Saltar al contenido principal
San Juan79°🌤️ Mayormente despejado
HIMNO DE PUERTO RICOHIMNO DE P.R.
PublicidadPublicidad: Anuncio OFIC Medalla Horizontal half pages
Historia

Opinión: Leopoldo II y las vidas que la memoria colonial decidió olvidar

Por 7 min lectura
Leopoldo II

En un breve vídeo difundido en las redes sociales por Quinndy Akeju -investigadora, comunicadora, enfermera y activista antirracista y afrofeminista española de ascendencia nigeriana, además de cofundadora de Afrocolectiva, medio dedicado al antirracismo, el afrofeminismo, el panafricanismo y la revisión crítica de la historia colonial- comienza con un ejercicio aparentemente sencillo: mostrar dos fotografías y pedir al público que identifique a sus protagonistas. La mayoría reconoce de inmediato a Adolf Hitler. Muchos, sin embargo, no saben quién es el hombre de barba con canas que aparece en la segunda imagen. Leopoldo II, rey de Bélgica y propietario personal, entre 1885 y 1908, del llamado Estado Libre del Congo, territorio convertido en escenario de explotación, terror y muerte bajo el dominio colonial europeo.

La pregunta que plantea el vídeo también interpela directamente a Puerto Rico. La violencia sufrida por los pueblos africanos no pertenece a una historia distante ni ajena a nosotros. Durante siglos, miles de africanos fueron arrancados de sus comunidades. Atravesaron el Atlántico encadenados y llegaron a nuestro archipiélago reducidos por la esclavitud a mercancía y fuerza de trabajo. Sobre sus cuerpos se levantaron haciendas, ingenios y fortunas. También, desde su resistencia, su espiritualidad, su música, sus saberes y su memoria, contribuyeron decisivamente a construir la sociedad puertorriqueña.

Esa herencia africana continúa recorriendo nuestras venas, por más blancos que algunos podamos parecer o queramos imaginarnos. Está presente en nuestros rostros, en el lenguaje, en la música y en la comida. Además, en la religiosidad popular, en los ritmos del cuerpo y en muchas de las expresiones más profundas de nuestra cultura. Por eso todavía resuena, como una interpelación contra el blanqueamiento y el olvido, la pregunta inmortal de Fortunato Vizcarrondo en su poema “¿Y tú agüela, aónde está?”. No se trata solamente de buscar a una abuela escondida en la genealogía familiar. Se trata de reconocer a África como una de las raíces fundamentales de la puertorriqueñidad y de confrontar una historia que, durante demasiado tiempo, intentó ocultar tanto el sufrimiento de los afrodescendientes como la grandeza de su legado.

El vídeo plantea entonces una pregunta incómoda: ¿por qué Hitler ocupa un lugar central en la memoria histórica occidental mientras Leopoldo II permanece casi ausente de los cursos escolares y de la conciencia pública? La respuesta no debe buscarse en una competencia entre atrocidades ni en una contabilidad destinada a determinar quién fue “el peor” tirano de la historia. Se encuentra, más bien, en la manera desigual en que el mundo occidental ha decidido recordar a sus muertos.

Representación creada en IA, por Diego Hernández Medina

Conviene precisar un aspecto del vídeo. Los seis millones atribuidos al nazismo corresponden específicamente a los judíos asesinados durante el Holocausto. A ellos deben añadirse millones de personas pertenecientes a otros grupos perseguidos y exterminados por el régimen nazi y sus colaboradores. Del mismo modo, la cifra de quince millones de congoleños muertos bajo Leopoldo II, aunque circula ampliamente, no puede presentarse como un cálculo demográfico definitivo. La ausencia de censos confiables impide establecer un número exacto. Las investigaciones hablan de cientos de miles o varios millones de víctimas. Además de una pérdida demográfica que algunas estimaciones han situado en torno a los diez millones.

Esta precisión no disminuye la magnitud del crimen. Durante el dominio personal de Leopoldo II, el Congo fue transformado en una inmensa empresa de extracción de caucho y marfil. El trabajo forzado, la toma de rehenes, las expediciones punitivas, la destrucción de aldeas, las mutilaciones, el hambre, los desplazamientos y las enfermedades provocaron una catástrofe humana de dimensiones genocidas. La discusión académica sobre si corresponde aplicar estrictamente el concepto jurídico de genocidio continúa abierta, pero no existe duda sobre el carácter sistemático y devastador de aquel régimen colonial.

Lo verdaderamente perturbador, por tanto, no es decidir si Leopoldo II fue más criminal que Hitler. La pregunta histórica es otra: ¿por qué unas víctimas se convierten en símbolos universales del sufrimiento humano mientras otras son relegadas a los márgenes de la memoria?

Aimé Césaire ofreció una respuesta estremecedora en su Discurso sobre el colonialismo. Para el pensador martiniqués, Europa no se escandalizó ante el nazismo únicamente por la violencia de sus crímenes, sino porque las prácticas de sometimiento, racismo, tortura y exterminio empleadas durante siglos contra los pueblos de África, Asia y Abya Yala fueron aplicadas finalmente contra seres humanos blancos y europeos. El nazismo no surgió fuera de la civilización colonial: llevó hasta el corazón de Europa una barbarie que las potencias imperiales habían normalizado en sus colonias.

