Leer Ilusión y ruinas: Imaginarios de izquierda en Puerto Rico desde los sesenta, de Carlos Pabón Ortega, es entrar en un territorio donde la política no se examina únicamente como programa, partido o coyuntura, sino como una constelación de hábitos mentales, lenguajes heredados y formas de sensibilidad que, con el tiempo, llegan a sentirse tan naturales como el aire que se respira sin pensarlo. En ese registro, palabras como consigna, patria, revolución y pueblo no solo nombran el mundo: lo iluminan, lo oscurecen y lo ordenan.
Y es que desde ahí, Pabón Ortega no se propone escribir una historia orgánica de partidos y organizaciones, sino indagar, mediante el análisis discursivo, cómo una tradición política que quiso nombrar el porvenir fue dejando ver, en sus propios lenguajes, debates y desplazamientos, las grietas de su desgaste histórico. El libro se convierte así en una reflexión sobre el desvanecimiento de un imaginario de izquierda en Puerto Rico y sobre la consolidación de la equivalencia entre independentismo e izquierda como una “falacia constitutiva”, (p.19) pero también en una invitación a pensar si esa erosión respondió solo a presiones externas o si, en alguna medida, se incubó en sus propias tensiones, silenciamientos y conflictos internos.
Esa apuesta, arriesgada y por momentos incómoda, hace del libro algo más que una intervención historiográfica: lo convierte en una pieza de crítica cultural con consecuencias políticas, porque lo que se examina no es solo “lo que la izquierda dijo” o “lo que hizo”, sino el tipo de sujeto político que fue produciendo: su repertorio emocional, sus mitologías, sus certezas, su relación con la derrota y, sobre todo, sus maneras de imaginar la soberanía. (p.19).
Para entrar en ese gesto crítico sin reducirlo a polémica de bando, conviene asumir una pregunta previa: ¿cómo se forman nuestras convicciones? En Jiddu Krishnamurti, esa pregunta se volvió el centro de una práctica pública cuando, el 3 de agosto de 1929, rompió con el papel que la Sociedad Teosófica había contribuido a construirle como “maestro del mundo” y disolvió la Orden de la Estrella de Oriente, organización creada alrededor de su figura mesiánica. Al hacerlo, insistió en que la mente no mira desde un vacío neutral, sino desde sus condicionamientos -tradición, autoridad, miedo, deseo de seguridad-, y por eso formuló su idea medular, “la verdad es una tierra sin senderos”, como renuncia a los caminos prefabricados y como exigencia de atención y observación para ver sin refugios.
Desde esa óptica, el examen que propone Carlos Pabón Ortega busca colocar la mirada donde suele doler: no para negar la realidad colonial ni trivializar la violencia histórica, sino para detectar el momento en que una cultura política, al repetirse, empieza a operar como costumbre.
Esa intención queda clara desde la propia arquitectura metodológica del libro. Pabón delimita su campo: se aproxima a la historia de la izquierda “mediante el análisis discursivo” de publicaciones y documentos (libros, revistas, periódicos, entrevistas, pronunciamientos, etc.), (P.19)., y declara que no busca escribir una historia de las organizaciones, sino de “sus discursos y desplazamientos en el tiempo”.
Este libro adquiere una densidad particularmente reveladora, porque Carlos Pabón Ortega interrumpe toda ilusión de distancia aséptica y reconoce de manera explícita su propia inscripción en el imaginario que analiza. No habla como un espectador tardío ni como un fiscal de la historia ajena, sino como alguien que militó en las organizaciones, redactó textos, participó en decisiones y atravesó, desde dentro, las promesas y fracturas de aquella cultura política.
Ese reconocimiento vuelve más complejo -y también más honesto- el gesto crítico del libro: lo que aquí se ofrece no es solo una historia intelectual de la izquierda puertorriqueña, sino una memoria crítica atravesada por la experiencia, una reflexión sobre el fracaso que no renuncia al rigor, pero tampoco oculta la herida. (P.22). En ese punto, el texto gana autoridad moral, porque su crítica no nace del desprecio, sino del difícil ejercicio de mirar con lucidez aquello a lo que alguna vez se entregó la juventud y la fe política.
En consecuencia, la “izquierda” aparece menos como etiqueta fija y más como un universo de imaginarios: relatos de origen, épicas de pureza, gramáticas del sacrificio, maneras de nombrar al enemigo, formas de definir al pueblo, estilos de liderato, gestos morales que clasifican lo correcto y lo sospechoso. La apuesta no es decir que la política sea ficción, sino recordar que ninguna política vive sin símbolos; y que esos símbolos, si no se revisan, terminan gobernando lo que una comunidad puede pensar como posible. Aquí asoma una tesis punzante: el riesgo del anquilosamiento, cuando la denuncia se vuelve repetición cerrada y la identidad termina funcionando como refugio.
