Hay libros que nacen para contar una historia y otros que llegan a nuestras manos para impedir que una historia desaparezca. Un ruso en Puerto Rico. Las aventuras y desventuras de Pedro Rustov, de Ana Roqué de Duprey, en la edición anotada y comentada por Luis Asencio Camacho, pertenece a esa segunda estirpe. Su mérito descansa en rescatar un texto publicado hace más de un siglo y devolverlo al debate cultural puertorriqueño, pero su alcance rebasa ese propósito. Entre sus páginas surge una pregunta que acompaña al oficio del historiador desde sus orígenes: ¿qué ocurre cuando los documentos callan y la memoria conserva aquello que el archivo no pudo guardar?
El punto de partida posee todos los ingredientes de una buena historia. El 18 de enero de 1919 apareció en formato de folletín el “cuento puertorriqueño” Un ruso en Puerto Rico, o Treinta años atrás, de doña Ana Roqué de Duprey. La narración se inspiraba en una historia que circuló por el noroeste de Puerto Rico acerca de un joven ruso que habría llegado a la isla durante el último tercio del siglo XIX, convivido entre los habitantes de la región y desaparecido después sin dejar rastro. Luis Asencio Camacho recupera esa tradición y señala que la principal referencia localizada procede de la Historiadora Oficial de Aguadilla Haydée Reichard de Cancio, quien identificó al personaje con el apellido Mostovenko y lo vinculó con los círculos del zar Alejandro II.
Aquí comienza la fascinación del libro. Lo que en manos de otro editor habría quedado reducido a la reproducción de una curiosidad literaria, en las de Asencio Camacho se transforma en una pesquisa. El ruso deja de ser solo personaje. Se convierte en problema histórico.
¿Existió Mostovenko? ¿Llegó a Aguadilla? ¿Vivió en Moca? ¿Fue hijo de un cortesano del zar? ¿Era un joven rebelde perseguido por sus ideas políticas? ¿Regresó a Rusia? ¿Murió bajo la represión zarista? Cada pregunta abre una puerta y detrás de cada puerta aparece otra incógnita.
La tradición recogida por Reichard de Cancio sostiene que Francisco Esteves Soriano habría visto, durante su niñez, la llegada a Aguadilla de aquel extranjero. El joven poseía dinero, apostaba monedas de oro, cultivaba relaciones con abogados, médicos, hacendados y funcionarios, mostraba afición por los caballos y despertó la curiosidad del pueblo. Entre 1874 y 1876 habría tenido una hija llamada Amparo con una campesina de Moca. Tras la muerte de la madre, Mostovenko regresó a Rusia y la niña quedó en Puerto Rico.
La historia adquiere desde ese punto el aroma de las leyendas que sobreviven porque algún fragmento documental se niega a morir. Asencio Camacho encuentra, por ejemplo, una noticia de El Imparcial de diciembre de 1894 sobre “la Srta. Amparo Mostovenko”, una joven enviada a Barcelona para aprender el oficio de corsetera -confección, ajuste y, en muchos casos, vender corsés, prendas interiores utilizadas para ceñir y moldear el torso femenino-. El documento no resuelve el misterio del padre, pero concede a la narración un anclaje que impide despacharla como invención popular.
En esa frontera vive el libro.

Cuando la Historia encuentra a la literatura
Ana Roqué hizo con aquel recuerdo lo que hace la literatura con los materiales del pasado: tomó una posibilidad y le concedió una vida.
En su cuento, el eje de la historia cambia. Juancho López, un jíbaro mocano que gana la lotería, marcha a Rusia, contrae matrimonio con Frida Rustov y adopta el apellido de su esposa. De esa unión nace Pedro Rustov, quien, a los veinticuatro años, decide viajar a Puerto Rico en busca de las raíces paternas. El movimiento resulta delicioso: la tradición hablaba de un ruso que vino a Puerto Rico; Roqué invierte el espejo y convierte la historia en la aventura de un hijo de puertorriqueño nacido en Rusia que regresa a la tierra de su padre.
Pedro es ruso y puertorriqueño sin pertenecer por entero a ninguno de esos mundos. De ahí surge una de las claves más sugestivas del relato.
Cuando llega al país entra en contacto con don Salustiano, Chana, Churunga, Tunito, Cachita, Toñito González y una galería de personajes que permiten a Roqué construir un pequeño universo rural. La visita del extranjero altera ese mundo. Churunga, comprometida con Tunito, descubre en Pedro un objeto de interés; las muchachas observan al recién llegado; los hombres miden al forastero; las fiestas, los bailes, el café, el ron, el lenguaje campesino y los códigos del cortejo convierten al ruso en un espejo colocado frente a la sociedad puertorriqueña.
