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Opinión | La guerra: estupidez organizada y fracaso de la civilización

Por 11 min lectura
La guerra

Hay días en que la historia no se escribe con tinta, sino con ceniza. Días en que la humanidad despierta y descubre, demasiado tarde, que todavía no ha salido de la caverna, aunque haya llenado el cielo de satélites, los mares de acero y las pantallas de discursos sobre democracia, seguridad y progreso.

Basta entonces una escuela destrozada, un patio cubierto de humo, un techo vencido sobre la infancia, para comprender que la civilización sigue siendo una obra inconclusa. No importa cuán refinado sea el lenguaje diplomático ni cuán sofisticada la tecnología militar: cuando el estruendo de la guerra entra en un salón de clases, toda pretensión de superioridad moral se viene abajo junto con las paredes.

En la verja de la escuela “florecía” un mural de colores apacibles, pintado de flores y de horizonte, como una promesa humilde de la paz que debe reinar en todo recinto educativo, y más aún cuando se trata de niños. Por eso, saber que la guerra alcanzó aquel espacio equivale a sentir que la barbarie no solo destruyó muros, sino también una de las imágenes más sagradas de la esperanza humana.

Eso ocurrió en Minab, al sur de Irán, donde el 28 de febrero de 2026 un ataque golpeó la escuela primaria Shajareh Tayyebeh en medio de una jornada de bombardeos. Human Rights Watch sostuvo que el caso debe investigarse como posible crimen de guerra y señaló que se trató, aparentemente, de una acción ejecutada con municiones guiadas de alta precisión. Además, subrayó que la escuela estaba físicamente separada del complejo militar adyacente por un muro interior y una entrada independiente a la calle. La organización también advirtió que, aunque todavía no podía verificar con seguridad el número exacto de menores y adultos muertos debido a las restricciones impuestas en Irán, sí existían elementos suficientes para exigir una investigación pronta y exhaustiva.

En un escenario así conviene hablar con honestidad. No corresponde afirmar sin prueba lo que aún se investiga. No corresponde fabricar certezas donde debe haber prudencia. Pero tampoco corresponde anestesiar la conciencia detrás del tecnicismo. Si, como observa Human Rights Watch, los patrones de impacto sugieren el empleo de armas guiadas altamente precisas, entonces la tragedia no puede esconderse cómodamente bajo la palabra “accidente” sin que medie un escrutinio severo. Y si aun concediéramos, por humanidad, la posibilidad del error habría que decirlo sin vacilación: un orden internacional que ha perfeccionado hasta ese nivel la maquinaria de la destrucción y aun así termina sepultando niños bajo sus operaciones no puede proclamarse como cima de la civilización.

Oswald Spengler había advertido, desde las ruinas espirituales de Europa tras la Primera Guerra Mundial, que las civilizaciones no avanzan eternamente hacia formas más altas de humanidad. En su libro: La decadencia de Occidente, publicada en dos volúmenes entre 1918 y 1922, propuso una mirada sombría: las culturas, al endurecerse y perder su impulso interior, entran en una fase marcada por la técnica, la expansión del poder y el agotamiento del alma. Spengler no veía la historia como una escalera ascendente, sino como un drama en el que el esplendor puede desembocar en esterilidad y violencia. Bajo esa luz, la guerra no es una prueba de grandeza, sino un síntoma de decadencia.

Y, ciertamente, eso es lo que revelan los conflictos modernos: no el triunfo del espíritu humano, sino su fractura. Los Estados hablan de precisión, de blancos, de amenazas, de teatros de operación; pero la historia, cuando se la mira desde abajo, desde la tierra herida y no desde los mapas, habla de cuerpos, de gritos, de madres, de maestros, de cuadernos cubiertos de polvo. La guerra moderna ha conseguido algo todavía más aterrador que la brutalidad antigua: ha tecnificado el horror, lo ha vuelto administrable, burocrático, casi limpio en su sintaxis. Ya no siempre se presenta como carnicería; muchas veces aparece como procedimiento. Y precisamente por eso resulta más peligrosa: porque el mal, cuando se disfraza de cálculo, puede seguir operando sin que la conciencia pública se rebele de inmediato.

Es aquí donde la voz de Dietrich Bonhoeffer se vuelve indispensable. Bonhoeffer no identificaba la estupidez con la falta de inteligencia, sino con la entrega de la conciencia a una autoridad, a un grupo o a un sistema; una condición en la que personas educadas, normales e incluso moralmente respetables pueden convertirse en instrumentos de monstruosidad sin sentir que han dejado de ser decentes.

Esa reflexión, nacida en el contexto del nazismo y de la resistencia de Bonhoeffer frente a Hitler, adquiere hoy un filo insoportable. Porque la guerra no solo mata por la potencia de las armas; mata también por la obediencia de las conciencias. Antes de que caigan las bombas, antes de que se emitan las órdenes, antes de que los comunicados oficiales ordenen la percepción de los hechos, ya ha ocurrido algo decisivo: muchos han dejado de pensar.

