Imagen: Monsita Ferrer, en quinto término, de izquierda a derecha. Rodean a la artista la pianista Rosita Escalona de Nin, el compositor Amaury Veray, la pianista Elisa Tavárez, el compositor Rafael Hernández, Monsita, el pianista Jesús María Sanromá, la soprano María Esther Robles, la soprano Zoilaluz Furniz, la pianista Elsa Rivera Salgado y el pianista español Alfredo Romero. Colección Periódico El Mundo. 2 de noviembre de 1955.
Por Nestor Murray-Irizarry, historiador y editor
Monserrate Ferrer Otero, conocida en el ambiente artístico como Monsita Ferrer, nació en San Juan el 7 de enero de 1885 y murió en esa misma ciudad, el 18 de diciembre de 1966. Se destacó como compositora y pianista. Estudió con los más importantes maestros-pianistas de la época.
Monsita Ferrer era una artista de abolengo, empeñada toda la vida en tapiar con una modestia irreductible, la trascendencia y valor de, lo que su afán de crear iba dejando trazado en el pentagrama. Dotada de una sensibilidad en perpetuo proceso de depuración, desde muy niña buscó los cauces de la composición para plasmar la inquietud que llevaba dentro. En el hogar paterno, en donde alentaba una atmósfera de arte y cultura exquisitos, se rendía culto primordialmente a la música y la pintura.
Su padre, el doctor Gabriel Ferrer Hernández, médico, hombre de letras y orador distinguido, era un hábil ejecutante del clarinete. Su madre, Monserrate Otero y Navedo, equipada con el caudal cultural con que se dotaba a las damas distinguidas de su tiempo, tenía sólidos conocimientos del piano, como para continuar la labor docente en sus hijas Monsita y María, cuando por alguna circunstancia quedaban éstas sin maestro. Su hermano Rafael, abogado y literato prestigioso, padre del notable actor, puertorriqueño José Ferrer, tocaba el violín. ¡Y era de tal estirpe la música! que se “hacía” en aquel hogar, que en más de una ocasión el célebre violinista cubano Brindis de Salas, durante su visita a nuestra Isla, detuvo sus pasos al pasar frente a ella en la calle de San Francisco, para recrearse escuchando lo que allí se tocaba.
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Monsita Ferrer, quien fue discípula de Rosa Sicardó Jimenez hasta que ésta —dotada de una profunda y sincera honestidad intelectual— sugirió que pasase a manos de maestros que pudieran ampliar más aún sus horizontes de conocimiento. Fue luego discípula de Anita Otero, hasta el fallecimiento dé ésta. Con el pianista Jesús María Sanromá tomó cursos sobre la moderna técnica del piano. Pero el anhelo inquieto de Monsita buscaba dedicarse hacia la composición y se acercó a maestros que la instruyeron en las disciplinas científicas para este menester: Julio Carlos de Arteaga, Gonzalo Núñez, al suizo-alemán Henri En y Arístides Chavier Arévalo.
Ya en 1908 obtiene un Tercer Premio, al concurrir al certamen que bajo los auspicios del Ateneo Puertorriqueño, se conmemoró el Cuarto Centenario de la Colonización. En el año 1910 obtiene una Mención Honorífica en el certamen que con motivo de La Fiesta de las Flores se celebró en Bayamón. En 1913 la Sociedad de Escritores y Artistas de San Juan auspicia una justa literaria y musical en la cual se le confiere un lauro por su danza folklórica, Ensueño de Gloria.

En 1914, la Sociedad de Artistas y Escritores de Ponce le otorgó un primer premio por una composición suya en forma de Nocturno. En el concurso celebrado en la ciudad de Ponce en el año 1936 para conmemorar el Jubileo de Plata Sacerdotal del Obispo de la Diócesis, monseñor Luis A. Willinger, la compositora acapara los dos Primeros Premios destinados a la mejor Marcha Pontifical y a la mejor composición de estilo popular, que en este caso fue su danza, Divagación.
Entre su copiosa producción figuran Nocturnos, valses, mazurcas, polonesas, marchas, temas con variaciones, cuartetos, un Capricho Español, canciones escolares y canciones de arte. En ocasión del homenaje que le ofreció las Mujeres Graduadas de la Universidad de Puerto Rico, el 29 de octubre de 1955 se estrenaron cuatro de sus canciones: Amor Cautivo, con letra de la Hija del Caribe; Canción Campesina, con versos de Luis Lloréns Torres, y Dulzura, inspirada en un poema de Gabriela Mistral.