El extranjero mira a Puerto Rico, pero Puerto Rico se mira a sí mismo a través del extranjero.
Ahí reside una de las riquezas del texto. Un ruso en Puerto Rico puede leerse como relato de aventuras, cuento de costumbres, sátira social, juego de identidades y representación de una sociedad que descubre su imagen ante los ojos de alguien venido desde un espacio que, para buena parte de los lectores de 1919, pertenecía casi al reino de lo exótico.
El baile en casa de don Salustiano constituye una muestra de ese encuentro. La “Borinqueña”, el seis de Andino, el piano, el guayo, el cortejo amoroso y la conversación entre los jóvenes forman una escena donde cultura popular y cultura letrada ocupan el mismo espacio. Pedro recorre barrios rurales, toma café prieto, prueba Cañete Viejo, escucha la música del país y tropieza con un mundo cuyos códigos desconoce.
Ana Roqué convierte esa diferencia cultural en humor, pero el humor guarda una lectura histórica.
Ana Roqué frente a un Puerto Rico en transformación
La recuperación de este cuento obliga a regresar a la figura de Ana Cristina Roqué Géigel de Duprey (1853-1933), educadora, escritora, periodista, científica y dirigente feminista, cuya obra ocupa un lugar que merece mayor atención dentro de la historia intelectual puertorriqueña. La edición recuerda una producción que abarca novelas, cuentos, periodismo, educación, ciencia y lucha por los derechos de la mujer. El apéndice bibliográfico dedicado a los estudios sobre su vida y su obra muestra cuánto ha crecido el interés académico por su figura durante este siglo.
Pero este volumen permite contemplar otra Ana Roqué: la observadora de las costumbres.
La escritora nació bajo el régimen español, presenció el Grito de Lares, vivió el cambio de soberanía de 1898 y escribió Un ruso en Puerto Rico bajo un nuevo orden colonial. Había conocido dos siglos, dos imperios y un país sometido a transformaciones políticas, sociales y culturales de gran alcance.
Tal circunstancia concede al subtítulo Treinta años atrás un peso que supera la nostalgia.
Roqué escribía en 1918-1919 acerca de un Puerto Rico situado en 1888. Entre ambos tiempos se había producido 1898. El mundo desde el cual escribía no era el mundo que representaba. España había dejado paso a Estados Unidos; el siglo XIX había cedido su lugar al XX; otras instituciones, tecnologías, relaciones económicas y referentes culturales ocupaban el escenario.
El cuento puede entenderse, por ello, como una cápsula de memoria. La autora parece volver la mirada hacia el país de su juventud y reconstruirlo mediante tipos humanos, lenguaje, música, relaciones de clase, códigos amorosos, comidas, caminos y paisajes.
La literatura se transforma en archivo.
No en un archivo que certifique cada acontecimiento, sino en uno que conserva sensibilidades.
El mérito de Luis Asencio Camacho
En este punto debe reconocerse la aportación de Luis Asencio Camacho. Su trabajo rebasa la función editorial. Estamos ante una relectura que combina crítica literaria, búsqueda hemerográfica, genealogía, historia política, historia cultural y rastreo de fuentes puertorriqueñas, españolas y rusas.
El investigador se enfrenta al nombre Mostovenko, sigue las huellas de posibles residentes rusos en Puerto Rico, consulta el Catálogo de extranjeros residentes en Puerto Rico en el siglo XIX de Estela Cifre de Loubriel, examina registros, periódicos, documentos y referencias genealógicas, y reconoce los límites que le impone la documentación. Y tras su búsqueda, admite que no encontró registros capaces de establecer la identidad de Mostovenko, de su padre o de la madre de Amparo. Esa confesión constituye una virtud historiográfica: ante el vacío documental, el autor no fabrica certezas.
La duda adquiere valor metodológico.

La edición ofrece otro aspecto que merece discusión. Asencio Camacho optó por una edición anotada en lugar de ampliar o reescribir la historia. Tomó como base el texto de 1919, modernizó puntuación y sintaxis, conservó buena parte de las conjugaciones y explicó errores, expresiones y referencias culturales. En algunos pasajes intervino el diálogo con el propósito de acercarlo al habla jíbara que, a su juicio, correspondía al contexto.
Ese procedimiento abre una pregunta legítima para la crítica textual. ¿Hasta dónde puede llegar un editor cuando moderniza una obra histórica? ¿Dónde termina la restauración y dónde comienza una nueva lectura? Lejos de disminuir el libro, esa tensión le concede otra capa de interés, pues obliga al lector a pensar en el acto mismo de recuperar un texto.
