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Sir Raymond Dalmau: cuando la elegancia también hizo patria

Por 12 min lectura
Foto sacada de la portada de “Raymond Dalmau From Harlem a Puerto Rico” (Publicaciones Gaviota)
Foto sacada de la portada de “Raymond Dalmau From Harlem a Puerto Rico” (Publicaciones Gaviota)

Hay hombres a quienes el país aprende a reconocer por su nombre completo. A otros les basta el apellido. Y existen unos pocos que terminan habitando una palabra que alguien pronunció alguna vez y que el pueblo decidió hacer suya. A Raymond Dalmau le ocurrió esto último. Manuel Rivera Morales, el inolvidable Manolo, voz de una época irrepetible del deporte del baloncesto puertorriqueño, lo bautizó “Sir Raymond Dalmau”.

Este no era un título nobiliario, ni hacía falta que lo fuera. En aquel “Sir” cabían la elegancia de un salto, la suavidad de un tiro, la inteligencia para leer una cancha, la disciplina de quien convirtió el entrenamiento en una forma de vida y, acaso por encima de todo ello, la nobleza con la que Raymond aprendió a habitar la fama sin permitir que la fama terminara habitándolo a él.

Puerto Rico ha producido extraordinarios jugadores de baloncesto, pero Raymond Dalmau pertenece a una categoría distinta: la de aquellos deportistas cuya trayectoria termina confundida con la memoria colectiva de un país. Y es que recordarlo, por tanto, no consiste solamente en contar puntos, campeonatos, Olimpiadas, Mundiales o temporadas. Significa preguntarnos qué ocurría en Puerto Rico mientras aquel muchacho espigado comenzaba a elevarse sobre las canchas de Quebradillas y por qué, más de medio siglo después, su nombre continúa despertando algo que las estadísticas difícilmente pueden medir: afecto.

De Harlem a Quebradillas…

La historia comenzó, como tantas historias puertorriqueñas del siglo XX, entre dos orillas. Raymond había nacido en Puerto Rico, pero siendo niño fue llevado a Nueva York. Creció en ese universo migratorio en el que cientos de miles de puertorriqueños aprendieron a construir hogares lejos de una isla que nunca terminaba de abandonarlos. Harlem formó parte de su educación sentimental. Allí estaban las calles, las canchas, el inglés, la dureza de la ciudad y, sobre todo, una madre puertorriqueña que le enseñó algo que ninguna estadística deportiva podría registrar adecuadamente: el valor de la autoestima.

El deporte apareció temprano. Primero convivieron la natación, el béisbol y el baloncesto, hasta que finalmente la bola y el canasto terminaron reclamándolo para siempre. Entonces ocurrió una de esas preguntas diminutas capaces de cambiar una vida: “¿Y tú donqueas?” Detrás de aquella pregunta estaba Puerto Rico.

El miércoles 22 de junio de 1966, Raymond Dalmau abordó en Nueva York un avión de Eastern Air Lines rumbo a la isla donde había nacido pero que prácticamente desconocía. Era la primera vez que viajaba en avión. Tenía apenas diecisiete años y su destino no sería San Juan, sino Quebradillas. Nadie a bordo de aquel avión podía imaginar que aquel muchacho que atravesaba el Atlántico terminaría convirtiéndose en uno de los personajes fundamentales de la historia deportiva puertorriqueña.

Aquel retorno era como la llegada a un “Puerto Rico imaginado y desconocido”. La frase resulta particularmente reveladora, porque Raymond no estaba simplemente viajando de Nueva York a Puerto Rico: estaba comenzando una negociación con su propia identidad. Llegaba como puertorriqueño y, al mismo tiempo, como nuyorican. Su español no tenía todavía la soltura que otros esperaban de él y experimentó incluso el prejuicio contra aquellos hijos de la emigración que regresaban a la isla hablando una lengua atravesada por dos mundos. Pero precisamente esa condición híbrida que algunos podían mirar con sospecha terminaría convirtiéndose en una de sus mayores fortalezas.

Raymond traía a las canchas puertorriqueñas algo aprendido en Nueva York: otra velocidad, otros movimientos, otro sentido del juego, la disciplina de las canchas urbanas y una comprensión distinta del baloncesto. Puerto Rico, a su vez, comenzaría a transformarlo a él.

