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El Adoquín Times

En la piel de mis ancestros: Máximo Arturo

En la piel de mis ancestros: Máximo Arturo
diciembre 20
18:54 2017

Por: Nomar Stefans

Comparado con figuras como Gandhi, la obra de Arturo Alfonso Schomburg fue apreciada por Nelson Mandela y Martin Luther King, Jr. The Schomburg Center en Nueva York, nombrado en su honor, es uno de los espacios más importantes en el mundo para la investigación de la historia y la cultura de los descendientes de África.

foto Arturo Schomburg

Han pisado. Han hecho historia. Han conquistado. Han vencido. ¡Que repiquen los barriles, que los honores y la dicha son de mis negros! ¡Sí! ¡De mis negros! ¿Acaso no les contaron que casi 200 años antes de que los pueblos de las Antillas supieran de la existencia de hombres negros o blancos, al otro lado del Atlántico el reino africano de Malí era reconocido como una potencia mundial? ¡Que suene un tambor! ¿Tampoco les dijeron que 400 años antes de fundarse la Universidad de Puerto Rico, miles de estudiantes de África, Asia y Europa acudieron a la prestigiosa Universidad de Tombuctú en Malí para estudiar filosofía, medicina y leyes? Había un trayecto hecho. Los negros ya eran. Estamos en la ebullición del siglo 21 y aún la raza negra es oprimida, renegada, ocultada y olvidada. El puertorriqueño, en grandes proporciones, sufre una fatal amnesia ante las figuras negras icónicas de nuestra lucha social, esas que entregaron su esencia con el único fin de plasmar, en concreta verdad, un porvenir justo. Esa amnesia nos ha costado, y ha impedido que seamos escritores de una historia más propia e íntegra. Una auténtica. La raza negra, en su totalidad, ha cargado con las batallas de la esclavitud, el racismo, la desigualdad, la represión y el desprecio. Duro ha sido su grito, e inolvidable y grandiosa la obra de su linaje.  

Garrett Morgan creo el semáforo para el año1923. Un negro. Patricia Bath desarrolló la cirugía para cataratas utilizando láser. Una negra. Juano Hernández, el primer actor puertorriqueño que caló un espacio en Hollywood entre las décadas de 1940 y 1950. Un negro. Estos virtuosos son solo una pizca de una raza que abraza y traspasa, y cuyas aportaciones han sido trascendentales en calles, comunidades y naciones. ¡Hoy nos rodea el ingenio de la raza del poder: la raza negra! Justo en este momento haz una pausa, borinqueño. Tengo algo que contarte. Hay un máximo líder, historiador, escritor y activista comunitario que es considerado el Padre de la Historia Negra en el Mundo. ¿Te sorprendería si te revelo que es puertorriqueño? Con honradez, orgullo, pasión y sentimiento me resulta impostergable clamar su nombre a viva voz y adentrarme en la piel del gran Arturo Alfonso Schomburg. “Hoy quiero estar presente… y anhelo que cada letra que escriba en esta hoja esté tan viva como mis ganas de ver a Puerto Rico renacer de costa a costa. Sentado aquí, en un pequeño banco de madera ubicado al final de una calle en Harlem, mis pensamientos se escapan y danzan al compás de las olas que bordan la silueta de la mi isla. ‘Los negros no tienen historia, héroes ni conquista’, me dijo un maestro alguna vez. Ese preciso momento marcó bárbaramente mi finalidad en este mundo. Desde entonces he dedicado mis entrañas a demostrarle a la humanidad que ser negro jamás será el pedrusco para luchar, ser y estar.

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Llevo en mis afanes un fenómeno abominable de nuestros hechos antillanos. Miles de indios taínos sucumbieron víctimas del maltrato, los enfrentamientos con los invasores, enfermedades que estos insertaron y la pena de ver desvanecer su raza, cultura y sus creencias. Esa misma crónica ha resurgido en el Puerto Rico de hoy con los afroborinqueños como yo.  Esto podría ser una nefasta realidad que, de no ser sólidamente detenida, nos dejaría inmersos en el inicio del cataclismo puertorriqueño. Porque no existe un pueblo sin que primero reconozca su identidad. Entonces, no queda más, son solo ustedes, unidos, firmes y convincentes los que han de despejar la niebla de las montañas para palpar un nuevo sol. A las manos que sostienen este país, siento que duermen y que la presión que ejercen sobre sus pechos ya no les inquieta. Confieso que el mío se congoja ante el olvido que permea de mi lucha por Puerto Rico, primer espejo de mi esencia y ser… Antes de terminar estas letras y partir hacia el Club de Las Antillas, algo quiero pedirles: aun en mi ausencia sepan que soy negro y puertorriqueño al mismo tiempo”.

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