El estudio entra, a su vez, en el problema de su clasificación literaria. Asencio Camacho observa que la trama posee una complejidad mayor a la esperada en un cuento, pero carece del desarrollo de personajes propio de una novela. La propia dificultad para clasificarlo permite colocar Un ruso en Puerto Rico en ese espacio de transición donde el cuadro de costumbres, el cuento y la narración extensa todavía compartían fronteras porosas.
Un ruso que termina hablándonos de Puerto Rico
Pedro Rustov llega buscando la patria de su padre y termina atrapado por sus encantos y sus conflictos. Sus aventuras lo conducen hasta la cárcel de Mayagüez, donde pasa tres meses tras verse envuelto en una trifulca. Al recuperar la libertad decide regresar a Rusia. Antes de partir recorre el país, observa sus paisajes, encuentra ignorancia y agudeza entre los campesinos, cultura entre ciertos sectores urbanos y siente la tentación de quedarse “aplatanado” en Puerto Rico. Las cartas de sus padres inclinan la balanza hacia el regreso.
El ruso se marcha, pero lleva consigo el recuerdo de Puerto Rico.
Ese final contiene la metáfora del libro entero.
Porque el verdadero protagonista termina por no ser Pedro Rustov. Tampoco Mostovenko. Ni Juancho López.
El protagonista es Puerto Rico.
Un Puerto Rico observado desde la distancia, recordado desde 1919 y recuperado desde 2026. Tres tiempos se encuentran en un mismo libro: el mundo decimonónico que pudo dar origen a la leyenda, la mirada de Ana Roqué que convirtió aquella memoria en literatura y la investigación de Luis Asencio Camacho que regresa al relato más de un siglo después para preguntar cuánto había de historia detrás del cuento.
De esa triple mirada nace la hibridez que concede valor a esta edición.
Historia y literatura dejan de aparecer como disciplinas enfrentadas. La primera busca las huellas; la segunda llena de humanidad los silencios. Una pregunta por un ruso perdido en el siglo XIX conduce hacia los caminos de Moca y Aguadilla, los periódicos de la época, las relaciones entre Rusia y España, las costumbres campesinas, los imaginarios sobre el extranjero y la obra de una mujer que se negó a ocupar el espacio estrecho que su tiempo reservaba para las mujeres.
Luis Asencio Camacho ha rescatado un cuento, pero el rescate produce algo mayor: devuelve a la conversación cultural una faceta menos transitada de Ana Roqué de Duprey.
En una época obsesionada con la velocidad y el presente, Un ruso en Puerto Rico recuerda que la memoria de un pueblo suele sobrevivir en lugares imprevistos: una nota de periódico, un apellido perdido, una historia contada por los mayores, un folletín de 1919.
Entre todos esos fragmentos permanece un ruso.
Tal vez nunca sepamos quién fue.
Pero después de leer este libro importa menos resolver el misterio que comprender por qué Puerto Rico decidió recordarlo. Y acaso allí, entre las brumas de Rusia y las montañas verdes de Moca, entre el documento que falta y el cuento que permanece, se encuentre una de las formas más hermosas de la Historia: aquella en que un pueblo, para no olvidar quién fue, convierte sus recuerdos en literatura.
Creo que ese último giro –“importa menos resolver el misterio que comprender por qué Puerto Rico decidió recordarlo”- puede constituir la tesis que distinga esta reseña de una mera descripción del libro. La pregunta desplaza el eje desde la indagación positivista –“¿existió el ruso?”- hacia un territorio de mayor riqueza historiográfica: ¿cómo y por qué una sociedad incorpora a un extranjero en su memoria y termina convirtiéndolo en personaje de su propio relato colectivo?
En ese desplazamiento se abre un espacio de encuentro entre disciplinas: la Historia interroga las huellas documentales, la literatura explora los silencios que el archivo no puede llenar y los estudios de la memoria permiten comprender los procesos mediante los cuales un acontecimiento, un personaje o una leyenda adquieren permanencia dentro del imaginario de una comunidad.
De esta forma, Historia y Literatura dejan entonces de funcionar como territorios separados: la literatura puede conservar vestigios de una experiencia histórica que los documentos no registraron, mientras la Historia puede interrogar la ficción para descubrir las sensibilidades, los temores, los valores y las representaciones de la sociedad que la produjo.
En Un ruso en Puerto Rico, ese diálogo cobra especial fuerza, pues el misterio de Mostovenko importa tanto por lo que pueda comprobarse de su existencia como por las razones que llevaron a una comunidad a recordarlo y a Ana Roqué de Duprey a convertir esa memoria en literatura.
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Excelente poderosa y hermosa reseña. Buenos libros buenas reseña.