Por: Carlos J. Vélez Mercado
Es altamente aceptado que la imprenta llega a Puerto Rico en 1806. Con la imprenta, comienza la publicación esporádica y continua de periódicos, folletos y, por supuesto, libros. Se considera que el primer libro impreso en la isla fue Ocios de la Juventud, un poemario del español Juan Rodríguez Calderón (primer director de la Imprenta de la Capitanía General de Puerto Rico, en donde se imprime su obra). Como otros autores han recalcado, solo se conoce una sola copia de dicho libro, custodiado por la Hispanic Society of America en Nueva York. En él, además de encontrarse un sello de la propietaria del libro y unas notas sobre cómo y cuándo lo adquiere, encontramos la siguiente nota: “El segundo libro impreso en Puerto Rico. Muy raro”. Esta nos indica que es muy probable que se imprimió un libro anterior al poemario de Rodríguez Calderón.
En su libro De la pluma a la imprenta: La cultura impresa en Puerto Rico (1806-1906), la Dra. Lizette Cabrera Salcedo divide en tres etapas la historia de la imprenta en la isla: la llegada, la apertura a imprentas privadas y la liberalización de esta. En el primer periodo, con la llegada de la imprenta, observamos el control del gobierno sobre lo que se iba a imprimir en el país. Dice la Dra. Cabrera que:
«La introducción de la imprenta y el Tribunal de Imprenta vinieron juntos. La censura, previamente establecida, estuvo vigente, con mayores o menores restricciones, durante todo el siglo XIX […]. En primer lugar, para importar una imprenta era necesaria una licencia, y en segundo lugar también se requería tener permiso para publicar los impresos”.
No es sorpresa entonces ver una escasa producción de publicaciones, como son los libros, durante esta época. Solo tenemos constancia de alrededor de 100 libros publicados durante este tiempo y la gran mayoría por la mencionada empresa tipográfica. Son publicaciones de índole oficial e informativa, aunque también existen algunos de temas religiosos y literarios.
Por ejemplo, en 1807 se imprime la Novena del Glorioso Precursor de Christo San Juan Bautista por un devoto al santo patrón de la isla de Puerto Rico en la Imprenta de la Capitanía General. Así mismo, en 1833 se publica lo que se considera la primera obra literaria escrita por un puertorriqueño: Tragedia. Mucén o el triunfo del patriotismo, por Celedonio Luis Nebot. Además, durante ese año se terminan de imprimir los últimos dos volúmenes de las Memorias geográficas, históricas, económicas y estadísticas de la isla de Puerto Rico, escritas por Pedro Tomás de Córdoba, secretario de los gobernantes de la isla.

A pesar de la censura y el control del gobierno, durante el periodo constitucional de 1820 a 1823 (conocido como el Trienio Liberal) existió una apertura a imprentas privadas. Es así como en San Juan nace la Imprenta Fraternidad de Julián Blanco (abuelo del periodista y político Julián Blanco) que, además de publicar el Diario Liberal y de Variedades, publicó alrededor de 5 libros. Sin embargo, la caída de este periodo constitucional daría fin a la imprenta de Blanco y a cualquier otra aspiración de establecer una casa impresora privada. No sería hasta la década de 1830 que tendremos noticias de una nueva imprenta en Puerto Rico.
El segundo periodo de la imprenta comienza en 1839, con la primera publicación del Boletín Instructivo y Mercantil de Puerto Rico, en la imprenta o tipografía de Santiago Dalmau. Sin embargo, se ha podido constatar de la existencia de un libro publicado por esta empresa, con el permiso del gobierno, en 1838 titulado Odas de Anacreon, los Amores de Leandro y Hero, Traducido del Griego; y el Beso de Abibina, siendo traducido al español por Graciliano Afonso. Esto pondría a un año antes la creación de la imprenta de Dalmau.
Además, antes de establecerse su imprenta, Dalmau contaba con una Librería y Gabinete de Lectura en la calle Fortaleza, según un anuncio en la Gaceta de Puerto Rico en 1837. La unión de oficios en el mundo libresco no resulta extraña si consideramos que durante gran parte de la historia estos talleres se encargaron de imprimir, encuadernar, vender y distribuir gran parte de los libros editados. Puerto Rico no fue la excepción.

