A Mark Twain se le atribuye una frase que, aunque discutida en su procedencia exacta, conserva una potencia casi profética: “la historia no se repite, pero rima”. Esa imagen de la rima resulta particularmente hermosa porque nos aparta de la idea de una repetición mecánica y nos conduce, en cambio, al terreno más sutil de los ecos, las cadencias y las resonancias. La historia, como la buena literatura, no vuelve jamás de la misma manera; retorna con otros ropajes, con nuevas máscaras, con vocablos distintos, pero dejando oír en el fondo una música conocida.
En el caso de Puerto Rico, esa rima histórica ha tenido demasiadas veces el tono grave de la subordinación colonial, del poder que cambia de lengua, de emblemas y de estrategias, sin renunciar del todo a su vieja vocación de dominio. Desde esa clave puede leerse Puerto Rico: la colonia que se repite (Publicaciones Gaviota) de Antonio Quiñones Calderón: como el expediente doloroso de una historia que no se repite de forma idéntica, pero cuya rima persiste, terca y reconocible, en la larga experiencia colonial puertorriqueña. La atribución de la frase a Twain es incierta, pero su imagen sigue siendo una vía fértil para pensar cómo el pasado regresa no como calco, sino como resonancia.
El libro de Quiñones Calderón se inserta de lleno en uno de los debates más persistentes, dolorosos y decisivos de la vida puertorriqueña: el problema del status político. No se trata, sin embargo, de un volumen que entre a esa discusión desde la mera consigna ni desde el comentario partidista inmediato, sino desde la acumulación de documentos, referencias, episodios, disposiciones jurídicas y momentos históricos que el autor articula como un largo expediente del coloniaje puertorriqueño. Ya desde su título, la obra anuncia su tesis central: Puerto Rico vive una experiencia colonial que, lejos de haber sido superada, ha conocido mutaciones, disfraces, reformulaciones y recaídas. Esa insistencia del fenómeno colonial es la que el autor nombra repetición.
El texto cobra un espesor particular cuando se lee a la luz de una tradición intelectual caribeña más amplia. El título de Quiñones Calderón inevitablemente trae a la memoria el célebre planteamiento de Antonio Benítez Rojo en La isla que se repite, donde el Caribe fue pensado como una máquina de recurrencias, ritmos, fracturas, flujos y reconfiguraciones, en diálogo con los lenguajes del caos y el orden tan visibles en la teoría cultural de los años ochenta. Allí la repetición no significaba calco mecánico, sino una dinámica histórica y cultural de variaciones incesantes.
Y frente a esa mirada, la objeción formulada por el estudioso del Caribe, Humberto García Muñiz en La plantación que no se repite: historias azucareras de la República Dominicana y Puerto Rico, 1870-1930, introducía una advertencia necesaria: no toda reiteración es identidad, no toda analogía autoriza a borrar las diferencias concretas de los procesos históricos. Leer el libro de Quiñones Calderón desde esa tensión resulta particularmente fecundo, porque su propuesta parece moverse entre ambas orillas. Por un lado, insiste en que la colonia “se repite”; por otro, al documentar sus distintas fases, demuestra que esa repetición no ocurre nunca de manera idéntica, sino bajo nuevas formas legales, nuevos vocabularios de dominación y nuevos mecanismos de subordinación.
Ahí reside una de las claves del valor del libro. Quiñones Calderón no plantea la repetición como simple circularidad fatalista, sino como la persistencia estructural de un problema no resuelto. La repetición, en su obra, no es metáfora vacía: es expediente histórico. La Nota del Editor lo deja meridianamente claro al afirmar que: “Puerto Rico ha pasado por varias reiteraciones de su condición colonial, desde la dominación española hasta la estadounidense, incluyendo la Ley Foraker, los Casos Insulares, la Ley Jones, la farsa de 1952 y, más recientemente, PROMESA y la Junta de Supervisión Fiscal”. Esa periodización es, en realidad, el esqueleto argumental del libro.
Uno de los mayores aciertos del volumen consiste en su voluntad de demostrar que el coloniaje puertorriqueño no debe leerse como una abstracción ideológica, sino como una experiencia documentable. Por eso el autor recurre a legislación, decisiones judiciales, discursos políticos, episodios de represión, intentos fallidos de reforma y reclamos descolonizadores para sostener su argumento. En esa lógica, el libro insiste en que el 1952, lejos de representar una superación de la subordinación colonial, fue otra de sus mutaciones. El texto subraya el carácter fraudulento de la promesa estadolibrista y encuentra en decisiones posteriores (como Puerto Rico v. Sánchez Valle) una confirmación jurídica de que el poder último continúa residiendo en el Congreso de Estados Unidos.
