Hace unos días accedí a un reel de Facebook titulado Seducción y manipulación que ofrece una provocación filosófica que trasciende la brevedad de la plataforma y nos invita a mirar críticamente nuestra propia realidad contemporánea. Y es que su advertencia resulta particularmente pertinente para Puerto Rico: el poder no siempre se sostiene mediante la fuerza, la censura o la amenaza abierta. Con frecuencia se instala de manera más sutil, a través de la seducción, la distracción cuidadosamente administrada y la promesa de una satisfacción inmediata que aparta la mirada de los problemas colectivos.
El valor del reel reside, precisamente, en obligarnos a preguntarnos hasta qué punto hemos aprendido a aceptar como natural una realidad construida para mantenernos ocupados, entretenidos y conformes. Esa pregunta no debe llevarnos a condenar el placer ni la cultura popular, sino a distinguir entre el disfrute que enriquece la vida y la distracción que debilita nuestra capacidad de pensar, recordar y actuar como ciudadanos. Desde ahí, sus ideas sobre Friedrich Nietzsche, Aldous Huxley, George Orwell y yo añado a Jiddu Krishnamurti, adquieren una resonancia particular en el Puerto Rico de nuestro tiempo.
En el Puerto Rico de las primeras décadas del siglo XIX, bajo el gobierno de Miguel de la Torre —quien ocupó la gobernación entre 1822 y 1837—, se consolidó una fórmula de control político que la tradición resumió en las “Tres B”: baile, botella y baraja. En una colonia marcada por la censura, la vigilancia y el temor a las ideas liberales e independentistas que recorrían América, el entretenimiento podía funcionar como un recurso de desmovilización: mantener sectores de la población ocupados, entretenidos y emocionalmente seducidos, mientras se estrechaban los márgenes para discutir las preguntas de fondo sobre libertad política, derechos y destino colectivo.
También habría que preguntar qué está ocurriendo con la Universidad de Puerto Rico, institución que por más de un siglo ha abierto caminos de formación, investigación, movilidad social y servicio público. Su reducción presupuestaria, el deterioro de sus recintos, la precarización de su personal y la pérdida de estudiantes no son hechos aislados: responden a una visión que mide la educación únicamente con la vara de la rentabilidad y que mira con sospecha toda institución pública que no se someta a la lógica del mercado. Es, como advierte el profesor José R. Ferrer López, una educación “deficiente por diseño”: debilitada por decisiones políticas antes que por una incapacidad intrínseca. En esa política de austeridad se expresa el capitalismo salvaje y la aversión de sectores de la Junta de Supervisión Fiscal hacia lo público, hacia aquello que pertenece a todos y que, precisamente por ello, debe ser defendido.
No es una novedad. Los romanos lo expresaron con brutal claridad: panem et circenses, pan y circo. No se trataba solamente de alimentar al pueblo ni de ofrecerle diversión; se trataba de apartarlo de la deliberación pública, de impedir que mirara hacia quienes ejercían el poder y preguntara cómo, para quién y con qué consecuencias gobernaban. El pan calma la necesidad inmediata; el circo ocupa la atención. Juntos pueden producir una ciudadanía satisfecha por un instante, pero políticamente desarmada.
Aldous Huxley imaginó ese peligro en Un mundo feliz. Su distopía no dependía principalmente de cárceles, torturas o prohibiciones. Allí, las personas eran gobernadas por el placer administrado, por el consumo, por el entretenimiento continuo y por una felicidad superficial que evitaba toda incomodidad. No hacía falta censurar a quien ya no desea leer, pensar ni recordar. No hacía falta silenciar la verdad si esta queda enterrada bajo una avalancha de ruido.
George Orwell, en 1984, presentó el rostro opuesto —y complementario— del control: vigilancia, miedo, manipulación del lenguaje y destrucción de la memoria. En su mundo, el poder domina porque prohíbe pensar. En el de Huxley, domina porque hace que pensar parezca innecesario, aburrido o inconveniente. Orwell temía que nos ocultaran los libros; Huxley temía que nos los ofrecieran hasta que dejáramos de necesitarlos.
Friedrich Nietzsche habría reconocido en esta seducción permanente la consumación de aquello que llamó el “último hombre”: el ser humano que ya no desea trascender, comprender ni crecer, sino únicamente instalarse en la comodidad, la seguridad y un mundo predecible. Es alguien que no necesariamente odia la libertad; acaso la juzga innecesaria, incómoda, una pérdida de tiempo. La libertad exige leer, comparar, dudar, sostener una pregunta difícil y aceptar que el conocimiento puede incomodarnos.
