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¿Historia oral para qué? La Universidad de Avellaneda y la pócima de la memoria latinoamericana

Por 11 min lectura
¿Historia oral para qué? La Universidad de Avellaneda y la pócima de la memoria latinoamericana

Durante cuatro días, del 4 al 7 de agosto de 2026, la Universidad Nacional de Avellaneda, en la capital de Buenos Aires, se convirtió en una suerte de capital latinoamericana de la memoria. Allí se celebró el XI Encuentro Latinoamericano de Historia Oral, convocado bajo una pregunta tan sencilla en su formulación como profunda en sus implicaciones: “¿Historia oral para qué?”. Investigadores, profesores, estudiantes y estudiosos procedentes de distintos países se dieron cita para pensar no solamente cómo recuperamos las voces del pasado, sino para qué las escuchamos, qué hacemos con ellas y qué responsabilidades asumimos cuando decidimos incorporarlas al conocimiento histórico. El encuentro, organizado conjuntamente por la Universidad Nacional de Avellaneda y la Red Latinoamericana de Historia Oral (RELAHO), había sido concebido precisamente como un espacio de intercambio y reflexión sobre la memoria, las identidades y las experiencias sociales de nuestra América.

El éxito del encuentro no puede medirse únicamente por el número de ponencias ni por la intensidad de un programa que apenas concedía tregua entre una mesa y otra. Y es que su verdadera riqueza estuvo en la extraordinaria diversidad de problemas, geografías y experiencias que lograron encontrarse bajo un mismo techo. Archivos y patrimonio, memorias campesinas, pueblos originarios, movimientos sociales, memorias barriales y locales, educación, movimiento obrero, dictaduras y postdictaduras, movimientos estudiantiles, identidades, género, arte y política constituyeron algunos de los grandes ejes del programa. Más que una sucesión de conferencias, aquello terminó siendo una cartografía de las memorias latinoamericanas.

Entre las presencias que otorgaron especial relieve al encuentro estuvo la Dra. Eugenia Meyer, de México, quien tuvo a su cargo la conferencia magistral de inauguración. Hablar de Eugenia Meyer dentro de la historia oral latinoamericana significa referirse a una de las figuras pioneras del campo. Junto con Alicia Olivera, sus trabajos fueron fundamentales en la construcción del Archivo de la Palabra del Instituto Nacional de Antropología e Historia de México y en la recuperación de testimonios de protagonistas de la Revolución Mexicana. Su presencia en la Universidad de Avellaneda trascendió, por ello, el protocolo de una conferencia inaugural: representó el encuentro entre una generación que ayudó a abrirle caminos a la historia oral latinoamericana y las generaciones que hoy continúan interrogando sus posibilidades.

Desde Argentina, la presencia del Dr. Pablo Pozzi, una referencia ineludible para varias generaciones de historiadores orales, recordó asimismo la profundidad alcanzada por este campo de investigación en el país anfitrión. Pozzi participó, entre otras actividades, en la mesa de cierre dedicada a los cincuenta y sesenta años de los dos últimos golpes cívico-militares en Argentina, junto con Enrique Arrosagaray, Maco Somigliana y Ruy Zurita. No podía haber un cierre más pertinente para un encuentro dedicado a preguntarse por la utilidad de la historia oral: pocas experiencias demuestran con tanta claridad como las dictaduras latinoamericanas que recordar puede convertirse también en una responsabilidad pública.

Dr. Pablo Pozzi

Un reconocimiento muy especial merece la Dra. Adriana Echezuri, cuya entrega organizativa fue perceptible en cada detalle del encuentro. Más que una tarea administrativa, organizar una reunión de esta magnitud -con decenas de mesas, participantes procedentes de diferentes países, talleres, conversatorios y actividades simultáneas- exige paciencia, generosidad y una extraordinaria capacidad para hacer que las cosas difíciles parezcan sencillas. Echezuri posee, además, una larga trayectoria dentro de la historia oral argentina: ha estado vinculada a la Asociación de Historia Oral de la República Argentina, a RELAHO y a proyectos de recuperación y conservación de memorias orales. En Avellaneda volvió a demostrar algo que en ocasiones olvidamos en el mundo universitario: también hay una forma de producir conocimiento haciendo posible que otros puedan encontrarse para compartirlo.

