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Literatura

Entre mitos, laboratorios y silencios: Rodrigo Fernós y la historia pendiente de la ciencia en Puerto Rico

Por 7 min lectura
Rodrigo Fernós

Hay libros que pretenden cerrar una discusión y otros cuya mayor virtud consiste, precisamente, en abrirla. La Ciencia en Puerto Rico: Mitos y Realidades, de Rodrigo Fernós, publicado por Editorial Eray en 2026, pertenece a esta segunda categoría. Más que ofrecernos una historia total y definitiva de la actividad científica puertorriqueña, Fernós coloca sobre la mesa una propuesta historiográfica provocadora: la historia de Puerto Rico también puede -y debe- ser examinada desde la historia de la ciencia y la tecnología.

Ese desplazamiento de la mirada constituye, a nuestro juicio, la principal aportación del libro. Y es que durante demasiado tiempo hemos reconstruido nuestro pasado privilegiando la política, las relaciones coloniales, la economía, los movimientos sociales, las luchas obreras, la cultura o las grandes figuras intelectuales. Todas esas aproximaciones son indispensables. Sin embargo, entre ellas ha quedado un espacio menos transitado: preguntarnos cómo los conocimientos científicos, las tecnologías, las instituciones dedicadas a producirlos y las personas que los hicieron posibles participaron también en la construcción histórica de Puerto Rico.

Fernós reconoce esa ausencia desde el prefacio. Su intención es que los ensayos permitan reconsiderar acontecimientos puertorriqueños desde la perspectiva de la historia de la ciencia y la tecnología, una óptica que, según advierte, rara vez ha ocupado un lugar central entre los historiadores del país. En esa afirmación se encuentra quizá el verdadero corazón del libro: la ciencia deja de aparecer como un universo separado de la historia para convertirse ella misma en acontecimiento histórico.

El volumen posee, además, una característica singular. Este libro reúne trabajos elaborados y presentados en momentos diferentes -2001, 2008, 2011, 2021 y 2025-, de manera que puede leerse también como una suerte de arqueología intelectual de las preocupaciones del propio autor. De ahí que sus páginas recorren asuntos tan diversos como la influencia científica española durante el periodo colonial, una reflexión alrededor de La Segunda Carta de Layda Melián, las relaciones entre ciencia, medicina y racismo en las figuras de Sir Hans Sloane y Edward Long, las transformaciones de las comunicaciones y la telefonía, y el Primer Congreso Científico Panamericano celebrado en Santiago de Chile en 1908.

Y precisamente esa diversidad constituye de manera simultánea la riqueza y la particularidad del volumen. No estamos ante una narración cronológica convencional de la ciencia en Puerto Rico. Tampoco frente a un manual que procure inventariar científicos, descubrimientos o instituciones. Se trata, más bien, de una colección de problemas históricos atravesados por una pregunta común: ¿qué ocurre cuando incorporamos la ciencia y la tecnología como variables para comprender la sociedad?

El ensayo sobre la influencia científica española durante el periodo colonial es probablemente uno de los que formula con mayor claridad ese desafío. Y es que Rodrigo Fernós examina las limitaciones del desarrollo científico español y las tensiones que esas circunstancias produjeron en Puerto Rico, prestando particular atención a José Julián Acosta y Ramón Baldorioty de Castro. La ausencia, el silencio y las dificultades para difundir determinadas ideas científicas se convierten en evidencia histórica. Para el autor, incluso aquello que no aparece en el archivo puede resultar revelador; habla, sugerentemente, de esas lagunas como espacios capaces de iluminar el pasado intelectual puertorriqueño.

Esa aproximación merece atención porque obliga a abandonar una concepción demasiado simple de la historia de la ciencia como desfile triunfal de inventores y descubrimientos. Las ciencias también poseen censuras, resistencias, instituciones, redes de comunicación, intereses económicos y estructuras de poder. José Julián Acosta y Román Baldorioty de Castro no deben contemplarse únicamente como próceres políticos o educadores: pueden ser interrogados igualmente como intermediarios culturales que intentaron introducir, traducir y acomodar determinados saberes científicos en una sociedad colonial.

Algo semejante ocurre en el ensayo dedicado a Sir Hans Sloane y Edward Long. Allí Fernós problematiza las relaciones entre ciencia, medicina y racismo durante el siglo XVIII. El contraste resulta particularmente sugerente: Long podía sostener concepciones profundamente racistas y, sin embargo, reconocer la eficacia de determinados conocimientos médicos africanos. Sloane, por su parte, permite al autor matizar cualquier relación mecánica entre adelanto científico y percepción racial. El resultado es una historia menos cómoda, pero precisamente por ello más interesante: las ideas científicas no avanzan en línea recta ni producen automáticamente sociedades más tolerantes.

De otra parte, también resulta valioso el texto sobre tecnología y comunicación. Fernós recuerda que la tecnología no debe entenderse como un objeto exterior a la cultura, sino como una creación humana y, por consiguiente, como una manifestación cultural susceptible de análisis histórico. Desde esa perspectiva examina la telefonía y las transformaciones que acompañaron el tránsito desde la línea fija hacia las comunicaciones móviles. Nos parece significativa su observación sobre la Puerto Rico Telephone Company después de 1974 y la utilización de nuevas tecnologías para reducir la desigualdad telefónica entre el área metropolitana y las comunidades rurales.

