Hay libros que se escriben desde una biblioteca y otros que parecen haber sido escritos después de caminar durante años por un territorio. Memorias de la costa (Casa Paoli, Centro de Investigaciones Folklóricas de Puerto Rico) de Manuel Valdés Pizzini, pertenece indudablemente a esta segunda estirpe. Y es que sus páginas tienen archivo, bibliografía, teoría, documentos, mapas, etnografía y discusión académica; pero también tienen salitre, manglar, madera de yola, redes remendadas, conversaciones a la orilla del mar y esa particular sabiduría de quienes han aprendido a interpretar el mundo mirando el color del agua, la dirección del viento y el comportamiento de los peces.
Estamos ante un libro de indiscutible carácter académico, pero sería injusto encerrarlo exclusivamente dentro de esa categoría. Memorias de la costa reúne trabajos que tuvieron vidas anteriores: algunos permanecían inéditos y muchos otros habían aparecido en espacios de divulgación académica e intelectual como 80grados y Patrimonio, así como en publicaciones vinculadas directamente al mundo costero y pesquero, entre ellas Fuete y verguilla y Marejada, además de la página Antropikos. El propio autor explica que todos ellos forman parte de un proyecto de décadas dirigido a rescatar y hacer visible la historia social y cultural del litoral puertorriqueño.
Precisamente por ello, el volumen debe leerse como algo más que una recopilación de ensayos. Hay una arquitectura intelectual que los enlaza. Antropología, historia, literatura, ecología, conservación, oceanografía, geografía, cartografía y estudios de las pesquerías comparecen en sus páginas sin pedir permiso a las fronteras disciplinarias. Valdés Pizzini reconoce esa vocación cuando define su trabajo como etnográfico e historiográfico y explica que sus ensayos dialogan simultáneamente con la historia, la antropología, la literatura, la conservación costera, la ciencia pesquera y, de manera fundamental, con la gente de la costa.
Desde esta perspectiva, podríamos decir que Manolo -como le conocemos quienes hemos compartido con él los espacios universitarios y académicos- construye una particular arqueología del saber costero. La expresión remite inevitablemente a Michel Foucault y a su Arqueología del saber, aunque no pretendo afirmar con ello que Valdés Pizzini adopte literalmente el método foucaultiano. La relación funciona mejor como metáfora intelectual. Foucault propuso mirar las condiciones que hacen posible aquello que una sociedad dice, acumula, organiza y transforma como conocimiento y Manolo, lo hace desde otras coordenadas, excava igualmente estratos: documentos oficiales, testimonios, mapas, archivos, fotografías, paisajes, palabras olvidadas y saberes comunitarios. No busca debajo de la tierra los fragmentos de una vasija; busca debajo de los grandes relatos históricos los restos de unas vidas que durante demasiado tiempo permanecieron fuera del campo de visión.

El propio autor lo expresa con admirable claridad cuando confiesa su necesidad de “reconstruir el litoral desde los minúsculos fragmentos de la vida social” que tiene a su alcance. Para ello ha acumulado durante décadas un archivo heterogéneo compuesto por notas de campo, croquis, cartas náuticas, mapas, fotografías, periódicos, censos, documentos, dibujos, literatura, trabajos arqueológicos y materiales producidos por las propias comunidades. Esa acumulación de fragmentos explica uno de los conceptos centrales del volumen: la imaginación antropológica, entendida no como licencia para inventar el pasado, sino como un ejercicio cauteloso para pensar aquello que los documentos dejaron incompleto.
Y aquí radica, a mi juicio, una de las aportaciones más hermosas del libro. La historia deja de pertenecer exclusivamente al documento escrito y comienza a escuchar aquello que sabe la gente.
Porque el conocimiento científico de Memorias de la costa está atravesado por otra corriente más antigua. Es la savia –y la sabiduría– de los pescadores.