El Pirata que llegó para quedarse…

Las primeras canchas que encontró en Quebradillas distaban mucho de aquellas en las que había jugado en Nueva York. Algunas eran rústicas. El joven tenía mucho que aprender y todavía más que demostrar, pero poseía una cualidad decisiva: disciplina. Hay un episodio de sus memorias que explica a Raymond mucho mejor que cualquier colección de estadísticas. Cuando comenzó a practicar con la Selección de Puerto Rico en Río Piedras, muchas veces tenía que viajar desde Quebradillas hasta San Juan y regresar prácticamente como pudiera. Iba en pon. Quebradillas-San Juan y San Juan-Quebradillas; entrenar, esperar transporte, regresar tarde en la noche y comenzar nuevamente al día siguiente. Resulta difícil encontrar una mejor definición de lo que Raymond representaría después. Antes de los reconocimientos estuvieron los viajes, el cansancio, las prácticas y la decisión cotidiana de continuar. El talento abre puertas; la disciplina permite atravesarlas. Raymond hizo ambas cosas.

Con él, los Piratas de Quebradillas dejaron de ser solamente un equipo de un municipio pequeño del norte para convertirse en una de las grandes pasiones deportivas de Puerto Rico. Llegaron los campeonatos, las rivalidades, las noches de asientos repletos y esa extraordinaria liturgia colectiva que durante décadas hizo del Baloncesto Superior una de las grandes plazas públicas del país. Quebradillas ganó su primer campeonato en 1970 y, más adelante, alcanzó tres campeonatos consecutivos en 1977, 1978 y 1979.

Pero para comprender lo que significaba Raymond no basta recordar los trofeos. Había que verlo jugar, escuchar una transmisión, esperar aquel tiro -el globo a distancia- que parecía permanecer suspendido en el aire durante un instante interminable y oír a Manolo Rivera Morales narrar la jugada. Porque los grandes narradores deportivos también construyen memoria: nos enseñan a recordar aquello que nuestros ojos vieron.

Raymond poseía algo que no se aprende fácilmente: elegancia. No solamente jugaba bien; parecía entender que un juego podía ser también una forma de belleza. Quizá por eso Manolo encontró la palabra perfecta: Sir. Sir Raymond Dalmau.

Un país mirando una cancha…

Mientras Raymond se convertía en estrella, Puerto Rico atravesaba una de las épocas más intensas de su historia contemporánea. Los años sesenta y setenta fueron décadas de migración, industrialización, conflictos universitarios, Guerra de Vietnam, luchas políticas, transformaciones culturales y profundas disputas sobre la identidad nacional. Raymond vivió dentro de todo aquello. Incluso recibió, como tantos jóvenes puertorriqueños de su generación, la carta relacionada con el servicio militar durante la Guerra de Vietnam. Una condición de asma terminó evitando que fuera enviado al conflicto.

Mientras el mundo contemplaba la llegada del ser humano a la Luna, mientras Vietnam desgarraba a una generación de estadounidenses y puertorriqueños y Woodstock proclamaba otras formas de rebeldía, en Puerto Rico también cambiaban las coordenadas políticas y sociales. Y en medio de aquella turbulencia, el baloncesto ofrecía otra plaza donde el país podía encontrarse consigo mismo. Aquellos equipos nacionales hicieron algo que trasciende el deporte: permitieron que millones de puertorriqueños contemplaran una camiseta con el número 14 que decía Puerto Rico compitiendo ante el mundo. Esa era la camiseta de Raymond Dalmau.

Su vida deportiva nunca ocurrió en un vacío. Ese es precisamente uno de los aspectos más valiosos de sus memorias: mientras Raymond cuenta su vida, va apareciendo detrás de ella el Puerto Rico del siglo XX. En esa reconstrucción ocupa también un lugar fundamental otro de los “cómplices” -perdón, coautor- de esta esclarecedora obra: Hiram Sánchez Martínez, prestigioso jurista puertorriqueño devenido en reconocido escritor, abogado y exjuez del Tribunal de Primera Instancia y del Tribunal de Apelaciones de Puerto Rico. Su intervención contribuye a ordenar, hilvanar y convertir el recuerdo personal de Raymond en un relato capaz de trascender la mera evocación deportiva para dialogar con la historia del país. Por eso Raymond Dalmau: From Harlem a Puerto Rico es mucho más que la autobiografía de un baloncelista: es también el relato de una generación y de un Puerto Rico que se transforma mientras uno de sus grandes atletas aprende, al mismo tiempo, a reconocerse plenamente como parte de él.