Desde la perspectiva de Frantz Fanon, el colonialismo no se limita a ocupar un territorio. Divide el mundo en compartimentos y distribuye desigualmente la condición humana. De un lado coloca al colonizador, presentado como civilizado, racional y merecedor de derechos. Del otro, al colonizado, reducido a fuerza de trabajo, cuerpo explotable y presencia prescindible. Antes de someterlo físicamente, el sistema colonial necesita despojarlo simbólicamente de su humanidad.

Albert Memmi explicó que el privilegio colonial requiere fabricar un retrato degradado del colonizado. Se le describe como atrasado, perezoso, incapaz o violento para que su explotación pueda presentarse como necesaria e incluso beneficiosa. El colonizador necesita creer en la inferioridad de su víctima. Esto porque, de lo contrario, tendría que reconocer que su riqueza descansa sobre el despojo, la violencia y la muerte.

Edward Said completó esta crítica al demostrar que los imperios no solamente conquistan tierras: también producen representaciones. Construyen imágenes de los pueblos dominados, hablan en su nombre y los convierten en objetos de conocimiento. África fue presentada durante siglos como un continente sin historia, habitado por pueblos supuestamente primitivos que necesitaban ser civilizados. Esa representación permitió que la destrucción de millones de vidas apareciera como un efecto secundario del progreso europeo y no como uno de los grandes crímenes de la modernidad.

Leopoldo II pudo presentarse durante mucho tiempo como el “rey constructor” de Bélgica. Esto porque parte de la riqueza extraída del Congo fue transformada en avenidas, palacios, parques, estaciones y monumentos. La arquitectura monumental ayudó a borrar los cuerpos africanos que financiaron su construcción. Incluso el actual Museo Real de África Central reconoce que Leopoldo concibió aquella institución como un instrumento de propaganda destinado a atraer inversionistas y obtener apoyo para su empresa colonial.

Por eso Leopoldo II permanece en una zona secundaria de la memoria occidental. Y que reconocer plenamente sus crímenes obligaría a admitir que la violencia colonial no fue una anomalía ni una sucesión de excesos individuales. Fue parte constitutiva de un sistema que convirtió territorios, culturas y seres humanos en recursos disponibles para el enriquecimiento europeo.

Así que tener presente el Congo no significa disminuir la singularidad histórica del Holocausto ni enfrentar a unas víctimas con otras. Lo que significa es rechazar la existencia de muertos de primera y segunda categoría. Desde esta perspectiva, comprender que el racismo también organiza la memoria: determina qué tragedias se enseñan, cuáles se conmemoran y cuáles son reducidas a una nota al margen.

El vídeo de Quinndy Akeju tiene el mérito de abrir esa conversación. Sin embargo, su fuerza no depende de establecer que Leopoldo II asesinó más personas que Hitler. Su verdadero valor consiste en obligarnos a mirar el silencio que rodea a las víctimas coloniales.

La historia no necesita una competencia entre verdugos, sino una memoria suficientemente humana para reconocer que ninguna vida vale menos por haber nacido en África, Asia, Abya Yala o el Caribe. Más allá de las razas inventadas por el imaginario colonial -blancos, negros, amarillos y otras clasificaciones concebidas como si los seres humanos fueran animales de carga que debían ser marcados, ordenados y distribuidos-, permanece una humanidad común que ningún imperio ha podido destruir.

Y es que desde esas categorías artificiales se pretendió justificar la degradación de unos pueblos, la ocupación de sus territorios y la imposición de una voluntad que se proclamaba civilizadora mientras practicaba la más profunda incivilización. En la memoria de ese pasado reside también una posibilidad de reparación y esperanza: al devolverles nombre, rostro y dignidad a quienes fueron condenados al silencio, la historia no solo denuncia la injusticia, sino que abre el camino hacia la redención del porvenir.

Mientras los muertos del colonialismo permanezcan invisibles, la descolonización de la historia continuará siendo una tarea inconclusa. Pero cada vida rescatada del olvido será una grieta de luz en los muros del racismo. Además un paso hacia un mundo en el que la humanidad ya no tenga que ser clasificada para ser reconocida.

La construcción de una sociedad verdaderamente humana no puede descansar en un orden jerárquico ni vertical, sino en relaciones horizontales capaces de superar el darwinismo social y toda clasificación racial. Pues una mayor o menor cantidad de melanina jamás debe determinar el valor, los derechos o el destino de una persona. En esa aspiración reside la utopía de fraternidad concebida por John Lennon en su canción: Imagine: “Imagine all the people living life in peace”. Un mundo en el que la paz nazca del reconocimiento de nuestra humanidad común y no de las divisiones artificiales creadas para dominarnos.

Apoye nuestra labor

Ayúdenos a seguir contando nuestra cultura

Si quiere ayudar a que continuemos apoyando la cultura puertorriqueña, puede hacerlo aquí.

Donar con PayPal Pago seguro en PayPal. También acepta tarjeta.
Dr. Carlos I. Hernández Hernández

Deja un comentario

Descubre más desde Periódico El Adoquín

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo