El historiador Carlos I. Hernández-Hernández analiza Las guerras que elegimos, de Ivonne Lozada, y sus relatos sobre violencia, memoria y dignidad humana.
Hay libros que se escriben para contar una historia y hay otros que parecen escribirse porque ciertas historias se han negado durante demasiado tiempo a permanecer calladas. Las guerras que elegimos, de Ivonne Lozada, pertenece a esta segunda estirpe. Sus páginas no avanzan como quien organiza cuidadosamente un inventario del pasado, sino como quien abre, una tras otra, las habitaciones de la memoria y descubre que todavía hay alguien viviendo dentro de ellas. Unas veces es una niña, otras una madre, un hombre, una mujer, un veterano o una víctima cuyo nombre nunca llegamos a conocer; y otras veces es la propia autora contemplándose desde la distancia de los años y tratando de comprender no solamente lo que ocurrió, sino aquello que el acontecimiento dejó viviendo dentro de ella.
La propia Lozada nos advierte desde el comienzo que estamos ante una literatura construida sobre esa materia movediza que llamamos recuerdo. No pretende ofrecernos una reproducción notarial del pasado. Y es que ésta, reconoce que la memoria nunca es exacta y explica que muchos de estos relatos nacieron de momentos que permanecieron durante años dentro de ella hasta encontrar una forma de ser contados. Ahí reside una de las claves fundamentales del libro: recordar no significa simplemente regresar, sino otorgarle sentido presente a aquello que se niega a desaparecer.
Por eso Las guerras que elegimos hilvana memorias de amor y alegría, pero también de sufrimiento, violencia, pérdida, miedo y dignidad. No son únicamente recuerdos de la autora. Ella misma reconoce que algunas historias proceden de otras vidas, de conversaciones, observaciones, silencios y preguntas nunca resueltas. La memoria personal termina así convirtiéndose en memoria compartida, y el «yo» que recuerda comienza a hospedar la experiencia del otro.
Uno de los primeros relatos, «La casa de las tres ventanas», establece muy temprano esa poética. La pobreza material de la infancia no aparece convertida en espectáculo de miseria. La niña no sabía todavía medir su existencia desde la carencia: aquella pequeña casa sin electricidad, agua potable ni las comodidades elementales era sencillamente su mundo. Lo extraordinario es que la madre transforma aquella precariedad mediante la imaginación. Las historias se convierten en un escudo contra el estigma de la pobreza; donde podían verse privaciones, la niña descubre campo, miel, estrellas, mariposas, libros y libertad. La autora lo resume hermosamente al recordar que aquella madre le enseñó que «las historias pueden salvar y también proteger».
Pero esa luminosidad inicial no perdura intacta. Muy pronto descubrimos que este es también un libro sobre aquello que hemos visto y que después no hemos podido dejar de ver. «Muñeca de trapo» es quizá una de las manifestaciones más dolorosas de esa memoria convertida en conciencia. Una adolescente presencia en un estacionamiento la brutal agresión de un hombre contra una niña de apenas dos años. Décadas después no recuerda con precisión el día ni el año, pero recuerda a la niña. Esa aparente contradicción constituye precisamente una verdad de la memoria: olvidamos las coordenadas y conservamos la herida.
El título del relato nace de una imagen insoportable: después de recibir el golpe, el cuerpo de la pequeña queda suspendido de la mano del agresor, sin fuerza, como una muñeca de trapo. Frente a ella, una madre embarazada permanece inmóvil, pero Lozada se niega a juzgar precipitadamente aquel silencio: donde otro podría ver indiferencia, reconoce miedo. Ese detalle resulta decisivo porque revela uno de los impulsos éticos más valiosos del libro: antes de condenar, mirar; antes de sentenciar, intentar comprender qué violencia puede esconderse detrás de una conducta humana.
La muchacha quiso intervenir y no pudo. El automóvil se alejó y la vida continuó con una normalidad que el texto califica, certeramente, de obscena. Sin embargo, aquella niña desconocida nunca desapareció. La autora imagina qué pudo haber sido de ella, si sobrevivió, si creció, si alguna vez pudo escapar de aquella violencia. Y en ese ejercicio aparece una de las ideas más inquietantes del libro: hay personas que pasan apenas unos segundos por nuestra existencia y, sin saberlo, se quedan a vivir con nosotros durante toda la vida. Lozada escribe, estudia, trabaja, ríe y habla de derechos y dignidad, pero confiesa que una parte de ella permaneció en aquel estacionamiento.

Es entonces cuando comprendemos que este volumen posee algo de desahogo emocional, pero sería injusto reducirlo a eso. Hay catarsis, sí; hay una necesidad profunda de sacar afuera lo que durante años permaneció adentro. Sin embargo, la escritura no funciona solamente como desahogo sino como transformación. Lozada parece realizar mediante la palabra una suerte de exorcismo: convoca los fantasmas, los obliga a comparecer y les concede un cuerpo narrativo para poder finalmente mirarlos de frente. En ese sentido, el libro tiene algo profundamente becqueriano, no porque imite a Gustavo Adolfo Bécquer, sino porque comparte aquella antigua intuición romántica de que existen espectros interiores que solo adquieren forma visible cuando la palabra consigue vestirlos.