La fuerza historiográfica del libro se verifica cuando esa tesis se ancla en episodios concretos donde la textura del conflicto se deja ver. Uno de los pasajes más reveladores es el que reconstruye debates internos sobre la violencia revolucionaria, la lucha de masas y el terrorismo, detonados por la estrategia de los Comandos Armados de Liberación (CAL) y por la legitimación pública que recibió desde la dirección del Movimiento Pro Independencia (MPI). (P.343). En ese contexto, Pabón documenta la censura de un artículo sometido a Claridad y el efecto en cadena que produjo: renuncias a la dirección del semanario y salidas de dirigentes y militantes del MPI.

Para entenderlo desde la historia -y no desde la polémica partidista- lo importante no es decidir “quién tenía la razón” en aquella disputa, como si estuviéramos opinando sobre una controversia de hoy. Lo importante es ver qué nos enseña ese episodio sobre cómo un movimiento maneja las diferencias internas: cómo trata a quien disiente, qué reglas usa para imponer disciplina y cómo, a veces, el debate deja de ser un intercambio de ideas para convertirse en una prueba de lealtad.
En el mismo expediente, Carlos Pabón recoge una crítica que no necesita adjetivos para ser demoledora: “La revolución es un fenómeno complejo… De ahí lo absurdo de pretender encajonarla en una organización, y todavía más absurdo pretender subordinarla a una dirección unipersonal.” (P.343). Ese enunciado vale aquí como documento de época: condensa el choque entre pluralidad y verticalidad, entre política como deliberación y política como mando, entre proyecto colectivo y personalización del liderazgo. Y, sobre todo, muestra que la crisis no era meramente “externa” (represión/colonialidad), sino también interna: una lucha por el significado legítimo de la acción y por el derecho a discutir sin ser expulsado moralmente.
Otro ejemplo elocuente, por su densidad simbólica, aparece cuando el libro registra cómo Juan Mari Brás -abogado y líder independentista puertorriqueño, fundador del Movimiento Pro Independencia (MPI) y luego del Partido Socialista Puertorriqueño (PSP)-, llegó a hablar de una “mitología” que el partido había desarrollado sobre la lucha armada y advierte contra “descansar en la retórica” sin base material-organizativa, subrayando el colapso entre expectativas infladas y posibilidades concretas. (p.124). Aquí el valor historiográfico está en mostrar cómo una tradición puede producir sus propios espejismos: cuando el lenguaje heroico sustituye la evaluación estratégica, la épica ocupa el lugar del plan y la política se vuelve liturgia.
En esa misma línea, el libro ilumina el proceso por el cual el MPI se convirtió en PSP como resultado de presiones internas, luchas obreras y disputas de espacio político, incluida la preocupación de “dejar en manos” de otra fuerza “la bandera del socialismo”, registrando cómo se argumentaba entonces la necesidad de “movernos a la izquierda para crear un nuevo espacio político”. (P.68). La reseña que presentamos aquí no necesita convertir este tramo en juicio moral; basta con reconocer que Pabón ofrece material para entender, en clave histórica, cómo se construyen identidades políticas en competencia, cómo se reconfiguran lenguajes de legitimidad y cómo la ideología opera también como cartografía de “espacios” disponibles.
El libro complejiza, además, la idea de “izquierda” cuando muestra que la retórica marxista-leninista de ciertas organizaciones armadas no siempre implicó un imaginario socialista anticapitalista, sino con frecuencia un núcleo nacionalista radical: Pabón afirma que los principales grupos armados desde los sesenta fueron “fundamentalmente nacionalistas” y que adoptaron el discurso “yanquis o puertorriqueños” más que un imaginario de lucha anticapitalista. (P.370). Este tipo de argumento -si se lee con sobriedad histórica- obliga a distinguir entre etiquetas doctrinales, repertorios simbólicos y prácticas políticas efectivas.
