Imagen principal: A la izquierda, foto de la Virgen Dolorosa colocada en la mesita de noche cerca de la cama de Trina Padilla de Sanz “La Hija del Caribe”, a la derecha. Colección Yolanda Suárez-Crowe.
La Semana Santa es una costumbre religiosa celebrada en muchos países, incluyendo el mundo hispano, cada uno con sus tradiciones y costumbres regionales. El Domingo de Ramos marca su inicio hasta llegar al Domingo de Pascua o Resurrección. Heredamos de España este rito religioso, cuyo origen destaca el Concilio de Nicea en el segundo siglo de la era cristiana, cuando estableció la fecha de celebración de Pascua. Uno de los días más sagrados e importantes de nuestro culto católico es el Viernes Santo, o conmemoración de la crucifixión y muerte de Jesús.
El contraste del pasado choca con el presente. La Semana Santa ya no es lo mismo. Todo ha cambiado. La superficialidad y vulgaridad tiene las puertas abiertas. No hay control o mesura. La nueva atracción, auspiciada en todos los medios de comunicación embrutecen y disminuyen los valores espirituales. Los libros, la historia, la ciencia, y hasta las leyes se tergiversan para permitir engaños y falsedades. La juventud queda bajo la influencia y el constante bombardeo a través del entretenimiento que promueve como una droga cuyo objetivo es el dinero y el placer- a toda costa.
Me siento como una fugitiva tratando de escapar de este caos en el nuevo milenio. Detengo mi paso para contarles una historia de fe entre dos tiempos. La fe y constancia que aprendí de mi madre, Yolanda Fernández Sanz y de mi bisabuela, Trina Padilla de Sanz La Hija del Caribe. Eran tiempos diferentes, como es de esperar. Sin embargo, ya no hay una guardarraya, desaparecieron los frenos. Los cambios son transformativos y ponen en jaque todo lo que define nuestra historia, idioma, religión, la esencia de nuestra identidad. Mis recuerdos parecen todo un sueño por la discordancia con el presente.
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Los Viernes durante la Cuaresma, incluyendo el más solemne día, del Viernes Santo guardábamos abstinencia de comer carne. Hoy día, muchas de las tradiciones religiosas han cambiado y se ajustan a un comportamiento siguiendo un menú individual y menos ortodoxo. Durante esa semana no teníamos clases. Por supuesto, eso era fenomenal. Sin embargo, a pesar de ser un tiempo libre, sin tareas y exámenes académicos, era un tiempo de vigilia, de visitar la capilla, rezar y hacer las Estaciones de la Cruz o Vía Crucis. Era una temporada triste, llena de silencio y meditación. Para un niño significaba estar callado y, por supuesto, evitar las peleas y discusiones diarias por razones, hoy día inconsecuentes. Muy difícil tarea en cada hogar con niños.
Yo era la del medio, como en un sándwich, entre mi hermana, y mi hermano. Muy difícil, por supuesto, era cumplir las reglas que mamá exigía. Ya el cura en el confesionario me daría la penitencia por incumplimiento. La solemnidad bajo el mando de mi madre requería solo escuchar música clásica y evitar toda otra música alborotada, no apta para ese sagrado tiempo. Era fácil de obedecer, ya que solo teníamos una vitrola para escuchar los discos y mi preferencia era la música clásica.

En la actualidad, sería más sencillo escuchar a gusto cualquier música mediante la utilización de todos los dispositivos tecnológicos o electrónicos, que son accesibles sin que los adultos se enteren. Sería más fácil la tentación. Mi hermana y yo éramos alumnas del Colegio de la Inmaculada y con las Hijas de la Caridad bajo el mando de la madre superior, Sor Faustina Galvani, nadie podía escapar el control autoritario de las monjas. El tiempo de Cuaresma era un tiempo de reflexión, hacíamos retiros espirituales, íbamos a la capilla a rezar o a misa.
Las letanías en latín, los cantos de las monjas, especialmente el Tantum ergo por la soprano voz de Sor María Luisa, el vía crucis, todo exaltaba mi espíritu. La solemnidad de los rituales me transportaba a un mundo espiritual lleno de paz y sosiego. El día volaba en el silencio de las meditaciones, lecturas y bordados que las monjas nos permitían hacer durante el tiempo libre. De mi niñez a la adolescencia perdura el recuerdo que aún me transporta a ese mundo espiritual con la exaltación que trae la fe que es poesía divina.