La delegación mexicana tuvo una presencia particularmente significativa. Allí estuvieron el Dr. Alberto del Castillo Troncoso, investigador del Instituto Mora, miembro fundador de RELAHO y reconocido por sus trabajos sobre fotografía, memoria e historia contemporánea; y la Dra. María Patricia Pensado Leglise, también del Instituto Mora, especialista en historia oral e historias de vida y otra de las fundadoras de la Red Latinoamericana de Historia Oral.

Del Castillo presentó un trabajo sobre historia oral y fotografía en torno al movimiento zapatista de Chiapas de 1994, mientras Pensado abordó la Tendencia Democrática como punto de quiebre en las luchas sindicales mexicanas de los años setenta. La Dra. Hilda Georgina Hernández Alvarado es una investigadora de reconocido calibre dentro de la historia oral mexicana, cuya trayectoria académica combina con solvencia el estudio de la memoria colectiva, las identidades regionales y la historia socioambiental. Su liderazgo en la Asociación Mexicana de Historia Oral y su sólida producción intelectual la sitúan entre las voces más respetadas de este campo en México.

Dr. Alberto del Castillo, Instituto Mora de México

También hubo ausencias que se hicieron sentir. Y es que extrañamos especialmente a queridos colegas mexicanos como Gerardo Necoechea Gracia y Amelia QK Rivaud Morayta, quienes por circunstancias ajenas a su voluntad no pudieron acompañarnos. Su ausencia, sin embargo, no disminuyó la presencia intelectual de una tradición mexicana de historia oral que atravesó buena parte de las discusiones del encuentro. Necoechea ha realizado una extensa obra sobre experiencia, memoria, militancia y mundo obrero, mientras Rivaud Morayta ha trabajado las relaciones entre lectura, identidad, militancia y memoria. En encuentros como este también están presentes, de alguna manera, quienes no pudieron llegar: las redes académicas se construyen con ideas, afectos y conversaciones que sobreviven a las distancias.

Entre la enorme cantidad de trabajos resulta imposible hacer justicia a todos. Basta recordar algunos para comprender la amplitud del encuentro: investigaciones sobre archivos clandestinos y represión franquista; memoria oral y patrimonio en Colombia; comunidades quilombolas brasileñas; memorias campesinas; liderazgo de mujeres indígenas nasa; territorio y pueblos guaraníes; extractivismo minero en Argentina; archivos escolares; educación rural; sindicalismo; exilios latinoamericanos; dictaduras del Cono Sur; movimientos estudiantiles; género, militancia, teatro, música y resistencia cultural. El programa confirma que la historia oral latinoamericana hace mucho tiempo dejó de ser únicamente un procedimiento para “recoger testimonios”: se ha convertido en un campo donde memoria, poder, experiencia, subjetividad, territorio y justicia histórica mantienen una conversación permanente.

Puerto Rico también tomó la palabra…

Para quien escribe estas líneas, participar en este encuentro tuvo un significado particular. Mi ponencia, ¿Historia oral para qué? Los marcadores de contexto en la memoria de las Brigadas Roberto Clemente, surgió de entrevistas realizadas a puertorriqueños que viajaron a Nicaragua durante la década de 1980 para participar en labores agrícolas, educativas, sanitarias y comunitarias. Más que acumular testimonios, el trabajo intenta comprender cómo aquellas mujeres y hombres organizaron retrospectivamente sus recuerdos y cómo determinadas experiencias, acontecimientos, lugares, afectos y referencias políticas hicieron inteligibles decisiones tomadas hace más de cuatro décadas.

Dr. Carlos I. Hernández-Hernández y Dra. Eugenia Meyer.

La propuesta utiliza el concepto de “marcadores de contexto” de Gregory Bateson para explorar la memoria oral. En las entrevistas aparecen seis grandes referencias que van articulándose entre sí: la formación política en Puerto Rico; la represión y las luchas sociales puertorriqueñas; el triunfo de la Revolución Sandinista de 1979; la creación y experiencia de las Brigadas Roberto Clemente; la vivencia cotidiana de Nicaragua; y, finalmente, el regreso de aquellos recuerdos al espacio público puertorriqueño.