Desde tiempos remotos, el pescador ha desbordado su estricta función económica para adquirir una profunda dimensión simbólica. En la tradición cristiana, varios de los primeros discípulos proceden precisamente del mundo de la pesca, hasta el punto de que el Evangelio convierte el oficio en metáfora espiritual mediante la imagen de los “pescadores de hombres”. Mucho más tarde, determinados imaginarios esotéricos asociados a la Nueva Era hablarían simbólicamente del tránsito de Piscis hacia Acuario. No estamos, naturalmente, ante una proposición científica, sino ante otra manifestación cultural de la extraordinaria persistencia del pez, el agua y el mar como símbolos mediante los cuales los seres humanos han intentado pensar su relación con el misterio, el tiempo y la existencia.
Pero los pescadores de Manolo no pertenecen al reino de la abstracción. Son seres humanos concretos. Padres, madres, hijos, hijas, hermanos, abuelos, carpinteros de ribera, trabajadores agrícolas, emigrantes, obreros y navegantes. Una de las virtudes fundamentales del libro consiste precisamente en desmontar la imagen romántica del pescador solitario que sale en su yola a enfrentarse heroicamente con el océano. En “Alabanza a las familias pescadoras”, Valdés Pizzini demuestra que la pesca constituye un universo familiar y comunitario en el que intervienen generaciones enteras.
Y ese universo posee su propia pedagogía.
Los niños aprenden mirando las manos de sus mayores, observando cómo se repara un arte de pesca, cómo se prepara una carnada, cómo se leva una nasa o cómo se interpreta la picada de un pez. Pero aprenden también a leer aquello que ninguna pizarra escolar puede contener: “los marullos, la calma, el cabrilleo, el sureste, el bayao, las tijerillas”; aprenden las corridas y movimientos de las especies, sus colores, sus tamaños, sus hábitos y sus lugares. Así se transmite de una generación a otra el conocimiento del mar, de la costa, de sus hábitats y de sus especies.
Eso también es conocimiento.
Quizá una de las mayores lecciones de Memorias de la costa sea precisamente obligarnos a preguntarnos quién tiene derecho a producir conocimiento. Durante demasiado tiempo, la academia convirtió determinados saberes comunitarios en anécdotas, supersticiones o simples curiosidades etnográficas. Manolo invierte el catalejo. El pescador deja de ser solamente “objeto” de investigación para transformarse en interlocutor, depositario de memoria y productor de conocimiento.
La literatura desempeña aquí una función decisiva. Uno de los momentos más sugestivos del libro se produce cuando Valdés Pizzini entra en conversación con Luis Palés Matos y su novela Litoral. Reseña de una vida inútil. No se limita a citarla como ornamento literario. La lee casi como una etnografía personal de la costa puertorriqueña y la coloca en diálogo con los trabajos antropológicos de Sidney W. Mintz. De esa comparación surge una intuición extraordinariamente fecunda: literatura y antropología pueden estar observando simultáneamente un mismo mundo y pueden conservar dimensiones distintas de una realidad histórica que ningún documento, por sí solo, sería capaz de reconstruir.
Hay un pasaje especialmente revelador. Valdés señala cómo Palés se apropia literariamente de las palabras de los pescadores para penetrar el fondo del mar. Aquellos hombres conocían pozas, escolleras, fondos, caños, especies y hábitats con una precisión nacida de la experiencia acumulada. Para transitar por ese “universo líquido”, escribe Manolo, había que conocer tanto las estrellas del mar como las estrellas del cielo. Pocas imágenes resumen mejor la propuesta intelectual de este libro: el pescador posee su propia cosmografía.
Pero Palés no es la única puerta que permite vincular literatura y litoral. En esa genealogía merece incorporarse otro escritor que desde el oeste puertorriqueño hizo del mar materia literaria: Néstor A. Rodríguez Escudero. Su El mar en la literatura puertorriqueña y otros ensayos y su posterior Cuentos de la tierra y cuentos del mar demuestran que existió una preocupación consciente por recuperar literariamente el universo marítimo puertorriqueño. Desde Aguadilla, Rodríguez Escudero comprendió que el mar podía ser personaje, misterio, memoria, leyenda y destino.