La Semana Santa era celebrada con procesiones en todos los pueblos de la isla. Mi madre nos hablaba de sus vivencias y recuerdos en la casa de su abuela, Trina. Mi madre nació y vivió en Arecibo con su abuela, su madre y hermanas por 20 años- desde la temprana edad de cinco años hasta su matrimonio y mudanza de Arecibo a San Juan. Según relataba mi madre:
«Para Abuela, la Semana Santa era tiempo de recogimiento espiritual, de oración, de visitar la iglesia. Semana de silencio y de ayuno, de hablar en voz baja y de meditar… El Viernes Santo, el pueblo de Arecibo se vaciaba en la Iglesia San Felipe (hoy Catedral San Felipe), para asistir a las tres procesiones que se celebraban ese día: la procesión del Santo Sepulcro, temprano en la tarde; la procesión de la Soledad, al caer la noche, y la procesión del Encuentro, más o menos de cinco a seis de la madrugada.
La procesión salía de la iglesia, subía por la calle Pavía y doblaba por la González Ginorio saliendo al lado derecho de la iglesia por la calle Gonzalo Marín. Luego doblaba frente al paseo Víctor Rojas, subía por la Coll y Toste- hoy día José de Diego- hasta regresar de nuevo a la Iglesia de San Felipe. La entrada de la casa de Trina daba a la calle Gonzalo Marín y la fachada posterior a la Coll y Toste. La procesión pasaba por las dos calles principales de Arecibo asomándose dos veces a la casa de Trina Padilla».
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Para la procesión del Viernes Santo, Trina Padilla La Hija del Caribe se unía a la multitud de amigos, vecinos y familiares. Caminaba junto a la impresionante ola de gente aglutinada en las calles de Arecibo, en donde vivió la mayor parte de su vida. Trina, vestida de negro, llevaba su mantilla larga sujeta por una peineta que recogía su cabello en un moño. La mantilla con encajes, una muestra de devoción y respeto era consonante con la tradición religiosa entre las mujeres.
Llevaba el rosario en sus manos, marcando las cuencas entre sus dedos, rezándolo en silencio mientras caminaba. Guardaba el luto para acompañar a la imagen de la Virgen Dolorosa que se levantaba en andas sobre los hombros de los portadores. En la procesión de La Soledad en Arecibo, Trina dirigía y caminaba al frente de la imagen que veneraba de la Virgen Dolorosa, a quien llamaba cariñosamente su ‘Lola’.
La imagen de la Dolorosa, vestida de luto, con un manto de terciopelo negro bordado en oro, revelaba su rostro rayado por lágrimas, con la mirada triste, llena de la angustia, y dolor de una madre al perder a su hijo. El puñal enterrado en su pecho acentuaba ese dolor, siendo ella testigo del tormento, persecución y crucifixión de su hijo. Simbolizaba el dolor y ansiedad de la madre que lo sufrió. La Virgen llevaba en sus manos la corona de espinas sobre un pañuelo de lino. La corona, otro símbolo doloroso, evocaba no solo la humillación y agonía sufrida, sino también la esperanza y redención como resultado del sacrificio.
Ya de avanzada edad, cuando Trina Padilla La Hija del Caribe no podía asistir a la procesión de su Lola, la procesión siempre paraba al frente de su casa. Entonces los portadores volteaban la imagen de la Dolorosa para saludar a doña Trina que esperaba asomada de pie en su balcón. Doña Trina se llenaba de emoción ante su ‘Lola’.
La indiferencia religiosa, amiga de la ignorancia sobre nuestra historia y prácticas cristianas, continúa siendo evidente con en el menosprecio de muchos. Trina La Hija del Caribe, siempre constante y creyente, recordaba al escéptico Voltaire que citaba ante el incrédulo. «Hay un Dios, lo presiento». En una anécdota de su padre, El Caribe, relataba Trina que su padre se molestaba mucho cuando le preguntaban si era sordo.
En una ocasión, El Caribe invitó a almorzar en Vega Baja a su amigo don Ramón B. López, que era sordo como él. Acompañando a don Ramón para el regreso a San Juan, estando en la estación llena de gente, se acercó el imprudente alcalde y le dijo a mi padre a gritos: «Doctor, nos hemos reunido tres sordos». Te equivocas, le dijo mi padre, aquí no hay más que un sordo, tú. ¿Cómo, usted y don Ramón no son sordos…? «No, el señor y yo somos sordos de la oreja, pero tú eres sordo de cerebro». Hoy tenemos el caos de una epidemia de sordos de entendimiento en nuestro país y el mundo entero.