Han renunciado a la duda, han entregado su juicio moral al aparato, han comenzado a repetir, con lenguaje propio, lo que el sistema puso dentro de su cabeza. En otras palabras, la peor amenaza no siempre es la maldad declarada, sino la estupidez socialmente organizada, esa que hace que el individuo ya no responda ante su conciencia, sino ante la lógica del grupo.

Por eso las guerras son, en un sentido profundo, estupidez histórica. No una estupidez ingenua, sino una estupidez armada de presupuestos, radares, banderas e himnos. Una estupidez que se sienta a la mesa de negociación y utiliza verbos impersonales para ocultar responsables. Una estupidez que habla de inevitabilidad mientras desplaza la pregunta fundamental: ¿cómo pudo llegar a parecernos razonable la destrucción del otro? Bonhoeffer había comprendido que una sociedad puede llenarse de médicos, ingenieros, juristas y profesores, y aun así hundirse en la barbarie si esos mismos sujetos dejan de ejercer el juicio moral que los hace verdaderamente humanos.

En ese punto conviene convocar la voz de José Ortega y Gasset. Su libro, Meditaciones del Quijote, publicada en 1914, no fue un tratado sobre la guerra, pero sí una meditación sobre la vida, la conciencia y la circunstancia. Su célebre idea -“yo soy yo y mi circunstancia”- obliga a comprender que el ser humano no es una abstracción flotante, sino un ser históricamente situado, llamado a interpretar y responder ante el mundo que le ha tocado vivir. Ortega no permite que nos escondamos detrás de sistemas impersonales. Nos recuerda que la realidad no es algo ajeno que contemplamos desde lejos, sino algo en lo que estamos radicalmente implicados.

Leído desde Ortega, el fenómeno bélico no es solo una crisis geopolítica: es una crisis de humanidad. La guerra es el momento en que la circunstancia deja de ser vivida como comunidad y pasa a ser administrada como objeto. El otro deja de ser prójimo y se convierte en pieza táctica. La escuela deja de ser lugar de infancia y se transforma en variable del combate. Y ese desplazamiento no es solo militar: es filosófico. Es la señal de que la sensibilidad ha sido derrotada por la abstracción del poder. Donde antes había rostros, ahora hay coordenadas. Donde antes había mundo humano, ahora hay mapa estratégico.

Ortega ayuda, además, a comprender que la barbarie no llega siempre con un rugido; a veces se instala con la costumbre. Se vuelve hábito verbal, resignación intelectual, obediencia revestida de realismo. El “hombre-masa”, según Ortega y Gasset, incapaz de una vida interior exigente, inclinado a la repetición y al acomodo, resulta particularmente vulnerable a este proceso. Sin necesidad de convertirlo aquí en un esquema rígido, puede decirse que la guerra moderna se alimenta de esa facilidad con que los pueblos aceptan narrativas hechas, fórmulas patrióticas y enemistades prefabricadas. El ser humano, cuando declina de su responsabilidad de pensar, se vuelve campo fértil para la violencia organizada.

Bertrand Russell ofrece otra vertiente esencial. Su oposición a la Primera Guerra Mundial no fue un gesto ornamental, sino una posición ética y política que le costó el puesto en Trinity College y lo llevó a prisión en 1918. Russell denunció el militarismo y el nacionalismo exaltado en el contexto de la Gran Guerra y defendió una resistencia de la conciencia frente al delirio bélico. No se limitó a llorar las víctimas: cuestionó el andamiaje intelectual que vuelve legítima la matanza cuando esta se llama patria, deber o destino.

En Russell hay una claridad que sigue incomodando: la guerra no ennoblece al hombre; lo embrutece. Lo arrastra a obedecer consignas que suspenden la compasión y premian la crueldad colectiva. Y lo peor no es solo que mueran miles; lo peor es que se enseñe a millones a considerar esa muerte como necesaria. En eso Russell toca el mismo nervio que Bonhoeffer, aunque desde caminos distintos: ambos entendieron que el combate principal no ocurre únicamente en los frentes militares, sino en la conciencia humana. Allí se decide si una sociedad todavía es capaz de decir no.

Y, sin embargo, el mundo insiste en revestir la guerra de racionalidad. Se presenta como recurso extremo, como defensa legítima, como equilibrio de fuerzas. Tal vez en algunos casos haya amenazas reales, conflictos concretos, entramados políticos complejos que no se resuelven con ingenuidad moral. Pero incluso concediendo toda la complejidad del mundo, permanece una verdad que ninguna doctrina estratégica puede disolver: cada vez que la guerra devora inocentes, la humanidad fracasa. Y fracasa no solo quien aprieta el gatillo o diseña el operativo, sino también quien acepta sin examen la pedagogía del odio, la normalización de la muerte y la reducción del dolor ajeno a nota marginal del interés nacional.