Otro de los relatos más reveladores es el que transcurre en una comunidad de condominio durante los días y meses posteriores al paso del huracán María. Allí, la catástrofe desarma las rutinas y obliga a reconocerse a quienes hasta entonces apenas compartían paredes, estacionamientos y ascensores. Sin electricidad, sin agua y sin la mediación constante de las pantallas, los vecinos comienzan a salir a los balcones, a las escaleras y al estacionamiento, y descubren que la conversación puede convertirse también en refugio.
La propia narradora observa que antes casi nadie se hablaba y que, de pronto, el consuelo comenzó a sonar como una conversación. En medio del colapso, el pan adquiere una fuerza casi bíblica: «Pan como palabra antigua. Pan como lo único que se puede repartir sin discurso». Una panadería cercana se transforma en centro comunitario, y personas de profesiones distintas dejan por un momento de ser abogada, médico, psicóloga o cliente para convertirse sencillamente en manos que ayudan, reparten, informan y sostienen.
Esa misma lógica se reproduce en el condominio, donde aparecen sillas plásticas, linternas, neveritas, galletas, pan y una conversación que se repite noche tras noche durante meses. Sin embargo, el relato no idealiza esa fraternidad. Cuando finalmente regresa la electricidad, la comunidad improvisada comienza también a deshacerse. La autora lo formula con una lucidez inquietante: el desastre los había obligado a reconocerse, a pronunciar sus nombres y a tocarse mediante las palabras, pero bastó el regreso de la luz para que comenzaran a soltarse otra vez, «como si la electricidad también alimentara la amnesia».
La normalidad aparece entonces no solo como recuperación, sino también como pérdida: vuelve el agua, vuelve la luz, vuelven los aparatos y, con ellos, cada cual retorna lentamente a su puerta cerrada. El punto de retorno que llamamos normalidad restaura servicios, pero apaga aquella comunidad inesperada que había descubierto, en medio de la oscuridad, que partir el pan y compartir la palabra podían ser también formas de sobrevivir.
Y quizá ninguna guerra del libro manifieste con mayor claridad el vínculo entre palabra y dignidad que «Asesinas». La escena comienza cuando un hombre investido de autoridad y proyección pública responde ante cámaras y periodistas que considera «asesina» a una mujer que se somete a un aborto e incluye en la misma condena al médico que interviene en el procedimiento. Pero el relato no se ocupa verdaderamente de aquel hombre. Se ocupa de las mujeres que reciben el peso de esa palabra.
Aquí la escritura de Lozada adquiere una dimensión abiertamente ética. Porque detrás de la abstracción «aborto» existen historias concretas que quien juzga desconoce: cuerpos, circunstancias, dolores, decisiones, miedos y vidas sobre las cuales ningún espectador posee jurisdicción moral absoluta. Sean cuales sean las razones que hayan llevado a una mujer a tomar semejante decisión, su tragedia, su conflicto o su determinación no deben convertirse en materia para el escarnio fácil de quienes contemplan su vida desde afuera.
Hay en ese relato una denuncia que trasciende incluso el debate particular de los derechos reproductivos. Apunta contra una forma de ejercer el poder que convierte la obediencia en virtud y la discrepancia en insolencia. Para esos intransigentes doctrinales con corbata, porque el prejuicio también sabe vestirse formalmente, la sumisión al orden establecido constituye una virtud y el silencio del subordinado una demostración de lealtad. El libro responde exactamente lo contrario: hay ocasiones en que obedecer degrada y desobedecer constituye una obligación moral.
Lozada sabía que hablar podía costarle el empleo. Y se lo costó en términos materiales: describe puertas que se cerraron, dificultades económicas y un período doloroso. Pero también explica que no se arrepintió de la palabra pronunciada ni de la palabra escrita. El episodio alcanza entonces una de las formulaciones más poderosas del volumen: hay palabras que no pueden dejarse pasar porque determinados silencios terminan convirtiéndose en complicidad. Sabía que podía perder su trabajo; lo que todavía no sabía era que, negándose a callar, estaba encontrando su voz. Perder un empleo antes que perder la dignidad podría ser, por sí sola, una de las tesis fundamentales de Las guerras que elegimos.
Esa tesis encuentra su contrapunto magistral en el relato final, que da título al libro. Aquí aparece Pedro, un veterano de Vietnam. El paralelismo construido por Lozada es extraordinariamente eficaz porque enfrenta dos guerras completamente distintas. En Vietnam, Pedro combate en una guerra que no siente propia. Después contempla otra clase de combate: hombres y mujeres perseguidos, humillados y reprimidos por ser quienes son. Reconoce entonces una violencia que posee otros uniformes pero una lógica semejante: un poder armado situado frente a cuerpos vulnerables.
