Por Hiromi Shiba, PhD
Historiadora del arte y curadora
«Si quedara una súplica en mi vida
y una ambición de premio a mi tarea
Pediría, después de la pelea
quedarse mi vida convertida
en piedra por los vientos esculpida
en Ciales».
–Juan Antonio Corretjer, Vida en la piedra
Conocí al artista Abdías Méndez Robles en 2008, durante la preparación de su exposición individual en el Museo de Arte de Caribbean University (MACU), en Bayamón, institución en la que ejercí durante diecisiete años como directora y curadora en jefe. Desde aquel primer encuentro, me impresionó el carácter místico e introspectivo de sus pinturas, en las que reconocí la influencia de Giorgio de Chirico, una referencia que el propio artista ha señalado como parte de su formación y de su universo pictórico.
En sus óleos, realizados en diversos formatos, aparecían figuras enigmáticas y meditativas, inmersas en espacios silenciosos y en una temporalidad suspendida. Dentro de aquella atmósfera de quietud, llamaban particularmente mi atención las saetas, elementos singulares que introducían movimiento y tensión en las composiciones. Estas parecían desplazarse, entrar y salir de los planos pictóricos, generando recorridos visuales que alteraban la aparente inmovilidad de las escenas y establecían un sugerente contraste entre quietud y movimiento.
El legado de De Chirico trascendió el ámbito de las vanguardias europeas y alcanzó, directa o indirectamente, a creadores latinoamericanos y caribeños que entraron en contacto con el surrealismo. Más que entender este proceso como una simple transmisión estilística, resulta pertinente situarlo en la circulación internacional de ideas, imágenes y recursos plásticos que contribuyó a renovar los lenguajes del arte moderno. Desde esta perspectiva, las resonancias metafísicas que observé en la producción pictórica de Méndez Robles adquieren un interés particular como punto de partida para comprender la evolución de su lenguaje artístico y las transformaciones que posteriormente definirían su obra.

Cabe resaltar que Méndez Robles no siguió su camino corriente hacia el surrealismo, tras la pintura metafísica. Su trayectoria evolucionó progresivamente hacia la abstracción mediante el empleo de formas geométricas y una paleta de colores intensos, a veces cercanos a los primarios, pero dotados de una expresión profundamente personal. En su obra, la abstracción se convierte en un vehículo de introspección y búsqueda espiritual, así como en un medio para explorar una espacialidad multidimensional, dinámica e inquietante, vinculada a la complejidad de su mundo interior.
En este proceso, la saeta adquirió progresivamente un papel protagónico. Más que un simple elemento geométrico, se convirtió en un signo conductor de energía y movimiento. Sus múltiples direcciones y desplazamientos atraviesan el espacio pictórico, generan distintos niveles de profundidad e impulsan la mirada más allá de los límites del plano. La saeta parece proyectar así la energía interior del artista hacia una dimensión infinita, estableciendo una tensión constante entre interioridad, espacio y movimiento.
En su reciente retrospectiva, Méndez Robles evidenció la madurez alcanzada a lo largo de su trayectoria y, en particular, su extraordinario dominio de la pintura al óleo. La versatilidad con la que maneja este medio le permite articular múltiples capas espaciares , de color, de profundidad y de movimiento en composiciones de notable intensidad visual. Esta destreza técnica, que asimismo despertó la admiración del maestro Francisco Rodón, constituye uno de los valores distintivos de su producción pictórica.