Su presencia obliga también a matizar una vieja paradoja cultural. Puerto Rico es una isla, pero buena parte de sus grandes narrativas identitarias se edificaron mirando hacia la tierra: el jíbaro, la montaña, la hacienda, la caña, el café, el tabaco y el mundo agrario ocuparon buena parte de nuestro imaginario histórico y literario. Eso no significa que la literatura puertorriqueña haya ignorado el océano; autores como Palés Matos y Rodríguez Escudero demuestran precisamente lo contrario. Significa que todavía queda mucho por hacer para colocar el mar y a quienes han vivido de él en el lugar que les corresponde dentro de nuestra interpretación de Puerto Rico. El propio Valdés Pizzini sostiene que son todavía escasos los trabajos dedicados a reconstruir ese mundo marítimo de quienes “le dieron la cara al mar”.
Por eso no puedo acercarme a Memorias de la costa sin que me acompañe otro Palés Matos, el poeta que escribió uno de los textos que más profundamente me han conmovido: “Este olor a brea me trae el puerto”.
Este olor a brea me trae el puerto…
¡Oh la mañana fresca de salitre,
y marinos trajines pescadores,
suave tintinear de carretillas…
el sol, como una copa de buen vino
volcándose en el mar…

Confieso aquí una razón profundamente personal. Es mi poema favorito de Palés porque esas palabras tienen olor. Huelen a brea, a salitre y a mar. Y al leerlas regreso inevitablemente a la Aguadilla de mi niñez. Al ruido del agua golpeando la costa, a las embarcaciones, a los pescadores, a las conversaciones del litoral, a esa mezcla de viento y sal que se queda adherida a la memoria mucho después de abandonar la playa. Regreso a Aguadilla, ese lugar del oeste donde, como nos gusta decir, hasta las piedras cantan, acaso porque llevan siglos escuchando el mar.
Ahí encuentro también una de las claves emocionales del libro de Manolo. La memoria no reside únicamente en los documentos. También reside en los olores. En los sonidos. En las palabras. En las manos. En la forma de amarrar un nudo. En el nombre que se le da a una corriente. En una embarcación que ya no existe. En la receta para preparar un pescado. En una anciana que recuerda cómo se remendaban las redes. En un viejo pescador capaz de saber, por el movimiento del cielo y el comportamiento del agua, si conviene o no salir esa madrugada.
La estructura del volumen confirma la amplitud de esa mirada. Las “Memorias iniciales” desembocan en unas “Memorias técnicas” vinculadas a la conservación. Continúan con las “Memorias inscritas sobre el paisaje costero”, donde aparecen el estuario, los humedales y el palimpsesto de la costa oeste. Terminando en “Memorias inéditas”, donde el autor aborda el tránsito caribeño. La Parguera, la condición atlántica de Puerto Rico y el diálogo entre oceanografía, antropología, historia y las pesquerías. El itinerario demuestra que la costa no es un objeto estático: es espacio económico, paisaje cultural, ecosistema, archivo, frontera, ruta migratoria, lugar de conflicto y territorio de la memoria.
Como toda compilación de textos producidos en épocas y para públicos distintos, el volumen contiene repeticiones y variaciones en el grado de formalidad académica. Lo interesante es que el propio autor no intenta ocultarlo. Reconoce que algunos ensayos fueron concebidos como exploraciones preliminares. Además de que expresa su esperanza de que futuras generaciones de investigadores los amplíen y sometan a mayor profundidad. También explica que ciertas repeticiones responden a que cada ensayo tuvo originalmente una existencia independiente y necesitaba explicarse por sí mismo.
Lejos de disminuir el libro, esa confesión permite comprender mejor su naturaleza. Memorias de la costa no pretende clausurar un campo de estudio. Pretende abrirlo. Es un libro que deja puertas entreabiertas, rutas marcadas sobre cartas náuticas y preguntas esperando nuevas embarcaciones intelectuales.
Y acaso allí reside su mayor grandeza.