La sordera voluntaria es contagiosa. La falta de interés, el abandono y la distracción con lo banal ha facilitado la venta reciente del Seminario Conciliar y el Palacio Arzobispal al mejor postor. El reconocido arquitecto, Jorge Rigau, lamentó la significativa pérdida de este patrimonio histórico, indicando haber sido afectado de tal manera de no poder conciliar el sueño. No salimos de una pesadilla para meternos en otra. La Iglesia Católica misma es la causa de la pérdida de estas estructuras históricas, entre las más relevantes en el Viejo San Juan.
Écheles la culpa a los huracanes, pandemias, deuda, vandalismo y la lista que no termina. Nadie protesta pero seguiremos con nuestro ¡Ay Bendito! Anticipo que ni la Dolorosa de Trina La Hija del Caribe se salvará en el futuro. El dicho será: se bota, se roba o se vende a un anticuario. El traje de terciopelo bordado en oro de la Dolorosa ya no tiene su costurera que lo proteja. Anticipo pronto veremos la nueva estatua de la Virgen Dolorosa hecha en la China.
Es tiempo de despertar y proteger nuestra identidad. Las palabras de Trina Padilla La Hija del Caribe resuenan como una alarma, y nos enseña a la vez la acción debida: Jamás debemos renunciar a nuestro idioma, el divino tesoro que nos legó España, y que es la columna principal, con la religión católica, en la cual se asienta únicamente nuestra personalidad ibérica. Debemos integrar y disfrutar los cambios del progreso para nuestra isla y el mundo entero. El progreso no debe detenerse, pero tiene que coexistir con la conservación y protección de nuestra historia. Para subsistir como entidad propia, solo nos quedan como reductor dos baluartes: nuestro idioma y la conservación de nuestras costumbres.
La celebración de la Semana Santa es evidencia de nuestra conciencia religiosa, costumbres y tradiciones que resisten el olvido ante la desinformación y menosprecio que aflora el presente. Recordemos las palabras de Abraham Maslow, psicólogo estadounidense, y entre los exponentes de la Escuela Humanista de Psicología. «Si tu única herramienta es un martillo, tratarás cada problema como si fuera un clavo». Siguiendo esta premisa, añado: Si tu herramienta, es un arma de fuego, tratarás el problema disparando a tu enemigo. Estas herramientas son destructivas, siembran tragedia y odio que conducen a la desfrenada violencia que observamos diariamente.
Por esta razón es necesario enseñar a toda la juventud puertorriqueña los valores de la tradición católica y sus tres virtudes cardinales: fe, esperanza y caridad (que es amor). Estas nos armará de valor para poder afrontar los golpes de la vida.
Para terminar presento una selección variada de siete letanías o súplicas a Dios del libro «Letanías» de Yolanda Fernández Sanz (1980 al 1983). Recomiendo rezarlas en grupo durante la Semana Santa.
«Despierta Divino Yuyo…¡ven y defiende lo tuyo!»
«Y alegan, Oh San Ramón…¡gastos de restauración!»
«Bendita Santa Yolanda…¿en este país, quién manda?»
«Virgen de la Caridad…esto tiene que cambiar.»
«Ay Divino San Canuto…¿por qué somos tan brutos?»
«¡No lo permitas hermano!… que este pueblo es borincano.»
«¡Oh Estrella de David…¡ilumina mi país!»



Excelente refleccion. La raiz del problema existe en los padres de hoy, que, si recibieron de sus padres esta historia y tradiccion, no saben pasarla a sus hijos. La historia empieza y sigue en la casa, en la familia.
Irma Valldejuli: Buenos Días, Irma: Gracias por tu comentario. La cadena de progenitores a hijos también incluía instituciones educativas, especialmente los colegios católicos, amistades, y en definitiva, todo el pueblo, apoyando y manteniendo esas costumbres que debemos rescatar y salvaguardar. Cariños 🌺❤🇵🇷 Yolanda Suárez-Crowe
Excelente recuerdo, así viví yo mi niñez, por eso en este presente, amo la soledad, la música clásica, la oración en silencio, hacer el rosario a diario, la meditación frente al mar, caminar descalza a la orilla de la playa.
Saludos, Cecilia: Agradezco mucho su comentario. Compartimos ese recuerdo y la afinidad de acción y sentimiento gemelo que perdura en nuestro presente. Un fuerte abrazo, Yolanda Suárez-Crowe