuando firma una carta pública al gobernador Blanton Winship denunciando la masacre. Más tarde, ya en la madurez, esa evolución se refleja en una entrevista de 1989 con el periodista Alex W. Maldonado. No estamos, pues, ante un personaje plano: estamos ante una figura histórica cuyas decisiones universitarias se hicieron en medio de presiones, alianzas, quiebres y reacomodos.

Colección de fotos del periódico El Mundo. Universidad de Puerto Rico.

El libro también ilumina cómo esas tensiones ideológicas estallan en conflictos concretos. Se recuerda, por ejemplo, la “impugnación independentista” de la Reforma y del occidentalismo en torno a figuras como José Emilio González y René Marqués; y se describe un conflicto interno dentro del Partido Popular Democrático sobre cultura y gobernanza universitaria, con facciones representadas por Antonio J. Colorado y José Arsenio Torres. En ese cuadro, el gobernador Luis Muñoz Marín aparece cuestionando la orientación occidentalista y expresando preocupaciones muy específicas: la falta de contenido sobre Puerto Rico en los cursos básicos de Estudios Generales y una percepción de arrogancia institucional que podía resultar contraproducente.

El dato es crucial porque demuestra que la disputa por Estudios Generales no era solamente pedagógica: era también política, cultural y simbólica. Se discutía quién define la cultura universitaria, qué se considera “universal”, qué lugar ocupa Puerto Rico en su propia universidad, y qué costo institucional tiene sostener una visión modernizadora cuando sectores importantes se sienten desplazados por esa misma visión.

Y aquí es donde el libro toca de lleno el Recinto de Mayagüez, no como nota al calce, sino como escenario de una expansión curricular que hoy debería importarnos más de lo que a veces admitimos. Porque, aunque la educación tienda -con razón- a abrir rutas hacia empleos más seguros, incluso en los estudios más técnicos son las humanidades las que transforman la sensibilidad del ser humano y lo preparan para liderar: formando criterios, afinando la toma de decisiones y tejiendo una cultura universitaria más dinámica capaz de vincular ciencia y humanidades con un pensamiento crítico más profundo. Rodríguez Beruff recuerda que el currículo del antiguo Colegio de Agricultura y Artes Mecánicas estaba originalmente enfocado en la formación profesional de ingenieros y agrónomos; pero en 1946 el periódico La Torre reportó que se establecería una sección de cursos básicos aprobada por la Junta Universitaria.

Esos cursos serían atendidos por un Departamento de Estudios Generales dirigido por Robert E. Thornton, egresado de la Universidad de Minnesota y vinculado al movimiento de educación general; aunque el decano Mariano Villaronga aclaró que el programa estaría disponible solo para quienes quisieran trasladarse a Río Piedras. Más tarde, en enero de 1949, Benítez inaugura un curso en el CAAM impartiendo una clase de humanidades de Estudios Generales; se anuncia luego una División de Estudios Generales que reemplazaría al Departamento de Cursos Básicos; y en 1956 se anuncia incluso la apertura de un edificio propio para Estudios Generales en el CAAM. Estos detalles, que en apariencia pertenecen a la historia interna de un currículo, tienen una lección pública: los “cursos básicos” no fueron pensados como residuo, sino como fundamento. Y cuando un fundamento se debilita, el edificio completo -por técnico que sea- pierde profundidad cultural, histórica y ética.

Esa es, quizás, la invitación más fértil de la lectura de este libro: leer a Benítez con “luces y sombras” para hablar del presente sin caer en nostalgia ni en juicio sumario. Benítez edificó una universidad con ambición internacional, con redes y con una reforma de gran alcance; pero también defendió una política de “Casa de Estudios” que restringió la disidencia; y su proyecto se vio atravesado por tensiones coloniales, por disputas sobre identidad cultural y por conflictos partidistas que llegaron al corazón de la gobernanza universitaria. El valor del libro es que no nos deja refugiarnos en una sola imagen: ni la maqueta como promesa limpia, ni la crítica como sentencia final. Nos obliga a aceptar que la universidad es una arquitectura intelectual siempre en disputa.

Para concluir, al traer este libro al debate público, no solo reseñamos una obra de historia universitaria: abrimos una conversación urgente sobre la legitimidad de los proyectos curriculares hoy, precisamente cuando la universidad corre el riesgo de ceder -sin ruido, casi por cansancio- ante las redes del mercado. Una universidad que se piensa como mercancía termina midiendo su valor por su precio, no por su verdad; y en esa contabilidad estrecha no se quiebra únicamente una institución: se quiebra la sabiduría que la sostiene, la memoria que la orienta y el sentido de país que late en sus aulas.

Si la Reforma de Estudios Generales tuvo sentido en tanto conversación académica y visión de universidad, entonces su revisión -cualquier revisión- tendría que sostenerse en diálogo genuino, deliberación amplia y respeto por el lugar que ocupan las humanidades, la historia y las ciencias sociales como columna vertebral de la formación: no como ornamento ni como “servicio” marginal, sino como el núcleo que permite que la técnica piense, que la profesión se pregunte, y que el país se mire al espejo sin perder la lengua ni la memoria.

Tal vez por eso la pregunta del prólogo sigue sonando: ¿por quién doblan las campanas? Doblan, sí, por los conflictos del pasado; pero también advierten sobre el peligro de convertir la Casa de Estudios en vitrina y el conocimiento en producto. Y, sin embargo, no todo es fatalidad: todavía estamos a tiempo de escoger otra ruta. Mientras exista un claustro que discuta con honestidad, un estudiantado que exija pensamiento y no consignas, y una comunidad que reconozca en la Universidad de Puerto Rico un bien público irrenunciable, habrá esperanza. Defender esa universidad—con puertas abiertas al debate, ventanas al mundo y cimientos humanistas—no es un gesto nostálgico: es la forma más concreta de honrar la memoria de Jaime Benítez sin repetirla como mito, y de asegurar que la UPR no sobreviva como marca, sino que renazca como sabiduría compartida y futuro posible.

Apoye nuestra labor

Ayúdenos a seguir contando nuestra cultura

Si quiere ayudar a que continuemos apoyando la cultura puertorriqueña, puede hacerlo aquí.

Donar con PayPal Pago seguro en PayPal. También acepta tarjeta.
Dr. Carlos I. Hernández Hernández

Deja un comentario

Descubre más desde Periódico El Adoquín

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo