En Borinquen Bella, las conversaciones sobre los femicidios siguen un patrón predecible. Cuando una mujer es brutalmente asesinada, las noticias y las redes sociales se encienden de todo tipo de información sobre la víctima y cómo ocurrió su pesadilla. En muchos casos, nos enteramos de que el crimen fue cometido por su pareja o expareja.
Luego, vienen las entrevistas: con familiares, vecinos y compañeros del trabajo, también con la Policía de Puerto Rico. Después, las preguntas: ¿Hubo una orden de protección? ¿Estaba su familia al tanto de la situación? ¿Había niños involucrados? Todo esto mientras las autoridades buscan al sospechoso – ¡si es que el cobarde no se haya suicidado!
En este contexto, el miedo vuelve a inculcarnos. Una vez más, las féminas nos preguntamos: «¿Alguna vez estaremos completamente seguros en esta Isla del (Des)Encanto?» Mientras tanto, el luto y la indignación en nuestras comunidades se entrelazan con otra vigilia encendida, flores, banderas, otra protesta, otro hashtag. Pasan los días hasta que finalmente la historia de la víctima se desvanece de los titulares, dejando atrás el luto infinito de sus familiares y seres queridos.
Pero incluso en medio de la cobertura temporal de noticias, las diversas organizaciones feministas siguen exigiendo una acción proactiva sostenida de este gobierno colonial corrupto, lo que más grita para mí es el inmenso silencio -un silencio perpetuado en nuestra cultura machista. Es el silencio que dice «No avergüences a nuestra familia haciendo lo que estás viviendo público«. Es un silencio que nos dicta priorizar los egos delicados de los tales llamados “hombres”. Es ese silencio que nos enseñan desde la niñez que tener una “flor” entre nuestras piernas es como si fuera un crimen.
El silencio se extiende a las salas de los tribunales donde nuestras órdenes de protección son denegadas. Se manifiesta en una sociedad que minimiza el abuso emocional y psicológico como intrascendente. El silencio se convierte en otro estigma impuesto sobre nosotras porque el público puertorriqueño prefiere los chismes a la responsabilidad, porque prefiere ignorar que como mujeres vivimos en un estado de emergencia constante. Y porque en nuestra cultura, nuestros cuerpos existen con el único propósito del consumo masculino y para su entretenimiento.
Un ejemplo perfecto de esto son los concursos explotadores de belleza, como Miss Universo donde los cuerpos de las mujeres se exhiben como espectáculos de «perfección» bajo el pretexto del empoderamiento femenino y el avance profesional. ¡Eso es ridículo! En lugar de enseñarles a nuestros hijos -niños, niñas y no-binarios por igual- que nutrir sus cerebros y corazones es la prioridad, como cultura, estamos enviando un mensaje claro de que el valor que damos a las niñas y mujeres se basa en la apariencia física. Todo eso en sí es violencia.
Y para que lo tengamos bien claro, el problema va más allá de Miss Puerto Rico y Miss Universo. Nuestras fiestas patronales, con sus reinados de belleza, también son cómplices en el daño sociológico a nuestra juventud. Al alentarlos a jugar a disfrazarse, fingir princesas y toda esa hipersexualización de las niñas refuerza la ideología machista, recordándonos que el valor de una niña está principalmente ligado a su cuerpo y apariencia física en vez de enseñarles que su conducta, lo que llevan en su corazón, su intelecto y su carácter son las cosas más importantes del ser humano.
Hablo en contra de la violencia de pareja como alguien que lo conoce íntimamente. Lo viví desde niña con familiares y luego de adulta con una amiga quien le privó de la vida su ex-esposo (padre de sus cinco hijos) y luego él se quitó su propia vida. Cuando protesto contra la violencia de pareja -y cualquier violencia contra las mujeres- lo hago como sobreviviente de un comportamiento que se ha normalizado.
Este año, pasé casi cuatro meses en el sistema judicial de Puerto Rico defendiendo mi propio caso de orden de protección extendida según la Ley 54. Pude presenciar el sistema fracasado de muy cerca. Estoy cansada de tanta cobardía de estos supuestos hombres que intentan silenciarnos.
¡Y nada ni nadie me va a silenciar!



Desde la calle hasta los tribunales, las mujeres enfrentamos la violencia de una sociedad machista. La experiencia de Lola Rosario refleja la realidad cotidiana de muchas mujeres en este amado país. Mientras no exista una educación con perspectiva de género que dignifique el cuerpo y los procesos de las mujeres, no habrá paz: el machismo continuará acechándonos.