Varado en San Juan, con una camarita: Un fugaz “encuentro” con Carlos Gardel

Por Arturo Yépez / Fotos: Arturo Yépez

Especial para El Adoquín Times

En 1958 un mozalbete de 17 años viajaba hacia Estados Unidos a realizar su sueño de triunfar como caricaturista profesional. Poco se imaginaba el joven que, por un error de la agencia de viajes, lo que debía ser una escala rutinaria para cambio de aviones en San Juan iba a convertirse en una inesperada estadía de cinco días en la Isla. Efectivamente, cuando se personó al mostrador de Trans Caribbean para validar el boleto el empleado le informó que su vuelo era recién para la semana siguiente. Quizás el amable lector ya se habrá imaginado que la víctima de ese percance era yo.  Me entró pánico. Yo que iba derechito de la casa de mis padres en Chile a la de mis tíos en New Jersey, de repente me encontraba en un lugar extraño y sin conocer a nadie. Para colmo de males el poco dinero que traía no me iba a alcanzar para una emergencia como ésta. Le pedí al taxista que me llevara “al hotel más barato de la ciudad”. Durante el trayecto le confié mi situación, y él, con ese espíritu hospitalario tan puertorriqueño, me hizo sentir mejor y me fue familiarizando con Puerto Rico. Finalmente llegamos al Hotel Central, en el Viejo San Juan. Le pedí al empleado la habitación más económica, no sin antes explicarle mi angustiosa odisea. Ya instalado, la próxima gestión era enviar un telegrama a mis tíos con la nueva fecha de mi llegada.

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Cámara en mano, me dediqué a caminar por las calles del Viejo San Juan y a retratar todo lo que veía a mi paso. Hoy contemplo estas fotos y comprendo por qué me enamoré del Viejo San Juan, ya que tenía un atractivo y personalidad muy especial. Una noche de exploración turística me llevó hasta el edificio de apartamentos Patio Español, en la calle Cruz. Me llamó la atención el ancho zaguán, y como no había portón de clase alguna entré hasta el patio interior que ostentaba un bello y frondoso árbol. Una tarja indicaba que en ese lugar, se había fundado, en 1846, la Sociedad Filarmónica.

Cruzando la calle, justo al frente, entré al Cafetín 4 de julio (hoy restaurante Il Bacaro). En la vellonera coloqué discos de mi ídolo, Carlos Gardel, cuya voz, lejos de mi patria, me sonaba más emotiva que nunca. Un señor que estaba en el bar con unos amigos se acercó y empezó a relatarme anécdotas de la visita del artista a la Isla en 1935. Era Arturito Ramos Llompart, el periodista de El Mundo, con quien mantuve una gran amistad hasta el día de su muerte. Ramos Llompart estuvo en el camerino del Teatro Paramount la noche del debut de Gardel y me contó que al escuchar la conmoción de la muchedumbre que se había quedado afuera sin poder entrar Gardel mandó a abrir las ventanas del camerino. Se hizo un silencio sepulcral al ver la inesperada aparición del artista. En aquellos días estaba próximo a celebrarse el Día de las Madres, y Gardel les dijo: “Para Uds. y sus madres”. Dice Ramos Llompart que él no recuerda haber escuchado jamás una ovación tan grande como la de aquella noche. Y ese gesto se volvería a repetir a lo largo de toda la estadía del cantor en la Isla ya que para los humildes que no podían pagar la entrada al teatro, Gardel les cantaba en las plazas de los pueblos.

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Tanto fue lo que me impactó aquella visita al Viejo San Juan, que ya viviendo en Nueva York, todas mis vacaciones las venía a pasar aquí. En dos de esas ocasiones, me hospedé en el mismo Hotel Central. En 1968 decidí abandonar Nueva York y venir a vivir definitivamente a la Isla. Desde hace 25 años soy un orgulloso residente del Viejo San Juan, y hoy vivo (¡lo que son las vueltas del destino!) en Patio Español, frente a lo que entonces era aquel viejo cafetín, el de la vellonera con discos de Gardel.

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2 Comments Add yours

  1. Estimado señor Yepez

    Gracias enormemente, leer su artículo me permitió recordar a mi padre.

    Arturo Ramos Dalmau

  2. Isabel says:

    Que mi padre estuvo siempre enamorado del viejo San Juan. No hubo nadie que lo convenciera de irse a vivir fuera de ese pedacito de lugar lleno de adoquines y diversos recuerdos, que despertaban las musas a sus diversos poemas romanticos y temas jocosos. Recuerdo a mi padre y logre aceptarlo tal como era, sin exigirle nada. Era un ave de paso, que vivio libre sin que nadie lo atara. No fue el padre convencional, pero fue lo mejor que pudo ser, y lo quise de esa manera. i

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