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Ciencia

Lanzan libro inspirado en la misión que llevó a cabo Deborah Martorell: «La niña que casi tocó la Luna»

Por 4 min lectura
Deborah Martorell

Dicen que toda semilla recuerda el camino de vuelta a la luz. Esta, sin embargo, aprendió también a mirar la Tierra desde arriba. Partió de un salón de Puerto Rico en las manos de una maestra que enseña a cultivar asombros —Carmen de Ana Pagán Maurás—, cruzó el cielo con la meteoróloga Deborah Martorell, y regresó con una órbita nueva: lista para sembrarse en el suelo y en los corazones. Porque no era solo una semilla: era un mensaje.

Viajó por el universo como quien lleva un secreto en el bolsillo, y al tocar la isla le susurró a nuestra niñez que todavía se puede soñar en grande. En estas páginas bilingües, (español/inglés) el recuerdo del primer alunizaje se vuelve brújula: una niña con casco de juguete descubre que mirar la Luna cambia la vida; los años pasan, y esa niña —ya maestra— convierte el laboratorio en pista de lanzamiento, el regolito en promesa, la curiosidad en pan de cada día.

Y mientras un país que ha resistido huracanes y terremotos vuelve a levantarse, la semilla-cómplice cae en la tierra con la dulzura de la lluvia primera: pequeño paso en el patio escolar, gran salto de la humanidad boricua que aún sueña.

El libro que reseñamos en esta diminuta célula del espacio periodístico está escrito con una prosa diáfana y cálida, ideal para primeros lectores, y se apoya en ilustraciones que funcionan como ventanas al asombro: escaleras plateadas, huellas sobre polvo gris, microscopios de Navidad, tiestos diminutos que brotan contra todo pronóstico.

La estructura en espejo —“Un día muy especial”, “La niña que creció amando las ciencias”, “La gran oportunidad”— sostiene un arco de crecimiento que nunca se despega de la verdad: aprender a veces cuesta, las letras se enredan y los números “bailan” en una representación disléxica pero hay que tener en cuenta que los sueños no se negocian. Y es que la dislexia que sobrelleva la narradora es como un río subterráneo, que cambia las piedras, que pule lo imposible; allí el error, que otros llaman engaño, es puente, no pared, siempre transitable.

Y es que ese gesto de inclusión (dificultades de aprendizaje tratadas con ternura y agencia) es uno de los mayores aciertos del texto para uso escolar y lectura en voz alta.

La trabazón que vuelve este cuento noticia —y motor de vocaciones— es la participación de la meteoróloga puertorriqueña Deborah Martorell en el vuelo suborbital NS-34 de Blue Origin (3 de agosto de 2025), un hito que la consagra como la primera meteoróloga en viajar al espacio. Ese viaje real, documentado por la empresa y por la prensa científica, multiplica el poder inspirador del libro: ahora no solo miramos a la Luna; sabemos que alguien de “los nuestros” cruzó la línea Kármán (esa frontera convencional ubicada a 100 km de altura sobre el nivel del mar que se usa, por acuerdo internacional para distinguir el espacio aéreo del espacio ultraterrestre,  que lleva el nombre del ingeniero Theodore von Kármán) y volvió con el corazón y la bandera en alto.

Y aquí se enciende la magia pedagógica: los niños de la maestra Carmen de Ana le entregan a Martorell una semilla nacida en regolito lunar simulado para que viaje al espacio y luego sea sembrada a su regreso. Es un gesto sencillo y poético que conecta aula, ciencia y cosmos; una semilla como promesa de futuro que demuestra a niñas y niños que la investigación que hacen en su escuela tiene eco más allá de la atmósfera. Hay testimonios públicos de ese intercambio y de la siembra posterior con la comunidad escolar, lo que redobla el valor documental del relato.

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Entre los aportes principales del libro podemos destacar los siguientes: 1. Verdad que inspira: No es una fantasía “sobre” ciencia; es historia real contada con recursos de cuento, anclada en hechos verificables y personas identificables (la autora/maestra y la meteoróloga). 2. Puente STEAM: Integra alfabetización científica temprana (experimentos, observación, cultivo en sustratos análogos) con alfabetización emocional (frustración, paciencia, trabajo en equipo). 3. Modelo para la escuela puertorriqueña: Presenta una ruta replicable: retos auténticos, mentores visibles, y vínculos con programas y misiones espaciales contemporáneas que devuelven sentido a estudiar ciencias “desde aquí”.

Para concluir, La niña que casi tocó la Luna es un libro mágico y verdadero que hace soñar sin mentir y enseña sin sermonear. Nos recuerda que una semilla —de planta o de curiosidad— puede cruzar la línea Kármán del miedo, viajar al espacio en manos de una científica y volver al aula convertida en vocación.

En el laboratorio, que aquí es pista de lanzamiento, la evidencia germina: preguntas, hipótesis, diarios de campo, brotes que confirman que la imaginación también se verifica. En tiempos de pantallas impacientes, este cuento nos invita a levantar la mirada y a susurrar, con el corazón puesto en el cielo y las manos en la tierra: “Yo también quiero llegar”—y a llegar mirándonos íntimamente, donde también caben galaxias y donde cada lector descubre la órbita secreta de su propia luz.

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Dr. Carlos I. Hernández Hernández

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