Dentro de la historiografía de la historia oral latinoamericana, esta investigación pretende aportar una pequeña herramienta interpretativa: la entrevista no debe ser contemplada como un depósito del cual extraemos datos, sino como una arquitectura de la memoria. Los silencios, los saltos temporales, las asociaciones aparentemente inesperadas y los acontecimientos elegidos por el narrador contienen claves para comprender cómo una persona otorga sentido histórico a su propia experiencia. En este punto, el trabajo dialoga con autores fundamentales como Alessandro Portelli, Elizabeth Jelin, Michael Frisch, Paul Ricoeur y la propia Eugenia Meyer.

Pero existe otra aportación que considero igualmente importante: devolver a Puerto Rico a la historia latinoamericana de la solidaridad internacional. Las Brigadas Roberto Clemente permiten demostrar que Puerto Rico no observó pasivamente desde la distancia los grandes procesos políticos centroamericanos de las décadas de 1970 y 1980. Hubo puertorriqueños que cruzaron el Caribe, trabajaron junto al pueblo nicaragüense y convirtieron sus convicciones políticas y humanas en una práctica concreta de solidaridad. La investigación, por tanto, rompe las fronteras demasiado estrechas de las historias nacionales y devuelve al Caribe puertorriqueño a los circuitos políticos, culturales y afectivos de América Latina. Esa es precisamente una de las conclusiones centrales del trabajo presentado en Avellaneda.

Como Historiador Oficial de Puerto Rico y, sobre todo, como estudioso y practicante de la historia oral, llevar esta investigación a la Universidad Nacional de Avellaneda constituyó una responsabilidad que trasciende cualquier satisfacción personal. El conocimiento histórico pierde parte de su sentido cuando permanece encerrado entre cuatro paredes, cuando solamente circula entre quienes ya conocen nuestras preguntas. Llevar las voces de aquellos brigadistas puertorriqueños a Buenos Aires significó colocar una experiencia de nuestra historia frente a otros historiadores de América Latina, someterla al diálogo y permitir que Puerto Rico también fuese escuchado desde el sur del continente.

Una cátedra que no estaba en el programa….

Sin embargo, hubo otra enseñanza en Buenos Aires y Avellaneda que no figuraba en ninguna de las veintidós páginas del programa. Y es que frente a ciertos discursos argentófobos que circulan con demasiada ligereza y que pretenden reducir a un país entero a caricaturas políticas, económicas o culturales, la experiencia cotidiana ofreció un poderoso mentís. El pueblo argentino que encontramos en sus calles, universidades, cafés y conversaciones nos dio una verdadera cátedra de don de gente, hospitalidad y humildad.

No significa idealizar a Argentina ni desconocer las dificultades de su presente. Y es que precisamente por eso resulta más admirable. En medio de una coyuntura compleja, encontramos una sociedad que conserva el decoro, el humor, la conversación, la solidaridad y una notable capacidad para sobreponerse a la adversidad. Hay pueblos cuya grandeza no se descubre cuando todo marcha bien, sino cuando los tiempos son difíciles y, aun así, encuentran fuerzas para abrir una puerta, compartir una mesa, escuchar al extranjero y hacerle sentir que no ha llegado del todo a tierra ajena.

Quizá allí se encuentre también una respuesta inesperada a la pregunta que presidió aquellos cuatro días: ¿Historia oral para qué?

Para escuchar antes de juzgar. Impedir que los pueblos sean reducidos a estereotipos. Comprender que detrás de las grandes categorías de la historia existen seres humanos que recuerdan, sufren, aman, luchan y esperan. Para devolverles la palabra a quienes alguna vez fueron condenados al margen de los relatos oficiales. Y para descubrir que, cuando las memorias de México, Argentina, Brasil, Colombia, Chile, Paraguay, Puerto Rico y tantos otros rincones de nuestra América consiguen sentarse alrededor de una misma mesa, las fronteras se vuelven un poco menos rígidas.