El último de los ensayos conduce la mirada hacia el Primer Congreso Científico Panamericano de 1908. Fernós estudia aquel extraordinario esfuerzo de intercambio continental, que reunió cerca de dos mil delegados y pareció anunciar la formación de una masa crítica capaz de insertar más plenamente a América Latina en la producción científica mundial. Su conclusión, sin embargo, resulta mucho más sugerente que cualquier celebración del acontecimiento: una cosa es transmitir conocimiento y otra muy distinta lograr que ese conocimiento se difunda, arraigue y transforme una estructura científica.

Aquí se encuentra otra de las contribuciones importantes del libro. La ciencia no depende únicamente de que las ideas lleguen. Y es que necesita instituciones, recursos, universidades, laboratorios, comunidades profesionales, publicaciones, continuidad generacional y condiciones económicas que permitan transformar información en conocimiento nuevo. Una conferencia puede comunicar la física más avanzada de su tiempo; otra cosa muy distinta es disponer de una sociedad capaz de apropiarse de ella y generar investigación propia.

Y en este punto La Ciencia en Puerto Rico: Mitos y Realidades deja planteada, quizá involuntariamente, una agenda historiográfica mucho mayor que el propio volumen.

Una futura historia de la ciencia en Puerto Rico tendría que ampliar considerablemente el mapa. Habría que reconstruir, por ejemplo, la extraordinaria cantera científica surgida del antiguo Colegio de Agricultura y Artes Mecánicas y del actual Recinto Universitario de Mayagüez de la Universidad de Puerto Rico. ¿Cuántos estudiantes formados en sus aulas han participado posteriormente en proyectos de la NASA, centros de investigación federales, laboratorios estadounidenses, industrias farmacéuticas, compañías de biotecnología y empresas de ingeniería alrededor del mundo? ¿Qué redes profesionales construyeron? ¿Cuáles conocimientos llevaron consigo? ¿Qué vínculos mantuvieron con Puerto Rico? Esa historia todavía espera una investigación sistemática.

La pregunta es particularmente importante porque una historia nacional de la ciencia no puede restringirse a lo ocurrido físicamente dentro de las fronteras del archipiélago. Como ocurre con nuestra historia cultural, económica y migratoria, la historia científica puertorriqueña es también una historia diaspórica. El científico formado en Mayagüez que trabaja posteriormente en un laboratorio fuera de Puerto Rico no desaparece de nuestra historia intelectual. Por el contrario, obliga a reconsiderar dónde comienzan y dónde terminan las fronteras de la producción científica puertorriqueña.

Habría que estudiar con mayor profundidad la Universidad de Puerto Rico como institución productora de conocimiento: la Estación Experimental Agrícola; las investigaciones sobre la caña, el café y otros cultivos; el desarrollo de la ingeniería; la medicina tropical; la salud pública; la meteorología; la sismología; las ciencias marinas; la química; la física; la biología; la informática y, más recientemente, la biotecnología. Y junto con las universidades habría que colocar a los hospitales, agencias gubernamentales, industrias, laboratorios privados y centros de investigación.

Incluso profesiones cuya legitimidad científica fue históricamente cuestionada pueden ofrecernos extraordinarias ventanas hacia el pasado. La historia de la quiropráctica en Puerto Rico constituye un magnífico ejemplo. Más que preguntarnos retrospectivamente quién tenía razón, interesaría examinar cómo se produjo su proceso de profesionalización, cuáles fueron las objeciones levantadas desde sectores de la medicina, cómo sus practicantes defendieron su conocimiento, qué legislación reguló su ejercicio y de qué manera una sociedad decide cuáles saberes reconoce como legítimamente científicos y cuáles coloca fuera de sus fronteras.

Porque las fronteras de la ciencia tampoco son eternas. Son históricas.

Ahí reside, finalmente, la importancia del libro de Rodrigo Fernós. No necesariamente en haber escrito la historia definitiva de la ciencia en Puerto Rico -empresa que requerirá todavía muchos libros, archivos, entrevistas y generaciones de investigadores-, sino en haber formulado una invitación que resulta difícil ignorar. Su volumen abre una puerta hacia un territorio historiográfico insuficientemente recorrido y nos recuerda que detrás de cada laboratorio, teléfono, medicamento, instrumento, experimento o controversia científica existen seres humanos inmersos en su tiempo.

Quizá, después de todo, la gran pregunta que deja La Ciencia en Puerto Rico: Mitos y Realidades no sea simplemente qué ciencia hemos producido, sino algo mucho más profundo: ¿qué podría revelarnos la historia de Puerto Rico si comenzáramos a mirar nuestro pasado también a través de un microscopio, un telescopio, un laboratorio y los hombres y mujeres que aprendieron a utilizarlos?

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Dr. Carlos I. Hernández Hernández

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