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Y si la falacia de equivalencia (izquierda/independencia) fue un eje constitutivo, el libro también muestra sus costos al tocar el lugar de los feminismos. En un pasaje revelador, se registra cómo desde sectores de la izquierda se acusó a la organización Mujer Intégrate Ahora (MIA) de “asimilista” porque, para esas voces, la liberación femenina debía supeditarse a la liberación nacional y socialista; y se cita la crítica al rechazo de un movimiento feminista autónomo por temor a “dividir” la “verdadera lucha” revolucionaria. Ese tramo tiene un valor documental directo: muestra cómo la “unidad” puede funcionar como dispositivo de silenciamiento, y cómo un imaginario hegemónico puede traducirse en jerarquías internas que contradicen, en la práctica, promesas emancipatorias.(PP.93-94).
Ahora bien, el gesto de desacralización que atraviesa el libro puede leerse con mayor provecho si se piensa mediante una analogía literaria: la posibilidad de que una tradición ideológica, por legítima que haya sido en su origen, termine convirtiéndose en un sistema cerrado, sofisticado y autorreferente, donde la crítica interna se interpreta como herejía y se sanciona no con refutaciones, sino con descalificación moral o expulsión simbólica.
Esa imagen dialoga con El juego de los abalorios, de Hermann Hesse, novela que retrata una comunidad intelectual capaz de perfeccionar sus códigos y rituales hasta el punto de sostenerse a sí misma, separada de las urgencias y contradicciones de la vida social e histórica. En términos históricos, la advertencia es nítida: cuando una épica se vuelve intocable y el lenguaje sustituye el examen, la política pierde su capacidad de aprender, corregirse y renovarse.
Una de las virtudes del libro es que se atreve a señalar problemas internos -tensiones, hábitos y discursos- sin refugiarse en la explicación cómoda de que “todo estuvo mal” o de que nada valió la pena. Pero esa misma apuesta trae su mayor reto: criticar la “victimización” requiere un equilibrio muy cuidadoso para no caer en injusticias. En Puerto Rico, la condición colonial no es una excusa retórica; es una estructura real que produce límites concretos, derrota acumulada, dolor social y formas de dependencia.
A la vez, reconocer esa estructura no basta, porque ningún orden se transforma si el sujeto político queda encerrado en un lenguaje que solo describe la herida, pero no construye estrategia, alianzas y capacidad de acción. Por eso la pregunta de fondo no es si existe o no colonización -eso sería discutir lo obvio-, sino cómo se levanta un proyecto soberanista que, sin negar el daño histórico, sea capaz de convertir memoria y crítica en plan, organización y horizonte: no solo un espejo del pasado, sino una arquitectura de futuro.
En ese sentido, uno de los aciertos del libro es que no simplifica la historia de la izquierda en Puerto Rico con una sola causa (“pasó esto y por eso se acabó todo”). Al contrario, propone una explicación más realista y compleja: muestra un proceso donde se entrecruzan tensiones internas, estilos de liderato, cambios generacionales, transformaciones en los medios y en la forma de comunicar la política, cambios en el mundo del trabajo y, además, maneras distintas -según la época- de entender “lo nacional” y el sentido mismo de la soberanía. Es decir, la historia no avanza por una línea recta, sino por fuerzas que se afectan mutuamente y se van acumulando.
Pero precisamente porque el libro abre ese mapa amplio, una lectura rigurosa tiene que mantener vivas algunas preguntas que el texto deja planteadas (o, al menos, no resueltas del todo). ¿Cuánto del “anquilosamiento” se explica por límites internos -por ejemplo, cierres doctrinales, disputas de poder, hábitos de disciplina- y cuánto se explica por condiciones históricas externas que cierran el espacio de acción (represión, marcos legales, economía colonial, geopolítica, cambios del capitalismo)? ¿Hasta qué punto criticar los “imaginarios” termina pareciéndose a criticar la política en general, dejando en segundo plano lo organizativo y lo material? Y, quizás la pregunta más práctica: si el diagnóstico exige introspección, ¿cómo se convierte esa introspección en articulación, en alianzas, estrategias, ampliación de base social y un proyecto que pueda sostenerse en el tiempo?
Estas preguntas no descalifican el libro. Al contrario: son la señal de que el libro hace lo que promete, porque no deja al lector en la comodidad del aplauso o del rechazo, sino que lo empuja a discutir en serio allí donde, por mucho tiempo, la repetición de consignas -a favor o en contra- había producido silencio.
De ahí que el balance final sea menos un veredicto -a favor o en contra- que una constatación historiográfica: el libro funciona, ante todo, como un instrumento para percibir. Su propósito principal no es ofrecer una receta para “reparar” la izquierda ni redactar un programa de acción; su apuesta es más incómoda y, por eso mismo, más útil para el análisis histórico: colocar frente a los lectores un espejo que obligue a mirar la tradición sin maquillaje, sin la protección de la épica y sin la tranquilidad de las explicaciones automáticas.
