El 28 de mayo de 1897 fue recordado por Puerto Rico Ilustrado, en su edición del 26 de mayo de 1917, como una fecha memorable para la capital de Puerto Rico. Ese día comenzó una de las escenas más simbólicas de la transformación urbana de San Juan: el derribo de las históricas murallas del Este, en el sector donde estuvo la Puerta de Santiago.
La reseña publicada por la revista explica que el 17 de mayo ya se había dado el primer barreno. Desde ese momento, surgió una idea que convirtió el derribo en un evento social y cívico. Según Puerto Rico Ilustrado, fue don Vicente Guillot quien propuso formar brigadas de “obreros de honor”. La revista lo narró con el lenguaje entusiasta de la época: “Caballeros de la buena Sociedad de San Juan se prestaron gustosísimos a llevar adelante tan original fiesta; a vestir, siquiera fuera por breves momentos, la honrosa blusa del obrero”.
La participación fue amplia. Según la reseña, más de 200 “obreros de honor” participaron y se organizaron 19 brigadas para los trabajos de demolición. El acto no se presentó como una simple obra de construcción, sino como una ceremonia pública en la que la ciudad se reunió para ver la caída de una parte de su antiguo recinto defensivo.
Uno de los detalles más llamativos fue la presencia de las aguadoras, representadas por damas de la alta sociedad sanjuanera. Puerto Rico Ilustrado lo describió como “la nota más simpática del festival” y añadió: “Consecuencia de la formación de esas brigadas fue la nota más simpática del festival: las aguadoras, representadas por las damas de la alta sociedad. La directora de la primera brigada fue Pura Marín y de León, hija del Gobernador general de la isla, don Sabas Marín”.
La escena, según la reseña, tuvo un carácter casi teatral. Desde la Plaza Alfonso XII -hoy Plaza de Armas-, los obreros de honor iban al patio de la Casa Ayuntamiento para recoger las herramientas. Luego regresaban a la plaza, se formaban en filas de cuatro, organizados por brigadas y con su capataz, y se dirigían a la plazuela de Colón. Mientras tanto, los balcones y azoteas de la calle San Francisco estaban llenos de personas que esperaban ver pasar a los obreros y a las aguadoras.

Según la reseña de la época, ese día fue una verdadera fiesta urbana. Hubo organización, entusiasmo y participación de sectores influyentes de la sociedad sanjuanera. La ciudad celebraba la oportunidad de abrirse a nuevos espacios y dejar atrás los límites físicos que durante siglos habían marcado su vida cotidiana.
Sin embargo, vista desde el presente, esa celebración también deja una sensación de pérdida. Después de todo, el Viejo San Juan sigue siendo conocido como la Ciudad Amurallada, precisamente por el sistema defensivo que definió su silueta, su carácter y su memoria histórica. Las murallas no eran solo piedras antiguas que impedían el crecimiento urbano; eran parte esencial del paisaje y de la identidad de San Juan.
El derribo marcó el inicio de una nueva etapa para la capital, pero también eliminó una parte importante de su historia material. Aquellas brigadas, las herramientas, los balcones llenos y las aguadoras de la alta sociedad forman una imagen poderosa: una ciudad celebrando la pérdida de una parte de sí misma.
Más de un siglo después, el episodio del 28 de mayo de 1897 puede entenderse de dos formas. Para quienes lo vivieron, fue una fiesta de progreso y apertura. Para la memoria patrimonial actual, también es una advertencia sobre lo frágil que puede ser la historia cuando se ve como un obstáculo. San Juan creció más allá de sus murallas, pero el precio fue perder parte del símbolo que aún le da su nombre: la Ciudad Amurallada.
Imagen tomada de la revista Puerto Rico Ilustrado, disponible en la Colección Puertorriqueña en Issuu. Digitalización de micropelícula realizada mediante colaboración con el Archivo Digital Nacional de Puerto Rico (ADNPR).