No resulta extraño que Méndez Robles, artista inquieto, estudioso y multidisciplinario, encontrara en el concreto —material constructivo cuyo uso se ha expandido en diversos ámbitos a lo largo de los siglos XX y XXI— un medio alternativo para ampliar las posibilidades de su creación artística. Atento a las tendencias más recientes de la plástica contemporánea internacional, reconoció en este material un nuevo campo de investigación y experimentación. Fascinado por sus cualidades matéricas, estructurales y expresivas, ha explorado con entusiasmo sus múltiples posibilidades hasta incorporarlo como un recurso versátil, capaz de enriquecer su lenguaje artístico y abrir nuevos horizontes formales y conceptuales en su producción.
En esta nueva etapa de la trayectoria de Méndez Robles, el concreto deja de ser únicamente un soporte para desarrollar su proceso creativo y experimental. Sus propiedades físicas le permiten explorar el volumen, el contorno y la multidimensionalidad, así como establecer nuevas relaciones entre el espacio interior y el exterior en una dimensión real. De este modo, la obra trasciende los límites del plano pictórico bidimensional y se proyecta hacia un espacio dinámico y en continua transformación, ahora concebido a otra escala y materialidad.
Esta expansión hacia el espacio tridimensional prolonga, a su vez, inquietudes ya presentes en su producción anterior: la búsqueda de profundidad, el movimiento, la energía y la aspiración a una dimensión que trasciende los límites de lo tangible. El concreto adquiere así una condición paradójica: a pesar de su peso, solidez y resistencia, se convierte en vehículo de una búsqueda espiritual orientada hacia lo inmaterial y lo infinito. Méndez Robles establece, de este modo, una tensión entre la materialidad de la obra y su aspiración a trascenderla, conjugando los límites de la existencia física con una dimensión de permanencia y eternidad que ha estado presente, de distintas maneras, a lo largo de su lenguaje artístico.
Como artista de la contemporaneidad, Abdías Méndez Robles reconoce y valora, al igual que diversos maestros vanguardistas internacionales que incorporaron materiales industriales a sus prácticas artísticas, la versatilidad del concreto y sus amplias posibilidades como materia para la creación. Su aproximación a este medio parte tanto del conocimiento de sus propiedades físicas como de una experimentación constante con sus capacidades plásticas, estructurales y expresivas.
Nuestro artista explora las distintas fases de transformación del concreto. En estado húmedo aprovecha su plasticidad y maleabilidad, cualidades que le permiten modelar, construir y definir las formas; una vez fraguado y endurecido, el material adquiere la solidez necesaria para alcanzar una mayor precisión y depuración de las líneas y los contornos. Esta relación entre flexibilidad inicial y firmeza posterior le permite trasladar al espacio tridimensional el dinamismo de las líneas curvas, los ritmos compositivos y las tensiones formales que anteriormente había desarrollado mediante el dibujo y la pintura sobre el lienzo.

Ante sus obras recientes en concreto, entre ellas al Permanecer en Movimiento, Umbral y El Ojo del Tiempo, fechadas entre 2025 y 2026, se evidencia la madurez alcanzada por Méndez Robles en el dominio de este nuevo medio de experimentación. En estas piezas, el artista articula con precisión las relaciones entre materia, volumen, línea y espacio, e integra el vacío como componente activo de la composición. Los espacios positivos y negativos dejan de funcionar como entidades opuestas y establecen una relación dinámica y complementaria, fundamental para la construcción visual de cada obra.
Dentro de estas estructuras reaparecen elementos característicos de su vocabulario plástico, en particular las formas esféricas y las saetas, que se aproximan, se encuentran, se distancian y parecen desplazarse con libertad a través del espacio. La aparente tensión entre estabilidad y movimiento genera un equilibrio cuidadosamente construido, mientras las líneas curvas conducen la mirada del espectador alrededor y a través de la obra. El concreto, tradicionalmente asociado con la solidez, el peso y la permanencia, adquiere, paradójicamente, una condición de ligereza y fluidez visual.
Esta articulación entre formas, intervalos, ritmos y silencios espaciales permite establecer una analogía con la estructura musical. Como sucede en una composición contrapuntística, cada elemento conserva su identidad y, simultáneamente, participa de una totalidad organizada por correspondencias, tensiones y variaciones. Desde esta perspectiva, las esculturas de Méndez Robles pueden evocar la complejidad estructural de la música de Johann Sebastian Bach y, en particular, el principio de desarrollo y contrapunto asociado a obras como la Toccata y fuga en re menor. No se trata de establecer una equivalencia literal entre música y escultura, sino de reconocer en ambas disciplinas una capacidad semejante para organizar ritmo, tensión, movimiento, pausa y armonía dentro de una estructura unitaria.

Las obras recientes de Méndez Robles revelan, de este modo, una significativa transformación de su lenguaje artístico. El paso del lienzo al concreto no implica el abandono de sus preocupaciones plásticas anteriores, sino su reformulación en una nueva dimensión espacial. La línea se convierte en contorno y recorrido; la superficie, en volumen; el intervalo, en vacío; y el movimiento sugerido en la pintura adquiere una presencia física que involucra directamente el espacio circundante y la percepción del espectador.
Después de cinco décadas de investigación y ejercicio artístico, Méndez Robles demuestra que su lenguaje continúa abierto a la experimentación y a la transformación. En sus manos, el concreto trasciende su función constructiva para convertirse en materia sensible y conceptual: un medio capaz de articular forma y vacío, permanencia y movimiento, solidez y ligereza. En esta tensión entre aparentes opuestos se revela precisamente una de las aportaciones más significativas de esta nueva etapa de su producción artística.