La figura que Nietzsche imaginó como uno de los mayores peligros para la civilización ya no parece una caricatura distópica. Puede estar en una oficina, en un salón universitario o en la pantalla que llevamos en el bolsillo: es quien bosteza ante una idea compleja, quien prefiere un reel de quince segundos a un libro de trescientas páginas, quien escoge diariamente la anestesia antes que la incomodidad. No se trata de condenar las nuevas tecnologías ni de idealizar un pasado libresco que tampoco fue accesible a todos; se trata de comprender que, cada vez que renunciamos voluntariamente a pensar con profundidad a cambio de comodidad, entregamos una parcela de nuestra libertad.

Ahí radica la pregunta que Huxley dejó suspendida sobre nuestro tiempo: ¿qué sucede cuando ya no es necesario prohibir los libros, perseguir las ideas o encarcelar a los disidentes, porque una sociedad ha sido seducida hasta el punto de perder el deseo de leer, recordar y preguntar? En ese mundo, el control no llega únicamente desde la censura o el castigo; llega también desde el exceso de entretenimiento, la gratificación inmediata y la distracción incesante. El peligro no consiste solo en que alguien nos impida conocer la realidad, sino en que aprendamos a preferir una realidad más cómoda, más breve y menos exigente.
Puerto Rico parece vivir entre ambas advertencias. Hay presiones materiales muy reales, desigualdad, burocracias opacas y estructuras políticas que limitan nuestra capacidad de decidir; pero también hay una cultura de distracción que convierte el dolor colectivo en un tema pasajero, la indignación en espectáculo y la memoria en mercancía. Se nos invita a consumir el país, pero no siempre a comprenderlo. Se nos convoca a reaccionar, pero no a reflexionar.
Aquí adquiere fuerza el pensamiento de Jiddu Krishnamurti. Para él, gran parte de la mente humana vive condicionada: por la familia, la escuela, la religión, los medios, los partidos, los miedos y las lealtades heredadas. El condicionamiento no siempre se percibe como una cadena; con frecuencia se siente como costumbre, identidad o sentido común. Por eso su propuesta no era adherirse ciegamente a una nueva doctrina, sino aprender a observar: observar el miedo, la propaganda, el deseo de pertenecer, la facilidad con que repetimos una consigna y la rapidez con que rechazamos aquello que nos incomoda.
La observación, en este sentido, es un acto de libertad. Es preguntarnos por qué una noticia nos indigna durante un día y luego desaparece; por qué celebramos símbolos de grandeza mientras aceptamos la precariedad como destino; por qué exigimos transparencia a unos y justificamos la sombra de los nuestros. Es reconocer que un país no se libera únicamente cambiando de administración, sino también desmontando las formas de pensamiento que permiten que la seducción sustituya a la ciudadanía.
La tarea urgente no es renunciar a la alegría, al arte, al deporte ni a la cultura popular. Un pueblo no vive solo de denuncias, ni una sociedad despierta puede edificarse desde el desprecio por aquello que le da placer, descanso o belleza. El problema comienza cuando el entretenimiento se utiliza para reemplazar el juicio crítico; cuando el pan y el circo se convierten en política pública; cuando la seducción del poder logra que olvidemos que la democracia exige memoria, vigilancia y participación.

La alternativa tampoco puede ser imponer una nueva consigna, una ideología obligatoria o una nueva forma de obediencia. Ello solo sustituiría un condicionamiento por otro. La invitación, siguiendo a Jiddu Krishnamurti, es más exigente y, a la vez, más libre: observar. Y la propuesta no es otra que observar el movimiento de nuestro propio pensamiento; reconocer cómo nos condicionan el miedo, la costumbre, el consumo, las lealtades partidistas, los prejuicios heredados y las imágenes que recibimos cada día. No para condenarnos ni para sentirnos superiores a otros, sino para comprendernos.
Porque, al observar el propio condicionamiento, no solo se libera el individuo: también se libera el mundo en la medida en que cada persona comienza a ordenar su vida interior fuera de los mandatos impuestos por un sistema que reproduce la jaula del placer perpetuo. Esa libertad interior no es evasión ni indiferencia ante los problemas colectivos; es el punto de partida para relacionarnos con los demás sin repetir mecánicamente el miedo, la violencia, el consumo y la obediencia que el poder necesita para perpetuarse.
Esa toma de conciencia, awareness —esa conciencia atenta, ese darse cuenta — puede abrir una ventana hacia un universo más amplio que la realidad prefabricada por siglos de condicionamientos culturales. Un puertorriqueño que observa no acepta automáticamente lo que le ofrecen; pregunta quién se beneficia, qué se omite, qué historia se quiere borrar y qué posibilidad de país queda todavía por imaginar. Esa observación no entrega respuestas terminadas: despierta la capacidad de formular preguntas propias.
Tal vez la pregunta decisiva no sea qué espectáculo nos ofrecen desde el poder, ni siquiera qué distracción logra capturar por unas horas nuestra atención, sino qué realidad dejamos de mirar mientras la contemplamos. Recuperar la mirada —una mirada crítica, libre y humana— puede ser el primer acto de una sociedad puertorriqueña más despierta.