Al terminar el XI Encuentro Latinoamericano de Historia Oral quedó la sensación de que la Universidad de Avellaneda no había albergado simplemente un congreso académico. Durante cuatro días allí se reunió una comunidad latinoamericana de la memoria. Una comunidad que sabe que recordar no consiste en vivir prisioneros del ayer, sino en interrogarlo para comprender el presente y ensanchar las posibilidades del porvenir.

Y mientras regresaba a Puerto Rico, llevaba conmigo una certeza que acaso sea la mejor respuesta que pueda ofrecerse a la pregunta del encuentro: hacemos historia oral para que ninguna voz desaparezca sin haber tenido primero la oportunidad de contar su mundo, y para que ningún pueblo tenga que pedir permiso para recordar quién fue, quién es y todavía quién puede llegar a ser.

Como recordó una de las ponentes mexicanas, en Cien años de soledad el insomnio que cae sobre Macondo trae consigo un peligro todavía más terrible: la pérdida de la memoria, hasta el punto de que sus habitantes comienzan a temer que un día olvidarán no solo el nombre de las cosas, sino también para qué sirven. Pero en la Universidad de Avellaneda comprobamos que todavía albergamos la pócima de Melquíades. Y parece ser que la misma está hecha de voces, testimonios, fotografías, archivos, recuerdos y silencios rescatados; de historiadores que se niegan a aceptar que nuestros pueblos despierten alguna mañana sin recordar de dónde vienen. Porque mientras haya alguien dispuesto a escuchar y otro dispuesto a contar, la peste del olvido nunca habrá conquistado definitivamente a nuestra América.

En El libro de la risa y el olvido, Milan Kundera hace entrar en la literatura a un hombre verdadero, el historiador Milan Hübl, precisamente para recordarnos que el olvido del que habla la novela tampoco era enteramente ficticio. Hübl pertenecía a aquellos cuya profesión consistía en custodiar el pasado y a quienes el poder quiso impedir que lo hicieran.

De ahí la estremecedora advertencia que Kundera pone en sus labios: “Para liquidar a las naciones lo primero que se hace es quitarles la memoria”. Y acaso allí resida una de las respuestas más profundas a la pregunta que convocó este encuentro: ¿Historia oral para qué? Para impedir que alguien escriba por nosotros una historia en la que terminemos por no reconocernos; para rescatar los nombres antes de que se borren, las voces antes de que se apaguen y los recuerdos antes de que se conviertan en silencio.

Porque si el poder pretende apropiarse del pasado para gobernar el presente, recordar se convierte en una forma de resistencia y escuchar en un acto de esperanza. Y mientras quede en algún rincón de América una voz dispuesta a contar su historia, habrá también un pequeño frasco de la pócima de Melquíades esperando sobre la mesa; porque aun cuando el olvido cubra de polvo los nombres y la noche parezca borrar los caminos, siempre habrá una memoria capaz de regresar, como esas mariposas amarillas que anuncian que la vida, contra toda condena, todavía insiste en florecer.

Fotos por Dra. Xenia I. Medina Roqué. Suministradas. 

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Dr. Carlos I. Hernández Hernández

3 comentarios

  1. Su ensayo no solo recoge la esencia de las ponencias presentadas, sino que también transmite la emoción profunda de haber sido partícipe de una conspiración tenaz en defensa de la memoria colectiva. Siempre leo sus ensayos porque me nutren intelectualmente; en ellos encuentro una invitación a pensar, recordar y sentir con mayor conciencia. Gracias.

  2. Carlos, te felicito por tu participación oral en Buenos Aires y la relación de PR con Nicaragua luego del trágico fallecimiento de Roberto Clemente, y todos aquellos que participaron para ayudar a ese país hermano y caribeño. Y como muy bien tu expones: ….»recordar se convierte en una forma de resistencia y escuchar en un acto de esperanza…» – El argentino es muy parlachin, por tanto, en tus días en esa gran ciudad, pudiste ver, oir y compartir con un pueblo que continuamente se levanta, al igual, que el mundo hispanohablante.

  3. ¡Carlos, qué hermoso texto! Realmente lograste transmitir lo que fueron estos días de intercambios tan genuinos. ¡Tengo fotos de nuestra mesa! Te espero en Brasil en 2028 o, si no, ¡nos vemos en China, en Macao!

    Un abrazo grande,
    Andrea Casa Nova

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