En ese gesto, su contribución cultural más decisiva puede ser precisamente esta: interrumpir la liturgia -esa repetición de fórmulas que, con el tiempo, sustituye al pensamiento- y forzar un nuevo examen, incluso cuando el examen sea áspero, para que lo emancipatorio no termine convertido en un museo de sí mismo, custodiado por sus propios rituales y por su memoria selectiva.
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En esa línea, la lectura “krishnamurtiana” no introduce un adorno filosófico; propone un criterio: no basta con desear la libertad o declarar objetivos nobles. Una causa justa también puede producir zonas de comodidad mental -certezas que no se revisan, identidades que se blindan, enemigos que se simplifican, críticas que se desautorizan- y esas zonas, si no se observan, acaban limitando la capacidad política de aprender. Dicho de otro modo: la pregunta de la libertad incluye también una pregunta por los apegos; por las ideas y hábitos que, aun en nombre de la emancipación, se vuelven refugio emocional y sustituyen la evaluación estratégica.
Por eso, en la selección de las palabras ilusión y ruinas como parte del título del libro, Ilusión y Ruinas: Imaginarios de izquierda en Puerto Rico desde los sesenta, la apuesta de Pabón no es el cinismo ni la burla del proyecto soberanista; es el riesgo del examen: atreverse a identificar los mecanismos -discursivos, morales y organizativos- que pueden desgastar un imaginario y empobrecer su traducción en fuerza social.
Para concluir, este libro no es una invitación a abandonar la soberanía. Es, más bien, una pregunta más exigente -y por eso más incómoda-: en qué condiciones reales (históricas, materiales, culturales y organizativas) la soberanía puede dejar de ser un horizonte repetido como plegaria y volverse obra palpable. Dicho con sencillez: no basta con desearla, nombrarla o invocarla; hay que preguntarse cómo se construye en un país atravesado por la colonialidad, por cambios profundos en el trabajo, por nuevas formas de mediación política y por una memoria colectiva donde la herida es real, persistente y, a veces, paralizante.
Y es que la exigencia del texto consiste en empujar la discusión desde la certeza identitaria hacia la capacidad histórica. ¿Qué lenguajes movilizan y cuáles solo consuelan? ¿Cuales hábitos internos fortalecen el proyecto y cuáles lo fragmentan? ¿Qué formas de autoridad y disciplina impiden aprender de los desacuerdos? ¿Qué tipo de sujeto político se ha producido -con sus virtudes y sus límites- y qué tipo de sujeto político haría falta para traducir una aspiración soberanista en estrategia, articulación social, alianzas sostenibles y proyecto de largo plazo? Esa es la zona donde el libro incomoda: no porque niegue la estructura colonial, sino porque recuerda que ninguna estructura se enfrenta con eficacia si el proyecto se queda atrapado en rituales que sustituyen la revisión crítica y en fórmulas que ya no generan futuro.
Al pasar balance de la lectura del libro entendemos que se logra su objetivo, y lo consigue precisamente porque se mantiene fiel a la apuesta que anuncia desde la introducción: no escribir una historia orgánica de partidos y organizaciones, sino examinar, mediante el análisis discursivo, cómo ciertos desplazamientos culminaron en el desvanecimiento de un imaginario de izquierda en Puerto Rico y en la consolidación de la equivalencia entre independentismo e izquierda como una “falacia constitutiva”.
Esa meta se cumple porque el texto no se queda en la abstracción, sino que ancla su argumento en debates concretos, disputas internas, conflictos sobre la lucha armada, tensiones ideológicas y silenciamientos que permiten ver, con densidad histórica, cómo una cultura política puede erosionarse también desde dentro. Si algo deja abierto no es un fracaso del libro, sino parte de su mayor acierto: obligar al lector a seguir pensando cómo convertir la crítica en capacidad histórica.
Por eso, la soberanía que se insinúa aquí no es una consigna, sino una tarea: una arquitectura de porvenir capaz de enaltecer futuro sin negar la herida, pero sin vivir encerrada en ella, como si el dolor fuese una casa sin puertas. La pregunta final -la más dura y la más necesaria- no es si el país tiene razones para su duelo, sino si sabrá convertir ese duelo en inteligencia histórica: en aprendizaje, en organización, en imaginación política y en una voluntad colectiva que, en lugar de repetir el horizonte, empiece por fin a edificarlo.