La nación también se construye desde una cancha…

Hay una tendencia comprensible a pensar la historia nacional desde los grandes documentos, las elecciones, los gobernadores, las leyes, las guerras y los discursos políticos. Pero las naciones también se construyen en otros espacios: escuchando una canción, presenciando una pelea de boxeo, viendo una pelota cruzar la verja, reuniendo a una familia frente al televisor o escuchando una voz radial y televisiva gritar un canasto. Y también se construyen contemplando a un grupo de hombres salir a una cancha llevando sobre el pecho el nombre de un país.

El deporte produce una forma particular de memoria porque permite que personas con posiciones políticas, orígenes sociales y experiencias profundamente diferentes compartan durante unas horas una emoción común. Raymond perteneció a esa generación de deportistas que ayudó a convertir el baloncesto en uno de esos lugares simbólicos de encuentro.

Lo hizo, además, desde una identidad particularmente significativa. Era el muchacho que había crecido en Nueva York, el nuyorican, el joven cuyo español fue alguna vez motivo de prejuicio, y terminó convertido en símbolo de Puerto Rico. Hay algo profundamente puertorriqueño en esa paradoja, porque la historia de Raymond cuestiona la idea de que la nación pueda encerrarse dentro de una geografía. Puerto Rico llevaba décadas viviendo a ambos lados del Atlántico cuando él regresó en 1966.

Raymond no tuvo que escoger entre Harlem y Quebradillas. Terminó perteneciendo a ambos y, al hacerlo, ayudó a demostrar que la experiencia puertorriqueña moderna también se había construido precisamente en ese viaje de ida y vuelta.

Cuando el héroe baja de la cancha…

Llegó finalmente el momento de abandonar la cancha como jugador y comenzar otra brillante etapa como dirigente. Pero entonces la vida le recordó que existen adversarios mucho más difíciles que cualquier equipo. Llegaron las rupturas familiares, las separaciones, las heridas personales y, finalmente, el cáncer. El hombre que durante décadas había aprendido a combatir defensas tuvo que enfrentarse a un enemigo que no respetaba campeonatos ni reputaciones.

Y volvió a luchar.

Quizá sea precisamente allí donde el personaje termina de adquirir su verdadera dimensión, porque un héroe deportivo puede parecer invencible mientras permanece suspendido en una fotografía, eternamente joven, con un balón entre las manos. Pero Raymond envejeció, sufrió, perdió, se enfermó, se levantó, reconstruyó relaciones y siguió caminando. Por eso su autobiografía tiene valor: porque detrás del uniforme aparece finalmente el hombre.

“Yo lo conozco”…

Benicio del Toro, quien escribió el prólogo de sus memorias y ha contado que admiraba a Raymond desde niño, recordó una de aquellas expresiones que quedaron asociadas a Manuel Rivera Morales: “Yo lo conozco…” La frase parece sencilla, pero aplicada a Raymond adquiere otra dimensión. ¿Conocemos verdaderamente a nuestros héroes?

Conocimos al jugador, al número 17 de Quebradillas, al número 14 de Puerto Rico, al olímpico, al dirigente y al hombre que llenaba canchas. Pero las memorias nos permiten conocer también al niño, al hijo de la emigración, al joven que llegó desde Harlem, al estudiante preocupado por su educación, al muchacho que viajaba en pon para practicar, al padre, al esposo y al sobreviviente.

Y entonces comprendemos que Manuel Rivera Morales quizá tenía razón de una manera que él mismo no podía imaginar cuando repetía aquella expresión: “Yo lo conozco.” Puerto Rico sentía que conocía a Raymond porque durante décadas Raymond estuvo allí, entrando cada semana a las casas del país por medio de una radio o un televisor.

Sir Raymond…

Al terminar de leer estas memorias permanece una imagen. No es necesariamente la de un campeonato, ni siquiera la de una Olimpiada. Imagino otra escena: un muchacho de diecisiete años subiendo por primera vez a un avión en Nueva York aquel 22 de junio de 1966. Lleva probablemente más incertidumbres que equipaje. No conoce del todo el lugar hacia donde viaja. No sabe que Quebradillas terminará adoptándolo, que un coliseo llevará algún día su nombre, que miles de niños intentarán imitar sus movimientos, que representará a Puerto Rico por el mundo y que décadas después todavía estaremos hablando de él. Simplemente sube al avión y viaja.