Volviendo a la historia de la imprenta, vemos en esta segunda etapa una proliferación lenta, pero constante, de imprentas particulares en Puerto Rico. Con ella, una ampliación de la posibilidad de publicar y editar libros. Sin embargo, no veremos un aumento en la producción de libros en el país hasta la década de 1850. Para entonces, comienzan a surgir imprentas en diferentes pueblos, como Mayagüez (Imprenta de Márquez e Imprenta de Basora) y Ponce (Imprenta Fénix). Por ejemplo, en la Imprenta de Márquez se publica en 1854 la Biblioteca Histórica de Puerto-Rico, que contiene varios documentos de los siglos XV, XVI, XVII y XVIII, recopilada y anotada por Alejandro Tapia y Rivera.
La censura continúa en este momento, pero aun así se editan varias obras literarias y científicas; predominando las de índole oficial, informativo y religioso. Un caso de evasión de censura en este tiempo lo es la tercera edición del libro Historia geográfica, civil y natural de la Isla de San Juan Baustista de Puerto-Rico por Fray Iñigo-Abad y Lasierra, publicada y anotada por José Julián Acosta en 1866. Utilizando notas al calce sobre el texto de Abad y Lasierra (editado originalmente en 1788), Acosta pudo comentar sus ideas sobre el atraso del gobierno español en la isla y proponer su propia historia de Puerto Rico.

Luego de los eventos del Grito de Lares en Puerto Rico y la Revolución Gloriosa en España, se autoriza en la isla la formación de partidos políticos. Con ello, se ve una proliferación de imprentas que publican periódicos relacionados con sus tendencias políticas, dando así comienzo a la tercera etapa en la historia de la imprenta en la isla. Además, como menciona la Dra. Cabrera Salcedo, se ve “una mayor preocupación por incorporar mejoras tecnológicas y artísticas en el material impreso”.
Es aquí donde se incorporan nuevas máquinas y herramientas tipográficas para mejorar la calidad de las publicaciones. Por ejemplo, en 1882, durante la Feria-Exposición de Ponce, se presentaron varias empresas tipográficas, entre ellas, la imprenta de José Julián Acosta. Según José Ramón Abad, los trabajos de esta empresa fueron admirados por su “habilidad en la composición y en la tirada”; además, se dice que presentaron “un cuadro a tres tintas”. Esto nos demuestra un interés en colocar color y mejorar la presentación de sus productos.
Durante este período ocurre un crecimiento casi exponencial en la creación de libros, en especial si comparamos las últimas tres décadas del siglo. Vemos que entre 1870 y 1879 se publican alrededor de 178 libros; entre 1880 y 1889 un aproximado de 421; y en la última década del siglo XIX, se imprimieron unos 500 libros. La proliferación de imprentas en la isla, las mejoras tecnológicas en los talleres tipográficos, la flexibilidad en las leyes de censura y un alza en la población letrada (creación de escuelas, instituciones culturales, librerías y gabinetes de lecturas) pueden explicar este aumento significativo en la cultura impresa. Se observa también una diversidad de temas tratados en los textos, especialmente en libros didácticos como los ensayos y escritos científicos, así como los géneros narrativos, líricos y dramáticos.
Hay que tener en cuenta que, por gran parte de la historia de la imprenta en Puerto Rico, los talleres tipográficos se dedicaban a la impresión de periódicos y era, por cuenta propia del escritor, que sus textos se convertirían en libros para difundir. Sin embargo, es a finales del siglo XIX donde podemos constatar el interés de publicar periódicos y libros conjuntamente como parte de los haberes de una empresa tipográfica.
Un buen ejemplo de ellos es El Buscapié, fundado por Manuel Fernández Juncos en 1877. Este periódico, de carácter informativo y literario, comenzaría en 1882 a publicar libros dentro de una serie llamada Biblioteca de “El Buscapié”. Más tarde comenzarán a publicar, dentro del mismo periódico, páginas de sus próximos libros a imprimir por separado. Esta iniciativa se verá más adelante replicada en publicaciones periódicas a principios del siglo XX, donde las empresas periodísticas ofrecerán a sus lectores libros junto a sus revistas o periódicos. Pendientes a la continuación…

Sobre el autor…
Carlos J. Vélez Mercado es estudiante de maestría en el programa de historia en la Universidad Interamericana de Puerto Rico, Recinto Metropolitano. Además, trabaja en el archivo de la Fundación Luis Muñoz Marín, junto al Dr. Julio Quirós. Este trabajo forma parte de un proyecto investigativo en curso de Vélez Mercado sobre la historia de las empresas editoriales en Puerto Rico. Si el lector tiene información, se puede comunicar al siguiente correo electrónico: [email protected].
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