Por Carlos Bas Huertas
Empresario y escritor
El 12 de agosto del año 1796 –unos ocho meses y cinco días antes de que los corsarios ingleses Ralph Abercromby y Henry Harvey, con una flota de 60 barcos de 600 cañones y 6,000 hombres, desembarcaran en las playas de Cangrejos para sitiar la isleta de San Juan por casi tres semanas– el Gobernador y Capitán General de Puerto Rico, en aquel entonces, Don Ramón de Castro, mandó a divulgar un aviso que, en parte, decía lo siguiente: “En el Bergantín Correo de S.M. el Infante, llegó a este puerto en 12 de agosto próximo pasado don Luis Huertas, Arquitecto aprobado por la Real Academia de San Fernando, nombrado maestro mayor de las Reales Obras de fortificaciones de esta Plaza”.
Luis Huertas y Toribio nació en 1759, hijo y nieto de maestros alarifes de la municipalidad de Porcuna, en la provincia andaluza de Jaén. No muy lejos de Córdoba y Granada. En tiempos que se remontan a la primera república e imperio romano, esta localidad del sur de España era conocida como Obulco. Además, tuvo gran relevancia en el imperio, particularmente pues desde allí Julio César ganó una importante batalla. A través de los años, Obulco, hoy Porcuna, se ha destacado por las obras de sus expertos canteros. Como bien se puede observar en las magníficas edificaciones de piedra de la ciudad. Sus antecesores deben haber aprendido mucho de los ingenieros romanos, a juzgar por las obras de ingeniería romana que se pueden visitar, que incluye cisternas y anfiteatros, rescatados para nuestros días.
Pese a modestos orígenes, Luis había adquirido el título de arquitecto de la más prestigiosa escuela de artes del reino español en aquel tiempo, la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid. Para el puesto de maestro mayor en Puerto Rico venía con la recomendación del italiano Francesco Sabatini, destacado arquitecto bajo el Rey Carlos III. Entre las obras de Sabatini se cuentan los Palacios Reales de Madrid y la Puerta de Alcalá.

Durante los siguientes diecinueve años y dos meses en San Juan, hasta su muerte en el 1815, Luis Huertas se desempeñó en la calidad de Maestro Mayor de Obras Militares. En lo que se conoce como las fases finales del sistema de defensa murada de la ciudad, su apuntalamiento, extendiéndolo extramuros. Probablemente, en un número diverso de obras en torno a, por ejemplo, los fuertes de San Cristóbal y San Gerónimo, la Puerta de Tierra y –señala Adolfo de Hostos, en su obra Historia de San Juan, ciudad murada– edificaciones de la batería de la Princesa, entre 1810 y 1813.

Sus obras civiles para los cabildos de la ciudad y el eclesiástico fueron numerosas y más verificadas. Se lee, en las Actas del Cabildo de San Juan Bautista, y en los libros de María de los Ángeles Castro Arroyo y Adolfo de Hostos, que llevó a cabo mejoras para la Casa Consistorial y la edificación de la nueva Real Cárcel. Ubicada en la fachada posterior, en la calle Luna, de lo que es hoy la Alcaldía. A Huertas le atribuyen, además, estos historiadores, en mayor o menor grado, desarrollos o intervenciones en la carnicería de la ciudad. Además del Seminario Conciliar, la fuente de Miraflores y el Puente de San Antonio.
Se destacó, además, según Castro Arroyo, por la desecación de los terrenos de la Puntilla. El rescate de estos terrenos, hasta aquel momento pantanosos, abrió el camino para el desarrollo posterior de la dársena y el frente portuario de la ciudad. Además de permitir que la ciudad, de población creciente, pudiera expandirse allende sus muros.
Cabe destacar, finalmente, lo que entendemos que es la obra magna de Huertas Toribio: su aportación gratuita, a nuestro juicio, amorosa, a las obras de restauración de la Catedral de San Juan Bautista, a lo largo de 14 años, interrumpida solamente por su muerte. Nos informan nuestros historiadores que el techo de la hoy basílica, de madera en ese tiempo, peligraba de un posible derrumbe. Debido a eso, había sido clausurada. Los trabajos de reconstrucción comenzaron en 1799, luego de que se aprobaran los diseños y planos presentados por él, juntamente con el ingeniero Tomás Cedeño. Castro Arroyo, en su libro Arquitectura en San Juan de Puerto Rico, estima que Sedeño estuvo más a cargo del diseño. Mientras que Huertas “dirigió y estuvo al frente de los trabajos hasta dejarle concluido su primer cuerpo y fachada”.
Castro Arroyo recalca la dedicación gratuita de Huertas a estos trabajos, que duraron catorce años, interrumpidos por su muerte en 1815. Resume sus aportaciones escribiendo: “…es una de las figuras más importantes dentro de los primeros quince años del siglo. Destacándose sobre todo por las obras realizadas graciosamente en la catedral, dejándole concluido su primer cuerpo y la fachada. Tuvo también a su cargo y dirección las realizadas en la casa consistorial y la secretaría de la capitanía general. Además de la fuente de Miraflores, la cárcel pública y la carnicería. Se le debe asimismo una de las empresas más significativas en el desarrollo urbano de la ciudad: el desagüe terraplén del manglar de la Puntilla”.
Por otro lado, Osiris Delgado, finado pintor e historiador del arte, en su obra Historia General de las Artes Plásticas de Puerto Rico, opina que la estructura de la Catedral “que llega a nuestros días, no empece los añadidos, sigue esencialmente lo delineado en (su) proyecto”. Y, lamentando los muchísimos contratiempos, que, por décadas, entorpecieron las renovaciones de la Catedral, añade: “Puntales en la obra de la Catedral fallecen en momentos críticos del proceso de construcción. En octubre de 1814, Juan Alejo Arizmendi, primer Obispo puertorriqueño y figura cimera en la historia de la Isla cuya determinación y aliento son decisivos para llevar adelante la reconstrucción de la Catedral sin el obstáculo de las discrepancias. En noviembre de 1815, el ingeniero Luis Huertas, quien durante catorce años dirige gratuitamente su reconstrucción”.

Seguramente, los pasos de Luis Huertas por la ciudad de San Juan se toparon con los de dos insignes figuras del devenir histórico y cultural de Puerto Rico. El primer obispo oriundo de Puerto Rico, Obispo Juan Alejo de Arizmendi, y el primer pintor puertorriqueño reconocido internacionalmente, José Campeche. Los tres, contemporáneos, residieron en la misma ciudad amurallada. Campeche falleció el 7 de noviembre de 1809. Arizmendi, el 12 de octubre de 1814. Huertas, el 31 de octubre de 1815.
Cuando falleció, se habían cumplido cinco años y tres meses de estar viudo de su amada esposa Simona Aguado. Fue enterrado, vestido con el hábito franciscano, en el predio extramuros que recientemente había sido separado para enterramientos. Lo que después fue el Cementerio Santa María Magdalena de Pazzis. Dejó seis hijos huérfanos de padre y madre, cuatro de ellos nacidos en la tierra borinqueña. El autor de este escrito es descendiente.

Conocer su obra promueve el valor de los muchos hombres y mujeres. Quienes, como él, cruzan tierras y mares, a patrias adoptadas, para contribuir con labor y talento. En este caso, a Puerto Rico, a la ciudad de San Juan de Puerto Rico y, en un modo elogiable, a la Catedral Metropolitana Basílica de San Juan Bautista de Puerto Rico.