Ese énfasis documental fortalece la obra, pero también la sitúa dentro de una vieja tradición historiográfica puertorriqueña que ha entendido la historia como instrumento de esclarecimiento cívico. En ese sentido, en Puerto Rico: la colonia que se repite la historia comparece, en efecto, como maestra de vida. No se examina el pasado por deleite erudito ni por el mero gusto del inventario, sino para revelar el hilo de continuidad de una relación de poder que todavía organiza el presente.
Y es que el autor no esconde esa intención. Al contrario: la obra quiere persuadir, denunciar, desmontar ficciones jurídicas y desarmar la retórica de quienes por décadas presentaron al Estado Libre Asociado como superación del coloniaje. El libro no finge neutralidad; asume una posición. Pero esa toma de postura se apoya en un aparato de fuentes amplio y explícito, que incluye desde Salvador Brau, Lidio Cruz Monclova, Antonio S. Pedreira y Bolívar Pagán, hasta Vicente Géigel Polanco, José Trías Monge, Rafael Cox Alomar y Nieve de los Ángeles Vázquez, entre muchos otros.
Otro aspecto que merece destacarse es la decisión formal de organizar buena parte del relato mediante el periódico imaginario El Epístolo, con titulares y notas editoriales. Esa estrategia narrativa le confiere al libro agilidad expositiva, dramatismo y una vocación de lectura pública. No estamos ante una monografía fría ni ante un tratado jurídico cerrado sobre sí mismo. Hay aquí una voluntad de traducir la larga duración del coloniaje a una secuencia inteligible para el lector común, casi como si el país pudiera releer su tragedia histórica a través de la prensa de los siglos.
Esa operación es interesante porque convierte la cronología en relato, y el relato en pedagogía política. El autor mismo explica que utiliza ese formato para plasmar el desarrollo cronológico de la historia colonial de Puerto Rico desde la “conquista” de 1508, pasando por 1898 y desembocando en el “embaucamiento” de 1952.
Desde luego, una lectura crítica también debe señalar que el libro no se mueve en el registro de la especulación teórica sofisticada al modo de Benítez Rojo, ni en el de la microhistoria o la historia cultural contemporánea. Su apuesta es otra: construir una narrativa de denuncia sostenida por hechos y documentos. Precisamente por eso, la comparación con Benítez Rojo y con García Muñiz no debe conducir a reprocharle al autor lo que no pretende hacer, sino a iluminar mejor su lugar.
Si Antonio Benítez Rojo pensó la repetición como principio de inteligibilidad caribeña, y Humberto García Muñiz alertó sobre el riesgo de convertir la repetición en dogma ahistórico, Quiñones Calderón utiliza esa intuición de la repetición para una intervención concreta sobre el caso puertorriqueño: demostrar que la colonia no ha cesado, sino que ha sabido renovarse. En ese sentido, su libro es menos una teoría de la repetición que una acusación histórica contra la continuidad del dominio colonial.
La obra adquiere además una resonancia particular en el presente porque enlaza la larga duración del coloniaje con eventos recientes como PROMESA, la Junta y la reafirmación judicial de la subordinación territorial. Ahí el libro deja de ser solamente un recuento retrospectivo y se convierte en un texto de urgencia pública. La historia, para Quiñones Calderón, no es cementerio de fechas: es un tribunal de la conciencia nacional. De ahí que el tono del libro, por momentos indignado y combativo, no deba entenderse como un exceso retórico, sino como parte de su ética de escritura. Está escrito desde la convicción de que la documentación del coloniaje también es una forma de resistencia.
En suma, Puerto Rico: la colonia que se repite es una obra de combate intelectual, pero también un archivo narrado del problema colonial puertorriqueño. Su mayor fortaleza está en mostrar que la subordinación de Puerto Rico no pertenece únicamente al pasado, sino que persiste bajo nuevas modalidades políticas y jurídicas.
Leído a contraluz de Antonio Benítez Rojo y de Humberto García Muñiz, el libro gana todavía más relieve: la colonia se repite, sí, pero no como copia inmóvil, sino como estructura que se transforma para sobrevivir. Y precisamente porque no se repite de forma idéntica, necesita ser estudiada con atención en cada una de sus metamorfosis. Esa es la lección mayor de esta obra. Su mérito consiste en recordarnos que, mientras el colonialismo siga mudando de traje sin desaparecer, la historia tendrá que seguir compareciendo como maestra de vida, como expediente de denuncia y como memoria alerta de un país que todavía busca salir del círculo de su subordinación.



Lo que quiere la mayoria.
Muy interesante artículo. Me encanta como se describe que la colonización se a repetido aunque de forma evolucionada, lo cual la disfraza haciendo que se vea o sienta menos cruel.