Han transcurrido un poco más de 100 años desde que Trina Padilla de Sanz, conocida por su pseudónimo de La Hija del Caribe, escribiera un ensayo titulado “El Número Trece”. Algunos sentirán escalofríos impregnados con el miedo o terror de tener que confrontar este número trece. Anticipamos algo malo podría suceder, nos persignamos para espantar a los espíritus maléficos. Peor ocurrencia resulta cuando ese número nefasto tiene la desdicha de combinarse con un viernes ¡Ay, Dios mío! ¡Añadimos el martes con el refrán! “Martes, ni te cases, ni te embarques, ni de tu familia te apartes”. El Divino nos protege, al menos tenemos cinco días salvos.
Hoy con todo lo que está pasando es muy fácil atribuir y explicar las malas noticias y desastres que estamos enfrentando a la mala suerte, sobre todo si ocurre en esos días. Como decía antes el estimado personaje Don Cholito: “Esto no tiene nombre”… lo que desenlazan cada día los nefastos noticieros.
Desde niños aprendemos la superstición adjudicada al número Trece y muchas otras más que se convierten en foco de miedo, risa o burla.
Aunque no existe una relación directa que confirme el inicio de la relación entre el 13 y la mala suerte, podemos encontrar a través de la historia ejemplos para explicar la relación entre un evento negativo y el referido número.
La mitología nórdica describe un relato que a lo largo de los años establece un vínculo entre el número trece y Loki. Loki reconocido como el dios caótico, tramposo y estafador, irrumpe la celebración de un banquete del Valhalla que había sido organizado por 12 dioses. Al presentarse sin invitación, Loki se convirtió en el decimotercer dios presente en el banquete. Loki, era un dios no tan reconocido como lo fue su hermano adoptivo, el dios del trueno, Thor. Durante el banquete, Loki timó al dios Odín (el dios supremo que gobierna el Valhalla) provocando el asesinato del dios Baldar, el segundo hijo de Odín. La artimaña de Loki, siendo el dios número 13 y el responsable de esta tragedia, generó el vínculo entre este número y la mala suerte —en el caso de —Baldar (dios de la luz).
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Por supuesto, la superstición se ha reforzado gracias a la cultura popular moderna creada por “Marvel Comics” y las múltiples películas de cinematografía tan populares en los teatros y en la televisión por más de dos décadas.
En el ámbito de la psicología clínica, el miedo irracional al número trece es un tipo de fobia caracterizado como un desorden de ansiedad que se conoce como triscaidecafobia, según el DSM-5 (o el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales) del American Psychiatric Association. Podemos añadir que las supersticiones coexisten en todos nosotros, más o menos, y no contribuyen a debilitar necesariamente el comportamiento o ajuste mental de las personas. Pueden enriquecer relatos, cuentos y vivencias y también evitarse o controlarse. En aquellos casos, cuando hay efectos de impacto nocivo de una fobia en emoción y conducta, la prognosis se considera positiva por el tratamiento psicológico efectivo que existen para erradicar fobias.
La historia identifica a otras culturas que consideraron el número trece como positivo. Por ejemplo, en algunas regiones de China es un número que puede traer fortuna y prosperidad. La cultura maya consideraba el trece como un número sagrado cósmico asociado con la renovación. La Biblia contiene múltiples alusiones positivas (y negativas) sobre el trece: una muy reconocida es la de los 12 apóstoles y Jesús. En el tarot, el número 13 puede significar muerte o cambio que podría ser favorable.
El número trece era el preferido de La Hija del Caribe…
El número ejercía influencia en su ánimo que la conducía hasta llegar a un “ejercicio espiritual, casi simbólico”. Trina solía llevar prendido en su traje, cerca de su corazón, el número trece en broche dorado, junto a su pequeño reloj. Ambos, el broche y el reloj hablaban el lenguaje del tiempo. El reloj hablaba las horas de 12 en 12, dibujando el día y la noche. El “trece” hablaba en silencio invisible de las “horas efímeras y fugaces de su vida”. El simbólico número dibujaba la esperanza y añoranza impresionantes de todo lo que Trina definía como el “país azul de la Quimera”. Representaba su mundo interior, espiritual y psíquico y sus sueños entre las sombras y el silencio.
El trece contaba las “horas fugaces” que dibujaban la “esperanza imprecisa”. Acompañada además de su fervor religioso, La Hija del Caribe sentía la fuerza espiritual necesaria para afrontar su finalidad, afirmando: para aguardar la hora trece, la hora temida y nunca deseada, la hora espantosa, cita con la Muerte, que ha de llegar irremisiblemente.
Esclava de ambas fuerzas, Trina afirma su compromiso y dedicación a su trabajo diario, su estoicismo y luchas, sus penas, su dolor con una tenacidad, y voluntad de acero carente de rebeldías, cansancio o hastío.
Según La Hija del Caribe: “Los espirituales de la vida, los supersticiosos, los grandes agoreros. Beethoven, Byron, Goethe, Bolívar ¿no llevaron todos dentro de sus rebeldías un ingenuo amuleto salvador? ¡Oh los prácticos! ¿Sabe alguien de sus torturas? ¡Bienvenidas sean ellas, si vienen acompañadas de ese halo de luz que determina las sombras de una idea!

La Hija del Caribe con su extraordinaria introspectiva, dolorosa y reveladora de su intimidad anímica nos dice:
Número trece, numerito mío,
que me acompañas en mis luchas espirituales,
y por el que profeso casi un infantil anhelo,
sigue alimentando mi quimera
con tu adorable influjo,
y allí en la hora trece de mi vida
eléveme a Dios como
gota temblorosa de rocío,
prendida en un pétalo
desprendido de la rosa de mi alma…
Presintiendo su final, La Hija del Caribe estaba preparada cuando llegó la hora trece de su vida el día 26 de abril de 1957.
Finalmente, he aquí un fragmento de la hermosa semblanza a Trina Padilla de Sanz (La Hija del Caribe) que la Dra. Margot Arce de Vázquez publicara el 22 de marzo de 1958.
En el último encuentro —el más largo— ya reposaba en la quietud de la muerte. Y aquella serenidad de su rostro, de su boca sin rictus, me reveló el secreto de su último combate y de su última victoria, el sentido ya definitivamente claro de toda su vida. La conocí mejor aquel instante porque la medía con la vara de su experiencia de la muerte, única medida capaz de registrar sin error el temple exacto del espíritu humano. Doña Trina había presentido la proximidad de su fin y se había preparado tranquilamente para recibirlo….
Contemplándola en aquel sosiego de su sueño mortal, pensé que con ella desaparecía un hermoso tipo de mujer puertorriqueña y se apagaban las últimas brasas de un ciclo de nuestra historia. Pensé también que su recuerdo y ejemplo se nos ofrecían como fruto de lo más valioso y permanente de nuestro patrimonio nacional, de nuestra mejor tradición; y en la hora de ceguera y confusión que vivimos, como verdaderas tablas salvadoras…
¡La Hija del Caribe como una estrella perdura en el firmamento y en la memoria histórica de su amada patria puertorriqueña y de toda su descendencia!