Quizá ahí comience verdaderamente la grandeza de esta historia. Porque antes del mito estuvo el muchacho; antes del “Sir”, Raymond; antes de los campeonatos, los viajes en pon; antes del reconocimiento, el sacrificio. Y antes de convertirse en parte de nuestra memoria tuvo que aprender a construir su propia identidad entre Harlem y Puerto Rico.

Por eso Raymond Dalmau no pertenece solamente a la historia del baloncesto. Pertenece a la historia de Puerto Rico.

Manolo Rivera Morales le concedió simbólicamente un título que ningún rey hubiese podido concederle con mayor justicia: lo llamó Sir Raymond Dalmau. Tal vez lo hizo por aquella elegancia extraordinaria con la que recorría una cancha, pero tantos años después podemos interpretar aquel bautismo de una manera todavía más profunda. La verdadera elegancia de Raymond no estuvo solamente en la forma de lanzar una bola, sino en la manera de vivir.

Raymond significó también la esperanza de un pueblo que encontró en el baloncesto una forma de afirmarse ante el mundo de una manera que su condición política no siempre le permitía. Puerto Rico, una cultura con identidad propia pero sin soberanía política plena, podía sin embargo entrar a una cancha internacional bajo su propio nombre, con su bandera, su uniforme y una selección que representaba al país frente a otras naciones. En ese espacio, el deporte adquirió una dimensión que trascendía ampliamente el resultado de un partido: se convirtió en territorio simbólico de afirmación colectiva, en uno de esos lugares donde los puertorriqueños podían reconocerse como una comunidad diferenciada ante el mundo.

Por eso adquiere todavía mayor significado aquella expresión inolvidable de Manolo Rivera Morales cuando, narrando los juegos, parecía anticipar los movimientos de Raymond y de tantos otros jugadores: “Yo lo conozco”. Manolo conocía sus esguinces, sus desplazamientos, la manera en que Raymond preparaba el tiro, el instante en que buscaría el canasto y hasta aquello que probablemente ocurriría unos segundos después. Pero aquel “Yo lo conozco”, visto desde la distancia de los años, puede adquirir otra resonancia. No se trataba solamente de conocer a un jugador; era también la afirmación de un pueblo que podía mirarse en uno de los suyos y reconocerse.

“Yo lo conozco” podría entonces leerse como una invitación a conocernos y reconocernos a nosotros mismos. En un país cuya identidad ha debido afirmarse una y otra vez frente a las presiones de la historia, el deporte ha constituido uno de los escenarios donde Puerto Rico ha podido ejercer una presencia internacional diferenciada. Cuando Raymond vestía el uniforme de Puerto Rico, no entraba solo a la cancha: con él entraba un país. Y cada canasto, cada victoria, cada aparición olímpica y cada vez que desde las gradas o desde una radio se pronunciaba el nombre de Puerto Rico, aquella identidad encontraba una manera concreta de hacerse visible ante el mundo.

De ahí que aquel “Yo lo conozco” de Manolo pueda servirnos todavía como guía y como fortaleza. Conocer a Raymond es también conocer una parte de nosotros mismos: la historia de la emigración y el regreso, de Harlem y Quebradillas, del sacrificio y la disciplina, de un pueblo que encontró en el deporte un territorio donde afirmar sin intermediarios su nombre y su pertenencia. Tal vez esa sea una de las razones por las cuales Raymond Dalmau ocupa un lugar que rebasa ampliamente las fronteras de una cancha. Y que representó una generación, pero también una esperanza: la posibilidad de que Puerto Rico pudiera levantarse ante el mundo, competir bajo su propio nombre y escucharse a sí mismo decir, con la seguridad de quien sabe quién es: “Yo lo conozco”.

Hay hombres que, sin corona, sin trono y sin más reino que la memoria de su pueblo, terminan adquiriendo su propia nobleza. Uno de ellos se llama Raymond Dalmau. Sir Raymond Dalmau.

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Dr. Carlos I. Hernández Hernández

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