Porque tras la erudición, los archivos, las referencias bibliográficas y la conversación interdisciplinaria hay algo que ninguna metodología puede sustituir: una profunda curiosidad por los seres humanos. Manolo no estudia la costa como una línea que separa tierra y agua. La estudia como un espacio vivido. En sus páginas aparecen mujeres, hombres, familias y comunidades cuyas vidas discurren entre el trabajo, la emigración, la pesca, el capital, la conservación ambiental, la pobreza, la solidaridad, el desplazamiento y la esperanza.
Después de recorrer sus páginas queda la impresión de que Manuel Valdés Pizzini no ha escrito solamente unas Memorias de la costa. Ha levantado un archivo contra el olvido y, acaso sin proponérselo, ha construido también una pequeña embarcación para que podamos regresar a un Puerto Rico que todavía respira entre los manglares, las yolas, los arrecifes y las voces de quienes aprendieron a conversar con la mar.
Y cuando cerramos el libro, algo se resiste a quedar encerrado entre sus tapas.
Quizá sea el salitre que se nos queda pegado a los dedos.
Puede que sea una yola que, al caer la tarde, continúa meciéndose entre las páginas.
Quizá sea la voz de un viejo pescador enseñándole a un muchacho que las estrellas no están solamente en el cielo, sino también reflejadas sobre el agua, esperando que alguien aprenda nuevamente a leerlas.
Puede ser aquella brea de Palés que vuelve a traernos el puerto. Mientras desde alguna playa perdida de nuestra memoria regresan el tintinear de las carretillas, los trajines pescadores y el rumor de una costa que se negaba a desaparecer.
O quizá sea la propia mar -como todavía la llaman quienes verdaderamente la conocen- que ha encontrado una rendija entre las páginas y se ha metido en el libro para quedarse allí, respirando. Porque hay libros que uno termina de leer y coloca nuevamente en el anaquel. Pero hay otros, como este, que después de la última página siguen haciendo marejada dentro de nosotros.
Por eso, Memorias de la costa no debe simplemente leerse: hay que embarcarse en él. Hay que dejar que Manolo nos lleve por esas aguas donde la historia conversa con la memoria. Donde la ciencia aprende a escuchar la sabiduría de los pescadores y donde cada nombre, cada relato y cada silencio rescatado del olvido vuelve a encender una pequeña luz sobre la costa.
Al final comprenderemos que una isla nunca termina en la orilla. Comienza allí, justo donde la tierra se entrega a la mar y la memoria aprende a navegar. Y acaso, cuando levantemos nuevamente la mirada después de leer este libro, descubramos que el mar que siempre estuvo frente a nosotros ya no es el mismo. Porque ahora lo veremos también con los ojos de los pescadores y las pescadoras. Siguiendo el vuelo de las aves, escuchando lo que anuncia el viento, reconociendo en las estrellas antiguas rutas y adivinando bajo la espuma los secretos que cada generación confió a la siguiente.
Entonces quizá comprendamos que Memorias de la costa no termina en su última página. Porque sus voces continúan embarcadas en nosotros, navegando entre la historia y la imaginación. Y cuando regresemos a la orilla, tal vez descubramos que la mar sigue siendo la misma. Quienes ya no seremos los mismos seremos nosotros. Porque habremos aprendido, aunque sea por un instante, a mirar Puerto Rico desde la proa de una yola despintada por el viento, desgastada por el salitre y marcada por incontables amaneceres, pero todavía prístina en el corazón de los pescadores y pescadoras que la han visto regresar una y otra vez cargada no solo de peces, sino también de historias, ausencias, sueños y memorias.
Desde esa pequeña embarcación comprenderemos que cada travesía deja una huella invisible sobre el agua. Mientras alguien recuerde cómo leer el cielo, escuchar el viento y nombrar la mar, ninguna costa estará verdaderamente perdida.



Absolutamente hermoso. No tengo palabras para agradecer esa reflexión tan profunda y poética. Es la lectura anhelada.
¿Cómo puedo adquirir el libro? En Norberto Glez. ya no lo tienen.
Emiliano H. Ruiz Plá
787-380-6505
[email protected]
Honrado con tus palabras. Este es un libro hermoso.