La experiencia histórica evocada transforma al soldado. El hombre que había conocido el miedo de la emboscada reconoce nuevamente aquella tensión cuando presencia la resistencia de quienes se niegan a continuar aceptando la persecución. El veterano que regresó de un infierno descubre que todavía le falta librar otra guerra: la defensa de su derecho a vivir con dignidad y a no esconder su orientación sexual. La paradoja es formidable. Había vestido el uniforme de una metrópoli que aunque lo podía aventar a una guerra sin sentido, no tenía los mismos derechos de los soldados del continente, había arriesgado la vida y había sobrevivido a Vietnam; sin embargo, al regresar debía todavía conquistar algo tan elemental como el derecho a ser él mismo.
Por eso la frase decisiva del relato no se refiere a Vietnam. Y es que frente a aquella comunidad que se rebela contra la humillación, Pedro comprende que en Asia había combatido una guerra que no era suya; esta, en cambio, era una guerra que sí habría elegido. Y allí el título entero del libro adquiere su verdadero significado: hay guerras que nos imponen, guerras que heredamos y guerras que otros llevan hasta nuestra puerta, pero existen también guerras que elegimos porque no pelearlas equivaldría a dejar de ser nosotros mismos.
Pedro sobrevivirá además a otra secuela del Vietnam: los efectos del agente naranja y la pérdida progresiva de la visión. Pero el texto establece una distinción hermosa y terrible: aquella fue «la guerra que le tocó vivir»; la de la dignidad fue «la que decidió pelear». Ahí convergen casi todos los relatos de Ivonne Lozada: la niña pobre que descubre que poseer poco no significa valer menos; la muchacha que durante cuarenta años carga con el rostro de una niña desconocida; quien contempla una existencia que no encaja en el par que la sociedad considera correcto; las mujeres condenadas desde la comodidad de un micrófono; la profesional que descubre que conservar el puesto puede costar más que perderlo; y el veterano que después de sobrevivir a una guerra tiene que pelear por el derecho elemental de amar y existir sin esconderse.
Todos combaten, unos contra la pobreza, otros contra el recuerdo, otros contra el miedo, otros contra la violencia, otros contra el prejuicio y algunos contra ese enemigo particularmente peligroso que se presenta disfrazado de normalidad, autoridad, respetabilidad o virtud. Por eso Las guerras que elegimos es, en último término, un libro acerca de la dignidad, pero también es un libro sobre la palabra. Lozada escribe para recordar, pero escribe además para impedir que ciertas experiencias vuelvan a ser sepultadas por el silencio. Escribir se convierte entonces en su forma de colocar delante de sí aquellos demonios que la memoria se negó a expulsar. Los convoca, les permite caminar nuevamente por las escenas del mundo y, siguiendo aquella intuición que podemos asociar a Bécquer, los viste con la palabra.
Tal vez ahí resida el exorcismo verdadero de este libro, porque los demonios no desaparecen: la niña continúa suspendida en aquel estacionamiento, las mujeres continúan escuchando cómo otros pretenden juzgar sus cuerpos, Pedro continúa regresando simbólicamente de Vietnam, los prejuicios siguen poniéndose corbata y las viejas heridas continúan reclamando memoria. Pero ahora tienen nombres, tienen historias y, sobre todo, tienen palabras. Acaso escribir sea precisamente eso: concederle palabras a aquello que durante demasiado tiempo solo tuvo dolor.
Las guerras que elegimos nos recuerdan finalmente que vivir con dignidad no consiste en ganar todas las batallas, sino en reconocer aquellas que no podemos permitirnos abandonar. A veces la resistencia comienza en un gesto casi invisible: una voz que se niega a callar, una mano que comparte el pan, un vecino que pronuncia por primera vez el nombre de otro, una persona que decide no obedecer al prejuicio.
Y acaso ahí resida el secreto más luminoso del libro: que las guerras elegidas, cuando nacen de la dignidad y no del odio, pueden dejar de ser solamente combates para convertirse en símbolos de resistencia, de esperanza y de solidaridad. Porque hay momentos en que callar protege el empleo, la posición, la comodidad o la aceptación social, pero hablar protege algo más hondo: nos impide convertirnos en aquello contra lo cual alguna vez juramos luchar.
Tal vez por eso, incluso después del huracán, de la violencia, del miedo o de la pérdida, queda siempre una pequeña luz encendida en alguna parte, como si la esperanza tuviera la obstinación de una luciérnaga que se niega a desaparecer en la noche. Y quizá elegir nuestras guerras signifique precisamente eso: decidir qué parte de nosotros merece ser defendida para que, cuando vuelva la luz, podamos reconocernos todavía en el rostro de los otros.