Por eso la tragedia de Minab interpela algo más profundo que la coyuntura. Interpela la mentira fundamental de la modernidad bélica: la ilusión de que la precisión técnica puede purificar moralmente la violencia. Human Rights Watch remarcó que la escuela estaba físicamente separada del resto del complejo y que los impactos observados son compatibles con municiones guiadas de alta precisión. Si eso es así, entonces el problema moral se agranda, no se reduce, porque nos enfrenta a un tipo de guerra que no ignora por completo lo que toca, sino que confía demasiado en sus propios instrumentos y termina revelando que la técnica, sin conciencia, no redime nada.

Hay algo obsceno en que los adultos belicistas y los estrategas del siglo XXI, herederos de Auschwitz, Hiroshima, Vietnam, Irak, Gaza, Ucrania y tantas otras geografías del luto, sigan hablando de la guerra como si todavía no estuviera suficientemente demostrado su carácter degradante. Cada guerra renueva la vieja confesión de nuestra inmadurez moral. Somos capaces de descifrar el genoma, de explorar el espacio, de producir inteligencia artificial, de diseñar armas de una exactitud temible; pero aún no hemos aprendido a resolver nuestras diferencias sin convertir los cuerpos de los más vulnerables en argumento final.

Quizá por eso convenga volver a Bonhoeffer, no solo como mártir del nazismo, sino como vigía de nuestra época. Para este pensador, la estupidez aparece como la incapacidad moral de sostener el pensamiento propio frente a la presión del grupo, como la tentación de repetir antes que examinar, de obedecer antes que responder. Esa definición no solo sirve para entender el siglo XX; sirve también para entender la facilidad con que hoy las sociedades justifican lo injustificable cuando su bando es el que dispara.

Las guerras, entonces, no son simplemente errores de cálculo geopolítico. Son derrotas del espíritu. Son el momento en que la razón se prostituye al servicio de la fuerza y la cultura se revela impotente para impedir la barbarie. Spengler lo vio como decadencia. Ortega lo deja entrever como extravío del hombre en su circunstancia. Russell lo denunció como locura moral de los Estados modernos. Bonhoeffer lo nombró desde la herida más honda: estupidez.

Si la civilización significara algo más que el perfeccionamiento de la técnica y la administración del poder tendría que empezar por una renuncia radical a la guerra como lenguaje legítimo de la historia. Tendría que comenzar por el reconocimiento de que ningún Estado, ninguna doctrina, ninguna alianza militar tiene derecho moral a pavimentar su seguridad con los restos de la infancia. Tendría que enseñar, desde temprano, que el verdadero progreso no consiste en construir armas más sofisticadas sino conciencias más hondas.

Para concluir, pienso que mientras el mundo siga produciendo escuelas en ruinas y comunicados oficiales al mismo tiempo; mientras la inteligencia, llamada a iluminar la existencia, siga siendo reclutada para perfeccionar la devastación; mientras el dolor de los niños pueda ser reducido a cifra, a nota marginal o a daño colateral en los lenguajes del poder, continuaremos viviendo en una edad de hierro vestida con los ropajes del progreso y la modernidad.

Y, sin embargo, el mundo todavía se levanta cada día con una belleza que parece suplicarnos cordura: el resplandor de la mañana sobre los árboles, el vuelo leve de los pájaros, la música que consuela, la palabra que enseña, la caricia que salva, la memoria que une, la risa de un niño que todavía cree que la vida fue hecha para florecer y no para arder bajo las bombas.

Ante ese esplendor que la humanidad también ha sido capaz de crear, cada guerra resulta doblemente infame, porque no solo destruye cuerpos y ciudades, sino que profana la promesa misma de lo humano. Por eso, mirar estas tragedias debería obligarnos no solo a señalar a los responsables visibles, sino también a descender en silencio al interior de nuestra propia conciencia, allí donde cada cual debe preguntarse qué ha callado, qué ha tolerado y qué ha dejado de defender.

Y entonces habrá que decirlo, no solo con tristeza, sino con la gravedad de quien aún cree en la redención moral de la especie: la guerra no es la coronación de la civilización, sino la herida abierta que demuestra, una y otra vez, cuánto nos falta todavía para merecerla.

Foto principal: Tomada de Estados Unidos e Israel: Investiguen el ataque a la escuela iraní como crimen de guerra | Human Rights Watch

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Dr. Carlos I. Hernández Hernández

3 comentarios

  1. Excelente, demasiado impactante tu cronología más reciente, donde la estupidez siempre encuentra razón para la barbarie. Ni hablar de las cruzadas o guerras santas, amén de los pueblos escogidos para eliminar a otros… es una eterna pesadilla lo que defienden nuestras naciones civilizadas. De otra parte, sin querer podemos ser víctimas y cómplices de la barbarie.

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